12 de febrero de 2012

Los orígenes del régimen sirio

Forzado a retirar sus tropas de Líbano, sometido a una fuerte presión estadounidense y francesa, cuestionado desde adentro, el poder del presidente Bachar Al-Assad parece debilitarse. Sin embargo, el dominio del Partido Baas sobre el país por más de cuarenta años se inscribe en una historia larga, signada por la lucha contra el colonialismo francés, el combate contra Israel y una relación compleja con Estados Unidos. A más de cuarenta años de la llegada al poder del partido Baas en Damasco, Siria sigue siendo un enigma y no sólo para los no iniciados. ¿Quién gobierna realmente al país: el Presidente de la República, el partido, el Parlamento, el ejército? ¿Se trata de un régimen panárabe y socialista, como declara ser, o más bien militar y oportunista? ¿Es capaz de reformarse, ya que no de democratizarse? Diversas facciones del Baas se sucedieron en la cima del poder desde el golpe de Estado de febrero de 1963, no sin derramamiento de sangre ni sin que perdieran vigencia esos interrogantes. La relativa opacidad del sistema puede explicarse según varias hipótesis. Una de ellas es el culto del secreto, característico de un partido que se constituyó en la clandestinidad y no renunció nunca a su gusto por la conspiración. No lo incita tampoco a la transparencia la naturaleza autocrática del poder, así como la utilización del lenguaje panfletario por sus dirigentes, que desconfían no sólo de sus conciudadanos sino también de la opinión extranjera. Es así que, aunque blanco frecuente de potencias, en particular occidentales, que manejan hábilmente los instrumentos de la información (y de la desinformación), Damasco no sabe defenderse, ya sea por falta de competencia o por carencia de credibilidad. Los orígenes del partido Baas se insertan sin embargo en la historia del movimiento de liberación nacional. Sus fundadores, en los años 40, tienen gran afinidad con los líderes del alzamiento del Djebel druso contra el colonizador francés, que duró de 1925 a 1927 y es descripto y analizado por Michael Provence, profesor de la Universidad de Chicago, especialista en la época colonial y poscolonial1. Todos proceden de la pequeña burguesía rural y pertenecen a las comunidades minoritarias (drusos, alauitas, ismaelitas, cristianos, etc.), que son tradicionalmente hostiles a las elites sunnitas urbanas y conservadoras; razón por la cual estas comunidades habían colaborado antes con las autoridades otomanas, hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y luego hicieron lo propio con las del mandato francés2. Todos son nacionalistas, pero diversamente "unionistas": los rebeldes de los años 20 intentan reconstruir la "Gran Siria", juntando los componentes de la época otomana, a saber, la Siria del mandato, Líbano, Palestina, Transjordania, que los vencedores de la Guerra de 1914-1918 se habían repartido. En cuanto a los fundadores del Baas, más ambiciosos, militan por la unificación de todo el mundo árabe frente al imperialismo occidental. Y recién en 1954, más de diez años después de su fundación, el Baas agrega a su nombre original (Partido del Renacimiento Árabe) el calificativo de "socialista". Este "socialismo" fue "árabe" o "científico", según la facción de "derecha" o de "izquierda" en el poder, aunque las palabras no correspondieran nunca a un contenido coherente. Principal fundador y secretario general del partido, Michel Aflak, de dudosa convicción socialista, nos confesó en 1963, durante una conversación, que ninguno de los pensadores occidentales lo había influido nunca. Había dejado incluso de leer sus libros desde la Segunda Guerra Mundial. El mismo personaje que defendía enfáticamente "la acción de las masas" justificaba los golpes militares que habían elevado a los baasistas al poder, semanas antes, en Damasco y Bagdad, al igual que la eliminación sistemática de los comunistas en la capital iraquí3. Según él, en ambos países el ejército no había sido más que el "dócil instrumento" de las "fuerzas populares"4. El Baas de Siria contaba en ese momento con unos 400 miembros, entre ellos 60 militares que habían llevado a cabo el golpe de Estado del 8 de febrero de 1963. Cuarenta años después, "el ejército ideológico" sigue en manos de oficiales provenientes en su mayoría de las comunidades minoritarias, mientras que los alauitas, musulmanes heterodoxos, ocupan los puestos clave. Intentos truncos Diversas facciones del Baas se sucedieron en la cúspide del Estado a golpes de sedición militar hasta noviembre de 1970, cuando toma el poder el por entonces ministro de Defensa, general Hafez Al-Assad. Mientras teje estrechas relaciones con la Unión Soviética, Al-Assad da muestras de buena voluntad a Estados Unidos, disuelve las milicias populares formadas por sus predecesores para "liberar Palestina", adhiere a la Resolución 242 del Consejo de Seguridad que reconoce implícitamente al Estado de Israel y, después de la guerra de 1973, provocada en complicidad con el egipcio Anuar el Saddat, declara que había atacado a Israel únicamente para incitarlo a negociar una "paz justa". Poco después, recibe favorablemente la convocatoria a una conferencia de paz en Ginebra y, tras el fracaso de ésta, declara a un periodista estadounidense: "El principal reproche que hago a la política "del paso a paso" de Henry Kissinger (secretario de Estado en ese momento), es que va a paso de tortuga mientras que yo espero avanzar a paso de gigante". Ni la anexión formal del Golán sirio por el Estado judío en 1981, ni la campaña de demonización de la que es víctima desalientan a Al-Assad. En 1990 proclama que la paz es de allí en más "el objetivo estratégico" de su gobierno. En octubre del año siguiente, apenas terminada la guerra de Kuwait, él es uno de los promotores de la conferencia de Madrid organizada por Estados Unidos, con todas las partes beligerantes del conflicto árabe-israelí. Inmediatamente después del fracaso de esta conferencia, inicia una serie de negociaciones y firma con el Primer Ministro israelí de ese momento, Itzhak Rabin, un acuerdo preliminar destinado a materializarse en un tratado de paz. A cambio de una plena normalización entre ambos países, Rabin se compromete (poco antes de su asesinato) a devolver a Siria todo el territorio de las alturas del Golán, conquistado en 1967. Los sucesores de Rabin ponen nuevamente en cuestión el trato y Hafez Al-Assad muere sin haber logrado cumplir su último deseo: legar a su hijo un país en paz. Sin embargo, es obvio que Bachar Al-Assad no tiene la estatura de su padre, de quien Kissinger decía: "es un negociador temible, secreto, enigmático, astuto hasta los límites de lo maquiavélico, aunque moderado y prudente". En un libro acerca de esta sucesión5, Flynt Leverett sostiene que para la administración estadounidense, el presidente Bachar Al-Assad, oftalmólogo de formación, poco politizado, falto de experiencia y carisma, era en cierto modo tranquilizador. Al igual que Don Corleone, Hafez Al-Assad le había entregado una estructura de poder que había probado su eficacia: un primer círculo restringido de caudillos, donde figuran algunos miembros de la familia del Presidente, que controla el ejército, el partido Baas, el Parlamento y el gobierno; un poder indiscutido a partir de la liquidación de las facciones rivales del Baas y de los grupos de oposición, en particular el Movimiento de los Hermanos Musulmanes (víctimas de una espantosa masacre en la ciudad de Hama en 1982); un poder, por último, que tiene el apoyo de los campesinos favorecidos por la reforma agraria y de una burguesía en plena expansión gracias a una relativa liberalización de la economía. Además, Al-Assad también legó el nepotismo y la corrupción ejercidos por la nomenklatura baasista. En suma, un poder con el que Estados Unidos podía contar, según Flynt Leverett, quien lamenta, por lo demás, el trato preferentemente duro que su gobierno da al de Damasco, fácil de conquistar, según él, en el caso de que la diplomacia preponderase sobre la coerción. El autor está bien ubicado para evaluar la política del presidente George W. Bush. Antes de renunciar en 2003 a su administración fue, sucesivamente, analista de la CIA encargado del caso sirio; luego estuvo al servicio de la planificación del Departamento de Estado y, finalmente, fue director de asuntos de Medio Oriente dentro del influyente Consejo Nacional de Seguridad. Leverett opina que Bachar Al-Assad merecía un trato más considerado. Recuerda que, fiel a su padre, éste había proclamado desde su ascenso al poder que su "objetivo estratégico" era firmar la paz con Israel, antes de proponer en múltiples oportunidades la reanudación de las negociaciones "sin condiciones previas" con Jerusalén. El gobierno de Sharon se negó rotundamente a iniciar un diálogo exigiendo, entre otras cosas, y con la aprobación de Washington, que Siria desmantelara antes que nada el Hezbollah libanés y expulsara de su territorio a los representantes de organizaciones palestinas radicales. Como para terminar de desalentar a Al-Assad hijo, Sharon anunció que no devolvería a Siria el Golán, donde tenía la intención de duplicar en el lapso de tres años el número de colonos judíos. Efectivamente, éstos rondan ya los 20.000. Según Leverett, es evidente que la paz sirio-israelí ya no es la principal preocupación de los dirigentes estadounidenses, que no perdonan a Siria su oposición a la ocupación de la ex-Mesopotamia ni su supuesta indulgencia respecto de los "terroristas" que se infiltran en Irak. Bachar Al-Assad protesta, argumentando su buena fe, y propone -aunque en vano- que patrullas mixtas sirio-estadounidenses vigilen los 500 kilómetros de arena que separan a ambos países. Otras acusaciones sin fundamento se multiplican: Siria habría recibido las armas de destrucción masiva que pertenecían a Saddam Hussein; estaría entregando armas a los rebeldes iraquíes; poseería armas biológicas y químicas que "amenazarían la seguridad de Estados Unidos"; más aun, "planearía" fabricar armas nucleares. De nada sirven los desmentidos, protestas y llamados a un "diálogo constructivo" lanzados por Damasco; el proceso de demonización está en marcha. ¿Reforma sin democracia? El presidente Al-Assad tal vez no tomó en serio las primeras conminaciones estadounidenses y francesas que exigían el retiro de sus tropas de Líbano. Sabía que, al igual que Israel, los occidentales habían aprobado la entrada de las fuerzas sirias en el país del Cedro en 1976, durante la guerra civil, para prestar ayuda a los grupos cristianos de derecha contra las milicias "islámico-progresistas" y palestinas. En esa época, la "comunidad internacional" no encontraba condenables los asesinatos cometidos por los servicios sirios en Líbano (especialmente el del líder de la izquierda, Kamal Jumblatt). El joven Presidente no había comprendido que, dado el cambio radical de la situación, Francia y Estados Unidos no tolerarían más la injerencia siria en Líbano6. El poder baasista está sin duda debilitado. Su ruptura con Líbano lo privó de importantes recursos y provocó un descenso de las inversiones, contrariamente a lo que indican las cifras oficiales. Por otra parte, el arcaico sistema económico, que recuerda al de las difuntas democracias populares, asegura la perennidad de la crisis. Pero el régimen no parece amenazado, al menos no en un futuro previsible. El frente opositor recomienda en su Manifiesto de Damasco (octubre de 2005) la instalación de un régimen democrático, "de modo pacífico, gradual, consensual", temiendo que en caso contrario el país se hunda en una anarquía a la iraquí. Las potencias extranjeras temen además el ascenso al poder de los Hermanos Musulmanes, principal fuerza de la oposición. Por otro lado, la alianza de Siria con Irán, su presencia oculta en Líbano gracias a sus vínculos con el Hezbollah y algunas facciones cristianas y su creciente influencia en los territorios palestinos desde la victoria electoral del Hamas, le adjudican algunas cartas invalorables. Todo el asunto consiste de todos modos en saber si el régimen es capaz de reformarse, ya que no puede democratizarse. En un libro colectivo, Samir Aita recuerda las tergiversaciones y los fracasos de los tímidos intentos de Bachar Al-Assad por introducir algunas reformas económicas o políticas, incluso las más anodinas7. Mientras recuerda las tradiciones democráticas del pueblo sirio, el autor subraya que, contra las apariencias, Estados Unidos -entre otros- no tiene ningún interés en la democratización de Siria. Notas 1. Michael Provence, The Great Syrian Revolt and the Rise of Arab Nationalism, University of Texas, Austin, 2005. 2. El régimen de los mandatos fue instaurado por la Sociedad de las Naciones apenas terminada la Primera Guerra Mundial. Funcionó como una prolongación del régimen colonial, bajo otra denominación. Francia y Reino Unido se repartieron Medio Oriente, la primera recibió el mandato sobre los territorios de Siria y Líbano, y el segundo sobre los de Palestina, Irak y Transjordania. 3. El 8-2-1963, un golpe de Estado militar puso fin al régimen del presidente Abdelkarim Kassim. Miles de jefes comunistas (el PC iraquí era en ese momento uno de los partidos más influyentes del país) fueron detenidos, torturados, asesinados. El Baas participó en el golpe de Estado y uno de sus jóvenes militantes se distinguió en la represión: Saddam Hussein. 4. Le Monde, París, 21-3-1963. 5. Flynt Leverett, Inheriting Syria, Bashars trial by fire, Brookings Institution Press, Washington, 2005. 6. Alain Gresh, "Ofensiva concertada contra el régimen sirio", Informe-dipló, 19-12-05. 7. Bajo la dirección de Birgitte Rahbek, Democratization of the Middle East. Dilemmas and perspectives, Aarthus University Press, Dinamarca, 2006. Véase también Samir Aita, "Damasco: crisis del régimen baasista", Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, julio de 2005 PUBLICADO en Le Monde Diplomatique Extraído de Gerrakgelditu