16 de abril de 2012

Su majestad, cazador blanco, corazón negro

No sé que pensaran ustedes, pero el hecho de que la cabeza de la institución monárquica (esa reina y que marca los límites a unos gobiernos que se vistan como se vista, únicamente pueden ser de derechas o de derechas), sea objeto de las mofas más crueles en un programa como el de Buenafuente el domingo a la hora punta, y presumiblemente en su punto más alto de audiencia, me parece que revela más cosas de las que podemos imaginar. Los cambios no llegan cuando las minorías esclarecidas gritan más o menos fuerte, llegan cuando esos gritos tienen su eco hasta en las mayorías más alineadas, y cuando hasta las entidades más conservadoras se ven llamadas a sacar beneficio de una situación de libertinaje, por emplear términos muy queridos a Manuel Fraga Iribarne en aquellos tiempos en los que el “gran cazador” aparecía en el NO&DO. Buenafuente comentó que con todo lo que estaban haciendo la casa real, los republicanos se tendrían que dedicar a otra cosa. Pero quizás sería más ajustado decir que no pasa semana sin que la casa real no haga a los republicanos (una palabra que, conviene subrayarlo, en este país tiene un significado muy distinto al de por ejemplo, Portugal, donde se mantuvo la República, eso sí, gobernada por una suerte de CEDA hasta 1974). Y no ha sido únicamente Buenafuente, hasta un diario tan tan monárquico como “El País” se ve obligado a dejar hueco a artículo como el de Carlos Boyero, el crítico de cine –que por lo general, ha sido el espacio de mayor libertad en este diario-, al que cito ampliamente porque vale la pena por lo singular: “. El accidente de caza del rey de España en Botswana, mientras se dedicaba al implacable deporte de matar elefantes, vino a coincidir con la conmemoración del octogésimo primer aniversario de la segunda república española, proclamada un 14 de abril de 1931 cuando los partidos monárquicos perdieron las elecciones municipales y Alfonso XIII decidió coger las de Villadiego. No se trata de una simple anécdota. Bueno está lo bueno. Que el rey que supuestamente se preocupa de la pobreza y desesperación de los españoles bajo la crisis, invierta una fuerte suma –pública a todos los efectos dada su condición de Jefe de Estado—en matar paquidermos en dicho país africano, supone un exceso que la España de los cinco y medio millones de parados no puede aceptar así como así. En este suceso, caben todo tipo de consideraciones, empezando por las puramente humanas: este nuevo revés del monarca tiene lugar la misma semana en que su nieto Froilán sufre otro accidente de caza cuando estaba acompañado por su padre Jaime de Marichalar, a quien no se detiene en ningún momento ni se cuestiona su tutela, lo que no sería concebible en ningún otro caso a la luz de la ley de protección del Menor. Mientras el niño se repone de su herida en el pie, su abuela se encuentra en Grecia visitando a unos parientes pero nadie sabe que Juan Carlos I ha viajado al continente africano de donde tiene que volver de prisa y corriendo, a no se sabe qué precio, para ser operado de urgencia de una fractura de cadera con cargo siempre a los menguados presupuestos de todos los españoles sobre los que reina. Todo esto viene unido a los escándalos sobre las implicaciones de su yerno Iñaki Urdangarín de la trama Noos de corrupción en Mallorca, la sorprendente falta de imputación sobre su hija, la Infanta Cristina, que se desgravaba parte de los gastos de la sociedad sobre la que ahora parece carecer de responsabilidades en la compleja trama de Palma Arena. A España toda, la monarquía empieza a no resultarle simpática. Nunca lo fue, pero siempre se salvó la figura del actual rey por su aparente papel durante la transición. Ya no hay tal. Más allá de sus amoríos bajo una sorprendente doble moral que tampoco le sale gratis a sus súbditos, los partidarios de dicha forma de jefatura de Estado tendrían que aprestarse a exigirle que abdicara en la figura de su hijo Felipe de Borbón, antes de que cualquier nuevo José Ortega y Gasset proclamase de un momento a otro lo de “Delenda est monarchia”. Y no solamente “El País”, también un partido tan monárquico como ese que ha convertido las siglas PSOE en una empresa de pesebres, se ha atrevido a soltar un pequeño exabrupto por parte de uno de barones “rebeldes”, aunque también es verdad que la señora Elena Valenciano ha precisado que cuado se habla del rey, ellos callan y se ponen firmes. Pero la pelota rueda, y la última foto va a tener un precio muy caro, quizás hasta el merecido. Algo así se podía intuir cuando los bustos parlantes de TV3 advertían que el video que iban a pasar “podía herir la sensibilidad de los espectadores”, y a continuación pudimos ver al emprendedor empresario de la empresa de la que el rey más que cliente es colega, disparar a la frente de un extraordinario paquidermo. En casa, que como en otras muchas, somos fervientes animalistas, las imágenes nos sacaron de quicio. Desde luego, de habernos encontrado con el empresario habríamos sacado todo el caudal de insultos. Hay que ser muy despreciable para disparar a un animal sobre el que cada dos por tres vemos documentales que testimonian de su irremisible extensión (al final quedaron los más tristes, o sea los que están encerrados en los parques zoológicos), con total impunidad. Es una escena en la que no existe el menor riesgo, la menor dosis de aventura, nada que no se pueda entender como expresión de una decadencia moral. Cómo no podía ser menos, las últimas generaciones hemos crecido viendo documentales y películas en las que el exterminio de animales como los elefantes nos han ido forjando una sentimiento de vergüenza de especie. Este sentimiento ha sido tan intenso que llegaría hasta el mismísimo Hollywood que había magnificado la leyenda del “gran cazador blanco” en películas como Trader Horn. Pero al igual que ocurrió con la cuestión judía o la de los nativos norteamericanos, fue surgiendo una nueva conciencia. Muestra de ello es que uno de los argumentos más socorrido de las películas sobre Tarzán, llevaba a este a enfrentarse a bandas de malhechores que mataban elefantes para traficar con el marfil. Incluso en una película tan emblemática como Las minas del rey Salomón, el mítico Allan Quatermain (inmortalizado con el rostro de Stewart Granger con sus primeras canas), éste desprecia a los turistas que quieren cobrar su pieza sin riesgos. Este discurso fue acentuado en una película que llevaba este hilo hasta las últimas consecuencias, El último safari (The lasta safari, USA, 1967), donde el mismo Stewart Granger, ya totalmente canoso y cansado, casi vomita sobre esos cazadores domingueros, y de paso sobre su propia profesión. Es más que posible que hubiera un cierto oportunismo en esas denuncias, pero de lo que no hay duda es que tuvieron su impacto sobre los espectadores de todo el mundo. El personal interesado encontrará más datos en mi artículo "Las minas del rey Salomón” como ejemplo, aparecido en Kaos. De ahí todo el alud de películas de aventuras neocoloniales en las que los aventureros asumen ya totalmente el rol de defensores de la fauna amenazada, especialmente de los elefantes. El listado de títulos es muy amplio, y como ejemplo anotemos algunos que no son muy recordados como Un lugar lejano o Cazadores de marfil, y en los que hay una trampa: los culpables tienen los rasgos de cazadores furtivos, y los conservacionistas son norteamericanos ávidos de una buena causa. Con todo, son películas que tiene garantizados cuanto menos dos factores a favor, uno es el despliegue de imágenes deslumbrantes de África y de su fauna (eso explica que estas producciones contraten a buenos operadores), y otro es que nadie podrá discutir que la cusa es noble donde las haya por más que te disguste el oportunismo de la producción. En dicho listado hay una excepción… Se trata de Las raíces del cielo (Roots of Heaven Año: 1958.), una película irregular pero con una gran fuerza argumental e interpretativa. La argumental proviene de la novela homónima de Romain Gary y donde la aventura tiene una dimensión tanto existencial como ecológica. Gary, aparte de un tormentoso amante de Jean Seberg, fue un novelista muy singular (en su ideario se amalgamaban extrañamente la admiración por De Gaulle con un anarquismo muy presente en su novela Lady L, de la que existe una pésima versión fílmica con Sophia Loren y Paul Newman), y las interpretaciones resulta de la combinación entre el saber hacer de su director, John Huston, y del talento de su protagonista, el magnífico Trevor Howard acompañado por un beodo Errol Flynn y un cínico Orson Welles que, por cierto, es castigado con una buena perdigonada en el culo por su “pasión” por la cacería mayor. Lástima que a pesar de la potente furia animalista de la obra, Huston no llegó a identificarse con ella, lo cual quizás no resulte tan extraño por lo que luego contó el guionista Anthony Viertel sobre el rodaje de La Reina de África, durante la cual Huston se empeñó en emular a Hemingway y matar un elefante. Este detalle es el que alimenta la trama de Cazador blanco, corazón negro, con la que Clint Eatswood efectúa una parabólica composición sobre el celebrado cineasta que acabó exiliándose de los Estados Unidos, quien al final de la película, cede su empeño rendido por la admiración que la causa el animal, y dando la espalda a una perfecta representación de la banalidad del mal. Todo un imaginario que nos remite a este episodio de la banalidad nacional, la propia de un país que fue ocupado por su propio ejército sin el que la monarquía pendería de un hilo Parece que el problema de esta otra “aventura” del monarca sea que Rajoy no se había enterado o su estado médico. Qué sea esto lo que más se subraya se explica por el grado de estupidez que se puede alcanzar por la condición de “súbdito”, estupidez sobre la que tenemos imágenes cada vez que los componentes de la casa real salen a la calle. Digo estupidez aunque podría decir algo peor acotando una imagen ofrecida por la tele con la infanta Helena llegando al Hospital para ver a su padre. Cuando se dirige a la puerta en esta aparece en el umbral un tipo de voluntarioso cortesano con sus mejores galas, su bigote y su sonrisa de besamanos, que se acerca a ella para besarle la mano a lo que la infante accede sin detenerse. Cabe pensar que si le queda algo de sangre que no sea azul en las venas, habría comentado:”! Qué tío más baboso¡” Tan baboso como el que escribió la editorial que “El País” le dedicó al caso Urdangarain.Pepe Gutiérrez-Álvarez.Antikapitalistas.