2 de octubre de 2012

Hobsbawm, un historiador marxista para una izquierda racional (crónica de urgencia)




FRANCISCO ERICE Sección de Historia de la FIM
Hace ya algunos años, Eric J. Hobsbawm solía ser caracterizado, entre otras cosas, como el mayor historiador marxista vivo, sobre todo desde que desapareciera, allá por 1993, su compatriota Edward P. Thompson, tal vez su principal oponente para merecer semejante título. Cuando, en 1996, la revista española Historia Social le dedicara a Hobsbawm un amplio número monográfico, uno de los glosadores críticos de su obra lo calificaba (aunque entre interrogantes retóricos) como “el último marxista de oro”. Lo de “último” sonaba algo así como a alabanza fúnebre o epitafio de una corriente interpretativa de la historia que, por fortuna, aún tiene mucho que decir. Queda todavía algún otro “marxista de oro” entre los historiadores, incluso en nuestro país, pero el elogio explícito era, desde luego, merecido y justificado.

Hobsbawm, que acaba de fallecer, ha sido no sólo historiador eminente (uno de los más grandes, sin duda), sino también testigo privilegiado del siglo XX. En su apasionante libro de Memorias (Años interesantes. Una vida en el siglo XX), él mismo se definió como “observador partícipe” de su tiempo, a la manera de los antropólogos. Había nacido en Alejandría (Egipto) en 1917, hijo de madre austriaca y padre inglés de origen judío. Vivió, de niño y adolescente, en Viena y Berlín hasta el ascenso del nazismo, trasladándose luego a Inglaterra, donde estudió en Cambridge y desarrolló posteriormente su carrera académica, sobre todo en Londres y, ya retirado, como profesor visitante en Nueva York.

Militante comunista desde su juventud, Hobsbawm fue, desde 1946, uno de los integrantes del Grupo de Historiadores del Partido Comunista Británico, que, entre otras cosas, fundó en 1952 la revista Past & Present (Pasado y Presente), la cual sigue siendo hoy, ya alejada de su origen, una prestigiosa publicación académica. En el mencionado Grupo se aglutinó el que puede considerarse, en su conjunto, el más brillante plantel de historiadores del siglo XX (Maurice Dobb, Edward Thompson, Christopher Hill, Rodney Hilton, Víctor Kiernan, el propio Hobsbawm, etc.). Es cierto que se disolvió de facto en 1956, cuando la mayoría de sus miembros abandonaron el PCB en protesta por la intervención soviética en Hungría, pero sus componentes –como muchas veces han reiterado- siguieron manteniendo una afinidad intelectual y un estilo común de trabajo, centrado en un marxismo abierto, no economicista, que privilegia el cambio social y la centralidad de la lucha de clases y no desdeña incorporar el peso y la importancia de los fenómenos culturales. Hobsbawm permaneció en el Partido, en parte por consideraciones políticas, en parte por razones sentimentales, y en él se mantuvo hasta su disolución, aunque sus querencias gramscianas y sus posiciones ideológicas lo orientaban sobre todo hacia el PCI (el Partido Comunista Italiano).

Es verdaderamente imposible resumir en breves líneas la obra ingente de Hobsbawm, que supera en cantidad y calidad todo lo imaginable, aun teniendo en cuenta la edad que llegó a alcanzar en plenitud de facultades intelectuales. La “selección bibliográfica” que acompañaba al dossier que le dedicó la revista antes citada incluía siete apretadas páginas de títulos de libros y artículos que abarcan –y este es otro de los rasgos más sobresalientes de Hobsbawm- un espectro de temas verdaderamente prodigioso.

Ciertamente, Hobsbawm ha dejado huella profunda en todos los campos temáticos que abordó. A él se debe la apertura, entre los historiadores, con una investigación pionera, del debate sobre la crisis del siglo XVII y su influencia en la transición al capitalismo. Fue profundo renovador de los estudios del movimiento obrero, que contribuyó a rescatar, desde posiciones marxistas críticas, de los planteamientos teleológicos, y a insertarlos en el estudio de la clase obrera y del “mundo del trabajo”. Transformó, en parte, la vieja historia de las agitaciones campesinas y sobre todo de los movimientos milenaristas; su apasionante libro Rebeldes primitivos sentó las bases de una nueva visión de estos fenómenos, con préstamos de la antropología y una no siempre explícita pero subyacente influencia de Gramsci y su concepto de “subversivismo”. Participó, con brillantes aportaciones, en la controversia sobre las condiciones de vida de los trabajadores durante la revolución industrial y en la renovación de los puntos de vista dominantes sobre alguno de los movimientos obreros y populares más importantes de entonces (como el luddismo de los destructores de máquinas). Contribuyó también, de manera muy notable, a consolidar la renovación de los estudios sobre los nacionalismos, desvelando las imposturas “esencialistas”, explicando las naciones como construcciones “desde arriba” y acuñando además conceptos como el de “invención de la tradición”, que han demostrado su fertilidad, entre otras cosas, para comprender esos procesos. Su recopilación de trabajos Sobre la Historia, publicada en España en 1998 es, a mi juicio, una de esas lecturas especialmente estimulantes que a un estudiante de Historia que se inicia o un lector culto interesado en esta materia se debe siempre recomendar.

No menos importantes son sus contribuciones al estudio del marxismo; la mayoría de ellas, al menos las más relevantes, como el grueso de la obra de Hobsbawm, están publicadas en castellano, y han sido recientemente recopiladas en un libro que lleva el sugerente título deCómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Lo que, por encima de cualquier otra consideración, caracteriza la visión de Hobsbawm sobre el marxismo es su concepción del mismo como una tradición abierta y plural, cuyos planteamientos deben ser sometidos, al igual que los de cualquier otra, a un revisión crítica, pero que todavía sigue siendo útil para comprender y trasformar el mundo.

Por si todo esto fuera poco, Hobsbawm es conocido, entre un público más amplio que el de los historiadores profesionales, sobre todo por su tetralogía sobre el mundo contemporáneo, desde la ya lejana publicación (en 1962) del primer tomo (La era de la Revolución, traducido al español como Las revoluciones burguesas) hasta el cuarto y último (1994), su Edad de los extremos. El corto siglo XX (en castellano, más sucintamente, Historia del siglo XX). Aunque fluctuante en su construcción y en algunos de sus planteamientos –los sucesivos tomos van adaptándose a los cambios historiográficos y de sensibilidad de los nuevos tiempos-, el conjunto constituye una obra de interpretación de los dos últimos siglos y una exhibición de cultura histórica verdaderamente incomparable con la de cualquier otro historiador contemporáneo, siempre con la voluntad de alejarse de cualquier reduccionismo en los análisis, buscando la integración y la interrelación de los factores.

El pulso como historiador de Hobsbawm se aprecia sobre todo, lógicamente, en sus trabajos más influyentes, pero sus libros aparentemente menores constituyen verdaderas perlas historiográficas y a veces hasta literarias, que incluso un lector no experto puede disfrutar en plenitud. No puedo dejar de mencionar, en ese sentido, su ya antiguo libro recopilatorio de estudios sobre los comunistas y las revoluciones sociales (Revolucionarios), el que dedica al bandolerismo social (Bandidos), o los capítulos plagados de sugerencias y hasta de sentido del humor incluidos en el libro Gente poco corriente, con semblanzas que abarcan desde algunos exponentes de las tradiciones radicales del siglo XIX hasta personajes turbios de la vida política americana, pasando por figuras del jazz, modalidad musical de la que era profundo conocedor y crítico aficionado.

Toda esta ingente obra no sería del todo entendible, finalmente, sin las reflexiones contenidas en sus Memorias o los libros de entrevistas y recopilatorios en los que nos ofrece su visión de la política y la sociedad de nuestro tiempo, como su Entrevista sobre el siglo XXI o el más antiguo, pero a mi juicio extraordinario, Política para una izquierda racional (editado en España en 1993), que reúne varios trabajos con “implicaciones políticas” directas.

Permítaseme terminar esta larga, casi improvisada y sentida reseña precisamente con esta pequeña joya de la bibliografía hobsbawmiana. En ella, nuestro autor nos recuerda una vez más que los tiempos han cambiado y por tanto también debe hacerlo nuestra visión de lo que escribieran Marx o Lenin, cuya obra, como la de cualquier otro, debe estar “abierta a un escrutinio crítico”; lo cual no significa que, su juicio, el marxismo haya dejado de ser una guía útil para entender el mundo. Pero hay otras dos ideas suyas fundamentales que quisiera resaltar. La primera es la necesidad de que “la razón de izquierdas haga una crítica de la emoción de izquierdas”. Hobsbawm, frente a los “utopistas” o “imposibilistas” defensores de la pureza frente al compromiso, declara formar parte de la tradición de los “radicales” que son a la vez “realistas”: la de “Marx y Lenin o, concretamente, la del Séptimo Congreso Mundial de la Internacional Comunista, la de los frentes populares y la unidad antifascista”. Por eso –asegura, a fuer de realista- siempre se ha manifestado refractario a la nostalgia: “no basta con lamentarse con el declive experimentado por ‘el movimiento’ desde los grandes días de antaño, puesto que la nostalgia no los hará regresar. Debemos construir sobre los fundamentos del pasado, pero la construcción debe ser nueva”.

Pero esa izquierda racional por la que aboga no se basa, en modo alguno, en la renuncia a la transformación social: “el capitalismo –afirma Hobsbawm- sigue siendo rapaz y explotador y el socialismo sigue siendo bueno”. Es la reflexión del viejo historiador, que todavía no hace mucho convocaba a los colegas progresistas a una alianza frentepopulista contra el asalto a la razón perpetrado por la historiografía postmoderna. Defender la historia es también ayudar a preservar el viejo proyecto emancipador: “de nosotros no se podrá decir –asegura- que ya no creemos en la emancipación de la humanidad”. No es extraño que Hobsbawm concluya su citado libro de Memorias con un llamamiento a la vigilancia y a la acción: “Pero no abandonemos las armas, ni siquiera en los momentos más difíciles. La injusticia social debe seguir siendo denunciada y combatida. El mundo no mejorará por sí solo”. Que así sea.