27 de octubre de 2012

Bancahucio

Maruja Torres (El País) / UCR
Como persona humana que es, un banquero español, sin duda, posee también su peculiaridad identitaria, su hecho diferencial, su patria, su bandera. ¿Es España? Todos sabemos que no: la identidad bancaria no pasa por la nación española ni por las de las Autonomías. Es transversal, transustancial, levitadora y venerable. Tiene otra hoja de ruta. ¿Cuál es?, se preguntarán los lectores. La pasta, se apresurarán a aventurar los más simples. El Club Bilderberg, proclamarán los más informados. Las fiestonas en Marbella, Ibiza o Miami, dirán otros. Los jets privados. Las felaciones regias e intempestivas. En fin, cada cual irá exponiendo su idea, según sus propias fantasías de riqueza y poder.

Sin embargo, ha quedado claro —lo afirma el informe de los jueces desvelado ayer por este diario— que la patria del banquero es El Desahucio. Mejor dicho: el territorio Desahucio. Si uno de nuestros banqueros empezara a caminar ahora mismo por uno de los 350.000 pisos arrebatados a otros tantos propietarios, llegaría aún más lejos de nosotros de lo que está. Imaginen. Abriendo la puerta (con su propia llave), y realizando los movimientos habituales de quien se introduce en una vivienda por primera vez (vestíbulo, salón-comedor, habitaciones de los niños, dormitorio principal, ¡chequeo de instalaciones en los baños!)... 

Recorriendo uno tras otro los hogares perdidos por esas familias gracias a una ley feroz de 1909. Si ello hiciera, estoy en condiciones de afirmar que ese buen hombre, el banquero, cuando cerrara la última puerta del último piso a sus espaldas, habría envejecido unos cinco años y obtenido medio millón de pisos ajenos más, porque esto no lo arregla ni Dios, y desde luego Gallardón tampoco, ni mucho menos De Güindows, que ya produjo su ruboroso e inútil Código de Buenas Prácticas, sacándoselo hace unos meses del gemelo del puño de su camisa.

El Desahucio. Qué poca vergüenza.