22 de noviembre de 2012

Pepe Gutiérrez / Kaoselared
Emma Goldman sigue siendo noticia. Después de la reedición de la biografía que le dedicó Peirats, de un documental, ahora nos llega un estudio sobre su pasaje por nuestra guerra y revolución. Fue su último combate.

Nacida en la localidad rusa de Kosovo en 1869 en una familia judía, Emma Goldman emigró a Estados Unidos cuando tenía veinte años, huyendo de un entorno familiar autoritario y del agobio de la autarquía zarista. Su leyenda sigue viva en la izquierda libertaria norteamericana, que le ha dedicado ensayos, bio­grafías, documentales, hasta un ballet. Su biógrafo hispano, José Peirats dirá de ella: "Emma Goldman fue una fuerza de la naturaleza. La rebeldía nació en ella manifestándose desde los primeros años de su existencia"1.


Se hizo anarquista a la sombra de la ejecución de los anar­quistas de Chicago de 1887, en un tiempo en el que el anarquis­mo estaba arraigando en el Nuevo Mundo. Desde entonces, su trayectoria militante conocerá una época de plenitud, hasta el punto de convertirla en "la mujer más peligrosa del mundo", según declaración de la mente policíaca que respiró cuando Emma se vio obligada a abandonar su país de adopción en un momento en el que la historia comienza un nuevo ciclo histó­rico con la Primera Guerra Mundial y la revolución rusa, y en el que desaparecen los márgenes democráticos de antaño.

Desde luego, la suya fue lo que se dice una vida plena: mili­tante incansable de todas las causas obreras, feministas, demo­cráticas de su época, amante de Johann Most, el mismísimo diablo para las autoridades2, Emma siempre llevaba un libro en el bolso en previsión de una detención que podía llegar en cualquier momento. Oradora inflamable, el radio de sus afines resulta francamente apabullante; en cuanto sus criterios, toda­vía siguen fascinando a toda una corriente libertaria, si bien nos puedan parecer muy discutibles, sobre todo en lo que se refiere a su aplicación en situaciones muy alejadas de las Emma vivió en su época dorada..

Desarrolla sus actividades en foros de todo tipo; en Hyde Park arrastra muchedumbres. Durante una visita a Londres se entrevista con los líderes del movimiento anarquista: Kropotkin, Malatesta y Louise Michel. Toma parte en el congreso de Amsterdam de 1907, viaja a Viena y a París, donde está a punto de cenar con Osear Wilde. De vuelta a Estados Unidos, dedica su mayor esfuerzo en lograr la libertad de Alexander Berkman, su compañero -Sasha- que continúa preso; trabaja como co­madrona en la línea de Margaret Sanger; inicia su labor de pro­paganda en torno a la revista Madre Tierra y vive con Ed, su amante más conocido, del que acaba separándose tras una dis­cusión sobre Nietzsche. Esta es la época en la que Angiolillo mata al primer ministro español -y verdugo de los trabajadores con ocasión del montaje policial llamado "La Mano Negra"-, Antonio Cánovas, en el balneario de Santa Águeda. Poco des­pués, en 1901, Emma se ve implicada en el asesinato del presi­dente McKinsley, y cuando se le pregunta si está de acuerdo con el atentado, responde que no, pero que este es una "baga­tela" en comparación con los crímenes perpetrados por el Es­tado. Entre continuos cambios de residencia, es detenida por su campaña contra el reclutamiento voluntario para la Primera Guerra Mundial y permanece en prisión de 1918 a 1919, en el que regresa a Rusia como parte del sector del anarquismo internacional que aboga por la colaboración con los bolchevi­ques. Cuando, en las postrimerías de la guerra "civil" que había dejado al país sumergido en el abismo, tienen lugar, entre otros muchos actos represivos, los acontecimientos de Kronstadt de marzo de 1921, Emma y Alexander Berkman "ya no veían la gran revolución sino las bajas miserias, un desencadenamien­to inhumano de autoridad, el fin de todas las esperanzas"3.

El nuevo exilio de Emma   Goldman estuvo lejos de ser dora­do. No pudo volver a los Estados Unidos, y después de conocer un reconocimiento de Canadá, pudo instalarse en Gran Bretaña gracias a los esfuerzos de la izquierda laborista. En 1931 escribid su autobiografía Living my Life (Vivir mi vida, de la existe una versión castellana editada por la Fundación An­selmo Lorenzo) que será un gran éxito editorial internacional. Es una época oscura: "Es extraño el efecto que tiene el tiempo sobre las carreras políticas. Hace apenas una generación, mu­chos conservadores norteameri­canos creían que las opiniones de Emma Goldman barrerían con todo. Ahora lucha casi sola por una causa aparentemente perdida; la gran mayoría de los radicales contemporáneos están contra ella..." escribe el director de la revista Harper's Magazine, que sigue publicando sus artícu­los. Sin embargo, su espíritu no decae, "estoy ahora más decidida que nunca a hacer que mi vida termine tal como comenzó, en la lucha". En aquel entonces había escrito, en una carta dirigida a Berkman, que no era partidaria de que los anarquistas españoles participaran en las elecciones y rechazaba de plano toda idea de trabajar en común con los comunistas. Pero el 28 de junio de 1936 Berkman se suicidó. Unas semanas más tarde, le llega a Emma la noticia de la guerra y la revolución española. Ella cree que de haber sucedido antes, Berkman se habríareanima­do. Su idea es coger el tren hacia Barcelona, pero las au­toridades británicas le pusieron toda clase de obstáculos. Aún y así, aunque no pudo instalarse en España como era su deseo, logró arreglar las cosas para poder efectuar tres largas visitas.


En las colectivizaciones de Aragón

Como cualquier ácrata abierta al mundo, Emma estaba al tanto de la crisis social española y del papel sobresaliente que jugaba la CNT, la perla de la corona del anarquista internacio­nal, la última oportunidad para hacer la revolución que soña­ba. De ahí la inmensa alegría que le produjo la nota del anar­quista germano Agustín Souchy, secretario de la Comisión Anarcosindicalista. Profundamente emocionada, Emma le co­municó a su sobrina que la carta "contenía una invitación para que fuera a Barcelona. Créeme, mi corazón dio un salto y el te­rrible peso que me oprimía desde la muerte de Sasha desapa­reció como por arte de magia". Emma llegó a Barcelona en sep­tiembre de 1936, donde era un mito, y fue recibida con fervor por CNT y FAI, muy especialmente por las compañeras que  acababan de crear "Mujeres Libres". Diez mil militantes asistie­ron a un gran acto, en el que Emma les dijo que eran un "mara­villoso ejemplo para el resto del mundo". Nunca hasta ahora se había encontrado en una ciudad donde dominaban los anar­quistas y existían perspectivas enormemente gratas: "He veni­do hacia vosotros como hacia mi propia familia -declaro-, pues vuestro ideal ha sido el mío durante cuarenta y cinco años, y seguirá siéndolo mientras tenga aliento".

En medio de aquella situación efervescente, Emma se olvidó de sus dudas y reparos doctrinales, y se dispuso a servir a la causa. Des- ; de la CNT querían que se encar­gara del servicio de prensa y pro­paganda afín en el Reino Unido. A pesar de los problemas del idio­ma (Emma sabía obviamente in­glés y ruso, así como algo de fran­cés, pero también tenía idea de otros idiomas, y no hubo muchos problemas), los líderes Genetistas trataron de convencerla, de ha­cerle ver los graves problemas que tenían delante para que ella pudiera comprender lo que estaban haciendo. Incluso la ayu­daron a llegar al frente aragonés a fin de que comprobara personalmente si, tal como le habían dicho, se habían "milita­rizado" las milicias anarquistas. En su edad augusta, Emma se encontró en un lugar de las trincheras donde sonaban las balas fascistas, y pudo conversar con Buenaventura Durruti, así como con "obreros simples y candidos que habían acudido en masa al frente para jugarse el todo por el todo en aras de la libertad de España". Regresó del campo de batalla más tranqui­lizada. No había visto la disciplina de cuartel que temía. Le quedó una cierta idea de una lucha llevada a cabo por trabaja­dores idealistas, de gente como la que describió George Orwell en su Homenaje a Cataluña. No obstante, lamentó que aquella revolución, lo mismo que todas en los tiempos modernos, tuviera que gestarse en una guerra despiadada, aunque le resultó grata la idea de que los anarquistas tuvieran la fama de ser los mejores en el campo de batalla. Como en otras tantas ocasiones, la concepción binaria pesó sobre ella4.

Bajo sus cuatro reglas primordiales sobre la situación espa­ñola, Emma pensaba que la cuestión fundamental de la revolu­ción española radicaba en la destrucción de un sistema agrario feudal, y visitó cuantas colectividades agrícolas pudo. La impre­sionó especialmente la situación de Albate de Cinca, una aldea colectivizada de la provincia de Huesca. La vasta extensión de tierra que antaño perteneció a un solo hombre, siempre ausen­te, había sido repartida entre los cinco mil residentes del lugar, recibiendo cada familia una parte proporcional a la cantidad de personas que la integraban. Aquellas tierras habían permaneci­do abandonadas durante años, pero ahora, aunque los trabaja­dores no contaban con maquinaria moderna, estaban logrando magníficos resultados de una experiencia cuya descripción parece extraída de la célebre película de King Vidor, El pan nuestro de cada día5. Estaban muy orgullosos de la trilladora que habían adquirido, así como de su capacidad para cultivar la tierra sin necesidad de tener encima el control de los antiguos dueños, o de cualquier repre­sentante del Estado. Emma no dejó de obser­var: "Los camaradas de Cinca consideraban su deber demostrar la calidad superior del trabajo en común". Su entusiasmo fue toda­vía mayor al comprobar que no existía nada semejante a la cheka ni indicio alguno de maquinaria estatal. Obviamente, no se per­cató de que se estaba dando una suerte de "cohabitación"; el Estado no intervino hasta que pudo hacerlo.

En cuanto a las colectivizaciones de las fá­bricas, Emma entendía que no había podido seguir un proceso equivalente por el hecho de que la iniciativa obrera estaba siendo obs­truida por la oposición del gobierno central, que se había trasladado de Madrid a Valen­cia. Por otro lado, la huida de muchos técni­cos y administradores, la creciente dificultad para obtener materias primas del exterior y la pérdida de los principales mercados nacio­nales y extranjeros, pesaba lo suyo. Aún y así, en sus anotaciones se manifestó "asombrada ante la capacidad de aquellos trabajadores a los que se suponía carente de la preparación necesaria". A sus ojos, el Sindicato del Metal de la CNT constituía un notable ejemplo. En sólo dos días había convertido una fábrica de automóviles en otra de armamento "y cuan­do llegué, en septiembre de 1936, ya trabaja­ban en tres turnos y producían las únicas armas que durante aquel período crítico pudieron obtener los leales". Estas y otras anotaciones optimistas son las propias de una primera visita en la que muestra muy prudente ante cualquier reprobación en base a los principios libertarios que había soñado.

Semejante percepción la llevó al convencimiento de que los anarquistas en España evitarían el modelo autoritario de los bolcheviques, y que la libertad estaría por encima de cualquier otro criterio. Después de sus visitas a los establecimientos colectivizados, llegó a proclamar con ocasión de una nutrida asamblea de la juventud de la FAI: "Vuestra revolución destrui­rá por siempre jamás (la idea) de que anarquismo significa caos". Esto no quiere decir que no entendiera que el proceso revolucionario estaría erizado de dificultades, no olvidaba que "debía hacer frente a un ataque armado". Ella nunca tuvo las dudas que albergaron otros anarquistas, y asumía la necesidad de la violencia, por lo que subrayó: "He sostenido y sigo soste­niendo que la defensa armada es la única respuesta al ataque fascista y contrarrevolucionario". Por lo tanto, se negó a conde­nar excesos como podían ser la destrucción de las iglesias y su conversión en almacenes. Después de todo, se pregunta: ¿quién se atrevería a criticar a un pueblo que, pese a la situa­ción difícil en frentes como los de Madrid y Zaragoza, enviaba mil delegados a Barcelona para tratar sobre la enseñanza moderna y los peligros de la centralización? En el tramo final de este primer viaje, todavía tuvo ocasión de conocer de cerca un experimento pedagógico liberta­rio en los Pirineos, sobre el que escribió: "Debo confesar que, prácticamente, tuvieron que su­birme por la montaña hasta una altura de cuatro mil pies sobre el nivel del mar. Y si pude llegar fue únicamente gracias a que de un lado me ayudaba el profesor Mawa y del otro, los hijos del camarada Puig Elias. Delante nuestro iba cantando alegremente un grupo de niños. Nos seguía otro, dirigido por un camarógrafo. Re­conozco que fue una hazaña difi­cilísima, pero no me la habría perdido por nada del mundo. En la cima de la montaña encontramos una blanca casita de cam­pesinos y un pedazo de tierra. Fuimos saludados por un gran banderín donde se leía en grandes letras el nombre de la colo­nia: Mon Nou(Mundo Nuevo). Su credo era: 'Los niños son el mundo nuevo'. Y todos los soñadores son niños; aquéllos a quienes impulsa la bondad y la belleza..."


Una solidaridad cuesta arriba

Después de subir una montaña de idealismo tuvo que bajar a la cima del "mundo criminal", a una Gran Bretaña instalada en el cinismo en la que un "honorable" gobierno conservador había logrado imponer a la Francia del Frente Popular, a los Estados Unidos del "New Deal", y a otros países como la Rusia estalinista, la política mal llamada de no intervención. La misma que en realidad significaba cuanto menos otorgarle una legitimidad equiparable al bando militar-fascista, lo que permitía a Alemania e Italia apoyar impunemente la contrarrevo­lución. Tardíamente, en octubre de 1936, la URSS comenzó a intervenir no oficialmente en favor de la República, sin olvi­darse ni por un momento de sus propios intereses como po­tencia que trataba de demostrar a Occidente que temía más a la revolución que nadie. Este apoyo se daba en una coyuntura histórica en la que el avance nazi-fascista y el desprestigio de la democracia liberal daban paso a un espejismo mediante el cual todo lo que venía de Moscú tenía que ser bueno.

No hay duda de que lo último que quería Stalin era permitir que en España avanzara una revolución de signo pluralista y libertario. Es por eso que bajo el manto de una ayuda que apa­recía como providencial para el pueblo, movieron todas sus piezas para determinar en lo po­sible la política republicana. En este proyecto se implicó tanto el aparato policiaco-militar ruso como los cuadros más despóti­cos y siniestros del Komintern estalinizado (Geróe, Stepanov, Marty, Vidali, con Togliatti como el "ojo de Moscú"), sin olvidar al PCE y el PSUC, que se tuvieron que adaptar a un proyecto muy diferente al que habían dado apo­yo hasta entonces6. Dicho en po­cas palabras: la revolución espa­ñola no solamente se tuvo que enfrentar a la contrarrevolución, también, bajo diferentes formas, tuvo en contra a todas las grandes potencias. Desde el punto de vista de Emma, era de esperar que esta pudiera contar al menos con el apoyo de los sindicalistas y socialistas del mundo que no estuviesen adscritos a la II o la III Internacional, entonces en líneas coincidentes.

La apuesta que consideraba la revolución y la guerra como inseparables se daba desde la CNT-FAI, desde el POUM, y tam­bién desde la izquierda socialista, que fue perdiendo base social. La idea de que ganar la guerra implicaba dejar de lado, o para más tarde, la revolución, significaba robarle al pueblo el motivo que había motivado las jornadas de julio del 36, sus­traerle la liberación social que había guiado otras guerras que triunfaron como revoluciones. Pero lo cierto era que la izquier­da con la que Emma Goldman seguía manteniendo sus co­nexiones, se mostraba desconcertada. Algunos de sus mejores amigos, como fue el caso del laborista de izquierda Harold Laski, se apuntaban al "realismo", veían el Frente Popular como la expresión de un frente unido que requería aplazar cualquier alternativa revolucionaria. Algunos incluso llegaron a aceptar la idea estalinista según la cual los revolucionarios "apuñala­ban a la república por la espalda", y no fueron pocos los que lle­garon al extremo de ligar la revolución con una oscura confa­bulación fascista. La consecuencia de esta política, que encaja­ba perfectamente con la política de "apaciguamiento" del fas­cismo, fue a ojos de Emma el factor que causó la indiferencia del movimiento obrero europeo, y que solamente sectores más o menos significados se implicaran en pasivas campañas de solidaridad que no se oponían a las políticas de sus respectivos gobiernos.

Nadie, por más proyección que tuviese, podría haber logra­do cambiar la dirección de la corriente de opinión marcada­mente adversa a los anarquistas españoles, claves ante el espantajo conservador cómplice con el franquismo. No obs­tante, Emma hizo todo lo que estuvo a su alcance, y creó una oficina de propaganda de la CNT-FAI, publicando en inglés un boletín con la finalidad de combatir la reacción. A tal efecto, inició una prolija campaña de cartas, algunas de ellas escritas por su propia mano, y las dirigió al Guardian de Manchester, alDaily Telegraph, al Evening Standard y a otros. Igualmente publicó artículos en Spain and the World, periódico quincenal. Al mismo tiempo se dedicó a organizar otras actividades como conciertos, muestras de arte catalán y exhibiciones cinemato­gráficas. Contribuyó a crear la Comisión de Ayuda a Mujeres y Niños Españoles Sin Hogar, de la cual fue "honorable secreta­ria", y contó con el concurso de diversas personalidades reco­nocidas. Posteriormente, consiguió convencer a Havelock Ellis, el sexólogo y activista social, a la novelista Rebecca West, con los que había sido cómplice en diversas campañas, al crítico de arte y ensayista libertario Herbert Read, a Fenner Brockway y George Orwell, ambos ligados Labour Independent Party y comprometidos especialmente con el POUM, para que presta­ran su prestigio para formar otra comisión, la Solidaridad Internacional Antifascista, con la que trató de "revivir" a los ingleses que le parecían "muertos" de conformismo.

Su entusiasmo no dio en absoluto los resultados que anhela­ba. Ni que decir tiene que en estas campañas, Emma no se olvi­daba de decir lo que pensaba, y el ambiente no daba para más. Pero por ella no quedó. En este tiempo, Emma ofreció nume­rosas conferencias a favor de la actuación anarcosindicalista hispana. Una de sus amigas de entonces, la novelista Ethel Manning, que le dedicó una de sus obras, Rosa roja, la descri­be en otra obra suya durante un acto de agitación. Distingue a la oradora como una "anciana baja, regordeta, de mirada ceñu­da, cabellos grises y gruesos lentes", Emma entró en la repleta sala y se sentó "mirando ferozmente al público". Cuando se puso de pie para hablar, sus partidarios la aplaudieron, los fas­cistas dieron muestras de reprobación, mientras los estalinistas la silbaban y cantaban La Internacional. Se oyeron gritos que pedían la intervención de la policía. Pero Emma anunció rugiendo que ya hacía cincuenta años que enfrentaba tales tumultos, y que nadie podía hacerla callar con sus chillidos. Les recordó a gritos que el pueblo español estaba dando su sangre por nuestra libertad. Al final del tumulto, los asistentes quedaron "subyugados por el ataque, y cuando terminó, la aplaudieron con enorme entusiasmo".


El final de una revolución

En sus discursos británicos, Emma insistía en que el objeti­vo era la derrota de Franco así como la supervivencia de la revolución. Pero, para la dirección de la CNT-FAI, lo primero les obligaba a participar en el gobierno del Frente Popular de Madrid. Después de tomar parte en el gobierno de la Generalitat catalana, en noviembre de 1936, el movimiento anarquista interna­cional asistió con estupor al nombra­miento de cuatro ministros en un Estado que ya -decían- no era el de siempre. En opinión de Emma, peor aún era que aceptaran armas de la URSS, con todo lo que esto significaba. Aunque nunca había aceptado plenamente la política seguida por la CNT-FAI, hasta entonces se las reservó internamente, como si cre­yese que no tenía derecho ni suficiente base para hacerlo públicamente. Vino a decir que esta revisión de los principios del anarquismo era inútil a la par que peligrosa. Creía que "los comunistas eran tan grandes enemigos de los anar­quistas como los fascistas y, en la prime­ra oportunidad, se volverían contra sus amigos para des­truirlos". Urgió a los dirigentes anarquistas a acelerar la revo­lución, y a conservar las milicias populares, a recurrir a las huelgas y a otras medidas netamente revolucionarias. Les advertía que si aceptaban ser ministros, dejarían de ser hom­bres útiles; que la "militarización" se oponía totalmente al espíritu. Sus cartas hablan por sí mismas:

--(14 de noviembre de 1936) Las cosas no andan tan bien. Nuestra gente se las ve en figurillas... A propósito de Rusia, querido, lamento desilusionarte, Rusia nunca hace nada por generosidad.

--(5 de enero de 1937) El así llamado frente unido pende de un hilo. Sólo conseguiríamos hacer las cosas másdifíciles para la CNT-FAI si fuéramos a decir claramen­te lo que pensamos.

--(4 de mayo de 1937) Bueno, he ocupado mi lugar junto a los camaradas españoles. No puedo aceptar todo loque hacen, pero su valor, su fortaleza y más aún, su apasionada devoción a la revolución me han decidido apermanecer a su lado hasta el triste final..."

Como es perceptible, esta última carta coincide con el inicio de los acontecimientos de mayo en las calles de Barcelona y de otras ciudades y pueblos de Cataluña. La situación había cam­biado de signo, ahora la iniciativa correspondía a las autorida­des republicanas dentro de las cuales el comunismo oficial había ido conquistando parcelas al tiempo que se extendían sus métodos. Algunos ministros anarquistas como Federica Montseny y Juan García Oliver se emplearon a fondo para ha­cer que los obreros abandonaran las barricadas sin ninguna garantía. Lo que siguió es conocido: las cárceles se vaciaron de fascistas para ser ocupadas por "trotskistas e incontrolados". Pero esto no fue obstáculo para que ella siguiera defendiendo públicamente a los dirigentes de la CNT-FAI, pidiendo solidaridad con la situación en que se encontraban.

A fines de 1937, Mariano Vázquez, el gitano que había sido escogido como secretario nacional de la CNT, solicitó a Emma |que actuara como delegada de la organización ante una reu­nión extraordinaria de la AIT, que se celebraba en París. En­tonces, Emma tuvo que actuar como abogada de la organiza­ción. El debate se desarrolló entre aquellos que, como el vete­rano Max Nettlau, estimaban que ya se había criticado dema­siado la actuación española, y otros que, como el ruso exiliado Alexander Shapiro, pensaban por el contrario que la CNT había cometido numerosos errores, y no entendían que Emma, que había sido su portaestandarte, los justificara. Ella tuvo que hacer un esfuerzo especial para no dar rienda suelta a sus dudas, y respondió: "Si no supiera que los españoles tienen al gobierno como recurso provisional que pueden arrojar por la borda cuando deseen, si no supiera que el mito parlamentario jamás los ha engañado ni corrompido, tal vez me alarmaría más el futuro de la CNT-FAI. Pero con Franco a las puertas de Madrid, difícilmente podría vituperarlos por elegir el menor de los males, por preferir la participación en el gobierno antes que la dictadura, el peor de los males"7.

Emma fue una inesperada cronista del proceso contra el POUM, del que dejó testimonio en uno de sus últimos artícu­los, en el Vanguard de Nueva York del 7 de febrero de 1939. Este trabajo contenía en parte su profunda aversión al bolche­vismo, que llevó a Emma -al contrario que Gamillo Berneri- a no distinguir en el "comunismo" diferencias. De esta manera, en medio de los llamados "procesos de Moscú", no dudó en escribir un panfleto contra Trotsky que tenía un título bastan­te explícito: Trotsky habla demasiado. Para ella, éste no había hecho otra cosa que preparar el camino de Stalin y calificó -junto con la CNT- a los "procesos" como un mero ajuste de cuentas entre "autoritarios". En algún momento de la guerra española llegó a hablar de "contrarrevolución marxista" para definir la política estalinista. Así fue hasta que la represión que se abatió sobre el POUM la llevó a tratar a Andreu Nin y a sus compañeros de "verdaderos bolcheviques". En el curso del proceso contra el POUM, el letrado defensor, Vicente Rodrí­guez Revilla, evocó su actitud diciendo: "Personalmente, quie­ro saludar en nombre de todos los antifascistas a la veterana anarquista Emma Goldman, que puede decirse que ostentaba aquí la representación de enemigos del POUM, pero amiga de la justicia y del derecho, quería saber, ver y oír. Se ha sacrifica­do asistiendo a todos los debates y para ella será mi gratitud eterna y la de los procesados".

Dicha actitud hizo que el órgano del PCF, L'Humanité, efec­tuara el siguiente comentario: "Emma Goldman, la famosa anar­quista internacional dio sus impresiones sobre el proceso de los espías del POUM que, según ella, había sido el más limpio de los que había asistido". En su artículo, Emma responde: "¡Qué habré hecho yo para merecer ser citada en un periódico comunista que no sabe bastante de mi actuación en el movi­miento revolucionario para poder escribir mi nombre correc­tamente! Quiero, sin embargo, asegurar a los lectores deVan­guard y a todos nuestros compa­ñeros, que yo no me referí nunca a los procesados del POUM como espías. Lejos de considerarlos ta­les, estaba convencida de ante­mano, al volver a Barcelona y em­pezar el proceso, de que las acu­saciones, preparadas por los sátrapas de Stalin contra ellos, iban de par con las usadas en Rusia por Stalin contra quienes deseaba ver eliminados. Si alguna vez hubiese dudado de la inocencia de los miembros del POUM acusados en este proce­so, los hechos ocurridos ante el tribunal durante once días, los testigos de cargo (y los de descargo) me hubieran convencido de la falta completa de pruebas con que se encontró el fiscal. De hecho, yo no había presenciado nunca una falsificación de los hechos tan cruda y deliberada como la contenida en el sumario. El fiscal por todos los medios trató de hacer que los acusados admitieran que habían recibido dinero de Hitler y Mussolini para extender la propaganda del POUM por España y en el extranjero. Pero tal pretensión fracasó ruidosa­mente..."8


El final

Emma asistió dividida al final de la revolución y de la guerra. De un lado mostró su comprensión por el dilema en el cual se hallaban los anarquistas hispanos, pero en su fuero interno no
creía que las decisiones de éstos tuvieran justificativo. Es indu­dable que Emma se dejaba llevar por sus sentimientos cuando defendía públicamente la línea de conducta de los anarquistas
españoles. Como ella misma dijo en una de sus cartas, veía las contradicciones de sus amigos españoles "con los mismos ojos que una madre a su hijo condenado".

A otro camarada le decla­ró: "En estos momentos corresponde tanto juzgar a nuestros compañeros como enjuiciar a un hombre condenado a muer­te. Ahora debemos dejar a un lado todas las teorías y esforzar­nos al máximo por ayudar a nuestros compañeros". Pero en el fondo, Emma siguió siendo esencialmente rebelde antes que revolucionaria. En una carta dirigida a una novelista amiga, que había puesto en duda el valor de las revoluciones cuando las mismas "ahogan el espíritu creador", le replicó diciendo: "De algo puedes estar segura: de que si la CNT-FAI llegara ver­daderamente a vencer, llegara realmente a convertirse en la única fuerza económica y espiritual y, desde esta posición, tra­tara de ejercer represión, yo sería la primera en cortar con ellos". En tal caso, se rebelaría contra la propia revolución, ya que si bien su espíritu maternal la inclinaba a excusar a sus afi­nes, semejante magnanimidad la había hecho distanciarse de su habitual idealismo.

Luego, aun­que hacía mucho que tenía el presentimiento que la derrota era inevitable, se sintió abruma­da de dolor cuando, finalmente, sus compañeros españoles caye­ron vencidos y cerraron de la peor de las maneras posibles medio siglo de vibrante historia. En un último gesto de apoyo, Emma fue a Canadá a recoger dinero y expresiones de simpatía para la causa española, ahora irremisiblemente perdida. El día 27 de junio de 1939, cuando celebraba su septuagésimo aniversario, recibió en Toronto un mensaje que la conmovió profundamente. Desde el exilio, Mariano Vázquez la saludaba en nombre del movimiento liber­tario español. Su tributo, redactado en un tono algo ampuloso, concluía con estas palabras: "Usted es la encarnación de la eterna llama del ideal del cual su vida es ejemplo vivo. Los mili­tantes españoles la admiran y reverencian como todo anar­quista debe admirar y valorar a los seres de gran corazón y per­durable humanidad para con todos los hombres... La declara­mos nuestra madre espiritual".

El evento pasó inadvertido para la mayoría en un mundo más criminal que nunca inmerso como estaba en una guerra mundial que convirtió en cosas de niños la primera. Con todo, algunas de sus amistades consi­guieron convencer a la administración Roosevelt para que su cuerpo fuese enterrado en el Cementerio Waldheim de Chicago, al lado de los mártires de Haymarket, que tanto habí­an influido en las decisiones fundamentales de una larga vida militante que conoció en la guerra española su último y más complejo combate.

Notas

1.       Entre las obras que tratan sobre la guerra española de Emma Goldman hay que citar la edición de David Porter, Visión en llamas. Emma Goldman sobre la Revolución española (El Viejo Topo, Bar­celona, 2012); el penúltimo capítulo de su biografía Rebelde en el paraíso (Ed. Americalee, Buenos Aires, 1960), de Richard Drinon; así como el conocido trabajo de José Peirats en Ruedo Ibérico con el título de Emma Goldman, la desposada de la anarquía. La acabó editando Laia de Barcelona como Emma Goldman. Una anarquis­ta en la tormenta del siglo), y existe una edición reciente especial­mente cuidada, Emma Goldman, anarquista de dos mundos, la de La Linterna Sorda (Madrid, 2011) con prólogo de Ignacio C.Soriano. Llama la atención el comentario de Enric Ucelay-Da Cal en la edición de las memorias de Peirats, donde habla de la "insu­frible luchadora", y le atribuye "un desprecio absoluto por cual­quier realidad política" (De mi paso por la vida, Ed. Flor del Viento, Barcelona, p, 81). Aunque reconoce que se trataba de una mujer "sin duda audaz", no parece que estos sea suficiente para explicar el alcance de su prestigio e influencia. El historiador norteamericano Howard Zinn muestra otra percepción en Emma, obra teatral que fue editada por Hiru (2001), estrenada el 12 de marzo de 2009 en el Teatro Arriaga de Bilbo.

2.       Sobre Most, ver mi artículo  Johann Mosty la violencia revolucionaría, apare­cido enkaosenlared.net/noticia/johann-most-violencia-revolu- cionaria

3.       Victor Serge, Memoria de un revolucionario (Ed. Veintisiete Letras, Madrid, 2011, p. 195) Una visión bastante ajustada sobre estos acontecimientos es la de Paul Avrich, Kronstadt 1921 (Ed. Proyección, Buenos Aires, s/f). Avrich indica que: a) los ocupantes de la fortaleza no eran anarquistas y querían unos soviets sin bol­cheviques, justo lo que predicaba por otros motivos la reacción; b) que los blancos deseaban fervientemente su victoria; c) que los bolcheviques no tuvieron más remedio que intervenir. Me remito a los artículos sobre la cuestión aparecidos en Kaos. Las aportacio­nes de Emma, Dos años en Rusia  (Pequeña Biblioteca, Mallorca, 1978), así como la de Berkman, tuvieron una considerable influen­cia en el anarquismo internacional. El capítulo ruso de Emma está tratado en la película Reds, y estudiado en la antología de John Reed titulada Rojos y Rojas (El Viejo Topo, Barcelona, 1999).

4.       En su obra, Cine y anarquismo (Gedisa, Barcelona, 2001), su autor, Richard Portón se queja justamente del enfoque binario que se suele efectuar sobre el anarquismo, lo que ilustra con abundantes ejemplos. Pero no percibe cuando sucede lo contrario; así, ya en la primera página de este libro los actos y palabras de Emma están por encima de cualquier duda. Portón asegura que ella y Ferrer i Guardia "extendieron la indivisibilidad de teoría y práctica a la polí­tica sexual, el arte de vanguardia y la pedagogía radical; ámbitos que los ideólogos marxistas más rígidos desecharon como mera fri­volidad o como epifenómenos supresteructurales", lo cual es una manera de meter el marxismo en un mismo saco, algo que se repi­te a lo largo de un libro en el que -no obstante- se reconoce la ver­tiente libertaria de diversos cineastas marxistas como Godard, Loach, Petri y otros.

5.     El pan nuestro de cada día (Our Daily Bread, USA, 1934), fue una de las películas más "colectivista" del cine del "New Deal", expre­sión de la parte más libertaria de su autor. Fue un auténtico hito en la memoria obrera de la España republicana, de ahí que fuese reco­mendada con entusiasmo desde la prensa de la CNT

6.     Desde que marchó de la URSS, el "comunismo" aparece para Emma Goldman como una perversión sobre la cual apenas si caben matices, entendiendo que lo que sucederá desde los proce­sos de Moscú no es más que una mera extensión de lo que ya suce­dió en Kronstadt y Ucrania. Luego tuvo que defender al POUM y su honor, pero ignoraba los detalles del devenir estalinista en Cataluña; por ejemplo, que los grupos que habían compuesto el PSUC habían formado parte de la Alianza Obrera, y tomado parte en los hechos de octubre de 1934 que fueron desautorizados por la CNT catalana dejando sola la "República socialista asturiana".Sobre la complejidad de esta situación resulta de interés, entre otras, obras como la de Josep Puigsech i Farras, Entre Franco y Stalin (El Viejo Topo, Barcelona, 2011).

7.     Esas matizaciones de Emma Goldman resultan un reconoci­miento de las "circunstancias" que condicionaron la actuación de la CNT-FAI, que en ningún momento aparece cuando se trata del proceso revolucionario ruso, algo por lo demás inherente a la escuela, incluyendo autores de la talla de Noam Chomsky que habla de la "sociedad creada por Lenin y Trotsky, y moldeada después por Stalin y sus sucesores", o sea que la historia soviética es producto de una idea o mejor, de uno señores, y todas las demás circunstancias desaparecen. La cita completa se puede encontrar en Carlos Taibo, Libertarios (Los Libros del Lince, Barcelona, 2010, p. 71).

8.     Sobre este aspecto también trata uno de los capítulos de mi libro Un ramo de rosas rojas y una foto (Ed. Laertes, Barcelona, 2009).

   (*)  Este texto apareció publicado en El Viejo Topo nº  293, junio 2012 pgs 63-70 con el título de Emma Goldman. El último combate.