28 de febrero de 2012

Victor Serge, un humanista imperecedero

Es una de las figuras revolucionarias más interesantes del siglo pasado, admirado por intelectuales como John Berger o Susan Sontag, y aún así, un gran desconocido. La reedición de algunas de sus obras -'Memorias de un revolucionario' se edita por primera vez en España- y un documental propician, en estos tiempos de crisis ideológica, el resurgir de sus valores Hijo de anarquistas rusos que huyeron de la represión zarista, Victor Lvovich Kibalchich nació exiliado. Fue en Bruselas, el 30 de diciembre de 1890. Cincuenta siete años después, el 17 de noviembre de 1947, también murió en el exilio. Fue en México DF, dentro de un taxi, a consecuencia de un ataque al corazón. Desde su nacimiento hasta su muerte fue un exiliado permanente, un apátrida errante que tuvo como patria la humanidad. “He conocido las ventajas reales y los pesados inconvenientes del desarraigo. Ensancha la visión del mundo y el conocimiento de los hombres; disipa las nieblas de los conformismos y de los particularismos asfixiantes; preserva de una suficiencia patriótica que no es en verdad sino mediocre contento de uno mismo; pero constituye en la lucha por la existencia un handicap más que serio”, anotó Victor Serge hacia el final de sus Memorias de un revolucionario, que escribió en 1942 en México, adonde llegó en un barco de refugiados huyendo del nazismo y también de los agentes estalinistas. La condición de apátrida no sólo marcó la existencia de este escritor, periodista y agitador político que vivió y relató algunos de los episodios más significativos de la primera mitad del siglo XX. Lo hizo con una fuerza literaria y ética perdurable, pero Victor Serge casi es un desconocido. En un texto reivindicativo de la vigencia del autor de la espléndida novela El caso Tuláyev, una de las narraciones más precisas sobre el funcionamiento de la máquina represiva del régimen estalinista, incluyendo una estremecedora parte dedicada a la actuación de los agentes soviéticos en el bando republicano durante la Guerra Civil española, Susan Sontag afirmó que el hecho que ningún país pueda o quiera apropiárselo determina el desconocimiento y hasta el menosprecio como escritor de Victor Serge. También apuntó que no le ha ayudado que fuera un escritor ruso que escribió en francés. Ni Francia ni Rusia incluyen en sus respectivas tradiciones literarias a este hombre que, aún en las condiciones más adversas, no paró de escribir (artículos, panfletos, ensayos, novelas, poemas) dada su inclinación al trabajo intelectual. “Pocas satisfacciones me parecen tan grandes como las de comprender y expresar. Mis libros son probablemente aquello a lo que tengo más apego, pero he producido mucho menos de lo que hubiera querido, apresuradamente, sin poder releerme, combatiendo.” Susan Sontag añadió que ningún grupo político ha podido o querido hacérselo suyo. En un sentido semejante se pronuncia Régis Debray en las reflexiones que aporta al hermoso, sincero y vivido documental Victor Serge: l’insurgé, realizado recientemente por la chilena Carmen Castillo, quién conoce la experiencia del exilio a consecuencia de una dictadura. El caso es que, ciertamente, ningún movimiento político ha hecho bandera de Victor Serge. Muy pronto, sabiendo de la pobreza y observándola alrededor, se sintió próximo a todas las víctimas de la injusticia social y a todos los insurgentes. En París, entró en contacto con el anarquismo y vio en Catalunya la fuerza de tal movimiento. Pero, ante la revolución rusa, quiso participar en aquel proceso que removió la tierra de sus antepasados, que así conoció, y, considerando que los leninistas eran los mejor organizados, se hizo bolchevique, cosa que hace problemática la vindicación de Victor Serge por parte de los anarquistas. Respeto al ser humano. No renegó de Lenin, pero observó con estupor la represión ejercida por la cheka, a la cual definió como una inquisición de procedimientos secretos. No tardó en darse cuenta de lo que representaba Stalin y, de hecho, fue el primero que habló de la URSS como de un estado totalitario. Para él, la revolución fue traicionada y se perdió el respeto al ser humano. De ahí, cuando en las Memorias de un revolucionario habla de la represión que sufrieron los kulaks, afirma que no se debe olvidar nunca que un ser humano es un ser humano: no importa que sea un enemigo de clase o hijo o nieto de burgués. Y que olvidarlo es lo más indignante y antisocialista que existe. En este libro de memorias tan poco personales, en las que la experiencia autobiográfica se inscribe en la historia, resultan estremecedores los pasajes en los que relata los asesinatos estalinistas. La mayoría de sus amigos fueron eliminados. Otros se suicidaron, como en el caso del poeta Sergei Esenin. El giro que había tomado la revolución era desesperante. Él se resistió a la desesperanza y continuó trabajando a favor del respeto al ser humano y, ejerciendo la libertad de pensamiento, denunciando la represión y las mentiras del régimen. Fue detenido y deportado el año 1933. Entonces algunos escritores franceses (Victor Serge continuaba publicando en Francia los libros prohibidos en la URSS) se preocuparon por él. Durante una visita a la URSS, Romain Rolland consiguió del mismísimo Stalin la promesa de liberar a Victor Serge. Lo increíble es que el dictador la cumplió. Liberado, volvió a Bélgica junto a su hijo Vlady y su mujer. Más tarde consiguió permisos temporales para vivir en París. Nadie le quería. Nadie le daba trabajo como periodista. Unos porque temían al revolucionario. Otros porque lo consideraban un traidor. Y aún otros porque pensaban que, aunque fuera cierto, no era políticamente conveniente lo que decía de la URSS. Esta actitud persistió durante mucho tiempo, de manera que los comunistas no quisieron saber nada de él. Mundos desaparecidos. Victor Serge se había alineado con la oposición de izquierda ligada a Trotsky, pero también se distanció de este al considerar que, aun siendo un disidente, no quiso tolerar ningún punto de vista diferente al suyo. Así es que tampoco los trotskistas han tendido a vindicarlo. Pero tampoco no es una figura cómoda para los que proclaman no sólo el fracaso del ideario socialista, sino su carácter funesto. Victor Serge no renegó de sus ideas. No resulta interesante para los nihilistas. Asistió a muchos derrumbes, de manera que sus memorias también fueron tituladas como las de “mundos desaparecidos”, aquellos dónde la revolución fue posible sin llegar a ser y aquellos donde su realización fue desastrosa. Pero, cosa que ahora parece extraña, no perdió la esperanza. Empecé a leerlo por recomendación de Carmen Castillo, a quién agradezco que me hiciera descubrir un escritor extraordinario y un hombre que vivió acorde con lo que pensaba y que, a pesar de todo, siguió creyendo en la humanidad y por ello en la revolución. Sin que fuera ingenuo, sino profundamente lúcido. Tanto que aún continúa iluminando: no habla de mundos completamente desaparecidos, sino de mundos por aparecer.http://www.lavanguardia.com/cultura/20120208/54250542149/victor-serge-humanista-revolucionario.html

El Supremo español apuntala la impunidad del franquismo

Aunque absuelve al exjuez Garzón de «prevaricación», remarca en su sentencia que los crímenes del franquismo no pueden ser investigados judicialmente ni condenados. Alega que no cabe la «justicia universal» en el Estado español y que un juzgado no puede saltarse la Ley de Amnistía. Como se preveía y como planteó la Fiscalía, el Tribunal Supremo español ha evitado un gran escándalo internacional absolviendo al juez Baltasar Garzón de «prevaricación». Sin embargo, el mismo fallo da la razón a quienes le llevaron al banquillo al sentenciar, y con abundantes argumentos, que los crímenes del franquismo no pueden ser perseguidos debido entre otras cosas a las decisiones adoptadas en la llamada «transición», hacia la que se deshace en elogios. Curiosamente, casi todas las reacciones se quedaron mirando al dedo que apuntaba a la luna; destacaron la exculpación del juez mientras obviaban la evidencia de que los tribunales españoles confirman la impunidad del franquismo. Así, asociaciones que trabajan en este terreno acusaron al Supremo de haber hecho perder tiempo en la lucha por purgar el franquismo. Sin embargo, la lectura de la sentencia resulta demoledora al respecto: el Supremo no deja opción legal alguna de perseguir penalmente aquellos crímenes y añade que, a partir de ahí, el trabajo de recuperar la verdad de los hechos correspondería en todo caso a los historiadores y no a los jueces. La absolución de Garzón se dicta únicamente porque el Supremo no ve elementos suficientes para determinar que hubiera prevaricado, es decir, tomado decisiones injustas de modo consciente. La salomónica decisión consiste en concluir que su acción «es errónea, pero no prevaricadora». Seis de los siete jueces de la Sala suscribieron el veredicto y solo uno apostó por la condena. La «justicia universal» no vale En 61 folios, el Supremo se esfuerza en cerrar todas las rendijas y blindar así la impunidad del franquismo. De entrada, incide en que la llamada «justicia universal» no puede ser invocada en este caso. El intento de Garzón se basó en tipificar las desapariciones franquistas como «crímenes contra la Humanidad», lo que conlleva que no prescriben. Es lo que hizo en su día para actuar contra Adolfo Scilingo. El Supremo, que fue precisamente quien condenó al represor argentino, alega que esa fórmula valía para la dictadura argentina pero no para la española, porque en 1936 no estaban vigentes los tratados internacionales que permiten perseguir esos delitos, que no se incorporaron al ordenamiento español (franquista evidentemente) hasta 1952. En paralelo, el Alto Tribunal añade que para que «el derecho internacional tenga vigencia» en el Estado español «debe ser incorporado a nuestro ordenamiento interno en la forma dispuesta en la Constitución». En su esfuerzo por tapar todos los resquicios, el Supremo admite que efectivamente el Tribunal Europeo de Derechos Humanos validó una condena contra «acusados de nacionalidad rusa participantes en delitos contra la Humanidad durante la ocupación soviética» (en los años del inicio del franquismo), pero matiza que este precedente no sirve porque aquella tipificación se hizo «partiendo de la participación rusa en la elaboración de los principios de Nuremberg, como potencia vencedora, y de su pertenencia a las Naciones Unidas, que los aprobaron». El Gobierno español (evidentemente también franquista) no dio luz verde a la entrada en la ONU hasta 1955. Una vez decretado que los crímenes franquistas no pueden calificarse así, el Supremo ya no tiene dificultades para remarcar que han prescrito. Destaca que las primeras denuncias tramitadas por Garzón se recibieron en 2006, entre 54 y 70 años después de ocurridos los hechos. Niega que se pueda considerar que el delito de detención ilegal que se investigaba tuviera carácter permanente, lo que hubiera interrumpido el plazo de prescripción. Y apostilla que, por si ello fuera poco, los responsables de las matanzas de 1936 serían «más que centenarios» en 2008. En este punto, el Supremo introduce una concesión de cara a la galería (en este caso, la comunidad internacional) al reconocer la evidencia de que la guerra comenzó «tras un golpe de Estado» y que hubo «episodios de gran violencia», entre los que cita «'sacas', 'paseos', fusilamientos sin juicios previos, represiones de los oponentes políticos, ejecuciones desconectadas de los frentes de guerra, etcétera. Hay episodios que constituyen verdaderas masacres, como, entre otros, los sucesos de Granada, Belchite, Málaga, Paracuellos del Jarama, Gernika, Badajoz en sus sucesivas ocupaciones, que son vergonzosos para la condición humana». Y el tribunal cierra este inciso con una equiparación: «Es obvio que en ambos bandos de la guerra civil se produjeron atrocidades, y que los dos bandos, al menos sus responsables políticos y militares, no observaron las denominadas leyes de la guerra». «Impunidad absoluta» El segundo gran argumento del Supremo para blindar la impunidad franquista es la Ley de Amnistía de 1977. La sentencia recuerda que aquella norma «fue promulgada con el consenso total de las fuerzas políticas» y no tiene reparos en situarla como una concesión a los sectores más reaccionarios: «Conseguir una 'transición' pacífica no era tarea fácil -dice-, y qué duda cabe que la Ley de Amnistía también supuso un importante indicador a los distintos sectores sociales para que aceptaran determinados pasos que habrían de darse en la instauración del nuevo régimen de forma pacífica, evitando una revolución violenta y una vuelta al enfrentamiento». El siguiente párrafo no es menos elocuente: «En España, la doctrina que ha estudiado nuestra transición, además de destacar en términos generales su carácter modélico y las renuncias que tuvieron que realizarse para procurar la paz y la reconciliación, la ha clasificado como un proceso de 'impunidad absoluta con indemnización a las víctimas'». Ubica aquí tanto la Ley de Amnistía -«que ningún juez puede cuestionar»- como las «más de 20 disposiciones a través de las que se han acometido importantes reparaciones económicas y de otro orden». Amnistía Internacional y Human Rights Watch instaron a investigar y derogar la Ley de Amnistía, respectivamente. En el Estado español, las organizaciones de derechos humanos se limitaron a felicitar a Garzón. Escrito por Ramón Sola / Gara