25 de julio de 2012

Los cinco motivos por los que Berlín no accede a que el BCE compre más deuda

Pedro Calvo.El economista--- Las alarmas saltaron en la EuroTower a comienzos de agosto de 2011. La cumbre del 21 de julio, aparentemente exitosa, no había detenido el contagio. La infección del virus de la deuda soberana se propagaba a Italia y España. Y eso eran ya palabras mayores. De ahí que el Banco Central Europeo (BCE) decidiera aplicar un antídoto desde su sede de Fráncfort: había que comenzar a comprar deuda italiana y española, como hasta entonces se había hecho con los bonos griegos, irlandeses y portugueses al amparo del programa de compras (SMP) que la entidad había puesto en marcha en mayo de 2010. En apenas dos días, la prima de riesgo española, que rozaba los 400 puntos básicos, se relajó hasta los 271 puntos básicos. Toda una demostración del poder que tiene el BCE... Un año después, la prima española no es que roce los 400 puntos básicos; ¡es que supera los 600 puntos... y subiendo! Esta vez, sin embargo, en el cuartel general del BCE no suena ninguna alarma. Acumula 19 semanas sin comprar deuda en el mercado. ¿A qué se debe este cambio de parecer? ¿Es que la institución monetaria no quiere? ¿O es que no puede? Muchas preguntas... cuya respuesta requiere ponerse en la piel de un alemán. 1. Alemania no se fía: Oficialmente, el BCE es una institución independiente. Vamos, que cuenta con un escudo de protección estatutario que le pone a salvo de las injerencias políticas. Al mismo tiempo, cada uno de los representantes del Consejo de Gobierno del BCE, formado por los seis miembros del Comité Ejecutivo y los gobernadores o presidentes de los bancos centrales de los países del euro, tiene un voto. Nadie tiene más peso que nadie, por tanto. Pero la realidad dicta otra cosa. Los hilos de la influencia se pueden manejar de distintos modos. Y oficiosamente, hay votos que tienen mucho más poder que otros en el seno del Consejo. Como los del presidente del Banco Central de Alemania (Bundesbank), Jens Weidmann, y los del miembro del Comité Ejecutivo, Jörg Asmussen. Alemanes ambos, a ellos les corresponde ser los guardianes de la ortodoxia, de que la herencia del todopoderoso Bundesbank y su celo antiinflacionista se perpetúe en el BCE. Al mismo tiempo, son los ojos y los oídos del Ministerio de Finanzas alemán en la institución monetaria; y su voz, porque si el Gobierno alemán tiene algo que decir, lo hace a través de ellos. Como cuando Weidmann dijo bien claro hace dos semanas que lo que debería hacer España es "pedir el rescate como país". Vamos, que aconsejó un rescate total, similar a los de Grecia, Irlanda y Portugal, y no parcial, como el que se ha solicitado por ahora para el sector financiero. Ese consejo sonaba a oficial, a que es la postura de Berlín, que apretaba así las clavijas al Ejecutivo español. Y también revelaba que Weidmann, el más influyente de los miembros del BCE, no tenía ni la más mínima intención de dar su visto bueno a que la entidad retomara las compras de deuda, aparcadas desde marzo. Confirmando esta impresión, el presidente del BCE, Mario Draghi, cerró filas en torno a los halcones de la institución en una entrevista concedida al diario francés Le Monde. "Nuestro mandato no consiste en resolver los problemas financieros de los países", indicó. ¿Por qué los representantes alemanes de la institución, reforzados por otros como el holandés Klaas Knot o el finlandés Erkki Liikanen, se niegan a hacer ahora lo que sí hicieron en agosto de 2011? Primero, porque ya entonces se oponían, pero otorgaron un voto de confianza a España -e Italia-. Y segundo, y de forma más relevante, porque no se fían de España. A juicio de Alemania, el Gobierno saliente -el de José Luis Rodríguez Zapatero- y el entrante -el de Mariano Rajoy- dilapidaron el margen otorgado por las compras de deuda entre agosto y marzo. Sumergidos en el entramado electoral de España -primero con las Elecciones Generales de noviembre y luego con las de Andalucía en marzo-, perdieron un tiempo precioso. Y luego, cuando las autoridades han intentado reaccionar, ha sido demasiado tarde. 2. ¡Son las comunidades autónomas! Según fuentes alemanas, buena parte de esa desconfianza responde a que el Gobierno español no ha logrado embridar a las Comunidades Autónomas, como antes tampoco lo hizo con el desbocado sector financiero. Los últimos acontecimientos no han hecho sino incrementar esa sensación. El rechazo de algunas regiones a aplicar el copago farmacéutico o la tensión vivida en la última reunión del Consejo de Política Fiscal, en la que incluso varias comunidades gobernadas por el Partido Popular mostraron sus reticencias a los planes del Ejecutivo, ratifican la sensación de que otro entramado, en este caso el autonómico, se escapa del control del Gobierno central. Partiendo de esta impresión, desde el punto de vista germano acceder a que el BCE retomara las compras de deuda sería como meter dinero en un pozo sin fondo, porque las autoridades españolas no parecen dispuestas a desmontar y adelgazar los excesos administrativos y políticos autonómicos. Y si no quieren hacerlo voluntariamente... habrá que hacerlo con disciplina. 3. Que España se 'retrate': Combinando esos argumentos, Alemania no se fía de una España que no quiere entender los mensajes que se le envían. Y es entonces cuando la maquinaria política y económica alemana muestra su musculatura para presionar hasta el límite. "Realmente, es una incógnita por qué el BCE no interviene en el mercado en estos momentos dada la incertidumbre y tensión en los mercados financieros. Partiendo de que tiene reconocido un objetivo de estabilidad financiera, es evidente que su decisión de no intervenir en el mercado tiene connotaciones más complejas de valorar. ¿Se está forzando la petición de rescate de España? ¿O que pida intervención a través del Fondo de Rescate (FEEF)? ¿Hay otra salida?", se cuestiona José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España. Y eso es, precisamente, lo que pretende Alemania. Que España se retrate. Esto es, que levante la mano y pida el rescate. En concreto, la intención sería materializarlo bajo un esquema estructurado en dos fases. En primer lugar, el Gobierno español recibiría 100.000 millones de euros del actual Fondo de Rescate, una cantidad con la que podría afrontar sus próximos compromisos financieros. Sería una solución temporal a la espera de que la segunda versión del fondo de rescate, el Mecanismo de Estabilidad (Mede), esté ya operativo y disponga de recursos e instrumentos financieros para prestar asistencia a los países en dificultades. Con el Mede activo, sería el encargado de suministrar el resto del préstamo, que en conjunto podría rondar los 300.000 millones de euros. 4. Berlín ya ha consentido demasiado: A los ojos de Alemania, su contribución al futuro del euro ya está siendo más que suficiente. Es más, la sensación imperante, alentada por personalidades como el presidente del Instituto Ifo, Hans Werner Sinn, consiste en que Alemania está financiando al resto de los países periféricos. Si, además, las autoridades financieras germanas, con el Bundesbank a la cabeza, consienten que el BCE aparque su ortodoxia y se aplique en políticas como las compras de bonos, la concesión sería mayúscula. Más aún si se tiene en cuenta que las adquisiciones en el mercado secundario ya bordean la legalidad, puesto que el artículo 123 del Tratado de Lisboa prohíbe, taxativamente, "la adquisición directa (...) de instrumentos de deuda por el Banco Central Europeo o los bancos centrales nacionales". Aunque la institución monetaria realizó sus compras en el mercado secundario -es decir, una vez emitidos los títulos- y no en el primario -cuando se emiten-, que es lo que no permite la norma, en Alemania se considera que esas adquisiciones vulneran el espíritu de esa prohibición. 5. No es la cura a todos los males: La oposición a que el BCE vuelva a comprar bonos se apoya, adicionalmente, en el convencimiento de que no es el remedio a los males que aquejan a los países más expuestos a la crisis. Estas naciones arrastran problemas estructurales de fondo que no se resuelven con las adquisiciones puntuales de deuda, sino con reformas y ajustes para adaptarse a las nuevas condiciones económicas. Miguel Paz, de Unicorp Patrimonio, juzga además que "una compra del BCE de nuestra deuda empeoraría la situación, porque todo lo que compre subordinaría el resto de la deuda". Es decir, la entidad se situaría como acreedor preferente, con lo que perjudicaría al resto de los inversores, tal como se vio en el caso de Grecia, en el que el BCE no participó en la quita, que sólo afectó a los acreedores privados. También matiza que esas "compras sólo servirían para reducir la prima de riesgo momentáneamente y alejar un poco a los especuladores".