17 de agosto de 2012

La 'navarridad' facciosa

POR E. MAJUELO GIL, HISTORIADOR . ESCRITORES LEGITIMADORES COMO DEL BURGO, IRIBARREN, MAÍZ Y LIZARZA EDULCORARON SUS LIBROS TIÑENDO LA FEROZ REPRESIÓN EN NAFARROA BAJO EL BARNIZ DE LA LEGITIMACIÓN. LA sorprendente concatenación de las declaraciones de guerra de las potencias mundiales en julio-agosto de 1914 vino acompañada de una atmósfera de éxtasis popular sujeta al deber que cada ejército debía presuntamente cumplir en los campos de batalla. El inicio de aquella guerra estuvo marcado por grandes manifestaciones de júbilo de apoyo a los soldados y voluntarios que desde Berlín, París, Petrogrado o Viena marchaban al frente de combate. Muy pocas semanas después, aquella soñada guerra "justa" puso las cosas en su sitio cuando en la retaguardia se hicieron frecuentes las dramáticas escenas que protagonizaron miles y miles de tullidos y heridos que volvían de los campos de batalla; el número de cadáveres, desaparecidos y prisioneros, pronto se contaron por decenas de miles; las dimensiones de aquella catástrofe fueron inimaginables pero rebajaron en seco el tono animoso con el que parisinos, moscovitas, berlineses o londinenses habían despedido pocos días antes a sus jóvenes combatientes en las estaciones de ferrocarril. Después de la inmensa carnicería humana producida entre 1914 y 1918, con la desaparición de una completa generación de jóvenes de los países contendientes, fue difícil imaginar nuevos inicios de guerras épicas con exhortaciones eficaces para el enrolamiento y su perduración en el tiempo. La Guerra Civil española no fue una excepción: del entusiasmo de las milicias y voluntarios sumados a favor o en contra de la rebelión a la percepción de que se entraba en una guerra sucia, no hubo sino un tramo cronológico que va del inicio del golpe de Estado a su casi inmediato fracaso con el consecuente correlato, animado por la irresponsabilidad criminal de los generales Mola y Franco, del comienzo de una guerra larga, dura e imprevisible. Es hora, por ello, de rebajar el todavía perceptible relato del inicio de la Guerra Civil en Nafarroa que algunos de sus protagonistas, en el bando insurgente como no podía ser menos, retrataron en términos resplandecientes, en los que se mezclan altas dosis de idealismo y voluntarismo sin dejar resquicio alguno a la cruda realidad que se impuso muy poco después del golpe de Estado de julio de 1936. Imaginando comportamientos colectivos ungidos de destino histórico olvidaron de narrar la confrontación de clases sociales que está en el núcleo de la guerra civil; obviaron cuestiones tan evidentes como que la guerra no fue corta como habían previsto sino que tuvo un desarrollo cronológico azaroso; no explicaron cómo la república y su gobierno que ellos tildaron de corruptos pudieron desplegar una resistencia inesperada y encarnizada; sumidos en su ideología supramaterial no fueron capaces de ver la dimensión dramática y humana que la guerra había iniciado con su secuela interminable de muertos y destrucción. Estos sorpresivos olvidos ponen bajo sospecha la capacidad de explicación de esos relatos que configuran la visión franquista -católico conservadora, falangista, carlista, militar insurgente- elaborada en Nafarroa sobre lo sucedido tras julio de 1936. La Nafarroa soñada por José María Iribarren, Antonio Lizarza, Félix Maíz o Jaime del Burgo en sus libros queda fuera de los relatos de la historia crítica para ser reducida a textos de parte, legitimadores de la situación creada por el triunfante bando faccioso. Sus escritos están teñidos de un tufillo épico con el que legitimaron el golpe de Estado y la dictadura franquista. La realidad, sin embargo, tuvo otros registros más prosaicos: nada de heroico tuvo el despliegue de la represión ejercitado por guardias civiles, requetés, falangistas y otros matones en los pueblos de Nafarroa; ningún motivo de orgullo debía adjudicarse a quien ejecutó por la espalda y a quemarropa al comandante Rodríguez Medel en la tarde del sábado 18 de julio; las sacas y asesinatos, en dantesca y larga composición nocturna, fueron conocidos por los vecinos de los masacrados de manera indefensa sin que nada de esto aparezca en los libros que, por lo general, fueron escritos en pleno disfrute del régimen franquista cuando, sin enemigos interiores ni exteriores, no era momento de recordar a sus seguidores el lado tenebroso de la construcción de la dictadura sino las beneficiosas consecuencias de la victoria. El aporte de los partidos carlista y falangista al conjunto de los movilizados contra la República es indiscutible. A partir de aquí conviene precisar algunas cuestiones: que la movilización fuera espontánea nadie lo puede mantener cuando a Mola se le ofrecieron a finales del otoño de 1935 un conjunto de 7.500 boinas rojas carlistas, esto es, toda una amplia organización encuadrada en organizaciones paramilitares, entrenadas meses antes del estallido de la guerra bajo la organización de sus mandos políticos, instructores bélicos y el apoyo del clero carlista; el número global de voluntarios insurgentes durante las primeras semanas exige más de una aclaración respecto a su procedencia geográfica; el relato de testigos de los hechos habla del miedo que la población iruindarra manifestó en los momentos de la proclamación de la guerra, los balcones estaban cerrados y el júbilo no se haría expresivo hasta el control militar de la situación; ni siquiera esa idea tan difundida del férreo dominio de la situación por parte del general Mola se compadece con la realidad pues hubo personas de izquierdas que huyeron al mediodía del 19 de julio en tren a Zaragoza. TEÑIDO DE GLORIOSO Que hubo muchos miles de navarros que fueron reclutados para marchar a Iruñea y de ahí al frente nadie lo pone en duda. Pero entre ellos se contaron cientos de republicanos que no pudieron escapar de inmediato y tuvieron que hacer la guerra, cuando no desertaron, en el bando contrario al de su ideario. Otros cientos pudieron llegar a la zona leal del frente norte al residir justo en la muga entre las zonas de influencia de los contendientes. Muchos otros no tuvieron tanta suerte, como la masa de huidos que vagó por los montes de Yerga y la sierra del Moncayo hasta que fueron hechos prisioneros, y, como ya se ha escrito en ocasiones, más de tres mil republicanos fueron masacrados en las cunetas. El relato de los inicios de la guerra elaborada por esos escritores antirrepublicanos, más que al esclarecimiento de las cuestiones arriba mencionadas apelaba a su justificación. Tiñeron de glorioso todo lo que encajaba en su ideario y dejaron de lado los aspectos no presentables de su acción, regando de sangre los campos navarros a cargo de asesinos bendecidos por un buen número de clérigos que se implicaron en esos actos. Sus benefactores quedaron agradecidos ante un futuro edulcorado tras el exterminio de su enemigo de clase. El público vienés o parisino muy pronto había deplorado los traumas causados por la guerra europea. También en la guerra española los desgarros espirituales por la pérdida de los seres queridos, ya en el frente ya en la retaguardia franquista, fueron clamorosos. Ese grupo de escritores navarros, sin embargo, cuando se enfrentaron a una situación similar a la de sus homónimos europeos respondieron en sus escritos mirándose al ombligo de sus ideas por las que el derribo de la república y la desaparición de los republicanos eran el coste a pagar para la invención de su Nafarroa mistificada y heroica. La sensiblería ñoña que puebla sus libros se construyó con los huesos de sus vecinos asesinados.Publicado en Deia.