26 de noviembre de 2012

Un ambicioso balance de la URSS: 'El siglo soviético''

Le Monde Diplomatique
Aunque muy poco conocido entre nosotros, el nombre de Moshe Lewin es el de un historiador clave en la estirpe de todos aquellos que desde los años sesenta marcaron una nueva mirada sobre el historial de la revolución rusa, y de algunos capítulos primordiales, y estoy pensando –entre otros- en Isaac Deutscher, E. H. Carr, Pierre Broué, Paul Avrich.... Esta aportación pasó a ser uno de los objetivos a liquidar por parte de las emergente historiografía neoliberal heredera de la llamada “sovietología” siguiendo las trazas de “cold warriors” como Robert Conquest, y en la que –con diversos matices- se inscriben nombres como el de François Furet o Robert Service que suelen ser catapultados desde unos medias perfectamente aleccionados al respecto, con sus intelectuales orgánicos del tipo de Antonio Elorza o Santos Juliá que repiten como papagayos las fórmulas aprendidas.


Moshe Lewin   estudió historia, filosofía y francés en la Universidad de Tel Aviv y luego en la Sorbona, y también fue profesor de historia en la Universidad de Pensilvania, Estados Unidos. Entre sus libros anteriores, algunos traducidos al castellano, cabe mencionar El campesinado y el poder soviético, El último combate de Lenin, La formación del sistema soviético,   La gran mutación soviética, y finalmente, El siglo soviético, que sería, junto con el último Lenin, los únicos que yo sepa, que se tradujeron al castellano. Así pues, El siglo soviético se puede considerar como su “testamento”, y en su introducción, Lewin se despacha a gusto con la prepotencia “liberal” y con la presunción –tan repetida- que el acceso a los nuevos archivos convertían en obsoletos los grandes estudios operados por autores de los sesenta como los mencionados.
En la reseña aparecida en Viento Sur se hacen mención de sus obras en francés y en inglés, que son, respectivamente:
1) La grande mutation soviétique, Ed. La Découverte (1989); La formation du système soviétique, Ed. Gallimard (1987); Le dernier combat de Lénine, Ed. de Minuit (1967) (en español también está publicado El último combate de Lenin en Editorial Lumen, descatalogado).
2). Russia-USSR-Russia. The Drive and Drift of a Superstate, Ed. New Press (1994) y Russian Peasants and Soviet Power: a Study of Collectivization, Ed. Norton & Co (1975). Y otras dos obras de una gran importancia para los debates socio-político-económicos: Political Undercurrents in Soviet Economic Debates, Plusto Press (1975); Stalinism and the Seeds of Soviet Reform. The Debates of the 1969s, Pluto Press (1991).
El texto también hace hincapié en que “algunos militantes, no muy numerosos, antiestalinistas, pero comunistas, socialistas-revolucionarios –comprometidos en la acción política y social antes de 1968, fecha mitológica que ha sustentado otro mito pseudo-sociológico: “la generación de 1968”, del que algunos se reivindican fraudulentamente –la obra El último combate de Lenin tuvo importancia. El último combate de Lenin permitió reforzar sus críticas frente al sistema estalinista revalorizando a la vez las aprensiones del Lenín “que tocaba a su fin”. Al mismo tiempo, destacaba las fuerzas y las debilidades del aparato analítico de los comunistas críticos desde comienzos de los años 1920”. Este libro fue editado aquí por Lumen en 1970 en traducción de Esteban Busquets, y lamentablemente no se ha vuelto a editar.
En dicha reseña también se incluye un trabajo de Danis Paillard, autor de la reseña, es un lingüista francés y profundo conocedor él mismo del idioma y la sociedad rusa. La nota fue publicada originalmente en Carré rouge nº 26, junio de 2003, y que fue traducido del francés para Herramienta de Mónica Carsen.

Anexo:.
Homenaje a Moshe Lewin
Denis Paillard

Moshe Lewin, al que la mayoría de los presentes hoy conocen como un gran historiador del mundo ruso y soviético, llegó a la historia muy tardíamente, a los 38 años cuando, de vuelta de Israel, emprendió la redacción de su tesis. Durante mucho tiempo permaneció silencioso, por pudor seguramente, sobre su vida “de antes de la historia”. Pero desde hace varios años ya, en las discusiones, esos casi 40 años de su vida estaban cada vez más presentes.
Había incluso tenido un proyecto de escribir sobre este período, pero este proyecto no había ido más allá de un título, Dancing with the fate. Más recientemente, con la ayuda preciosa de un amigo de Moscú, Albert Nenarokov, había redactado una serie de notas, titulada Por los senderos del pasado, en las que evoca la memoria de sus padres, amigos, compañeros de juventud en Vilnö, así como a todos los que encontró durante los años pasados en la Unión Soviética: campesinos de la región de Tambov, mineros, obreros de la fundición de Nadejdinsk en los Urales, compañeros de promoción en la escuela militar de Podolsk. En esas instantáneas (snap shot como decía), se encuentra la agudeza de su mirada, su capacidad para comprender el detalle que da sentido a las cosas.
Voy a evocar brevemente este itinerario con la ayuda de algunos cortos extractos de sus Senderos del pasado.
Los veinte primeros años de su vida, ML los pasa en Vilnö, donde la comunidad judía se ve confrontada a un antisemitismo agresivo tanto del lado polaco como lituano. Muy joven, se convierte en miembro de la organización sionista de extrema izquierda, Hashomer Hatsaïr (militará activamente en ella hasta los años cincuenta).
“El domingo 22 de junio de 1941 (el día en que Hitler ataca la URSS D.P.), por la mañana, toda nuestra clase había salido de excursión por los alrededores de Vilnö. Por la tarde debía tener lugar la entrega solemne de los diplomas de fin de estudios. Pero esto era ya cosa del pasado: por encima de nuestras cabezas, con un zumbido ensordecedor, pasaban los messerschmidt, y en la ciudad se oían las explosiones de las bombas. Continuábamos avanzando sin apresurarnos demasiado, cuando en realidad todo iba muy rápido. Vilnö estaba en llamas, y por la noche no quedaba ya nada de nuestro instituto”.
“El día 23 de junio recibimos la orden del dirigente de nuestro movimiento de partir inmediatamente en dirección a la frontera rusa. Las chicas no debían venir. ¿Sabíamos lo que significaba esto? Digamos simplemente que ninguno de nosotros comprendía la amplitud de la catástrofe que se nos echaba encima”.
Con tres de sus compañeros, se encuentra en un koljós de la región de Tambov, el koljós Vorochilov. “Un koljós relativamente próspero, señala, incluso si llevaba el nombre de un hombre que, como he comprendido más tarde, era de una gran mediocridad”. Descubre los duros trabajos de las cosechas, se le inicia en el vodka (ML estaba muy orgulloso de sus conocimientos en vodkología) y en el ritual de los baños rusos.
Ante al avance de las tropas alemanas, ML llega a los Urales, en Nadejdinsk, donde es enviado a trabajar en una mina, luego en una fundición, donde está encargado de echar el mineral en los hornos, trabajo muy peligroso teniendo en cuenta la antigüedad de las instalaciones. Declarado trabajador ejemplar, es blanco del antisemitismo del ingeniero jefe. Y el Komsomol, sin pedirle su acuerdo, le envía a hacer agitprop por los koljoses de la región.
Un día, abandona su puesto en la fundición y se presenta en un centro de reclutamiento del ejército; su objetivo era ir al frente, luchar contra los nazis. Pero le mandan como alumno de oficial de la prestigiosa escuela militar de Podolsk. Un año más tarde, con 20 camaradas de su promoción, participa en el desfile de la Victoria, en Moscú, en la Plaza Roja.
De vuelta a Vilnius, en uniforme del Ejército Rojo, logra hacerse desmovilizar. Y participa en una red de emigración clandestina de los judíos bálticos (proseguirá su actividad militante en Polonia primero, defendiendo a los supervivientes de los ghettos frente a los nacionalistas polacos, luego en Francia y finalmente en Israel).
Pero para ML Vilnius es ya una ciudad “trágica”. Al final de los Senderos del pasado, escribe: “En 1970, cuando por primera vez volví a la Unión Soviética, la Academia de Ciencias de la URSS me autorizó a visitar Vilnius, mi ciudad natal. Pasé allí cuatro días. Me paseé por las calles que me eran familiares, exploré todos los rincones de mi antigua escuela. Sentía sobre mí la mirada de las ventanas de las casas en que vivían mis amigos, en las que bebía té en su compañía, con sus balcones en los que pasábamos el tiempo. Desgraciadamente todos fueron asesinados o están muertos. Ventanas y balcones de los muertos”.
Inmenso historiador, ML era un superviviente. Y estos últimos años, sobre todo desde su vuelta a París en mayo de 2008, no llegaba a despegarse de esos Senderos del pasado, invadido por el recuerdo de quienes, parientes, amigos, compañeros, los habían poblado.

Hoy, este trabajo de memoria, nos corresponde proseguirlo alrededor de Moshe, para Moshe.

«Le Siècle soviétique», de Moshe Lewin /1.
Denis Paillard

La publicación de El Siglo soviético es un gran acontecimiento que marca un viraje en el conocimiento de ese "continente desaparecido" que es la Unión Soviética. Echa por tierra clichés e ideas establecidas, así como también ciertas opiniones que evaden el verdadero análisis de lo que fue el régimen surgido de la revolución de Octubre. Abre también el camino a una reconsideración crítica de ese pasado, en una época en la que se asiste a tomas de distancia, a veces vergonzantes y otras veces reivindicatorias, que a menudo testimonian el desconocimiento de lo que efectivamente sucedió. Como lo indica su título, el libro de Moshe Lewin abarca todo el período soviético, desde la revolución de 1905 a la implosión-hundimiento del régimen a fines de los años ochenta. La primera parte trata del período estaliniano, la segunda del período post-estaliniano, de Jruschov a Andropov. La ultima parte vuelve sobre la totalidad del período, echando luz sobre rupturas y continuidades. Los análisis desarrollados continúan los que propusiera M. Lewin en sus obras precedentes, desde El último combate de Lenin (1967) a La Formación del sistema soviético (1987), enriqueciéndolos y desplegándolos en base a un trabajo de muchos años sobre los archivos soviéticos, finalmente hechos públicos.

Revolución de Octubre, Lenin y el bolchevismo
M. Lewin emplea una aproximación histórica desprendida de oropeles ideológicos de cualquier especie y logra un verdadero retorno a Lenin. Inscribiendo la revolución de Octubre en la articulación de la crisis del capitalismo (de la que la primera guerra mundial fue una manifestación particularmente sangrienta) y la crisis de Rusia, el autor insiste sobre la redefinición permanente de la estrategia de los bolcheviques, cuando Lenin se hace "estratega de la incertidumbre" frente a una situación profundamente inestable y cambiante. El análisis de 1917 y de los años siguientes muestran hasta qué punto Lenin, ante cada viraje, fue capaz de repensar las tareas del momento. Lo que desmiente la visión del "leninismo" como un cuerpo doctrinario establecido ( y fetichizado) de una vez y para siempre (M. Lewin insiste justamente sobre la necesidad de distinguir al menos tres leninismos"). La revolución de Octubre está caracterizada como "revolución plebeya" (y no "socialista") teniendo en cuenta las fuerzas sociales presentes (con el peso considerable del campesinado), el retraso del país y el contexto internacional. Si la revolución de octubre se inscribía en una perspectiva socialista, la misma sólo podía serlo a largo plazo y en un contexto de ascenso revolucionario en Europa. Tal caracterización de la revolución tiene consecuencias cruciales en lo concerniente a la naturaleza del Estado que se instala luego de la guerra civil. En definitiva, para M. Lewin el bolchevismo (en cuanto denominación de la corriente radical de la social-democracia rusa alrededor de Lenin y de Trotsky) no sobrevive a la guerra civil. El "partido" que existe en 1921 es un partido completamente transformado por la llegada de millares de nuevos miembros, que no pasaron por la dura escuela de la clandestinidad y del año 1917. Para los viejos bolcheviques, el Partido es irreconocible: ya no es más un partido de revolucionarios totalmente entregados a la causa del socialismo. Los recién llegados no comparten ni sus valores ni su pasado.

Sobre el estalinismo
Sobre este punto, se aprecian igualmente desplazamientos significativos. El primero está ligado a una relectura de los enfrentamientos políticos en el curso de los últimos años de la vida de Lenin (ya extensamente evocados en El último combate de Lenin). M. Lewin muestra que no se trata de un problema de "personas" (con Stalin en el rol del "malo") sino del enfrentamiento entre dos líneas radicalmente opuestas acerca de la cuestión nacional y más globalmente sobre el problema de la formación de la Unión Soviética. La primera es representada por Lenin que se empeña en conservar una perspectiva socialista a largo plazo, la segunda representada por Stalin quien, luego de la guerra civil, defiende la instalación de un Estado fuerte por encima de la sociedad, en una muy fuerte continuidad de la autocracia zarista (como lo testimonian los epítetos utilizados por Lenin para calificar a Stalin en su "Testamento"). En otros términos, el stalinismo, en cuanto orientación política opuesta a la de Lenin, está instalado desde el comienzo de los años veinte, durante la guerra civil: los gérmenes del estalinismo se encuentran en la ideología estatista que se desarrolla entre los combatientes de la guerra civil que gravitan en el entorno de Stalin en la época en que se instala la NEP. Como se ve, para M. Lewin la "ruptura" se sitúa en el comienzo de los años veinte, aún durante la vida de Lenin, único dirigente verdaderamente consciente de lo que ocurre entonces. No sólo M. Lewin rechaza la utilización extensiva del término estalinismo (como designación de todo el período soviético), sino que insiste en la necesidad de distinguir dos períodos en el estalinismo. Durante el primer período, que llega hasta la guerra, la industrialización a paso forzado (que incluye el Gulag, pues los campos son una inmensa reserva de mano de obra forzada) y el poder dictatorial de un solo hombre se alimentan mutuamente. El estalinismo de la posguerra es un régimen en crisis, incapaz de superar sus propias contradicciones: se asiste a la restauración de un modelo estaliniano en descomposición, incapaz de escapar a sus aberraciones y a sus manifestaciones de irracionalidad, y la primera causa de esa decadencia obedecía a las contradicciones internas del régimen. Existía además una incompatibilidad profunda entre ese absolutismo de otra época y la industrialización a paso forzado lanzada en respuesta a los desafíos de los nuevos tiempos. El poder, que en un principio había regido los ritmos desenfrenados de desarrollo no podía integrar, ni las nuevas realidades, ni los grupos de intereses, ni las presiones que soportaban las estructuras y las capas sociales surgidas en el curso de este proceso. Las purgas patológicas fueron prueba de ello: el estalinismo no podía acomodarse a lo que su política había creado, empezando por su propia burocracia. De cierta manera el régimen estaliniano está en profunda crisis aún antes de la desaparición física de Stalin. Como lo testimonia la rapidez con la cual los sucesores de Stalin (Jruschov a la cabeza) hacen reformas bajo el signo de la desestalinización del sistema, ya sea del sistema de los campos, como de la legislación laboral. En el período postestaliniano el régimen se distingue en puntos esenciales de la autocracia estaliniana con la aparición de espacios de negociación entre el poder y clases sociales, que se encuentran en situación de defender de diversos modos sus propios intereses.
Poder y sociedad
Como historia social de la URSS, El siglo soviético es una crítica radical del modelo totalitario que se empeña en negar toda autonomía a la sociedad, y reduce a "los de abajo" al status de simples juguetes en manos del poder y de su aparato de represión todopoderosa. M. Lewin describe en detalle los trastornos de la sociedad soviética, por el pasaje de una sociedad compuesta en un 80 por ciento de campesinos a fines de los años veinte a una sociedad moderna en que la mayoría de los habitantes vive en las ciudades en los años sesenta. Esta sociedad que conoció transformaciones radicales es irreductible al poder instalado. Y se observa una distorsión cada vez más grande entre la sociedad, en que las diferentes capas sociales que la componen defienden sus intereses, y un poder, incapaz de reformarse, que perpetúa alrededor de la figura del "secretario general" un poder de otrora: "mientras la sociedad explotaba, el poder estaba en vías de glaciación". Es esta contradicción lo que explica la implosión del sistema en los años ochenta.
Partido, Estado, burocracia
A lo largo de todo su libro, Lewin insiste en la necesidad de distinguir cuidadosamente la burocracia del partido (un partido que no tiene de partido más que el nombre, reducido de hecho sólo a su aparato) de la burocracia de Estado, cada vez más autónoma y celosa en la defensa de sus propios intereses. Se está a cien leguas de la idea tan profundamente arraigada de un "partido Estado" todopoderoso. De hecho, la burocracia del partido se mostró incapaz de controlar la burocracia del Estado, a pesar de sus intentos sucesivos, luego de la guerra o aún con Jruschov. Esta historia renovada de la burocracia muestra el fracaso del partido (de su aparato) frente a una burocracia de Estado todopoderosa que termina por absorber a la del partido.
El partido dejó de ser un partido para transformarse un servicio entre otros, el eje central de una administración. Es lo que justifica utilizar la palabra "partido" entre comillas. Se puede hasta llegar a deci que el sistema de partido único, sobre el que tanto se ha hablado, era a fin de cuentas un sistema "sin partido" […] La contradicción era la siguiente: cuando el partido se ocupaba de política perdía el control de la economía de la burocracia. Pero cuando se comprometía plenamente en el control de economía e intervenía directamente en lo que hacían los ministerios y en la manera en que lo hacían, perdía sus funciones específicas y aún la comprensión de cuáles eran ellas. La segunda lógica es la que predominó, y ella permitió la absorción de facto del Partido por el mastodonte burocrático. […] El Partido y sus dirigentes fueron expropiados y reemplazados por una hidra burocrática, que formó una clase que detentaba el poder.
Estas citas dan una idea del cambio de perspectiva introducido por M. Lewin.
Otra idea se reitera en todo el libro: el sistema podía auto reformarse. Sobre este punto, la explicación aportada por M. Lewin es mas contrastada. Por un lado, muestra detalladamente el fracaso sucesivo de todos los intentos de reforma, de Jruschov a Andropov. Pero, por el otro insiste en la existencia, esencialmente en el período poststaliniano, de un verdadero espacio de debates y enfrentamientos acerca de las opciones de desarrollo del país. Pero esos debates, esas divergencias, esos enfrentamientos se desarrollaban a puertas cerradas, sin salir nunca a la plaza pública. Y un sistema hasta tal punto incapaz de conducir públicamente sus debates y de hacer participar en ellos a la sociedad, atravesada también por corrientes de opinión profundamente heterogéneas entre las cuales los disidentes (en sí mismos profundamente heterogéneos) eran apenas un componente, estaba condenado. Este análisis arroja también una nueva visión sobre el desmoronamiento del sistema, víctima de sus propias contradicciones, y sobre el curso seguido por los acontecimientos luego de la desaparición de la Unión Soviética. El capítulo dedicado a "la economía de la sombra" (3ª. Parte) muestra hasta qué punto el dogma de la propiedad de Estado estaba cuestionado de hecho por una privatización reptante que se desarrolló en gran escala desde los años setenta y que abrió el camino a las reformas ultraliberales del comienzo de los noventa, que significaron la confiscación de todas las riquezas del país en provecho de una ínfima minoría. En esta contribución a la historia de la URSS, M. Lewin muestra hasta qué punto las anteojeras ideológicas (tanto de los estalinianos, como de los otros, las corrientes trotskistas) dieron lugar a una serie de sinsentidos sobre la realidad del régimen surgido de la revolución de octubre. Queda por escribir la historia de esos sinsentido, o de esa ceguera (y es una tarea esencial), pero ya desde ahora El siglo soviético proporciona el espacio para una revaloración de ese pasado cercano y abre el camino a una verdadera reapropiación lúcida del mismo. Como epígrafe de La Revolución Traicionada de Trotsky había puesto esta frase: "Ni reír ni llorar sino comprender". La misma adquiere todo su sentido en El Siglo soviético.


Publicado en http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-24/le-siecle-sovietique-de-moshe-lewin
El conjunto está publicado en francés en http://www.labreche.ch/Ecran/HommageMosheLewin08_10.html
Notas: