25 de julio de 2012

Los apologistas de Assad. El síndrome del avestruz

Publicado en Rebelión--- El debate en torno a Siria ha caído muy bajo entre quienes se auto identifican izquierdistas y antiimperialistas. Ya es hora de que la discusión se aleje de los ataques personales y se centre más bien, en presentar argumentos concretos y en desarrollar posiciones políticas nítidas. Ningún sector ha sido más cuestionado por todos lados como el que se ha dado en llamar “la tercera vía”, integrado por los se oponen al mismo tiempo a la intervención extranjera (a la que animan las principales fuerzas de la oposición) y el régimen de Asad. Los apologistas del régimen de Asad, o los que han pasado a ser etiquetados como “primera vía” se esfuerzan por desacreditar la política de esta “tercera vía”. Este ensayo tiene por objeto refutar los argumentos de los apologistas. Con ello, esperamos no sólo exponer las falacias de la retórica de la primera vía sino también argumentar el significado y la implicación que una tercera vía puede tener realmente. Esto último es algo que aún ha de explicarse plenamente en lo que se refiere a sus principios y sus consecuencias. En su intento de distorsionar y desacreditar a la tercera vía política, la mayoría de la primera vía identifica la esencia del régimen de Asad como anti-imperialista, cuando en realidad es ultranacionalista con un recubrimiento anti-sionista —podría incluso discutirse que sea un recubrimiento tupido. A veces, invocan la crítica de Lenin a la política de la tercera vía acompañándola con un superficial análisis de clase. Sin embargo, una analogía más adecuada sería el Movimiento de Países No Alineados de la época de la Guerra Fría. Los apologistas confunden la falta de poder político (es decir, el poder de la toma de decisiones) con una falta de posición política (es decir, un programa o plan político práctico) y, como crítica de último recurso, caricaturizan a la tercera vía. Anti-imperialismo al estilo Baaz: el secreto de la sucesión Los apologistas de Asad discuten y debaten todos los aspectos de la crisis de Siria salvo una excepción: el fenómeno del culto al gobierno familiar y la sucesión. Invocan la geopolítica de las rivalidades regionales e internacionales, las luchas anti-imperialistas, la resistencia al sionismo, el miedo al sectarismo, los brotes de guerra civil y el ascenso del islamismo. Los apologistas de Asad juegan asimismo al juego de las cifras sosteniendo que la mayoría de los sirios apoyan al régimen, y demoliendo —con razón— la poco fiable cobertura de los medios de comunicación internacionales. Llegan incluso a defender al propio Asad de forma explícita al igual que se defendieron otros gobernantes árabes. En este sentido, argumentan que tiene buenas intenciones, que está rodeado de una camarilla de colaboradores corruptos y conspiradores y que, por lo tanto, o desconoce la situación política sobre el terreno o no puede cambiarla. Entonces, cuando las cosas se ponen difíciles y el propio gobernante sale a reforzar la postura implacable del régimen, argumentan que su gobierno sigue siendo preferible al de la oposición o a lo desconocido, sin sospechar siquiera que hacer frente a la [cuestión de la] sucesión ya supone en si mismo defenderse de la agresión respaldada desde el extranjero y de lo desconocido. No es casualidad, pues, que los apologistas de Asad hayan obviado intencionadamente la cuestión de la sucesión. La sucesión hereditaria nunca ha sido ni será fuente de legitimidad, ni una estrategia viable a largo plazo para fortalecer la unidad nacional y la cohesión, todo lo cual resulta un requisito necesario para la resistencia antiimperialista. La sucesión es la marca de identificación que separa a Asad de sus aliados “resistentes” y le coloca en la misma categoría que a otros gobernantes árabes. Cuando se les acorrala por la cuestión de la sucesión, los apologistas de Asad la comparan con los monarcas del Golfo (sin darse cuenta quizá de que, en un nivel simbólico, un presidente monárquico en Siria es más escandaloso que un monarca de un pequeño emirato petrolero). Se trata, no obstante, de una comparación equivocada y fácil de hacer. Asad no pasa la prueba, incluso en la lógica de la primera vía, si se le compara con auto-identificados dirigentes antiimperialistas como Fidel Castro, de Cuba, Hugo Chávez, de Venezuela, o incluso los más estrechos aliados de Asad, el dirigente de Hizbolá, Hassan Nasrallah, o el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad. A diferencia de todos los anteriores, la ascensión al poder de Asad no fue diferente ni en forma y ni en fondo del proceso que rige en otros Estados árabes. Se dice que este presidente “anti-imperialista” no tuvo reparos en permitir que una periodista occidental blanca como Barbara Walters le preguntase sobre su ascenso al poder. Esa pregunta por parte de alguien de su propio pueblo sería impensable. Algunos podrían argumentar que es un detalle nimio, pero yo sostengo que resulta muy simbólico. Apunta al meollo de cómo los líderes árabes se perciben a sí mismos respecto a su propio pueblo en relación con Occidente. Pero incluso si concedemos a Asad el beneficio de la duda sobre su ascensión al poder, ¿qué hay de la verdadera política que Asad ha llevado a cabo? ¿Es tan socialista y anti-imperialista como a los apologistas de Asad le gustaría hacernos creer? Durante su primera década de gobierno, Asad intentó revertir lo que quedaba del socialismo baazista. Resultó ser un agente del neoliberalismo mucho más eficaz que su padre. Cualquiera de las realidades no neoliberales a que los apologistas apuntan no tienen nada que ver con el régimen de Asad. Al contrario: se las han arreglado para sobrevivir al régimen y no han sido apoyadas por él. Tras la erupción del levantamiento, los apologistas de Asad —tan impacientes ahora por combatir las políticas liberales— parecen ciegos ante el hecho de que cualquiera de las “reformas” introducidas por Asad lo han sido en realidad a favor de las reformas liberales. Se incluyen entre ellas la eliminación de la referencia al carácter socialista del régimen (un movimiento muy anti-imperialista de hecho, que evidentemente tienen mucho que ver con la lucha por Palestina), el mantenimiento de la condición de que el presidente sea un musulmán, y permitir elecciones bajo un sistema multipartidista (es decir, lo que es el sello distintivo de un gobierno liberal). Por otra parte, y desde el principio de su reinado, Asad el “nacionalista” tuvo aparentemente pocos reparos en perder implícitamente el derecho de Siria a Iskandarun (Alejandreta) con el fin de apaciguar a su entonces nuevo aliado turco. Además, a Asad le ha costado once años que estallara el levantamiento en Siria para conceder a miles de kurdos la ciudadanía siria que les corresponde por derecho, lo que demuestra que la medida ha sido una estratagema para animarles a que se queden al margen del levantamiento y reforzar con ello la idea de que el Estado está al servicio del poder de la élite gobernante y no la élite gobernante al servicio del Estado. Eso por no mencionar cómo ha crecido bajo su gobierno la camarilla de redes de corrupción que ha ido haciéndose cada vez más con el control de los recursos del país. Reivindicar que Asad ignoraba las maquinaciones de esa camarilla resulta demasiado ingenuo y falso para justificar una respuesta. Al pasar por alto estos “detalles”, los apologistas de Asad no consiguen ver que la alianza del régimen de Asad con fuerzas antiestadounidenses de la región no ha impedido que se exhiban las características esenciales de todos los regímenes árabes dictatoriales: el imperio de la familia, la institucionalización de la corrupción, el culto a la obediencia sectaria, y la sobredimensionada expansión de la policía del Estado. Todas estas características socavan la lucha anti-imperialista de manera sutil pero mortal. Estas cuestiones no sólo son importantes en lo inmediato (es decir, en lo interno) sino también en lo más amplio (es decir, en lo regional). Importan a cualquiera que invoque la geopolítica y la resistencia a largo plazo como hacen los apologistas de Asad. De acuerdo con la lógica anti-imperialista, las causas estructurales tienden a prevalecer sobre las causas individuales o aparentes en la explicación de la historia. Sobre la base de ese principio, las estructuras de la desigualdad, la opresión y la dominación son mucho más culpables de la violencia y el extremismo que factores tales como la propia inclinación personal a la violencia o la ideología extremista (algo que los apologistas de Asad están tan interesados ​​ en identificar en el campo de la oposición). Un análisis comparativo del régimen de Asad en relación con sus aliados en la región muestra que esas estructuras (de la desigualdad, la opresión y la dominación) —en el caso de Siria— no son del todo, aunque lo sean en buena medida, producto de fuerzas externas del imperialismo. Puede afirmarse que los regímenes y grupos aliados de Asad han sufrido mucho más las presiones imperialistas pero no han endorsado las propias estructuras de gobernanza adoptadas por el Baaz. Desde que comenzó el levantamiento, el régimen no ha hecho nada para aliviar de manera significativa esos problemas. De hecho, ha adoptado una postura más intransigente. Como tal, la destrucción de Siria es tanto efecto de las políticas del régimen como de las fuerzas externas en connivencia con agentes internos. El silencio de los partidarios de la primera vía a favor del régimen frente a la culpabilidad de este último no resulta mejor que la estridencia de las fuerzas de oposición oportunistas. Anti-imperialismo y anticolonialismo: el factor Fanon El régimen no ha hecho lo suficiente comparativamente con sus aliados por consolidar su posición anti-imperialista principalmente porque está más ocupado afianzando su control y dominación internas. Seguir insistiendo en el apoyo general a Asad bajo el pretexto de una posición anti-imperialista es confundir el anti-imperialismo con el apoyo ciego a las élites nacionalistas. Por otra parte, la negativa a identificar ambos conceptos no es una invención de “intelectuales liberales de salón” como afirman algunos de la primera vía. Tal negativa fue formulada de manera sustancial por uno de los pilares del pensamiento anticolonial, Frantz Fanon, cuyo nombre es el gran ausente en el léxico político de los apologistas de Asad. Mucho antes de que las elites neoliberales hubieran llegado al poder, Fanon advirtió en contra de los excesos nacionalistas de las élites burguesas en el uso del discurso anti-imperialista y anti-colonial para disfrazar su propio papel comprador en la consolidación de las estructuras de control imperialistas. El análisis de Fanon en realidad podría ayudar a explicar por qué algunos izquierdistas árabes, más sensibles probablemente a la historia anti-colonial que los anti-imperialistas internacionales, se posicionan en la tercera vía y no como meros partidarios del régimen. Pero en lugar de invocar a Fanon, los apologistas llegan incluso a citar a Lenin al respecto de la política de la tercera vía, lo que en realidad no deja de ser una trampa del lenguaje en nada diferente a que alguien mencione la propia referencia de Tony Blair sobre una “tercera vía” con el fin de socavar la política de la tercera vía en Siria. Lenin estuvo en ocasiones más que dispuesto a comprometerse cuando se trataba de hacer frente a las fuerzas imperialistas (por ejemplo, en el Tratado de Brest Liovsk). En el caso de su crítica de la política de la tercera vía, el líder comunista estaba en realidad más preocupado por la lucha de clases y el desprecio de aquellos que, como los socialistas liberales, no se posicionaron firmemente y sin concesiones en esa lucha contra la clase burguesa. De hecho, una referencia que habría hecho un mejor servicio a los apologistas de Asad es el desacuerdo de Lenin con Rosa Luxemburgo sobre respaldar a la burguesía del tercer mundo. La crítica de Lenin de la política de la tercera vía, por lo tanto, puede prestarse más, irónicamente, a respaldar los llamamientos contra Asad, teniendo en cuenta que la clase que se ha levantado en Siria está integrada en gran parte por el campesinado rural y la clase obrera suburbana. Es cierto que los campesinos tienen una representación muy dudosa en la historia intelectual del marxismo. En el caso de Siria, la expresión política dominante de su levantamiento no sólo ha tomado una forma reaccionaria (léase “religiosa” en términos marxistas). Está respaldada, de hecho, y contrariamente a lo que mucha gente a favor de los levantamientos nos quiere hacer creer por razones románticas o más siniestras, por regímenes regionales imperialistas y reaccionarios. Sin embargo, admitir esta problemática expresión política del levantamiento requiere una tercera vía, no una posición que disculpe al régimen de Asad. Como se mencionó anteriormente, una invocación mucho más apta —aunque lejos de ser perfecta— de la política de la tercera vía en el caso de Siria es el Movimiento de Países No Alineados que se extendió por el sur global durante la Guerra Fría. En aquel entonces, la Unión Soviética era mucho más anti-imperialista que la Rusia de hoy, gobernada por la oligarquía y orientada al mercado. Sin embargo, los líderes de los países del sur, como Naser, Nehru, Nkrumah reconocieron la necesidad de trazar un camino independiente para el combate anti-colonial a fin de evitar la dependencia total de las grandes potencias. Una lógica y un pensamiento similares aunque ciertamente no idénticos, podrían estar detrás de la tercera vía. Siria se ha convertido en un terreno para una lucha de poder mundial, y el perdedor en última instancia es el propio pueblo sirio. Una de las muchas diferencias cruciales entre el Movimiento de Países No Alineados y la política de la tercera vía en Siria actualmente es que la tercera vía en la Siria de hoy ha seguido siendo en gran medida una posición política con poco poder político para tomar una posición visible más concreta. Los apologistas de Asad no hacen esta distinción entre la falta de poder político y la falta de posición política. Para ser justos con los apologistas de Asad que se quejan, hay que admitir que no hay una articulación bien definida de la tercera vía política. Sin embargo, esta carencia está muy lejos de la caricatura que los apologistas han llegado a hacer de la tercera vía. El pensamiento de la Tercera Vía: ¿un manojo de elitistas liberales? La principal tergiversación de la política de la tercera vía es aquella relativa a su propia constitución. La corriente de la tercera vía, se nos dice, está integrada por intelectuales y activistas procedentes de instituciones académicas, organizaciones no gubernamentales y medios de comunicación. Se trata de los sospechosos habituales de la elitista ideología liberal. Resulta fácil, pues, hacer todo tipo de afirmaciones acerca de las tendencias liberales y privilegiadas de este grupo. Convenientemente excluidos en tal representación se encuentran los elementos opositores propiamente sirios, la mayoría de los cuales nos son académicos en sentido clásico. Algunos miembros de este último grupo han pasado años en prisión y sufrido torturas a manos del régimen (y ello por razones que nada tienen que ver con la liberación de Palestina del sionismo o la liberación del mundo del imperialismo). En lugar de describirlos como un subconjunto integrante de la tercera vía, los apologistas de Asad representan a los elementos de la oposición interna siria como un grupo diferente apoyado por los partidarios de la tercera vía. Ello asegura que los partidarios de la tercera vía sean considerados simplemente como los que hacen política de banquillo. También crea confusión sobre la posibilidad de que los partidarios de la tercera vía tengan una posición política real, posiblemente similar a la que se adhiere de forma concreta y sobre la que actúa en consecuencia la oposición interna. En resumen, lo que los apologistas no ven o tal vez incluso ocultan, es que el campo de la tercera vía no difiere de los sectores a favor de Asad y de la oposición dominante, integrados por gente de todas las clases sociales que se identifican con una u otra vertiente política. Remarcar la referencia a que los medios de comunicación son como una válvula de la retórica de la tercera vía es otro efecto engañoso. En cuanto a los medios de comunicación (en términos globales), las divisiones entre partidarios de la tercera vía, de la primera, y los elementos problemáticos de la oposición siria, tienen poco que ver con la formación académica, con afiliaciones a organizaciones no gubernamentales, u otras inclinaciones liberales. Este es el caso incluso para un medio alternativo como el periódico libanés Al-Ajbar que se define como anti-imperialista. En todo caso, la gran mayoría de los periodistas de los medios dominantes de Occidente son acríticos animadores de los rebeldes y tienen pocos escrúpulos respecto a una intervención militar. En cuanto a los medios de comunicación árabes, la mayor parte son de propiedad saudí o aliados, y repiten como loros el discurso occidental (a veces en formas aún más crudas). La otra parte (minoritaria) de los medios de comunicación árabes es en gran parte propiedad de, o está apoyada por, fuerzas pro-Asad o de sus aliados. A los partidarios radicales de la tercera vía se les deja en evidencia cuando se trata del panorama mediático. Exigir que los partidarios de la tercera vía —que son intelectuales, especialmente izquierdistas— dejen de ser tan críticos como lo son públicamente supone conferirles —a pesar de su ego— más crédito en términos de su impacto sobre los acontecimientos, al tiempo que se les niega que puedan jugar un mínimo papel en tanto que voces críticas y radicales en medio de esta crisis. No se es crítico simplemente por el hecho de serlo ni se trata meramente de una cuestión de coherencia ética (no es que la coherencia ética sea ahora un crimen, ¿no?). Tiene que ver también con una lectura de las realidades sobre el terreno (tanto de los detalles como de la imagen general) y —como se ha dicho anteriormente— tiene que ver definitivamente con combatir el anti-imperialismo que los de la primera vía invocan con tanta afición. Sin embargo, un análisis detallado del discurso de la primera vía muestra que el anti-imperialismo es lo último que está en la mente de sus partidarios. En este discurso, el anti-imperialismo es una palabra clave para referirse a la lucha anti-sionista que cristalizó en las dos últimas décadas en la forma de resistencia armada centrada en Líbano, facilitada por Damasco, y respaldada por Teherán. Ambos [conceptos] están relacionados entre sí, por supuesto, pero no son idénticos. Resulta mejor entonces nombrar las cosas por su nombre y estar o no de acuerdo con ellas. La cuestión de Palestina: la prueba del teflón La esencia de los argumentos presentados por muchos de los autoproclamados anti-imperialistas de la primera vía tiene menos que ver con las cuestiones generales de la lucha contra el imperialismo, reduciéndose en última instancia a la resistencia armada contra Israel. Para ser justos con los de la primera vía, la discusión del papel del régimen sirio en la lucha de los palestinos (tanto entre las fuerzas pro y anti-Asad) adolece de una falta total de análisis ponderado e informado tanto si se considera al régimen como la esencia de la resistencia, como si se le considera un traidor. El papel del régimen sirio ha cambiado a lo largo de los años y describirlo como totalmente positivo o negativo es contrafactual. Invocar lo que el régimen hizo hace más de treinta años, como hacen algunos izquierdistas, es polémico y yo diría que inexacto. A los efectos de comprender la crisis actual, lo que cuenta es su historia más reciente. Desde los Acuerdos de Oslo (1993), no se puede negar que el régimen de Asad, por muchas razones y con independencia de los motivos, fue uno de los pilares del eje de la resistencia frente a la agresión de Estados Unidos e Israel y sus objetivos imperiales-coloniales en la región. Al igual que Asad hijo ha sido, en comparación con su padre, un agente más eficaz de la política neoliberal, uno tiene que admitir que ha sido asimismo un audaz partidario de la resistencia armada en la región. En consecuencia, afirmar que el régimen sirio es “inútil” para el proyecto de resistencia es, pues, otra sorprendente distorsión avanzada por los apologistas, así como por algunos partidarios de la tercera vía (esto es, para los de tipo liberal). Si los de la tercera vía no vieran ningún valor tal, para empezar no reclamarían una tercera vía. De hecho, oponerse a la intervención extranjera puede tener un coste muy alto en términos de vidas humanas teniendo en cuenta que el régimen podría ser capaz de desatar su ira completa sobre los disidentes en ausencia de restricciones externas. Algunos partidarios de la tercera vía podrían argumentar que se trata de un doloroso precio que uno tiene que soportar si se trata realmente de una revolución orgánica, y no de una gran lucha por el poder o simplemente para salvar vidas a corto plazo. Una posición radical mejor articulada de la tercera vía puede ayudar a despejar la mayor parte de estas posiciones. Tal posición supone, por ejemplo, tratar de derrocar al régimen pero no a cualquier precio. Ello significa negarse a participar en el “diálogo” con el régimen pero aceptar negociaciones bajo ciertos términos que aseguren una estrategia de salida que salvaguarde los sacrificios del pueblo sirio, al tiempo que prevenga que potencias externas usurpen el levantamiento. No basta simplemente con afirmar estas posiciones generales. Pero tampoco basta con enterrar la cabeza en la arena y repetir como un loro absolutismos sobre el anti-imperialismo como hacen los apologistas. Los apologistas de Asad están conteniendo la respiración para que se detenga la marea baja de una historia pasada. Los oportunistas de la oposición están dispuestos a sustituir ese pasado con una doble cara disfrazada de revolución. Ha llegado el momento de que una tercera vía radical se imponga y participe en un debate político constructivo sobre el que ha resultado ser el más complejo de todos los levantamientos árabes. Fuente original: http://www.jadaliyya.com/pages/index/6383/asad-apologists_the-ostrich-syndrome

Los cinco motivos por los que Berlín no accede a que el BCE compre más deuda

Pedro Calvo.El economista--- Las alarmas saltaron en la EuroTower a comienzos de agosto de 2011. La cumbre del 21 de julio, aparentemente exitosa, no había detenido el contagio. La infección del virus de la deuda soberana se propagaba a Italia y España. Y eso eran ya palabras mayores. De ahí que el Banco Central Europeo (BCE) decidiera aplicar un antídoto desde su sede de Fráncfort: había que comenzar a comprar deuda italiana y española, como hasta entonces se había hecho con los bonos griegos, irlandeses y portugueses al amparo del programa de compras (SMP) que la entidad había puesto en marcha en mayo de 2010. En apenas dos días, la prima de riesgo española, que rozaba los 400 puntos básicos, se relajó hasta los 271 puntos básicos. Toda una demostración del poder que tiene el BCE... Un año después, la prima española no es que roce los 400 puntos básicos; ¡es que supera los 600 puntos... y subiendo! Esta vez, sin embargo, en el cuartel general del BCE no suena ninguna alarma. Acumula 19 semanas sin comprar deuda en el mercado. ¿A qué se debe este cambio de parecer? ¿Es que la institución monetaria no quiere? ¿O es que no puede? Muchas preguntas... cuya respuesta requiere ponerse en la piel de un alemán. 1. Alemania no se fía: Oficialmente, el BCE es una institución independiente. Vamos, que cuenta con un escudo de protección estatutario que le pone a salvo de las injerencias políticas. Al mismo tiempo, cada uno de los representantes del Consejo de Gobierno del BCE, formado por los seis miembros del Comité Ejecutivo y los gobernadores o presidentes de los bancos centrales de los países del euro, tiene un voto. Nadie tiene más peso que nadie, por tanto. Pero la realidad dicta otra cosa. Los hilos de la influencia se pueden manejar de distintos modos. Y oficiosamente, hay votos que tienen mucho más poder que otros en el seno del Consejo. Como los del presidente del Banco Central de Alemania (Bundesbank), Jens Weidmann, y los del miembro del Comité Ejecutivo, Jörg Asmussen. Alemanes ambos, a ellos les corresponde ser los guardianes de la ortodoxia, de que la herencia del todopoderoso Bundesbank y su celo antiinflacionista se perpetúe en el BCE. Al mismo tiempo, son los ojos y los oídos del Ministerio de Finanzas alemán en la institución monetaria; y su voz, porque si el Gobierno alemán tiene algo que decir, lo hace a través de ellos. Como cuando Weidmann dijo bien claro hace dos semanas que lo que debería hacer España es "pedir el rescate como país". Vamos, que aconsejó un rescate total, similar a los de Grecia, Irlanda y Portugal, y no parcial, como el que se ha solicitado por ahora para el sector financiero. Ese consejo sonaba a oficial, a que es la postura de Berlín, que apretaba así las clavijas al Ejecutivo español. Y también revelaba que Weidmann, el más influyente de los miembros del BCE, no tenía ni la más mínima intención de dar su visto bueno a que la entidad retomara las compras de deuda, aparcadas desde marzo. Confirmando esta impresión, el presidente del BCE, Mario Draghi, cerró filas en torno a los halcones de la institución en una entrevista concedida al diario francés Le Monde. "Nuestro mandato no consiste en resolver los problemas financieros de los países", indicó. ¿Por qué los representantes alemanes de la institución, reforzados por otros como el holandés Klaas Knot o el finlandés Erkki Liikanen, se niegan a hacer ahora lo que sí hicieron en agosto de 2011? Primero, porque ya entonces se oponían, pero otorgaron un voto de confianza a España -e Italia-. Y segundo, y de forma más relevante, porque no se fían de España. A juicio de Alemania, el Gobierno saliente -el de José Luis Rodríguez Zapatero- y el entrante -el de Mariano Rajoy- dilapidaron el margen otorgado por las compras de deuda entre agosto y marzo. Sumergidos en el entramado electoral de España -primero con las Elecciones Generales de noviembre y luego con las de Andalucía en marzo-, perdieron un tiempo precioso. Y luego, cuando las autoridades han intentado reaccionar, ha sido demasiado tarde. 2. ¡Son las comunidades autónomas! Según fuentes alemanas, buena parte de esa desconfianza responde a que el Gobierno español no ha logrado embridar a las Comunidades Autónomas, como antes tampoco lo hizo con el desbocado sector financiero. Los últimos acontecimientos no han hecho sino incrementar esa sensación. El rechazo de algunas regiones a aplicar el copago farmacéutico o la tensión vivida en la última reunión del Consejo de Política Fiscal, en la que incluso varias comunidades gobernadas por el Partido Popular mostraron sus reticencias a los planes del Ejecutivo, ratifican la sensación de que otro entramado, en este caso el autonómico, se escapa del control del Gobierno central. Partiendo de esta impresión, desde el punto de vista germano acceder a que el BCE retomara las compras de deuda sería como meter dinero en un pozo sin fondo, porque las autoridades españolas no parecen dispuestas a desmontar y adelgazar los excesos administrativos y políticos autonómicos. Y si no quieren hacerlo voluntariamente... habrá que hacerlo con disciplina. 3. Que España se 'retrate': Combinando esos argumentos, Alemania no se fía de una España que no quiere entender los mensajes que se le envían. Y es entonces cuando la maquinaria política y económica alemana muestra su musculatura para presionar hasta el límite. "Realmente, es una incógnita por qué el BCE no interviene en el mercado en estos momentos dada la incertidumbre y tensión en los mercados financieros. Partiendo de que tiene reconocido un objetivo de estabilidad financiera, es evidente que su decisión de no intervenir en el mercado tiene connotaciones más complejas de valorar. ¿Se está forzando la petición de rescate de España? ¿O que pida intervención a través del Fondo de Rescate (FEEF)? ¿Hay otra salida?", se cuestiona José Luis Martínez Campuzano, estratega de Citi en España. Y eso es, precisamente, lo que pretende Alemania. Que España se retrate. Esto es, que levante la mano y pida el rescate. En concreto, la intención sería materializarlo bajo un esquema estructurado en dos fases. En primer lugar, el Gobierno español recibiría 100.000 millones de euros del actual Fondo de Rescate, una cantidad con la que podría afrontar sus próximos compromisos financieros. Sería una solución temporal a la espera de que la segunda versión del fondo de rescate, el Mecanismo de Estabilidad (Mede), esté ya operativo y disponga de recursos e instrumentos financieros para prestar asistencia a los países en dificultades. Con el Mede activo, sería el encargado de suministrar el resto del préstamo, que en conjunto podría rondar los 300.000 millones de euros. 4. Berlín ya ha consentido demasiado: A los ojos de Alemania, su contribución al futuro del euro ya está siendo más que suficiente. Es más, la sensación imperante, alentada por personalidades como el presidente del Instituto Ifo, Hans Werner Sinn, consiste en que Alemania está financiando al resto de los países periféricos. Si, además, las autoridades financieras germanas, con el Bundesbank a la cabeza, consienten que el BCE aparque su ortodoxia y se aplique en políticas como las compras de bonos, la concesión sería mayúscula. Más aún si se tiene en cuenta que las adquisiciones en el mercado secundario ya bordean la legalidad, puesto que el artículo 123 del Tratado de Lisboa prohíbe, taxativamente, "la adquisición directa (...) de instrumentos de deuda por el Banco Central Europeo o los bancos centrales nacionales". Aunque la institución monetaria realizó sus compras en el mercado secundario -es decir, una vez emitidos los títulos- y no en el primario -cuando se emiten-, que es lo que no permite la norma, en Alemania se considera que esas adquisiciones vulneran el espíritu de esa prohibición. 5. No es la cura a todos los males: La oposición a que el BCE vuelva a comprar bonos se apoya, adicionalmente, en el convencimiento de que no es el remedio a los males que aquejan a los países más expuestos a la crisis. Estas naciones arrastran problemas estructurales de fondo que no se resuelven con las adquisiciones puntuales de deuda, sino con reformas y ajustes para adaptarse a las nuevas condiciones económicas. Miguel Paz, de Unicorp Patrimonio, juzga además que "una compra del BCE de nuestra deuda empeoraría la situación, porque todo lo que compre subordinaría el resto de la deuda". Es decir, la entidad se situaría como acreedor preferente, con lo que perjudicaría al resto de los inversores, tal como se vio en el caso de Grecia, en el que el BCE no participó en la quita, que sólo afectó a los acreedores privados. También matiza que esas "compras sólo servirían para reducir la prima de riesgo momentáneamente y alejar un poco a los especuladores".

Arana (Ezker Anitza-IU) pide unidad sindical en Euskadi para decirle al Gobierno Rajoy que "no vamos a pasar por ahí"

El coordinador general de Ezker Anitza-IU, Mikel Arana, ha afirmado que Euskadi requiere que los sindicatos se pongan de acuerdo, que las convocatorias sean unitarias, y "salir todos a la calle, como ocurrió en la huelga general, para decirle al Gobierno español que no vamos a pasar por ahí". En declaraciones a Radio Euskadi, recogidas por Europa Press, Arana ha animado a la ciudadanía a salir a la calle a protestar ante todas las medidas que está aplicando el Gobierno del PP y que "en ningún caso venían en su programa electoral". "Está engañando a la gente que le votó y tienen todo el derecho a salir a la calle a protestar y a decir que se les está engañando", ha añadido. En este sentido, ha lamentado que Euskadi, "que siempre ha sido una zona donde las protestas ciudadanas han sido muy activas y la izquierda ha sido muy activa, como consecuencia de la división sindical estamos siendo la comunidad autónoma del Estado español donde las protestas, como hay que dividirlas en dos y como parece que nunca se puede salir a la calle en el mismo momento, están pasando casi desapercibidas". Por ello, ha manifestado que le da "auténtica envidia" ver cómo en Madrid la llegada de los mineros "muchísima gente que no tenía nada que ver con el sector minero, eran capaces de salir a la calle a apoyar al sector minero". "Si eso hubiera pasado en Euskadi, hubiéramos tenido que hacer dos llegadas de mineros: una para los de ELA y LAB, y otra para los de CC.OO. y UGT y ése es un auténtico problema", ha concluido.Eurpapress

"DESMONTANDO MENTIRAS". La crisis, el 15M y la izquierda

Jaime Pastor--- Más de un año después de la irrupción en las plazas de una movilización ciudadana masiva al grito de “No somos mercancía de políticos y banqueros”, hemos visto confirmado lo que entonces parecía sólo un deseo o una mera ilusión: la conversión de aquel Acontecimiento en acta de nacimiento de un novísimo movimiento social que hoy continúa desafiando a la “dictadura de los mercados”, empeñada en aprovechar la crisis para imponer una política del “shock” que amenaza con desmantelar derechos sociales y libertades políticas fundamentales. Y una parte de la izquierda sin enterarse… La capacidad transgresora mostrada por este movimiento, ya sea en la lucha por el cambio de marco discursivo dominante sobre la crisis (“No es una crisis, es una estafa”), en la resignificación de las plazas como espacios de deliberación democrática y decisión política o en la práctica de formas de desobediencia civil no violenta, le ha permitido alcanzar una legitimación social notable durante todo este tiempo. Una encuesta reciente así lo corroboraba constatando que el 68 % de la población expresaba su simpatía con este movimiento1, pese a los intentos de criminalización que ha sufrido en distintos momentos por parte de las autoridades y la extrema derecha mediática. Con todo, lo más relevante ha sido el “efecto contagio” que el 15M ha ido generando en otros sectores, organizaciones y movimientos sociales y culturales, siendo el mejor ejemplo de ello la sucesión de diferentes “mareas” (verde, blanca, azul, violeta, negra…) que se han ido extendiendo en muchas ciudades del Estado español. Incluso a escala internacional ha sido perceptible ese efecto en los movimientos “Occupy” con ocasión de la jornada del 15 de Octubre en torno al lema “Unidas por el cambio global”. Es cierto que en todo este ciclo de movilizaciones ha pesado más la dimensión emocional o simbólica de la protesta que la más instrumental, ligada a propuestas y demandas concretas. Pero ni la primera es en absoluto menospreciable –fue el entusiasmo compartido durante las jornadas iniciales el que se convirtió en el principal estímulo para su transformación en movimiento-, ni la segunda es fácil de materializar a la vista del autismo de las elites políticas. Una actitud más grave si cabe desde las elecciones generales pasadas, con un gobierno del PP que sigue refugiándose en su mayoría absoluta parlamentaria para tratar de legitimar sus políticas antisociales, pese al tropiezo sufrido en las elecciones andaluzas apenas un mes después de llegar Rajoy a la Moncloa. Existen por tanto motivos para un balance positivo. La continuidad en la creación de un espacio público híbrido entre la auto-comunicación desde las redes sociales y la ocupación de las plazas mediante asambleas regulares a lo largo de todo un año en un alto número de ciudades y barrios ya sería suficiente prueba de la fuerza alcanzada por este movimiento. A esto deberíamos sumar todo lo que ha significado su participación creciente en campañas emblemáticas como la emprendida con notable éxito a favor de la paralización de los desahucios, la relacionada con la denuncia de las redadas racistas, las movilizaciones en defensa de la educación y la sanidad públicas o, en lugares como Madrid, contra la privatización del agua. Sin olvidar la participación de este movimiento, de forma autónoma y aportando una dimensión territorial y anticonsumista nueva, en la Huelga General del pasado 29 de marzo contra la “reforma laboral”. Cada uno de los temas que ha ido introduciendo el movimiento ha ido entrando en la agenda pública y mediática e incluso en la de algunos partidos, contribuyendo así a ir empujando hacia el cambio tan necesario en el “sentido común” todavía dominante ante la “inevitabilidad” de los recortes. El movimiento tiene cuerda para rato Simultáneamente, hemos podido ver cómo en muchas asambleas han ido apareciendo diferentes iniciativas basadas en fórmulas de apoyo mutuo frente a la crisis y de prefiguración de ese “otro mundo posible” al que se aspira, de forma similar a lo que en el pasado reciente ocurrió en América Latina –en su lucha, no lo olvidemos, contra el pago de la deuda externa- y ahora en Grecia. La liberación de viviendas vacías para dedicarlas a centros sociales o a su ocupación por personas desahuciadas, las cooperativas de consumo, los bancos del tiempo, los clubs de trueque, las oficinas precarias, los distintos medios de comunicación alternativos y las múltiples actividades de todo tipo basadas en la autofinanciación están conformando nuevos espacios de autonomía y resistencia nada despreciables. Siempre, eso sí, que no supongan dar la espalda a la necesaria lucha en defensa de los bienes comunes y los servicios públicos bajo control social frente a su privatización y mercantilización crecientes. Después de las jornadas del 12M-15M de este año, el periódico Madrid15M titulaba en su portada “El 15M tiene cuerda para rato” y, efectivamente, las actividades durante esos días confirmaban los frutos logrados en los preparativos invernales mediante una renovada visibilidad pública y mediática de este movimiento. Esta vez las “5 razones comunes” que daban contenido a esas movilizaciones (resumidas en “Ni un euro más para rescatar a los bancos. Educación y Sanidad Públicas y de calidad. No a la precariedad laboral. No a la reforma. Por una vivienda digna y garantizada. Renta básica universal”), campañas innovadoras como “Desmontando mentiras” y asambleas temáticas en las que se ha reflexionado en común sobre los distintos retos que plantea la crisis sistémica, civilizatoria y de la Unión Europea, mostraban una real maduración del movimiento. Nuevas iniciativas como la Plataforma por una Auditoría Ciudadana de la Deuda (“No debemos, no pagamos”), Tribunales Ciudadanos de Justicia (“Ciudadanos en sus casas. Banqueros corruptos a la cárcel”), siguiendo el ejemplo de la experiencia islandesa, junto con el apoyo a la Iniciativa Legislativa Popular por la dación en pago promovida por la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, están viéndose ahora acompañadas por otras ya directamente relacionadas con la respuesta al “rescate” de Bankia3 y del sistema financiero español por la Troika (Fondo Monetario Internacional, Banco Central Europeo y Comisión Europea) o la solidaridad con el pueblo griego. Todo ello acompañado por las diferentes propuestas que a escala local y barrial se llevan desarrollando desde hace tiempo, tanto en relación a las necesidades más urgentes como a la exigencia de una democracia participativa frente a los despotismos municipales. Durante todo este tiempo el 15M ha logrado construir una identidad colectiva abierta que contrasta con la que ha caracterizado a otros movimientos basados en una “política de la diferencia”. Eslóganes como “No somos antisistema, el sistema es antinosotros” o el más popularizado a escala internacional, “Somos el 99% frente al 1%”, son quizás los que más nítidamente expresan esa voluntad incluyente de un movimiento que es muy plural y a la vez tiene muy claro que su enemigo es ese 1% que representa a la “dictadura de los mercados”. Partiendo de esa identidad colectiva abierta parecen justificadas las esperanzas en que este movimiento siga “contagiando” y confluyendo con otros movimientos y organizaciones sociales y sindicales, más allá de las diferencias que, sobre todo con éstas últimas, probablemente persistirán. Problema aparte y más complicado es el que tiene que ver con la relación con los partidos políticos y, en particular, con la “izquierda de la izquierda”, debido tanto a la debilidad y contradicciones de quienes se mueven en ese espacio como al fuerte sentimiento antipartidos que predomina dentro del movimiento. Es en este ámbito en el que debemos reconocer la notable distancia entre la potencialidad que encierran movimientos como el 15M y las “mareas” ascendentes, por un lado, y las distintas izquierdas reales, por otro: ni Izquierda Unida, sometida a tensiones contradictorias entre su disposición a gobernar con el PSOE bajo la “regla de oro” presupuestaria y su apelación a la rebeldía frente a la crisis; ni la mayoría de formaciones que se mueven en el espacio nacionalista de izquierdas ni, en fin, Equo o Izquierda Anticapitalista aparecen hoy como herramientas políticas capaces de ofrecer exponentes políticos similares a lo que hoy representa, por ejemplo, Syriza en Grecia. Pese a esas dificultades, la necesidad de ir conformando un amplio bloque social, político y cultural frente a la política del “shock” parece cada vez más evidente, sobre todo cuando ese “estado de excepción permanente” es asumido por un régimen en abierta crisis de legitimidad, una vez ha quebrado ese “capitalismo popular” que, apoyándose en la burbuja inmobiliaria, sembró la ilusión de una “sociedad de propietarios”. En efecto, desde hace tiempo diferentes instituciones del Estado han ido sufriendo una desafección creciente entre la mayoría de la ciudadanía: la monarquía, los dos grandes partidos políticos, gobiernos de Comunidades Autónomas, el Senado, el poder judicial, el Banco de España, todos ellos implicados en mayor o menor medida por escándalos de corrupción, se encuentran hoy en sus momentos más bajos desde la mitificada transición política. El giro iniciado por Rodríguez Zapatero en mayo de 2010 y culminado por ahora con el “rescate” impuesto a Rajoy por la “troika”, no ha hecho más que agravar esa crisis hasta el punto de ratificar definitivamente la ausencia de “democracia real” y de soberanía popular y la entrada en una etapa en la que el “totalitarismo invertido”4 neoliberal está dispuestos a gobernar directamente. Por eso están más justificados que nunca eslóganes como “Lo llaman democracia y no lo es” o “No nos representan”. Esta situación, estrechamente relacionada además con la que afecta a Grecia, a la Unión Europea y especialmente a la eurozona, está profundizándose sin que las propias elites encuentren una vía de salida que genere suficiente “confianza” en “los mercados”. El movimiento 15M y las diferentes organizaciones sociales y políticas alternativas tienen, por tanto, que buscar formas de convergencia que permitan dar credibilidad a la vía de la indignación rebelde frente al miedo, la resignación e incluso la desesperación. Una convergencia que también debe tener su traducción a escala europea o, al menos, de sus países “periféricos”. Con mayor motivo cuando frente a la quiebra de este régimen pueden surgir alternativas desde la extrema derecha o desde distintos nacionalismos xenófobos –españoles o periféricos- que canalicen la frustración social hacia esa “política del resentimiento” que encuentra sus víctimas en los sectores más vulnerables de la sociedad y especialmente en la población trabajadora inmigrante. La intensificación de las movilizaciones contra los recortes, el pago de la deuda y los “rescates” a los banqueros corruptos parece suficiente agenda común para ir forjando un bloque plural antagonista que en el futuro pudiera tener como horizonte la ruptura no sólo con la política sistémica sino con el régimen que, tutelado cada vez más desde la “troika”, se obstina en ponerla en práctica aun a costa de ver erosionada su propia base social. Será probablemente dentro de ese proceso de confrontación entre dos legitimidades, la de los “poderes salvajes” y la de los pueblos del Estado español5 en defensa de su soberanía, como se pueden ir creando mejores condiciones para la emergencia de una “izquierda de izquierdas” (empleando la fórmula sugerida por Bourdieu) y la posible apertura de nuevo(s) proceso(s) constituyentes. Estas reflexiones serían incompletas si no recordáramos que en la búsqueda de una salida ante el impasse actual nos hallamos también ante una crisis global y multidimensional cuyos rasgos más dramáticos se encuentran en el vuelco climático, el fin del petróleo barato, la crisis alimentaria o las que afectan a los cuidados y a las reglas básicas de un Estado de derecho. La conciencia de esa crisis civilizatoria obliga, por tanto, a saber responder a los debates actuales en torno a cómo conciliar “austeridad” y “crecimiento”, ofreciendo frente a ambas propuestas un camino distinto: el de una urgente transición posfosilista y redemocratizadora, basada en la redistribución de la riqueza de arriba abajo y en la socialización de aquellos bienes comunes destinados a garantizar la satisfacción de las necesidades básicas, teniendo en cuenta siempre los límites biofísicos del planeta. Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política de la UNED. Autor de Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda, La oveja roja-Viento Sur, Madrid, 2011 Le Monde Diplomatique, nº 201, julio de 2012, página 3. 1“El 15-M aumenta su apoyo ciudadano. Tras la movilización, el 68 % expresa su simpatía, más que hace un año”, El País, 20 de marzo de 2012. 2Esa política de criminalización también se hizo visible con ocasión de la movilización que se produjo durante la “primavera valenciana” cuando el jefe de la policía en esa Comunidad llegó a calificar de “enemigo” al estudiantado que se manifestaba contra los recortes en educación para así justificar la violencia empleada: la reacción solidaria en los días siguientes frustró esa campaña. 3Una querella desde una plataforma del 15M contra el expresidente de Bankia, Rodrigo Rato, ha sido presentada el 14 de junio. Más información en http://15mparato.wordpress.com 4Ésa es la definición que hace Sheldon Wolin en Democracia, S.A. (Katz, 2008) y que retoma oportunamente Marcos Roitman en Los indignados. El rescate de la política (Akal, 2012, pp. 21 y ss.) para caracterizar la voluntad capitalista de control sobre todas las esferas de la vida pero sin necesidad de contar para ello con líderes carismáticos. 5Utilizo el plural conscientemente ya que no podemos olvidar que nos encontramos con una realidad plurinacional asimétrica en la que, como condición previa para valorar si debe haber un solo “demos” o varios “demoi”, se deberá respetar el derecho a la autodeterminación de pueblos como el vasco, el catalán o el gallego. He desarrollado este y otros temas afines en Los nacionalismos, el Estado español y la izquierda (Los Libros de Viento Sur-La oveja roja, 2012). Publicado en Viento Sur