17 de enero de 2012

¿Decrecimiento o revolución?

1.- ¿El crecimiento como motor de la economía capitalista? Los autores que defienden el decrecimiento parten de identificar el crecimiento como motor/objetivo del sistema capitalista. Así lo define Carlos Taibo: “La visión dominante en las sociedades opulentas sugiere que el crecimiento económico es la panacea que resuelve todos los males.” (1) O como sugiere Raúl García-Duran “El capitalismo ha adoptado el crecimiento como “norma de conducta” (2). O aun más cuando se pone el norte en el consumismo, como explica Luís González, al fijar el “incremento constante de la acumulación individual” como la premisa sobre la que se basa el sistema económico (3). Efectivamente, los discursos de los economistas y políticos capitalistas afirman buscar el crecimiento, y también permitir una mayor acumulación de bienes para cada individuo. Pero lo esencial es definir lo que realmente mueve la economía capitalista. Al capitalista no le importa desarrollar o destruir producción si con cualquiera de las dos acciones genera beneficio, porque es éste y no cómo conseguirlo lo que mueve su economía. Tampoco le preocupa la cantidad mayor o menor de bienes que queden en manos de la gente en sí misma: si desarrolla el consumismo es tan sólo como un medio para ampliar sus ventas y beneficios; pero de nuevo, ante situaciones de caída de venta de su producción, destruirá una parte de la misma antes que entregarla para satisfacer necesidades, pues el objetivo es preservar la tasa de beneficio, no el aumento del consumo en sí. En periodos de desarrollo, la forma normal de obtener este beneficio es la “reproducción ampliada de capital” que analizaba Marx, que supone un incremento constante de la producción. Pero no siempre es así. Hemos vivido la aplicación de los acuerdos de la UE sobre las cuotas de producción en el sector primario, con subvenciones por vaca sacrificada o por hectárea abandonada, acompañadas de un discurso “ecologista” sobre la recuperación de hectáreas de bosque. De nuevo la pregunta era: ¿crecer a toda costa como objetivo o mantener el margen de beneficio? Y la respuesta es sin duda la segunda. En épocas de crisis como la actual, el discurso dominante es la reducción drástica de la producción, con cierres de fábricas y despidos masivos, y ya no digamos cuando nos empuja a guerras. El capitalismo ha salido de las crisis profundas o estructurales con una enorme destrucción de fuerzas productivas. Si un patrón debe optar entre el crecimiento de la producción (más consumo para la población) y el crecimiento del beneficio, no dudamos que decrecerá la producción y pedirá al consumidor que se “apriete el cinturón”. Esa falsa identificación de ‘capitalismo = crecimiento o mayor consumo individual’ lleva a la fácil pero equivocada conclusión de que ‘anticapitalismo = decrecimiento’. Pero ese enfoque –como veremos más adelante- desarma la resistencia contra los planes de destrucción de puestos de trabajo y de capacidad productiva de las fábricas que impulsa el capitalismo en épocas de crisis como la actual, o sirve para justificar los recortes salariales que la patronal intenta imponer. 2.- ¿Vivimos por encima de nuestras posibilidades? Hay una segunda afirmación sobre la necesidad de empezar un decrecimiento, al menos en los países imperialistas, que es la siguiente: “reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales”. (4) Podemos acordar en la necesidad de exigir medidas para limitar las emisiones contaminantes y que reduzcan el consumo de materias primas. Pero ¿realmente vivimos por encima de nuestras posibilidades? El problema de las generalizaciones –como el de las medias estadísticas- es que reparten el consumo entre todos por un igual. Y esta formulación, así expresada, elimina sustancialmente las diferencias de clase, y entre imperialismo y pueblos semicoloniales. Para nosotros el problema es que unos consumen mucho mientras otros, por el contrario, pasan hambre o precariedad. Para la mayoría de la población y de los pueblos del planeta lo que se impone no es el despilfarro, sino las terribles hambrunas y enfermedades que empujan a millones a la inmigración poniendo en riesgo sus vidas. La respuesta de los decrecentistas es que se debe hablar de desarrollo y no de crecimiento; pero la realidad es que sin un crecimiento real del consumo en muchas vertientes, esta población está condenada. Y ahí no vamos a hacer nosotros la lista de lo que sí pueden tener y lo que no, pero más adelante volveremos sobre este tema. Serán los propios pueblos y trabajadores/as quienes, rompiendo con la dependencia del imperialismo y las multinacionales, puedan definir cuáles son sus propias necesidades y cómo cubrirlas. Pero hay una segunda parte de ese razonamiento que se aplica a los países imperialistas. En el informe anual sobre Protección e Integración Social del Ejecutivo comunitario, marzo del 2009, se constata que el 24% de la población del Estado español vive en la pobreza o tiene un grave riesgo de caer en ella. Esta terrible situación de deterioro es consecuencia de que en los últimos años la parte de riqueza que se queda el trabajador no ha dejado de decrecer pasando a manos del capital. Entre los trabajadores –particularmente entre inmigrantes y jóvenes- se ha precarizado al extremo el empleo, llegando a no poder comprar o alquilar un piso. Así pues, para la clase trabajadora, al menos para un amplio y creciente sector de la misma, nosotros reclamamos más estabilidad laboral y mejores salarios, y esto se traduce en mejorar su capacidad de consumo. 3.- La crisis actual. Hay otro peligro del argumento de que “vivimos por encima de nuestras posibilidades”, y es que facilita la versión de la ideología dominante de la crisis actual, una crisis que sólo ellos y la lógica del propio capitalismo han provocado, pero de la que nos quieren hacer responsables. Nos explican que la crisis arranca de las hipotecas subprime: que los bancos prestaron a trabajadores pobres para comprar viviendas –unos trabajadores que querían vivir “por encima de sus posibilidades”- y que el error de la banca fue prestarles. Ahora, para explicar las medidas que descargan la crisis sobre los trabajadores (despidos, recortes del salario directo e indirecto) explican también que hemos vivimos “por encima de nuestras posibilidades” y ahora toca apretarnos el cinturón. No fueron los trabajadores/as pobres los que provocaron esta enorme crisis. Lo que ocurre es que el modo de producción capitalista genera por sí mismo una contradicción que al final se vuelve irresoluble. Marx la llamó tendencia a la crisis de sobreproducción o de sobreacumulación de capitales. El responsable no es el consumo excesivo por parte de la población, sino la incapacidad del capital de reproducirse manteniendo una tasa de beneficio, porque para mantenerla, mientras con una mano aumenta la producción, con la otra hunde la capacidad de consumo de la población trabajadora. El problema no es que vivamos por encima de nuestras posibilidades, sino que hay un aumento de las desigualdades que se vuelve monstruoso: entre países, entre clases, e incluso entre sectores de una misma clase. 4.- La huella ecológica y el agotamiento de recursos. Pero aun no hemos contestado al otro gran argumento que justifica el decrecentismo, la “huella ecológica” de una determinada población, que viene definida como “el cálculo de la cantidad de agua y tierra requerida de forma continua para producir todos los bienes consumidos y para asimilar todos los residuos de una población” (5). Si los 6.800 millones de personas del mundo tuvieran el nivel de vida de la clase media de EE.UU. se precisarían 5, 6 o 7 tierras para asegurar su consumo, según diversos autores. En otras palabras que no hay tierra (energía, agua, materia prima…) para tanta gente, al ritmo de consumo de los países desarrollados. En efecto, los estudios sobre hidrocarburos y el cenit del petróleo, o sobre algunos importantes minerales básicos de procesos productivos, indican que estos recursos se agotarán. Sin embargo hay mucha disparidad cuando se precisan las fechas límite y el rendimiento de extracción a costes no excesivos. Pero ciertamente el capitalismo y su sistema de producción nos llevan al desastre, en esto estamos completamente de acuerdo. Carlos Taibo define la situación: “…nos movemos - si así se quiere- en un barco que se encamina directamente hacia un acantilado, lo único que hemos hecho en los últimos años ha sido reducir un poco la velocidad sin modificar, en cambio, el rumbo” (6). Las diferencias se manifiestan de nuevo en el qué hacer ante esta situación. Los decrecentistas ponen el acento en hacer decrecer la producción como tarea prioritaria, para algunos como tarea única. Pero esos esfuerzos no modifican tampoco el rumbo del barco, quizás sólo frenen su velocidad. Para nosotros la tarea es tomar el control del barco de manos de los monopolios y el imperialismo, así pues se trata de organizar la rebelión, la revolución que les impida seguir conduciendo el mundo hacia el desastre, a la barbarie. En los años treinta nuestros abuelos, en la guerra civil, respondieron a otra grave crisis capitalista (la del 29 y la Gran Depresión) iniciando una revolución, tomando las fábricas y poniéndolas al servicio de las necesidades de los y las trabajadoras, y estudiando este proceso decidieron multitud de medidas de reconversión, integración de empresas… al servicio de las clases populares. Ese es el camino. Es imposible pensar que con el capitalismo vamos a detener el proceso de destrucción de la naturaleza, que tiene una dimensión planetaria y global. Hay que integrar en la lucha de clases la denuncia de los desastres ecológicos, la defensa del medio, como un elemento más para combatir el capitalismo. 5.- Decrecimiento y nuevo malthusianismo. Pero si no ponemos en el centro acabar con el capitalismo, la afirmación de que no hay recursos suficientes para tanta gente porque lleva a la destrucción del planeta, conduce necesariamente a un nuevo malthusianismo, en el sentido de que aquí sobra gente, que es la otra forma de igualar la ecuación entre población, consumo y recursos disponibles. Malthus (1766-1834) pastor anglicano y economista, aseguraba que el crecimiento de la población mundial iniciado por la revolución industrial era muy superior a las posibilidades limitadas de crecimiento económico y que si no se limitaban los nacimientos o se dejaba morir a los pobres se conducía, inevitablemente, a la destrucción de la Humanidad. “Un hombre que nace en un mundo que está ya completo -escribió Malthus en su “Ensayo sobre la Población”-, si no puede obtener de sus padres la subsistencia que justamente les pide, y si la sociedad no necesita de su trabajo, no tiene ningún derecho a reclamar la más mínima porción de alimento y, de hecho, está de más. En el gran banquete de la naturaleza, no existe un cubierto para él”. Pero no hace falta que las ideas malthusianas se formulen de esa forma. Cansados estamos de escucharlas para justificar leyes de extranjería: que aquí no cabemos todos y que hay que impedir la entrada de inmigrantes… aunque en sus países se mueran de hambre. Los decrecentistas, lo formulen abiertamente o no, terminan llegando a posiciones malthusianas. De un lado, en cuanto se plantea el decrecimiento simplemente como remedio a la “huella ecológica”, se condena como mucho a la supervivencia a poblaciones enteras, como Raúl García-Durán “Se trata de que esos países se puedan desarrollar como ellos quieran, siempre que sea para satisfacer sus auténticas necesidades, que como dice otro de los economistas de un país empobrecido, el chileno Max Neff, son: afecto, creación, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación, protección y subsistencia, y no para el crecimiento de sus satisfactores o bienes materiales con que intentamos materializar su satisfacción, los cuales muchas veces van contra la satisfacción real”. Pero aún y así, esto es insuficiente pues la población tiende a crecer. Sin hacer escarnio de títulos como el del artículo del referente del decrecentismo, Serge Latouche, de que “Hay que tirar al niño antes que el agua de la bañera” (“Il faut jeter le bébé plutôt que l’eau du bain” Les Nouveaux Cahiers de l’IUED, 14, publicado 06/2003), quien teje el hilo lógico que une decrecentismo y malthusianismo es otro de los teóricos decrecentistas, Ivan Illich, cuando afirma que “La honestidad obliga a cada uno de nosotros a reconocer la necesidad de una limitación de la procreación (y) del consumo”. Dado que las sociedades desarrolladas son poblaciones envejecidas o en vías de envejecimiento, está claro que a quien hay que limitar la procreación es a los países pobres donde mayores son los índices de natalidad. Contra esas tendencias hay que responder que la propia experiencia demuestra que el mejor “control de natalidad” es la mejora de las condiciones de vida que permita no necesitar del hijo/a para sobrevivir. Esto ocurrió en el estado español. Eran costumbre, hace poco más de cincuenta años, las familias con muchos hijos/as especialmente en el campo, no por deporte, aunque ciertamente la ideología oficial y la iglesia lo promocionaban, sino porque el hijo era un instrumento de sustento en los trabajos del campo. Lo mismo ocurre hoy en la mayor parte de países semicoloniales: son los hijos los que ayudan a sobrevivir. En la medida en que esa necesidad se acaba, la limitación se produce de forma natural. En los países más desarrollados de Europa, esta tendencia se estabilizó aún antes que en el estado español. 6.- ¿El carro delante de los bueyes? Escribe Taibo: “Hablando en plata, lo primero que las sociedades opulentas deben tomar en consideración es la conveniencia de cerrar o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción... –la cita sigue y la seguiremos analizando en el apartado del sindicalismo. Antes de hablar de cuánto hay que producir o dejar de producir para satisfacer las necesidades sociales, hay que discutir en manos de quién está la producción, quién decide qué producimos y para quién. En el marco actual ni siquiera se puede definir cómo reorientar la producción, qué parte es superflua y producto de los medios de la publicidad capitalista. No se conoce en cuánto se reducirían las necesidades energéticas y en cuanto aumentaría su eficiencia si los recursos destinados hoy a la industria de armamento y a su investigación se destinaran íntegramente a la industria civil. Para empezar, como señala el propio Taibo, los instrumentos oficiales de medida de la riqueza en términos del PIB o de la renta son engañosos, porque en el capitalismo no se mide la riqueza o la producción en relación a las necesidades de la población, sino que se establece una contabilidad de la compra-venta de mercancías. Alguien puede pensar que no importa el orden de estos dos factores: acabar con el capitalismo y comenzar una reestructuración de la producción, pero el orden de los factores sí altera el producto, pues la mayor parte de las medidas que ponen por delante la reducción de nuestra capacidad de consumo y la aceptación del cierre de fábricas, reducción de sueldos… en esta época de crisis, coinciden con planteamientos que hace la propia patronal para mantener el sistema capitalista y suponen una depauperación a las clases populares. Hasta que no sean los trabajadores mismos quienes controlen y decidan sobre la producción no apoyaremos la reducción de la capacidad de producción destinada al consumo. Obviamente eso no quiere decir que determinados sectores puedan ser reconvertidos en su producción, acercándola a las necesidades sociales y ambientales para asegurar la continuidad de los puestos de trabajo. 7.- ¿Dos alternativas al sistema? Latouche, referente indiscutido del decrecimiento, lo define como una “revolución cultural que lleva una refundación de la política” lo cual implica “pasar de consumidores esclavos a ciudadanos responsables” (7). Con este criterio, es lógico que la gran mayoría de las propuestas para decrecer sean pautas de conducta individuales: sobriedad, austeridad, no consumo, reevaluar (revisar los valores), reconceptualizar términos como riqueza y pobreza, reestructurar, relocalizar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Más que acabar con el capitalismo, la propuesta de la mayor parte de los decrecentistas es construir una realidad paralela, con menos trabajo, más local y autosuficiente, en la que –como dice Luis Gonzálezde forma voluntaria debemos “autolimitarnos con un modelo de vida más austero” (8). Por el contrario, como en los años 30, de lo que estamos hablando nosotros es de un cambio sustancial de la distribución de la riqueza y de poner su control en manos de los trabajadores, antes de decidir si esa riqueza es excesiva o no. Estamos hablando de la necesidad de una revolución que continúe la tarea iniciada hace 70 años. 8.- Volviendo atrás la rueda de la historia. Entre quienes apoyan el decrecimiento hay corrientes muy variadas. Para unos se trata de regresar a economías de subsistencia, sin lavadoras, ni neveras, ni coches, cultivando uno mismo su huerto y atendiendo sus necesidades básicas…, pero sin llegar a ese extremo, la tendencia a la autarquía económica es recurrente en casi todas. Taibo explica “la rotunda primacía de lo local sobre lo global en un escenario marcado, en suma, por la sobriedad y la simplicidad voluntaria” (9) como un medio de regresar a la tierra, reducir el gasto energético del transporte… Con el objetivo, como define Luís González, de “una tendencia paulatina hacia la autosuficiencia desde lo local.” Nosotros veríamos ese repliegue para limitar la vida y los medios de producción y consumo al ámbito local, como un repliegue de la historia hacia varios siglos atrás. Para nosotros el problema no está en acabar con el comercio mundial para así ahorrar en transporte, sino en que la internacionalización de la economía en manos del capitalismo fue utilizada para obtener el máximo beneficio sin importar las consecuencias (hambre, desertización,…), y supone la expoliación de pueblos y su sometimiento a los planes imperialistas. La discusión está en el modo de producción. Si el objetivo del sistema productivo se dirige a la satisfacción de las necesidades y respeta a los pueblos por igual, en un sano internacionalismo de clase, es un elemento muy progresivo. Desde esa perspectiva no son negativos el intercambio, la posibilidad de aprovechar las mejores condiciones de producción, de compartir los recursos del planeta que se dan en unas zonas y en otras no, así como el contacto entre pueblos, que necesariamente lleva aparejado un gasto de energía en transporte. Esa forma de encarar la sustitución del sistema capitalista por otro que acabe con el expolio imperialista de los pueblos, debe permitir inmediatamente que éstos recuperen sus tierras fértiles (hoy destinadas a monocultivos para la exportación) y sus recursos naturales, poniéndolos al servicio, en primer lugar, de satisfacer sus propias necesidades, sin que ello sea contradictorio con que se produzcan excedentes para intercambiar con otros pueblos en régimen de igualdad. Este planteamiento actuará por sí mismo como un reductor de las necesidades de transporte actuales. Del mismo modo, será desde la propiedad colectiva de los medios de producción y las relaciones de igualdad entre los pueblos desde donde se podrá decidir si determinados procesos productivos es más económico mantenerlos concentrados, aunque comporte gastos de transporte, o si la técnica actual permite descentralizarlos y acercarlos a los consumidores. No siempre la producción en pequeña escala es energéticamente más eficiente. Hablando de los países semicoloniales vemos más claramente este aspecto de retorno al pasado. Taibo, recurriendo a Latouche para formular su programa para los países semicoloniales, contiene buena parte de esa añoranza:”romper con la dependencia económica y cultural con respecto del norte; reanudar el hilo de una historia interrumpida por la colonización, el desarrollo y la globalización, reencontrar la propia identidad, reapropiar ésta, recuperar las técnicas y los saberes tradicionales, conseguir el reembolso de la deuda ecológica y restituir el honor perdido.” Compartimos la ruptura con la dependencia imperialista que permita reencontrar la propia identidad y el honor perdido -aunque no sabemos quién perdió más el honor en el proceso colonial. Pero falta un elemento decisivo. ¿Por qué recuperar sólo las técnicas y los saberes tradicionales? En todo caso si estamos contra el monopolio de la técnica y del saber en manos de las multinacionales lo que hay que hacer es poner a disposición de los pueblos el conocimiento y la técnica actuales para hacerlas universales. Lo que, por otro lado, sería retornar una deuda histórica, puesto que los logros de las multinacionales no son sino producto del expolio. Expropiar estos conocimientos y ponerlos al servicio de los pueblos y nacionalizar los recursos supondría de por sí una racionalización productiva. Y serán estos pueblos los que libremente elijan qué saberes de la técnica tradicional y de la actual ponen en práctica, del mismo modo que serán ellos quienes decidan su desarrollo y fijen sus necesidades. Luchamos contra la explotación y opresión inherentes al modo de producción capitalista, pero esa lucha no impide reconocer el enorme desarrollo de las fuerzas productivas que éste ha permitido. La solución no pasa por el retorno al pasado, sino por aprovechar sus mejores desarrollos y ponerlos al servicio de un nuevo modo de producción que responda planificadamente a las necesidades y las limitaciones. 9. ¿Quién decide la lista? Luis González Reyes, de Ecologistas En Acción, nos lleva a la siguiente identificación: “una sociedad sostenible será aquella que cubra las necesidades (reales, no ficticias) de toda la población presente y futura mediante una relación armónica con el entorno.” ¿Quien se atribuye la potestad de definir qué es una necesidad real y qué una necesidad ficticia? No nos corresponde a los del “norte”, en función de nuestra experiencia o sobre los criterios de lo que es útil y lo que es superfluo, ser quienes vayamos a dictar las formas y los límites del desarrollo de otros. Este mecanismo ya lo hemos vivido con otras expresiones, por ejemplo cuando, desde las ONG’s del llamado “norte”, se dictaba qué necesidades debían ser cubiertas, con qué prioridades o cómo se debían comportar… en el Sur. Dado, además, que en muchos artículos aparecen atisbos de lista, mucho nos tememos que sean esos teóricos decrecentistas quienes vayan a completarla para decir a unos y otros cuáles han de ser sus necesidades reales,… no sabemos si nos lo dirán por internet, por TV o por paloma mensajera. 10. Sindicalismo y decrecimiento. Cuando las teorías se bajan a la práctica es cuando se pueden apreciar en su verdadera dimensión. Taibo –en la cita iniciada en el apartado 6- habla con claridad de que hay que aceptar “la conveniencia de cerrar -o al menos de reducir sensiblemente la actividad correspondiente- muchos de los complejos fabriles hoy existentes. Estamos pensando, cómo no, en la industria militar, en la automovilística, en la de la aviación o en buena parte de la de la construcción.” También afirma que hay que tener una política para la recolocación de los despedidos en otros sectores y que “Importa subrayar que en este caso la reducción de la jornada laboral bien podría llevar aparejadas, por qué no, reducciones salariales, siempre y cuando éstas, claro, no lo fueran en provecho de los beneficios empresariales.” No estamos hablando aquí sólo para el sindicalismo en las grandes empresas de la automoción como SEAT o Wolskvagen, sino también para el de los cientos de empresas pequeñas y medianas que están en el sector y son subsidiarias de las grandes marcas. En estos últimos años hemos vivido una ofensiva de destrucción de empleo y cierre de fábricas, de exigencia de reducciones drásticas de sueldos con el chantaje de nuevos despidos. Esto ha tenido en muchos casos su concreción en EREs. ¿Cuál es la lógica que propone el decrecimiento ante esa situación? ¿Habrá que aceptar los EREs patronales asociados a reducción de la producción o cierres de fábricas, porque el fin está del todo justificado aunque las motivaciones puedan ser distintas? En el marco de la empresa capitalista, ¿cómo se pueden aceptar reducciones de sueldo (aunque estén asociadas a reducción de tiempo de trabajo) sin que la parte del sueldo que el trabajador deja de percibir quede en manos del empresario? 11. Socialismo o Barbarie Marx escribía en El Capital que el capitalismo “agota al mismo tiempo las dos fuentes de donde brota toda riqueza: la tierra y el trabajador”. Y ese agotamiento, unido a las crisis de sobreproducción inherentes al sistema, le llevaba a definir una disyuntiva que no es “decrecimiento o crecimiento”, sino socialismo o barbarie. Efectivamente, el capitalismo nos empuja al abismo. Es más, está echando al abismo a millones de personas que mueren por hambre, enfermedades y en condiciones de miseria extrema. No basta con empezar a construir un mundo paralelo basado en el decrecimiento, porque el mundo es único y o nos hundimos o nos salvamos todos y todas. Socialismo es poner el control del poder político y económico en manos de la mayoría trabajadora, permitir racionalizar la producción planificando, decidir colectivamente las prioridades. Un sistema económico basado en la igualdad y respeto entre pueblos. No negamos el avance que permite integrar las distintas economías –las aportaciones de todos los trabajadores/ as- , los descubrimientos científico-técnicos, en el marco de un sistema económico mundial, al servicio de las necesidades de la población y respetuoso con el medio. Las sociedades y la tendencia al desarrollo de las fuerzas productivas (la humanidad, la naturaleza, la técnica), junto a la lucha de clases, han sido el motor de la historia. Nosotros no creemos que esa historia se haya acabado. Mejorar las condiciones de vida de los trabajadores/ as del mundo exige un enorme desarrollo de la técnica para permitir cubrir las necesidades con el mínimo tiempo de trabajo y con la menor huella ecológica posibles, con el objetivo último de que cada uno pueda consumir según sus necesidades. A más tiempo que pervive el capitalismo mayor es el sufrimiento de los trabajadores y capas populares, más cerca estamos de grandes catástrofes ecológicas. Por eso es urgente la tarea de acabar con este sistema económico y levantar en su lugar otro nuevo. El punto más débil que tenemos los trabajadores/as para lograr ese objetivo es la debilidad de las organizaciones políticas y sindicales revolucionarias, que no se contentan sólo con frenar la velocidad del barco sino que quieren cambiar el curso. Es por ello que en la lucha contra la crisis, los cierres y los despidos, los recortes salariales y de servicios sociales, las teorías del decrecimiento desarman ideológicamente la resistencia obrera y sindical y alteran las prioridades y los objetivos necesarios para concentrar todos los esfuerzos en deshacernos cuanto antes del capitalismo. Notas (1) Carlos Taibo. Profesor de Ciencias políticas de la UNAM. “Doce preguntas sobre el decrecimiento” Libre Pensamiento n. 61. Primavera 2009. (2) Raúl García-Durán. Profesor de Economía Aplicada de la UAB. “A favor del decrecimiento”. (3) Luís González. Miembro de Ecologistas en Acción. “La práctica del decrecimiento”. Libre Pensamiento n. 61. Primavera 2009. (4) Carlos Taibo obra citada. (5) Meadows D.H. –Meadows W. –Randus J.: “Más allá de los límites del crecimiento” Aguilar 1993. Citado por Raúl García en el artículo mencionado. (6) Carlos Taibo obra citada. (7) S. Latouche: “Petit tractat del decreixement seré” Institut del Territori 2008. (8) Luís González. obra citada. (9) Carlos Taibo obra citada. http://luchainternacionalista.org/spip.php?article712

Julian Grimau

Era hijo de Enrique Grimau de Mauro, inspector de policía y dramaturgo. Su abuelo paterno, Julián Grimau de Urssa, fue un conocido médico y alcalde del pueblo de Cantalejo (Segovia). En unas notas biográficas dedicadas a este último, se puede leer sobre Julián Grimau: don Julián Grimau Garcia, hijo de don Enrique Grimau Mauro, de Vallecas, y de doña María García Ruiz, de Ávila. El 18 de febrero de 1911, en la calle madrileña del Paseo del Rey, nº 14, piso principal, vino al mundo Julián Grimau García. Recibió en el bautismo los nombres de Julián Jesús Enrique Simón en la parroquia de San Antonio de Padua, más conocida por San Antonio de la Florida, el 27 de febrero de 1911.1 Guerra Civil Española En su juventud militó en Izquierda Republicana. Al estallar la guerra civil, ingresó en el Partido Comunista de España. Pasó la guerra en Barcelona, donde se dedicó a labores policiales (su padre, Enrique Grimau, había sido inspector de policía). Al ser derrotada la República, se exilió en América Latina, estableciéndose posteriormente en Francia. Fue uno de los dirigentes del PCE durante la época franquista. Según el escritor Emilio Romero Gómez, Grimau cometió torturas y asesinatos en una "checa" barcelonesa durante la Guerra Civil y, en el ejercicio de su labor como policía, también durante la contienda. Las acusaciones, además de aparecer en textos de la época franquista, aparecen en el libro Los papeles reservados del citado escritor, sin que haya otras fuentes que confirmen estos hechos. Posguerra En 1954, durante el Congreso del PCE celebrado en Praga, fue elegido miembro de su comité central. A partir de 1959 se haría cargo de la dirección del Partido "en el interior", es decir, dentro de España, donde tuvo que residir clandestinamente a lo largo de varios años. Su actividad le hizo ser una de las personas más buscadas por la Policía franquista. Tras su detención, fue condenado en un juicio sumarísimo y posteriormente fusilado por la dictadura de Francisco Franco. La prensa internacional volcó su atención sobre el caso Grimau y hubo manifestaciones multitudinarias en varias capitales europeas y latinoamericanas. Más de 800.000 telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo que consideraban un juicio-farsa. Aún hoy, numerosas ciudades de todo el mundo honran al madrileño con calles y edificios oficiales que llevan su nombre. El proceso Grimau Grimau fue detenido en noviembre de 1962. La detención se produjo en un autobús en el que viajaban únicamente él y otros dos pasajeros, que resultaron ser agentes de la Brigada Político-Social (policía política franquista). Obviamente, había sido delatado. Fue conducido a la Dirección General de Seguridad, situada en la madrileña Puerta del Sol, en el edificio conocido como Casa de Correos, que hoy es sede del gobierno de la Comunidad de Madrid. Allí al parecer fue defenestrado desde un segundo piso a un callejón, lo que le ocasionó graves lesiones en el cráneo y en ambas muñecas. Grimau explicó este hecho a su abogado declarando que en un momento dado de la sesión de tortura a la que fue sometido por sus interrogadores, le agarraron y le arrojaron por la ventana, esposado con las manos delante, razón por la cual se fracturó la frente y las muñecas. La policía, por boca del ministro de Información Manuel Fraga, declaró por el contrario que Grimau recibió un trato exquisito y que en un momento de su interrogatorio se encaramó a una silla, abrió la ventana y se arrojó por ella de forma "inexplicable" y por voluntad propia. Frente a todas las previsiones, Grimau no fue acusado por su militancia clandestina (lo que le habría valido una condena a prisión) sino por su actividad durante la guerra civil. Fue la última persona procesada y condenada en España como consecuencia de la guerra. Fue algo similar a los juicios de Nüremberg de los vencedores contra los vencidos, aunque en este caso aplicado a la Guerra Civil Española. La razón de ello es que, probablemente, el régimen quiso dar una lección a la oposición en un momento en el que existía una ola de alta conflictividad social y política. Grimau fue acusado por su trabajo como policía durante la guerra civil. Esa actividad, como todas las ejercidas por miembros de la administración republicana durante la guerra, era calificada de delito de rebelión militar. Aunque el delito se consiguiese probar, técnicamente había prescrito tras los 25 años transcurridos. El tribunal debía probar entonces que se trataba de un delito continuado. En concreto, a Grimau se le imputaban torturas y asesinatos en una checa (centro de detención político) de Barcelona. Dicha imputación, que no fue demostrada en el juicio, se le ha hecho también desde sectores anarquistas, que le acusan de haber sido un prominente miembro del Servicio de Información Militar (SIM) y de haber dirigido la represión contra los acusados del asesinato del agente del SIM Leon Narwicz en 1938. No parece sin embargo que existan pruebas documentales de ello. Además, estas fuentes sitúan la actividad de Grimau en Madrid, no en Barcelona. Sin embargo, a pesar de lo anterior, Jorge Semprún (Federico Sánchez), miembro del Comité Ejecutivo del PCE, escribió en su Autobiografía de Federico Sánchez lo siguiente: A raíz de su detención [de Grimau], y sobre todo después de su asesinato, cuando participé en la elaboración del libro (Julián Grimau — El hombre — El crimen — La protesta, Éditions Sociales, 1963) que el Partido consagró a su memoria, fui conociendo algunos aspectos de su vida que ignoraba por completo mientras trabajaba con él en la clandestinidad madrileña. Así, por ejemplo, yo no sabía que Julián Grimau, pocas semanas después de comenzada la guerra civil, cuando todavía era miembro del Partido Republicano Federal —sólo se hizo comunista en octubre de 1936—, había ingresado en los Cuerpos de Seguridad de la República, trabajando primero en la Brigada Criminal de la policía de Madrid. Un día, mientras preparábamos la confección del libro ya citado, Fernando Claudín, bastante desconcertado y con evidente malestar y disgusto, me enseñó un testimonio sobre Grimau que acababa de recibirse de América Latina. Allí se exponía con bastante detalle la labor de Grimau en Barcelona, en la lucha contra los agentes de la Quinta Columna franquista, pero también —y eso era lo que provocaba el malestar de Claudín— en la lucha contra el POUM. No conservo copia de dicho documento y no recuerdo exactamente los detalles de esta última faceta de la actividad de Grimau, que el testigo de América Latina reseñaba como si tal cosa, con pelos y señales. Sé únicamente que la participación de Grimau en la represión contra el POUM quedaba claramente establecida por aquel testimonio, que fue edulcorado y censurado en sus aspectos más problemáticos, antes de publicarse muy extractado en el libro al que ya he aludido. Grimau fue procesado por un tribunal militar. No existían apenas en España militares con formación jurídica, por lo que bastaba con que fuera abogado el ponente o fiscal, encargado de asesorar a los presidentes del tribunal. En el caso del juicio a Grimau, ejerció de fiscal un habitual de los juicios políticos, Manuel Fernández Martín, que en realidad nunca había estudiado Derecho y desempeñaba el cargo, como muchas otras personas en la época, gracias a que podía declarar que sus títulos "se habían quemado durante la guerra" (fue desenmascarado un año más tarde, tras décadas de ejercicio, y condenado a prisión). El defensor era la única persona con formación jurídica de la sala: el teniente abogado Alejandro Rebollo (que sería diputado años después), a quien la defensa de Grimau le costaría el puesto. El juicio se celebró en los juzgados militares de Madrid el jueves 18 de abril de 1963, con la sala atestada de periodistas. Para Rebollo, el juicio era nulo de pleno derecho (de acuerdo incluso con las leyes políticas de la época y aun sin saber que el ponente era un impostor). Los delitos de torturas no fueron probados: los testigos de la acusación declararon que conocían los crímenes del acusado "de oídas", es decir a través de rumores o testimonios de terceros que no podían comprobarse. Sólo estaba probado que, efectivamente, fue polícía. El delito continuado de rebelión era improbable dado que Grimau había pasado más de 20 años fuera de España tras el fin de la guerra y no existían indicios de su presencia clandestina en el país durante ese tiempo. El fiscal cortó en numerosas ocasiones las declaraciones del acusado y del propio abogado defensor, cuyo alegato no fue tenido en cuenta. Tras apenas cinco horas de juicio, sin deliberación, se dictó como estaba previsto la condena a muerte. En realidad, el juicio por "rebelión militar", en el que se aplicaba la Ley de Responsabilidades Políticas de 1938, hacía previsible la sentencia. Este tipo de juicios sumarísimos en aplicación de una ley creada específicamente para aniquilar a los republicanos no se producía desde los años inmediatamente posteriores a la guerra. En su periodo de apogeo, acababan invariablemente con una sentencia de muerte, tanto que a menudo los bedeles del tribunal se permitían hacer sin reparos una broma macabra que se hizo famosa: "que pase la viuda del acusado". El fiscal Fernández Martín actuaba con frecuencia en estos juicios y su afición a la pena de muerte era también famosa. Por otro lado, el Consejo de Ministros del 1 de abril de aquel año 1963 había aprobado la creación del Tribunal de Orden Público (TOP), que pretendía dar carpetazo definitivamente a la legislación represiva aprobada en el marco de la guerra civil. A Grimau le habría correspondido ser juzgado por este tribunal, que no habría dictado pena de muerte sino de prisión. Por ello, para asegurarse de que Grimau sería ejecutado, Franco dispuso que la entrada en vigor de la ley se retrasara hasta después del fusilamiento. La presión internacional Precisamente por lo inusitado del procedimiento, eco de una guerra que por otro lado el franquismo parecía querer enterrar (comenzaban a prepararse los actos de los "veinticinco años de paz"), y porque se esperaba lo peor, desde el anuncio de los cargos contra Grimau se desató una reacción internacional de protesta y presión sin precedentes en ningún aspecto relacionado con España. La prensa internacional volcó su atención sobre el caso Grimau y hubo manifestaciones multitudinarias en varias capitales europeas y latinoamericanas. En algunos puertos, los estibadores se negaban a descargar los barcos españoles, y más de 800.000 telegramas llegaron a Madrid pidiendo la paralización de lo que consideraban un juicio farsa. La presión no pareció afectar al general Franco, que en su línea habitual la atribuyó a una "conspiración masónico-izquierdista con la clase política". Manuel Fraga, en su calidad de ministro de Información y Turismo, inició una intensa campaña dirigida a la prensa internacional atribuyendo a Grimau los mayores crímenes. Tras la lectura de la sentencia, sólo cabía la posibilidad de que Franco conmutara la pena por otra de prisión. Numerosos jefes de Estado se pusieron en comunicación con él para hacerle esta petición, entre ellos el papa Juan XXIII y el líder soviético Nikita Jrushchov, lo que tampoco tenía precedentes: era la primera vez que un dirigente soviético se dirigía oficialmente al régimen franquista. Dentro de España, algunas personalidades cercanas al régimen pidieron también clemencia. El Consejo de Ministros, formado por 17 personas, se reunió el 19 de abril. Duró diez horas, aunque al parecer sólo Fernando Castiella, titular de Exteriores, y Vicente Fernández Bascarán, subsecretario del Ministerio de la Gobernación y ministro en funciones aquel día, manifestaron su oposición a la ejecución de la sentencia, alarmados por la presión internacional y las consecuencias que podía tener en la política exterior española. Su oposición fue sin embargo más bien tímida, ya que Franco finalmente exigió una votación y la decisión de ejecutar al dirigente comunista se tomó por unanimidad. [editar]Fusilamiento Julián Grimau, entre tanto, pasaba en el cuartel militar del barrio de Campamento sus horas de capilla, es decir, las previas a la ejecución de la pena, en compañía de su abogado, de acuerdo con las ordenanzas militares. Hacia las 5 de la madrugada del 20 de abril, fue trasladado en una furgoneta al campo de tiro del cuartel, donde debía ejecutarse el fusilamiento. En principio, correspondía a la Guardia Civil formar el pelotón, pero sus mandos se negaron a hacerlo. El capitán general de Madrid rehusó también que el pelotón fuera integrado por militares de carrera, que era la segunda opción. Parece ser que fue el propio Franco quien dio la orden de que los ejecutores de Grimau fueran soldados de reemplazo, y así se hizo. Jóvenes, asustados y sin experiencia de tiro, según los testigos, dispararon a Grimau 27 balas sin lograr acabar con su vida. Fue el teniente que mandaba el pelotón quien hubo de rematar a Grimau de dos tiros en la cabeza. Según confesó años más tarde a la familia del fallecido, este acto le persiguió durante toda su vida, hasta el punto de que acabó sus días en un psiquiátrico. Julián Grimau fue enterrado en el cementerio civil de Madrid. Rehabilitación Con la llegada de la democracia, a partir de 1978, se abría teóricamente la posibilidad de revisar el caso Grimau y el de otras víctimas de la dictadura. Sin embargo, los acuerdos conocidos como Pactos de la Moncloa supusieron de facto una Ley de Punto Final y del silencio, de la que el PCE fue el mayor valedor. En términos generales, se procuraba olvidar los aspectos más oscuros del régimen anterior y enterrar definitivamente la memoria de la República y la guerra. En la década de 1980, según testimonios de militantes del PCE y de familiares de Grimau, el Ayuntamiento de Madrid, a la sazón dirigido por Enrique Tierno Galván, del PSOE, propuso extraoficialmente rebautizar la avenida del Mediterráneo como avenida de Julián Grimau (existen calles y edificios públicos con el nombre de Grimau en numerosas ciudades fuera de España). El PCE se negó, mostrando así su voluntad de enterrar el asunto. Desde mediados de los años 1990, sin embargo, la consolidación de la democracia y el tiempo transcurrido desde la guerra, además del fallecimiento de la mayoría de sus actores (lo que hacía menos conflictiva cualquier referencia a la misma), ha venido propiciando que se empezara a reivindicar en el ámbito parlamentario la memoria y reparación de los represaliados. Buena parte de las iniciativas en este sentido procedían y proceden de Izquierda Unida, coalición que integra a un PCE ya sin su antigua dirección -bajo el mando de Carrillo- y con las bases que la apoyaban muy mermadas. El 15 de abril de 2002, Izquierda Unida presentó una Proposición no de Ley sobre la rehabilitación pública y democrática de la figura de Julián Grimau, que recibió los votos a favor de todos los partidos con representación parlamentaria excepto el Partido Popular (PP), que a la sazón gobernaba con mayoría absoluta. El PP tenía una razón doble para oponerse y así lo expresó: por principio, es contrario a toda iniciativa política acerca de la guerra y sus consecuencias o el franquismo. En segundo lugar, preveía que el debate sobre Grimau tenía muchas posibilidades de convertirse además en un juicio público al ministro que defendió en todos los medios de comunicación su asesinato, Manuel Fraga, fundador del Partido Popular y entonces presidente de la comunidad autónoma de Galicia. En mayo de 2005, Izquierda Unida presentó una iniciativa similar en la Asamblea de Madrid (parlamento de la comunidad autónoma), para que dicha asamblea inste al gobierno a rehabilitar la figura de Julián Grimau. Esta iniciativa sí ha contado con el respaldo del PP, que cuenta con mayoría absoluta en la cámara. Impactada por la muerte de Grimau, la artista chilena Violeta Parra dedicó versos de su canción '¿Que dirá el Santo Padre?' publicada en el trabajo Recordando a Chile (Una Chilena en París) de 1965. "El que oficia la muerte como un verdugo tranquilo está tomando su desayuno. Lindo se dará el trigo por los sembraos regaos con tu sangre Julián Grimau" Wikipedia

Llamamiento a la movilización social por la paralización de las grandes obras de infraestructura en Gipuzkoa domingo 4 de febrero de 2012

AHT Gelditu! Elkarlana , Coordinadora de Plataformas contra la Incineración, Jaizkibelgo Superportuaren aurkako taldea, EHNE, Asamblea Contra el TAV, PTPren aurkako Oiartzungo taldea, Mutriku Natur Taldea, Gipuzkoa Zero Zabor. Apoyan 15-M, Ekologistak Martxan, Eguzki, ESK , LAB, CNT, CGT-LKN, Alternatiba, Ezker Abertzalea, Antikapitalistak, Gorripidea, Ezker Anitzak-IU, EPK-PCE, Aralar, Lizargorri Taldea---------------- Movimientos y colectivos en lucha contra diferentes infraestructuras impulsan una dinámica conjunta que culminará con una manifestación el 4 de febrero en Donostia. Movimientos sociales y colectivos que trabajan desde hace años en oposición a diferentes proyectos y agresivos planes de infraestructura y por un modelo que respete la naturaleza y las condiciones de vida de la población se han unido para impulsar una dinámica de movilización que culminará con una manifestación conjunta por la paralización de las grandes obras de infraestructura en Gipuzkoa convocada el 4 de febrero en Donostia. Esta iniciativa de los movimientos sociales surge para impulsar la presión y la movilización popular en exigencia de la paralización de las grandes obras de infraestructura y para reclamar la necesidad de un cambio del modelo ante la feroz campaña de presiones políticas y mediáticas a favor de todo tipo de infraestructuras de elevado impacto ecológico, económico y social (TAV, incineradora, superpuerto de Jaizkibel, plataforma logística de Oiartzun-Lezo-Gaintxurizketa, Metro de Donostialdea, ampliación del aeropuerto de Hondarribia, macro-cárcel de Zubieta, variantes, etc.) lanzada en los últimos meses en Gipuzkoa. Por ello hacemos un llamamiento a la movilización social subrayando la importancia de ejercer en este momento la presión popular indispensable para paralizar los macro-proyectos que inciden sobre nuestro castigado territorio y para abrir un período de reflexión por una cambio del modelo de desarrollo, en la medida en que entendemos que estas contestadas infraestructuras no solamente nos afectan a unos y a otros aisladamente, sino que en su conjunto conforman un modelo de desarrollo que debe cuestionarse. En todo caso, en las actuales circunstancias en que también por la crisis económica se ha reabierto el debate sobre el futuro de las infraestructuras, aparece claramente la urgencia de reactivar la movilización popular, reuniendo en esta iniciativa que se llevará a cabo con el lema y la reivindicación común de “POR UN CAMBIO DEL MODELO SOCIAL PARA UNA GIPUZKOA DIFERENTE: ¡PARALIZACIÓN DE LAS GRANDES INFRAESTRUCTURAS!” la participación de todos los grupos locales de afectados, vecinos, movimientos y organizaciones sociales, ecologistas, sindicales, políticas y ayuntamientos que deseen mostrar su apoyo. Esto saldra en la pagina al pulsar leer mas

"Perlas" del fascista Fraga

60 años en política dan para mucho. Y para hablar mucho. El presidente fundador del PP, Manuel Fraga Iribarne, pasará a la historia por ser uno de los personajes clave durante la dictadura, la transición, la democracia y uno de los padres de la Constitución de 1978, pero sobre todo por su fuerte carácter, por el tono con el que hablaba, por esa forma de hablar rápida y atropellada y por no callarse casi nunca lo que pensaba. También generó anécdotas graciosas cuando, en medio del frenesí electoral y con su afán de saludar a todo el mundo —siempre fue partidario de conseguir votos puerta por puerta—, llegó a saludar efusivamente a un maniquí en unos grandes almacenes ante la sorpresa de todos los presentes. La misma perplejidad que, a buen seguro, mostraron muchos al enterarse de que, en sus tiempos mozos, dejó plantada a la mismísima Ava Gardner, una de las actrices más bellas de Hollywood, cuando ella le invitó a tomar unas copas y éste las rechazó, para su sorpresa, alegando que estaba muy ocupado. El susodicho era así... capaz de eso y de mucho más, que se deshacía en elogios hacia las mujeres, pero que evitaba las tentaciones, porque era, sobre todo, un hombre fiel a sus principios conservadores y anteponía su conciencia a cualquier otra cosa. "Toda mi vida he dicho verdades sin condón y pienso morirme sin ponerme uno" Estas son algunas de sus opiniones, frases polémicas o declaraciones que pronunció a lo largo de sus más de 60 años de carrera política: Sobre Francisco Franco, el día de su muerte: "Un gran hombre, el mayor y más representativo de los españoles del siglo XX". También dijo del dictador: "Fue uno de los mayores gobernantes que hemos tenido en nuestra historia". Con el paso del tiempo dijo: "Permaneció demasiado tiempo en el poder". Sobre la Monarquía: "Romper con una tradición (...) que ha permitido a España resolver un famoso 23 de febrero y tantas otras cosas de elementos de estabilidad en estos años, ciertamente de transiciones difíciles, es desvariar". Sobre el rey y el 23-F: el 23 de febrero fue "sin duda" una reválida para él. "Sólo el Rey podía resolver esa situación..." y de don Juan Carlos: "Muchas gracias por lo que ha hecho por España". Sobre España: "He dedicado mi vida entera a España". Sobre el ex presidente del Gobierno Adolfo Suárez: creo que el Rey "acertó" al apostar por Suárez. Sobre la legalización del Partido Comunista: "La legalización del Partido Comunista es un verdadero golpe de Estado". A los golpistas del 23-F: "Yo ya no aguanto más.... Disparen contra mí". A los golpistas les acusó de tratar como "una pandilla de forajidos a tantos hombres indefensos". Sobre los nacionalismos: "Se puede ser galleguista sin ser nacionalista, que es una traición a España y a la Constitución" Sobre los matrimonios gays: "Eso no es un matrimonio, podrá ser una unión de hecho. A mi me parece que las personas que nacen así tienen derecho a un reconocimiento, pero matrimonio por definición es que pueda haber una madre...." "Eso no es un matrimonio, es otra cosa, respetable, pero otra cosa". Sobre la homosexuales: "la homosexualidad es una anomalía y, por lo tanto, pasar de la persecución que hubo en su día, que era una equivocación, al orgullo gay es otra tremenda equivocación". Las alusiones a los gays no acabaron ahí. También los definió como "los que lo hacen al revés". Sobre los ecologistas: "Si por ellos fuera aún estaríamos en las cuevas de Altamira". Sobre los votantes indecisos: "Cuando las preguntas con cuántos hombres se acuestan, nunca dan una respuesta absolutamente certera". Sobre Cuba: célebre fue también cuando confesó que si se hubiera quedado en Cuba, adonde emigraron sus padres, "probablemente hoy sería Fidel Castro" sin importarle que éste sea de izquierdas y él muy de derechas. El caso es mandar... "La calle es mía", cuando era ministro de la Gobernación en un momento en que se estaban produciendo manifestaciones en la calle. "Si hubiera vivido en Cuba probablemente sería Fidel Castro" "Toda mi vida he dicho verdades sin condón y pienso morirme sin ponerme uno", dijo Fraga tras conocer la postura del Vaticano contraria al uso del preservativo. "Ni tutelas, ni tutías". Quien no recuerda aquel arrebato de autoridad que le dio cuando rompió, con gran ímpetu, la carta de dimisión sin fecha que le había entregado su sucesor, José María Aznar. "Yo sólo pido perdón ante Dios y mi confesor", dijo en un pleno del Parlamento gallego en el que un diputado del BNG instaba a Fraga a condenar las dictaduras argentinas y chilena. "Casi es preferible morir antes que arrastrar una vejez ociosa", decía el exsenador del PP sobre su pasión por el trabajo. "Trabajar es vivir", hizo suya la frase de Voltaire, tras sufrir un desmayo en el parlamento gallego.Diario Público

Puntualizaciones a las críticas en torno a las revueltas árabes

Transcurrido un año desde el derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali y, sin ánimo de ofrecer un balance de un acontecimiento, la Primavera Árabe, todavía abierto, no está de más salir al paso de algunos análisis críticos sobre algunos escenarios, el último el sirio. En política internacional hay sucesos, en su momento desapercibidos, cuyo verdadero alcance solo se mide con el paso de los años, incluso decenios. Al contrario, hay incidentes que, por su impacto inmediato, se magnifican y preludian efectos globales que finalmente nunca se cumplen. Finalmente, hay acontecimientos que, por su relevancia y extensión geográfica y temporal, marcan un antes y un después y generan una serie de consecuencias difíciles de prever pero de indudable significación. Y, no menos importante, tienen la virtud de desnudar viejos clichés y de dejar en evidencia discursos anclados en ajadas certezas que ya no son ni volverán a ser. Las revueltas árabes entran, sin duda, y por méritos propios, en esta última categoría. La revolución en Túnez, que tuvo una puntual pero fugaz réplica en Argelia, pilló a todo el mundo desprevenido. Al primero, al propio régimen, para el que no entraba ni en sus peores pesadillas la imagen que conmocionó al mundo hace hoy un año: El dictador Ben Ali huyendo del país para refugiarse en Arabia Saudí. Ni las agencias ni los grandes medios internacionales supieron leer entre líneas que el hartazgo de los tunecinos había cruzado el Rubicón. El Estado francés, como antigua metrópoli y, por extensión Occidente, trataron hasta el último momento de salvar a su hombre en Túnez, con lo que sus dirigentes volvieron a quedar a la altura del barro ante el mundo árabe. Un «error de cálculo» que tendría a su vez consecuencias en futuros escenarios de revuelta. Tras el estallido de la revolución en Egipto, EEUU y sus aliados tenían ya la lección aprendida y no dudaron en abandonar a su suerte al rais Hosni Mubarak, quien, como en el caso de Ben Ali, nunca había sido reconocido hasta entonces y de forma tan unánime con el apelativo de dictador. La opinión publicada en Occidente -con honrosas excepciones, entre ellas la de este diario- se limitaba a lo sumo a perdonarle sus excesos en nombre del «antiterrorismo» y del estratégico acuerdo con Israel. Viendo a los suyos liderando las protestas en la Plaza Tahrir -antes en el Zoco de Túnez- la izquierda europea mostró casi sin fisuras -si exceptuamos a un puñado de intelectuales afectos a las teorías conspirativas- su satisfacción por el triunfo de la calle árabe y, a lo más, denunciaba la hipocresía de sus propios gobernantes, que acababan de «descubrir» a los dos viejos criminales.
Para entonces, la suerte del «Faraón» estaba echada y el uso de la represión contra los manifestantes y su cascada de tardías promesas de reforma fueron su tumba política. Mientras Washington trataba por todos los medios de forzar una transición ordenada, promoviendo el posicionamiento de los militares como gendarmes del proceso, la bautizada como Primavera Árabe se extendía como la pólvora. En efecto dominó, los pueblos árabes se van levantando contra sus dirigentes. Los quebraderos de cabeza para las principales potencias son una constante pero estas ya han aprendido la lección: defienden genéricamente las reformas y, en su caso, promocionan unas revueltas y callan de manera cómplice en la represión de otras, según sea el cálculo geopolítico. Yemen y Marruecos revelan, con sus diferencias de grado, la primera opción. Bahrein, donde la revuelta popular en defensa de la democracia y del final de la opresión contra la mayoría chií, fue salvajemente reprimida, es el perfecto ejemplo de la segunda. Y en esas entra en juego el escenario libio. Gadafi, quien pese a su condición de «paladín antiimperialista» no dudaba en enero en ofrecer ayuda, incluso militar, a su amigo Ben Ali -el defensor de Occidente en el norte de África-, no duda en reprimir una protesta en Bengasi por el aniversario de la matanza en 1996 de cientos de islamistas en la cárcel de Abu Salim. Como ocurrió con la inmolación a lo bonzo del joven tunecino Mohamed Bouazizi el 17 de diciembre de 2010, nada hacía presagiar que la represión de esa protesta iba a ser el desencadenante de una revuelta que tuvo su origen y su plaza fuerte en la capital de la siempre rebelde Cirenaica pero que tuvo sus réplicas en otros puntos del país. Nada o todo lo presagiaba y, sin duda, la escasa visión del coronel Gadafi, quien respondió con amenazas de grueso calibre -llegó a anunciar que emularía en Bengasi la entrada triunfal de Franco en Madrid- de «exterminio total de las ratas» fue aprovechada al vuelo por las potencias occidentales. Estas, capitaneadas por el Estado francés, aprovecharon a la perfección el escenario de la revuelta -sí, revuelta- libia para, literalmente, matar varios pájaros de un tiro. De un lado, ajustaban cuentas con un antiguo enemigo devenido aliado de última hora pero biográficamente imprevisible. De otro, y a través de una conscientemente larga campaña de bombardeos, distraían la atención de otros escenarios de revuelta problemáticos para sus intereses -Yemen, Bahrein, Arabia Saudí, Jordania-. Y, finalmente, trataban de congratularse con la opinión pública árabe. La crisis Libia desconcierta a parte de la izquierda antiimperialista europea, que se erige en defensora del régimen siguiendo el adaggio de que «los hostigados por mis enemigos son buenos por naturaleza». Esta línea argumental, que se verá sin duda reforzada con las imágenes del linchamiento público de Gadafi, se basa en tres ideas-fuerza, a cual más infantil desde la perspectiva del estudio de las revoluciones en la historia e, incluso, en el sentido leninista del término. La primera busca negar legitimidad a la revuelta precisamente por la intervención abierta y descarada de Occidente y de otros actores y potencias regionales. Obvia, en cualquier caso, que toda revolución es, desde la noche de los tiempos, escenario preferente de intervenciones e injerencias de parte. La injerencia no desvirtúa por principio una experiencia revolucionaria. Busca condicionarla y dirigirla, pero no es el factor que niega o, que en su ausencia, da legitimidad a una revuelta. No lo hizo, por ejemplo, el apoyo soviético a la lucha por la independencia argelina hace medio siglo. Pensar en un proceso revolucionario como un escenario virginal y libre de presiones y de compromisos tácticos es no ya infantil sino irracional. Hubo quien sostuvo esa tesis para denunciar a los revolucionarios rusos con motivo de la firma con Alemania de la paz de Brest-Litovsk en 1918. La segunda línea argumental presentaba el índice de desarrollo humano en Libia -superior, indudablemente, al de sus vecinos Egipto y Túnez- como prueba de fuego contra la legitimidad de las protestas. Otro craso error que vincula automáticamente la situación de pobreza con las expectativas revolucionarias. Cuando el propio Lenin -qué no decir de Marx- ya negaban ese automatismo de manual, arrumbado además por la historia de los últimos decenios. ¿A qué esperan los africanos para levantarse? ¿A morirse, más, de hambre? La revuelta en Libia nace sin duda de la corrupción creciente del régimen -insisto, del régimen- y de la convicción, en buena parte de la población, de que la ingente riqueza petrolera del país debería dar para mucho más que para mantener un sistema de clientelismo rentista. El tercer argumento destacado por los que se han dedicado a negar la existencia de revuelta alguna ponía el acento en su alcance real. Otro error de percepción. Los que participaron en las protestas del Zoco de Túnez o de la Plaza Tahrir de El Cairo no eran sino una pequeña minoría del país, sin duda la más activa, pero una minoría. Excede del objetivo de este artículo volver a recuperar los estudios sobre el papel de las vanguardias en todas las revoluciones que han sido. Basta con destacar que, también en el caso libio, todo apunta a que, junto con el indudable impacto de la campaña sostenida de bombardeos aliados, fue la escasa afección al régimen por parte de la mayoría silenciosa del país la que condenó al régimen del coronel. Este último aspecto nos remite a una cuarta cuestión que ha quedado en evidencia en los procesos políticos tunecino y egipcio y que ha sido utilizada por parte de esa izquierda occidental como arma arrojadiza en el caso libio: El papel del islamismo político en estas revueltas. Para algunos, el triunfo de los Hermanos Musulmanes en Egipto y Túnez supone una traición de la revolución. Sin pretender minimizar las diferencias ideológicas insalvables con el islamismo, lo que no es de recibo es ignorar que esa posición política es a día de hoy si no mayoritaria sí la más organizada y anclada socialmente en esos países. En parte, indudablemente, porque bien se encargó Occidente en su día de arramblar con todas las experiencias de transformación social en el mundo árabe. Pero también, y conviene destacarlo, por errores de la propia autodenominada «izquierda arabista». ¿O es que nos hemos olvidado de que los islamistas palestinos de Hamas vencieron con rotundidad al histórico Al-Fatah en unas elecciones democráticas en 2006? Más allá de lo que se pueda pensar del auge de esta opción político-religiosa y del interés de algunas potencias regionales -desde Turquía hasta Arabia Saudí, pasando por Qatar- en que eso ocurra, lo que ya no es de recibo, desde una posición de honestidad revolucionaria, es lo que hizo esa «izquierda» al utilizar el fantasma occidental de Al-Qaeda para criminalizar a la insurgencia libia. Resultaba cómico pero muy sintomático ver cómo los mismos que acusaban a otros de alinearse con la intervención de las potencias occidentales en Libia se hacían eco de informes de esas mismas potencias que criminalizaban a los islamistas libios relacionándolos con Bin Laden. Sólo les faltó imputar a algún libio los ataques del 11-S. Todas estas consideraciones sirven, salvando las distancias y las circunstancias peculiares de cada país, para arrojar luz en el debate sobre Siria. En este último caso asoma, además, una última contradicción, y es la referente a las críticas al carácter armado de la revuelta. Como si, objetivamente, el hecho de que un grupo opositor tome las armas lo invalide per se. Toda una muestra de «seudopacifismo» equiparable a la que mantienen las potencias occidentales y sus voceros mediáticos, siempre pioneros a la hora de condenar la violencia que no provenga del Estado y su monopolio legal y que, ciertamente, callan, cuando no apoyan abiertamente o directamente protagonizan, el uso de la fuerza contra regímenes enemigos. Esta última y todas las anteriores son incongruencias que les retratan a ellos, no a los que, sin chuparnos el dedo, defendemos el derecho de los árabes a luchar por su futuro. También en Siria, donde sin obviar la complejidad de la situación -sectarismo creciente por ambos bandos, injerencia cada vez más descarada, riesgo de intervención extranjera directa, política desinformativa occidental oficial-, apoyamos las legítimas ansias de cambio de una población cansada de soportar la arbitrariedad de un poder que, con el ropaje de un arabismo socialista olvidado hace décadas en el cajón de la Historia, se ha convertido en un régimen dinástico y apoyado en una minoría que -al igual que Bahrein, pero al revés- no duda en mostrar el palo de la represión más salvaje y escudarse en la zanahoria del miedo a que estalle el polvorín de Oriente Próximo. Y ello pese a las críticas de cierta izquierda que, por nostalgia geopolítica -serían capaces de sostener que la implosión del socialismo real en el este europeo fue en realidad una revolución de colores-, han hecho suya la frase del que fuera presidente de EEUU Franklin D. Roosevelt al referirse al dictador nicaragüense Somoza: «Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta». Dabid Lazkanoiturburu en Rebelión

Fraga,que nuestra memoria te persiga hasta el infierno