30 de mayo de 2012

Pistoleros, redadas racistas y periodismo mamporrero: el ocaso del Estado de derecho visita Lavapiés

El domingo 27 de mayo tuvo lugar en el barrio de Lavapiés (en los alrededores de la Plaza de Cabestreros) un nuevo episodio de intervención (léase: violencia) policial contra vecinos de aspecto extranjero. Para el relato de lo ocurrido, nos remitimos a la crónica elaborada por lxs compañerxs del periódico Diagonal, en la que se recogen fotografías y declaraciones de personas que estuvieron presentes, así como al vídeo colgado en la web del diario ABC en el que se observa el elemento “novedoso” que caracterizó esta intervención: el recurso a armas de fuego real por parte de la policía, primero a modo intimidatorio apuntando contra vecinxs, luego con varios disparos al aire en la estrecha calle de Mesón de Paredes, verdadera vuelta de tuerca de la deriva represiva en la que nos están precipitando vertiginosamente. Más allá de los hechos concretos acaecidos, desde el grupo de Madrid-Centro de Izquierda Anticapitalista queremos, en primer lugar, denunciar esta injustificable e infame actuación policial, verdadero y único detonante de todo lo que sucedió después. Una nueva detención efectuada a partir de criterios de apariencia física y con formas violentas propias de un Estado autoritario y racista. Frente a este hecho, cualquier protesta vecinal ulterior resulta legítima y necesaria. Igualmente, denunciamos la burda difamación por parte de diversos medios de información al servicio de los intereses del capital y del poder, tomando como única fuente de información la versión policial, no sólo porque las pruebas la desmienten en bloque sino porque fue precisamente la policía la principal responsable y desencadenante de los hechos narrados. Un relato mentiroso en el que se buscaba acusar a la población inmigrante y a miembros del 15M de haber agredido sin motivo aparente a un grupo de policías que nada habían hecho, que pasaban por allí, que tuvieron que defenderse como pudieron frente a la algarada ciudadana. Como si estos dos colectivos, “población inmigrante” y “miembros del 15M” fuésemos grupos separados, como si en su mezcolanza no residiese nuestra actual energía. Vano intento de generar divisiones entre quienes sufrimos conjuntamente esta ofensiva global del capital contra el 99%. Cuando la policía irrumpe en los barrios disparando al cielo como Tejero en el Congreso, es la propia fachada democrática liberal la que se pega un tiro en el pie. Cuando quienes habitan un territorio pueden ser privados de sus derechos y libertades por pasearse mostrando eso que llaman “diferencias étnicas” (claramente: por ser negros, en este caso), es el Estado de derecho el que se automutila. Siempre hemos sabido el carácter imperfecto e insuficiente de estas democracias y Estados de derecho, en realidad enteramente al servicio de los intereses de una minoría capitalista. Pero hoy incluso estos pilares están precipitándose al vacío, dinamitados desde dentro del propio sistema. En su largo ocaso, el capitalismo parece lo suficientemente convencido de sus fuerzas como para no tener que guardar ni las formas, y está destruyendo a gran velocidad los grandes y pequeños espacios de libertades y justicia social conquistados a la reacción por parte de los pueblos a lo largo de más de cien años de luchas. Son éstos renovados motivos para seguir organizándonos, resistiendo, generando alternativas y contrapoderes desde abajo y a la izquierda. Capitalismo y democracia son cada vez más claramente incompatibles, de ahí que la lucha por una democracia real necesite ser genuinamente anticapitalista, y las respuestas anticapitalistas radicalmente democráticas. Ningún ser humano es ilegal Ni controles racistas ni policías neofascistas en nuestros barrios Su represión sólo alimenta nuestra indignación Grupo de Madrid Centro de Izquierda Anticapitalista

Los represaliados de San Juan de Mozarrifar (Zaragoza) resurgen del olvido

Sus desdibujadas siluetas emergen de la oscuridad. Se alzan entre las espesas brumas del olvido y desde los deslavazados jirones de tiempo demandan nuestra atención y nos exigen que recobremos su memoria, la nuestra y la suya; que rescatemos sus nombres, ahora anónimos, de los inclementes torbellinos que engulleron sus recuerdos; que restauremos el lugar que sus malhadadas vidas aún deben seguir ocupando en nuestro presente y en nuestra propia historia; que señalemos, marquemos e identifiquemos a los ejecutores que los arrastraron al cadalso y los sumergieron en la honda negrura del vacío y que caractericemos a los herederos y beneficiarios de los que les dieron prisión y martirio, asesinando su cuerpo y aniquilando su espíritu. Están ahí. Sólo hay que buscarlos. Nos llaman. Son los cientos de miles de hombres y mujeres que padecieron prisión y muerte en cientos de lugares de encierro, terror, tortura y eliminación diseminados por todo el relieve de la vieja España. Como tantas otras localidades, San Juan de Mozarrifar, pequeña población cercana a Zaragoza, tampoco estuvo al margen de las implacables corrientes de la todopoderosa intrahistoria fascista. En las naves de su antigua papelera convertida en campo de concentración y más tarde en prisión, miles de republicanos vieron naufragar sus vidas entre el dolor y el miedo. 80 años después todavía viven algunos de ellos, los últimos, y en sus sueños aún huyen del acecho y de la persecución eterna de los feroces adoradores de la muerte. Siguen rememorando los meses y años de zozobras, de padecimientos, penuria y sufrimiento gratuito. Pero entre nosotros sus recuerdos se han ido difuminando, sus terribles historias de represión han sido literalmente borradas por la inexorable marea de los indiferentes nuevos tiempos y sus ejemplos de vida política y de compromiso con la libertad ya no interesan a nadie. Cierto es que historiadores comprometidos con la dignificación de los represaliados por el franquismo, como Julián Casanova, Javier Rodrigo o Ángel Viñas se han referido con frecuencia al campo y prisión de San Juan de Mozarrifar en sus numerosas publicaciones dedicadas al proceso de Recuperación de la Memoria Histórica. También en ponencias y comunicaciones presentadas a congresos y jornadas centrados específicamente en la represión suele aparecer el nombre de San Juan entre las cárceles y campos de concentración más duros del terrible régimen penitenciario franquista. Pero es la edición de la obra de Ramón F. Ortiz Abril titulada "El campo de concentración de San Juan de Mozarrrifar (Zaragoza)" [ISBN 978-84-613-1813-1 www.huelladigital.net] la que ha permitido rescatar del férreo abrazo de la desmemoria los nombres, apellidos y vicisitudes más humanas y personales de las desgraciadas vidas y muertes de los miles de hombres que por allí pasaron. En 1936 era San Juan de Mozarrifar un pueblo tranquilo, laborioso e industrial, pero el fracasado golpe y la subsiguiente guerra lo cambio todo. El exitoso avance franquista de 1937 que ocasionó el derrumbe en todos los terrenos del Frente Norte y la derrota del Ejército Popular Republicano en la cornisa cantábrica provocó que más de 50.000 soldados republicanos fueran hechos prisioneros en pocas semanas por los franquistas triunfantes en Asturias, Santander y Pais Vasco. Tras su interrogatorio, clasificación y posterior depuración, los presos fueron hacinados en campos y prisiones improvisadas en las provincias de Burgos, Soria y Zaragoza. Uno de ellos fue San Juan, a orillas del río Gállego, junto al Tejar de San Juan. Las naves de la antigua Papelera de las Navas habían estado ocupadas hasta entonces por un batallón del Cuerpo Expedicionario Italiano y por prisioneros integrantes del Batallón de Trabajadores nº 20, pero a partir de febrero de 1938 el ejército franquista procede a asegurar puertas y ventanas, electrifica el campo y levanta tapias, alambradas y garitas. En el inicio de su actividad, miles de republicanos son encerrados en este campo de concentración divisionario bajo la vigilancia de soldados fascistas italianos para ser interrogados, clasificados según su grado de supuesta "culpabilidad" o vinculación con los leales a la República y posteriormente remitidos a otras prisiones y campos de sus lugares de origen, para allí ser juzgados, condenados y en muchos miles de casos, asesinados. Las nuevas derrotas del EPR en Teruel (febrero/abril 1938), Ebro (julio/noviembre 1938) y Cataluña (diciembre 1938/febrero 1939) provocaron nuevas oleadas de prisioneros a San Juan. El incesante trasiego no finalizó con la guerra. Miles de republicanos procedentes de los antiguos frentes vascos, catalanes y aragoneses, de las antiguas retaguardias navarras y castellanas y de las nuevas conquistas en Madrid, Ciudad Real, Extremadura, Andalucía y Levante fueron deportados a San Juan y desde allí, posteriormente, trasladados a Aranda de Duero y Miranda de Ebro (Burgos), San Marcos (León) y tantos otros lugares. Pero antes de abandonar San Juan hacia sus nuevos destinos, los presos eran tratados muy duramente por sus carceleros. Muchos de ellos recibieron severas torturas, siendo atados de pies y manos a árboles y postes eléctricos a la intemperie a lo largo de varios jornadas. Otros fueron colgados de cuerdas durante días enteros. España era una inmensa prisión y las condiciones de San Juan eran similares a las del resto de los centros de detención e internamiento: torturas, malos tratos, suciedad, hambre, enfermedades sobrevenidas, parásitos, sacas, paseos y muerte. De San Juan de Mozarrifar se enseñoreó el espanto. Convirtiose más tarde San Juan en un centro de cumplimiento de penas, el conocido hasta finales de 1943 --fecha de su cierre-- como Prisión Habilitada de San Juan de Mozarrifar y albergó también un Destacamento Penal y a un Lazareto de presos estables. Incluso acogió a presos comunes, algunos de los cuales golpeaban sañudamente a los políticos para ganarse el favor de sádicos y fríos carceleros. Entre los funcionarios más señalados, podemos encontrar, por ejemplo y entre muchos otros, a los directores Francisco Franco Blas y Teodoro Quirós Toledano, a los subdirectores y administradores Joaquín Garnica Grijalúa, Manuel Pinillos Cruels, Isaías Castellanos Sánchez, Juan Lafuente Gallego y a cientos de funcionarios y personal civil. Por acción, omisión u obediencia debida, estos funcionarios provocaron o consintieron que los presos fueran retenidos, maltratados cruelmente, torturados o sacados y asesinados. En algún lugar de San Juan o de San Gregorio o de Zaragoza está la fosa ignota de los allí fallecidos. En su momento, era fácilmente identificable: muchas tumbas, filas de tumbas destacando sobre el terreno por la pequeña elevación del breve montículo de tierra, sin una cruz, con una pequeña plancha de madera y una minúscula chapa del tamaño de una moneda corriente, con un número inscrito en ella. Este era todo el rastro vital que dejaron en este mundo los republicanos muertos en San Juan de Mozarrifar. Entre tal terror, como en tantas cárceles de hombres y mujeres, los presos dormían en finos petates tendidos en los suelos, todos juntos y prietos, en largas hileras sin fin, y como en el Pabellón 4º de San Juan, hombro con hombro, en una única lonja, con un único pasillo de 50 centímetros en el centro de dos grandes hacinamientos de 500 presos a cada lado. Algunos, muy pocos, consiguieron fugarse o desaparecieron cuando lo intentaban, reptando bajo una alberca por un estrecho túnel que comunicaba con la acequia que conducía al río Gállegos. Los escasos supervivientes recuerdan los cacheos indiscriminados, los recuentos en mitad de la noche, los gritos de los funcionarios reclamando por sus apellidos a los que iban a ser trasladados o paseados, el miedo, la incertidumbre.... El terror de San Juan de Mozarrifar se ha perdido en el tiempo. Las arenas del olvido se adueñaron de las memorias de quienes tenían el deber de recordar. Hoy, sólo unos pocos como Ramón F. Ortiz Abril se esfuerzan por impedir la prescripción del vergonzoso pasado. La premeditada amnesia y la indiferencia cómplices son sus mayores enemigos.Publicado en http://todoslosrostros.blogspot.com.es/--

Javier Krahe vuelve a la Galileo tras su juicio por “escarnio” de la religión convertido en alegato por la libertad de creación

Raro es el mes que Javier Krahe (Madrid, 1944) no asoma sus barbas níveas y fina estampa por las tablas de la sala Galileo Galilei, pero anoche las ovaciones eran más sonoras y el público más entusiasta que de costumbre. “Generalmente nos aplauden, pero no tanto”, anotó con esa sorna a la que es tan fiel como a la nicotina. Y añadió, para redondear la guasa: “Seguro que habéis venido a ver cómo es el hereje…”. El reciente juicio por supuestas irreverencias contra la religión católica, que el lunes levantó una inmensa polvareda, acabará teniendo su merecido; esto es, una canción. En ella, este antiguo integrante de La Mandrágora y autor de letras sensuales, mordaces, cínicas, grotescas o deliciosamente impertinentes (‘Cuervo ingenuo’) se define como “un fuera de la grey” y reivindica la disidencia religiosa. “Yo no mermo la libertad de nadie ni tengo que pedir disculpas. No les he puesto la película en sus capillas ni pretendo que dejen de ir a misa”, argumentó. Krahe es, bajo su apariencia bohemia y caótica, un hombre de costumbres. Anoche llegó a la Galileo con el tiempo justo y el repertorio a medio elegir, del mismo modo que la víspera se homenajeó con sus consabidas copas de todos los lunes en la calle de San Vicente Ferrer, corazón de ese Malasaña de sus amores. Solo que en esta ocasión las miradas, directas o de soslayo, eran más numerosas que en anteriores semanas. El cantautor se dice, como buen tímido, “hombre de perfil bajo”, pero el primer juicio por blasfemia le ha colocado en todos los disparaderos. El Centro de Estudios Tomás Moro reclamaba 144.000 euros y nueve meses de multa por un vídeo de 1977 en el que Krahe exponía la receta de un Cristo crucificado. “Las cosas van a ser sensatas”, exponía ayer el trovador confiando en una resolución absolutoria, después de que el fiscal no apreciase delito alguno en el cortometraje. Pero la controversia ya va más allá de su dimensión judicial y ha avivado un intenso debate en el mundo de la cultura o las redes sociales. “Vivimos en un país cerril”, se resignaba anoche el autor mientras prendía el primero de sus cigarrillos en el minúsculo y entrañable camerino de la Galileo. “Yo solo quiero que se conozcan mis conciertos y mis canciones, pero los del otro bando no se lo creerán…”. Krahe comprende que algunos creyentes “puedan sentirse ofendidos” con aquella grabación que Canal + emitió en 2004, pero no encuentra motivos de arrepentimiento. “También hay montones de cosas que ofenden mis sentimientos de no creyente”, argumenta, “como las palabras del obispo de Alcalá. Estoy acostumbradísimo a que me ofendan, pero las cosas de los sentimientos no pueden acabar en los tribunales”. Por eso no piensa pedir disculpas (“igual que no me las pidieron a mí cuando construyeron una iglesia en López de Hoyos”). Tampoco le atañen los comentarios en Twitter retándole a que “tenga narices” para urdir una befa similar sobre Mahoma (“¿por qué tendría yo que hablar de ese hombre?”). En estos momentos solo le preocupa completar una canción a medio escribir sobre todos estos acontecimientos. “El señor no es mi pastor / Yo no soy un borrego”, dicen sus dos primeros versos. Y el cuarto terminará rimando, de una manera u otra, con “mujeriego”. En la más pura tradición ‘krahista’. ¿Religión y mujer? “Las mujeres siguen siendo lo que más me inspira. De cada diez letras, ocho suelen hablar de relaciones amorosas y dejo el veinte por ciento restante para política, economía, filosofía, geometría…”, calcula. En el arte de la rima, proclama, se siente más ducho que en las vistas por lo penal. “Pero a lo mejor, una vez absuelto, sigo contando cosas”, agrega con un cierto enigma. Mientras tanto, sus espectadores –los habituales o los más morbosos‑ disfrutaron ayer de una buena dosis de socarronería cantada, con alguna que otra tos y un par de letras que se le atragantaron en la memoria. De eso habla una de sus nuevas composiciones, ‘Mariví’: un amante que añora a Mariví… o a Maribel. Quizás el lance se remonte a 1977. O así.El Pais