21 de diciembre de 2012

Dignidad

Benito Rabal (Mundo Obrero)
Me contaba mi padre que de joven, cada vez que emprendía un nuevo trabajo, al decírselo a mi abuelo, éste siempre le respondía con la misma frase: ”Muy bien hijo, trabaja en eso, pero hazlo bien”. Hasta que un día, harto ya de la misma cantinela, mi padre le espetó: “¿Qué pasa? ¿Por qué siempre me dices que lo haga bien? ¿Es qué lo hago mal?”. “No” –le respondió mi abuelo– “Te digo que lo hagas bien para que puedas protestar”.


En los años cuarenta, el combatiente libertario Facerías, de profesión calderero, cada vez que abandonaba su exilio en Francia para regresar de incógnito a España a fin de cometer alguna acción contra el fascismo, advertía al jefe de la empresa que esos días que iba a perder en su trabajo los recuperaría a su vuelta. Y así lo hacía. Colocaba bombas, asaltaba bancos, pero a él nadie podría decirle que había engañado; ni siquiera que se escudaba en su condición de combatiente para escaquearse de su obligación como trabajador. La dignidad ante todo.

La dignidad es la leal compañera de toda lucha. Sin ella, poco merece la pena. Con ella, por más que intenten que agachemos la cabeza, ésta se mantendrá erguida. Por más que nos intenten doblegar, su esfuerzo será en vano siempre y cuando seamos conscientes de la necesidad y la prioridad de mantenernos dignos.

Y es normal que así sea. De un capitalista, lo que uno espera es que sea un marrullero; que al darnos la mano, con la otra nos esté quitando la cartera. Pero de un trabajador –en el más amplio sentido de la palabra-, de un oprimido, de alguien de tu clase, uno espera, al menos, que no te venda la carne podrida, si es que es carnicero, o los tomates con gusano, si es agricultor. Un carpintero que hace una silla y al sentarse uno da con sus huesos en el suelo, ¿qué credibilidad puede tener cuando hable de justicia social si él mismo sabía que la silla iba a romperse nada más poner en ésta mis posaderas?

Tal vez suene a antiguo eso de la dignidad del trabajo, que nada tiene que ver con el lema de “el trabajo os hará dignos” de los campos de concentración nazis o con la frase de la jerarquía cristiana de ganarás el pan con el sudor de tu frente, gracias a la cual ellos lo ganan con el sudor de la nuestra. Repito que tal vez suene a antiguo, pero es precisamente la dignidad lo que marca la diferencia entre un ser humano libre y otro esclavo.

Y digo esto porque a raíz de esta estafa llamada crisis, llama la atención cómo los empleados de banca, por poner un ejemplo, han conseguido liar y engañar a tantísima gente en beneficio de sus patronos. ¿Es que no sabía el empleado cuando estaba vendiendo preferentes a un vecino lo que le estaba vendiendo? ¿Y cuándo recomendaban invertir los ahorros de toda una vida en capital del banco y prometían todo tipo de seguridad, acaso no sabían que la bolsa iba a bajar y que el ahorrador iba a perder sus ahorros? Me digan lo que me digan, yo creo que sí que lo sabían, igual que el carnicero sabe si la carne está podrida, el agricultor si sus tomates tienen gusanos o el mal carpintero que su silla iba a caerse.

Podrá decir que estaban obligados a mentir. Que si no, hubieran perdido su trabajo. Pero eso tampoco vale. La realidad es que son tan cómplices de la estafa como el presidente del banco y los grandes prebostes.

Y lo que es peor, han perdido la dignidad y eso les ha hecho esclavos. De alguna manera como el cerrajero que colabora en un desahucio, el electricista que corta la luz a una familia sin recursos o el periodista que da noticias que él sabe que son falsas o al menos peligrosamente tendenciosas.

Eso no tiene que ver con el trabajo. Eso tiene que ver con la opresión. Y no hay nada más indigno que colaborar con ella.