31 de agosto de 2012

“Tesis sobre Europa”: Pedro Montes

Europa es un problema--- Los cambios geopolíticos y económicos que están teniendo lugar han cogido a la Unión Europea en unas pésimas condiciones para adaptarse y reaccionar. El centro de gravedad de la economía mundial se está desplazando y Europa ha generado una crisis propia derivada del proyecto mal concebido de la unión monetaria, sin perjuicio de que se desatara y haya sido agravada por la crisis financiera internacional, surgida en septiembre de 2008 con la quiebra de Lehman Brothers. La integración europea ha pasado por vicisitudes de todo tipo, por encrucijadas diversas, pero ahora, lo que se puede entender por la crisis del euro, coloca esta vez a Europa en una insólita situación: la crisis del puede sacudir y romper la unidad monetaria y representar un retroceso incontrolable del proyecto de la construcción europea. Como se dijo en su día con toda justificación, la moneda única vio la luz por decisiones políticas, pues las condiciones económicas distaban de crear el contexto propicio para imponer una moneda única en un conjunto de países tan desiguales. En ese afán político primó que el euro constituía la clave de bóveda de una concepción del futuro europeo fundamentado en la ideología del neoliberalismo. Vincular a los países con una moneda común sin avanzar en cierto grado de armonización fiscal y sin disponer de un presupuesto común relevante -el presupuesto de la UE representa sólo el 1,2% del PIB de la unión- entre economías tan diferentes como pueden ser la alemana o la griega, e incluso la española, era poner las bases para que con el transcurso del tiempo las diferencias entre ellas se agudizarán hasta hacerse insostenibles. En los mercados, las economías fuertes barrerían a las débiles y, sin un presupuesto redistributivo, las primeras, con muchos mas recursos, reforzarían su posición en detrimento de la segundas, como ha ocurrido. La aparición del euro implicó dos hechos fundamentales en la historia económica de cada país. El primero es que desapareció el tipo de cambio como un instrumento esencial en manos de los gobiernos para mantener el equilibrio de sus economías en el marco internacional y, en el tiempo, un grado suficiente de competitividad. Los países más fuertes económicamente tenían una moneda que se revalorizaba tendencialmente mientras que los países más débiles veían la suya depreciarse, pero con ese juego se mantenía un cierto equilibrio en los intercambios económicos entre los países. La trayectoria de las distintas monedas europeas en los 30 años que precedieron a la implantación del euro, una vez que en 1971 estalló el sistema del patrón dólar con tipos de cambio fijos pero ajustables, no deja duda de lo forzado que fue crear el euro con respecto a la trayectoria histórica de cada una de las divisas europeas integradas en él. Del mismo modo, ahora se ve claro que una vez implantado el euro, prematuramente, lo que correspondía hacer para avanzar en la unidad europea era impulsar la integración económica, social y política y no extender geográficamente al Este el mercado y la moneda únicos, involucrando a países con diferencias cualitativas con los países iniciales de la zona euro. Era preciso avanzar en la calidad de la integración y se optó por la cantidad, con lo que se agravaron carencias iniciales y se acentuaron las tensiones económico-financieras en la zona. La segunda novedad que implicaba el euro era que la política monetaria quedaba en manos del BCE, con el objetivo prioritario de mantener la inflación por debajo del 2% anual, cuyas decisiones debían aplicarse en economías muy asimétricas con una evolución coyuntural dispersa. Representaba este hecho una importante cesión de soberanía a instituciones europeas que tampoco la tenían plena, generándose un híbrido poco operativo sobre todo en momentos de crisis. Sumada esta cesión, por un lado, a la otras muchos resortes perdidos con él neoliberalismo y el proyecto del mercado único, y, por otro, a las renuncias que se asumen con los rescates, se ha planteado con toda lógica la cuestión política esencial del valor de la soberanía de los pueblos frente a los poderes económicos. En estos momentos, además, si se dispusiera de una política monetaria propia para suministrar liquidez, la crisis tendría mucha menos intensidad y sería menos agudo el declive productivo. Está ocurriendo en varios países, que ni los Estados encuentra la liquidez necesaria y que empresas y negocios viables y rentables desaparecen por la simple imposibilidad de financiarse. La crisis del euro La crisis actual está determinada esencialmente por los efectos contundentes y desequilibradores de la moneda única en las balanzas de pagos de los países de la zona euro, unos acumulando grandes superávit, con Alemania como país dominante, y otros arrastrando déficits insoportables como Grecia, Portugal o nuestro país. Un caso extremo es el de Grecia, que desde el año 2000 al 2008 sufrió déficits de la balanza de pagos por cuenta corriente superiores al 10% del PIB, acercándose en algún momento al 15% como en el 2007. Tan dramático casi es el ejemplo de Portugal, que registró un déficit en el 2008, tras una serie continua a lo largo de la década, del 12,1% del PIB. En nuestro país los déficits han sido menos pronunciados, pero también de una magnitud insostenible: en el 2007, el 10% del PIB, en el 2008, ya con la crisis financiera internacional declarada, del 9 %. Éstas cifras son insólitas, inmanejables y expresión de una situación explosiva. Muchos años sucesivos de déficit han arrastrado a las economías a acumular una de las frente al exterior, hay que subrayarlo, frente al resto del mundo, inmanejable y realmente impagable. Aquí están núcleo de la crisis actual del euro. Estos países, ajenos y dando la espalda al desequilibrio exterior, vivieron además como drogados por las facilidades de financiación que otorgaba el euro, despilfarros, corrupción y especulación desaforada incluidos, y se han endeudado creciente y rápidamente hasta límites en que ahora es imposible que puedan satisfacer sus obligaciones de pago. La deuda externa los mantiene estrangulados en unas circunstancias además en las que la desconfianza financiera se ha instalado en el mundo y los canales de financiación se hayan obstruidos. Esa enorme deuda es un problema insostenible a corto y medio plazo. Éste es el telón de fondo de la crisis del euro y el que la convierte en insuperable: que los países más endeudados no pueden seguir financiándose sin grandes dificultades en los mercados y costosos intereses y que tampoco pueden garantizar su solvencia pues el alto endeudamiento implica compromisos de pago que no están en condiciones de cumplir. La contrapartida de esa enorme deuda externa se distribuye entre el sector privado y el sector público de cada economía, en proporciones muy desiguales entre ellas) pero ha ocurrido además, y de ahí la alarma reinante, que la crisis financiera ha provocado una recesión profunda en algunos países -en particular en el nuestro por el estallido de la inmobiliaria- que ha repercutido gravemente en las cuentas del sector público, abriendo unos déficit públicos de una magnitud insólita, que tiene desquiciado a las instituciones europeas y los mercados internacionales. No es para menos, pues son los propios Estados lo que pueden declararse en quiebra, si bien debe quedar claro algo que se oculta con fines de imponer la austeridad: que lo que es insostenible es la necesidad de financiarse en el exterior economías que están desahuciadas por su incapacidad de mantener el equilibrio de su cuenta exteriores con el euro, que resulta una moneda muy poderosa para su menguada capacidad competitiva de esas economías. Se exalta ahora la magnitud de los déficits del sector público y la necesidad imperiosa de reducirlos, siendo esa magnitud la base argumental de los ajustes y recortes brutales que se acometen, cuando sólo se trata de un aspecto superficial (y sin embargo real) del problema. Se presentan como ineludibles reducciones de gastos en prestaciones esenciales de cientos de euros o unos miles de euros, por ejemplo el recorte de 10.000 millones llevado a cabo por el gobierno de Rajoy en educación y sanidad, cuando la deuda pública se eleva a 800.000 millones de euros. La crisis de Europa combina por tanto dos elementos. Por un lado, el contrahecho proyecto de la unidad monetaria, cuya inmadurez y carencias se pusieron relativamente pronto de manifiesto, pero que fueron ocultadas por las facilidades de financiación que existieron hasta el año 2008 en que, repentinamente, se convirtieron en un grave problema, una vez que se instaló en los mercados financieros una desconfianza general, los canales se obturaron y los flujos se cortaron. Por otro, las consecuencias negativas de un largo período dominado por la ceguera e irracionalidad de gobernantes y expertos, que no se enteraron de que la bomba de la crisis estaba cebada. Afrontar la crisis ahora no es corregir los defectos e insuficiencias de la Europa de Maastricht, sino hacer frente a los profundos desequilibrios económico-financieros que se han generado. Como no podía ser de un modo, las tensiones y conflictos dentro de UE se han agudizado con la crisis del euro. La UE la integran países con fuerza muy distinta, intereses confrontados, situaciones políticas diversas, cuyos gobiernos tienen que atender a opiniones públicas complejas, que reclaman derechos y ventajas que se oponen a sacrificios en un juego en el que, después de todo, hay beneficiados y perjudicados. Alemania es indiscutiblemente el país de más peso dentro de la Unión por ser la economía más grande, registrar superávit comerciales muy significativos y ser un importante acreedor mundial. Nada de lo que vaya a suceder en Europa será ajeno a las decisiones de Alemania, que tiene, por lo demás, un abanico estratégico más amplio que el resto de los países. La elección de Hollande ha suscitado la expectativa de cierta confrontación con la concepción muy ortodoxa de la canciller Merkel sobre cómo afrontar la crisis y como impulsar la integración europea. Hay que tener en cuenta sin embargo que el presidente francés no tiene un plan detallado de cómo abordar el tema de Europa sino unas líneas generales muy moderadas, que no modificarán el fondo de la cuestión. Cabe añadir que no es esperable una confrontación abierta entre Alemania y Francia y que, en última instancia, siempre prevalecerá la posición alemana por la diferente fuerza de los dos países. Jacques Sapir ha llegado a decir recientemente que cuando España e Italia se vieran afectadas, momentos que sitúa cuando los tipos de interés al que toman prestado pasen del 6% (España ya lo ha hecho) habrá llegado el momento de cuestionar a Francia. “Todos saben, aunque ahora no se diga, que si España e Italia se vieron forzadas a salir de la zona euro Francia tampoco podía permanecer en ella”. Palabras estas, si reconocemos autoridad a Sapir, que ponen de manifiesto la gravedad de la crisis europea y los riesgos de la quiebra del euro. Si ello ocurriera, sería un gran fracaso de la burguesía “europea”, que lleva apostando por este proyecto de Europa más de 30 años, lo cual plantearía problemas imponderables de una entidad política histórica. Y en efecto, la complejidad es incuestionable. Los dos problemas que tienen que resolverse, el modelo de Maastricht y las consecuencias que ha traído, con algunos países intervenidos o rescatados, que para el caso es lo mismo, requieren de tiempo, acuerdos, pactos y voluntades muy intrincados. El exceso de ruido, la avalancha incontenible de propuestas, sugerencias, opiniones, controversias y discrepancias revelan esa complejidad y también las contradicciones -léase intereses- que existen. Solventar las necesidades perentorias de liquidez de algunos países no elimina la cuestión de fondo de que hay economías quebradas, sin solución en la zona euro. Por otra parte, acometer una reforma profunda de Europa sería una tarea de muchos años. Hay reglas, compromisos, pactos y casi una constitución. De modo que no todo es posible y menos de modo inmediato, además de que algunos cambios que se reclaman contradicen la esencia del proyecto de Maastricht, que es una unión monetaria sin fiscalidad común. Esta es una carencia fundamental pero superarla exigiría mucho tiempo y algo que se suele pasar por alto cuando precipitadamente se buscan soluciones del tipo eurobonos o un BCE prestamista de última instancia: el muy diferente grado de presión fiscal que existen entre los países de la zona euro, con algunos de ellos, como es el caso de nuestro país, cuyos ingresos públicos con respecto al PIB son e 11 puntos inferiores a la media de la zona euro. Partiendo pues de la gravedad y la complejidad de la crisis en Europa, S 21 debe trabajar por tomar una posición realista en el sentido fundamental de defender los derechos de los trabajadores y todas las capas sociales desfavorecidas que sufren los estragos del desastre europeo. Cabe no perder de vista que con el euro, con apenas 13 años de vigencia, se han destruido las bases de la construcción europea, se ha creado una crisis económica y social desoladora en el conjunto de la zona y se ha a arrastrado ya a algunos países al abismo. La alternativa de S 21 Como no podía ser de otra forma, con estos antecedentes y las tensiones continuas que suscitan, han surgido debates sobre cómo afrontar la izquierda la crisis existente. Lo primero que destaca es la falta de comprensión de la naturaleza y la gravedad de la crisis en muchos sectores, organización y movimientos, o por decirlo de otra forma, el arraigo de la idea de que la Europa de Maastricht es sostenible. Se indican soluciones del tipo de la necesidad de que se emitan eurobonos, se culpabiliza a Alemania, se propone cambiar el estatus del BCE, se sugieren avances en la fiscalidad común, etc. Y, en casi todos los casos, se apoya el “rescate” de los países con problemas: Grecia, después Portugal y luego…, como si correspondiera a la izquierda salvar al monstruo construido, cuyas consecuencias tan dramáticamente están sufriendo los trabajadores, amplias capas sociales y los sectores ciudadanos más desfavorecidos. Un debate más profundo atrapa a la izquierda cuando se aborda lo que proponer como proyecto de construcción europea a partir de la crisis actual. Tiene bastante respaldo la tesis que aunque la Europa de Maastricht no es defendible, hay que impedir por todos los medios un fracaso porque desarbolaría la idea de Europa. Desde lo ya edificado, hay que imponer un avance que nos conduzca a una Europa con los valores históricos de la izquierda a través de reformas profundas de carácter socialdemócrata. A esta posición cabe oponerle una objeción de principio: considerar justo lo contrario: que Europa no es reformable. Todos los cambios que se proponen dejan intactos los problemas genéticos de la Europa construida hasta ahora y no representan más que retoques de maquillaje de un proyecto elaborado y culminado bajo el dogmatismo neoliberal. Con una agravante adicional, los retoques no son posibles en la situación de profunda crisis que corroe a Europa como se ha tratado de exponer y con las disensiones propias de una comunidad contrahecha y compuesta por países con problemas singulares: 27, si nos referimos a la UE, o los 17 que integran la zona del euro. Resulta comprensible que se tenga horror a la situación que puede sobrevenir si se rompe la unión monetaria como esta configurada en la actualidad, ya sea por una ruptura traumática o por la salida de algunos de los países periféricos. Pero, desde el punto de vista político de la izquierda, no cabe rehuir el envite y proponer salidas inviables. Nadie rechazaría un conjunto de reformas que hicieran de la Europa del euro un ámbito, económicamente, más articulado, gobernable y equilibrado, socialmente, más armonioso e igualitario y, objetivamente, menos agresivo. Pero es preciso reconocer que no hay condiciones para ello. Cabe añadir que la izquierda no tiene un proyecto acabado alternativo ni siquiera unas propuestas parciales compartidas. En los países más fuertes no se han tomado en serio las dificultades de los países económicamente más atrasados. Y la izquierda tendría que ser las fuerzas progresistas de 27 ó 17 países. En ellos, por otro lado, la relación de fuerzas y la lucha de clases presentan tal variedad de situaciones que pensar en soluciones globales, de conjunto para Europa, significa despreciar las condiciones objetivas sobre las que basar propuestas posibles. Es tal la complejidad del mapa político europeo, que pensar en un proyecto reformista es una quimera, más si se toman en cuenta los enormes problemas que la crisis ya ha generado. Postular la reforma de la Europa de Maastricht puede resultar propagandísticamente una forma de “salvar la cara”, pero implica evadir los deberes políticos que la izquierda tiene que asumir ante la tenebrosa situación económica y financiera existente, la desolación social que ha atrapado a una parte importante de la población europea, y la necesidad de abrir un resquicio a la esperanza. Si se descarta pues la vía de la reforma, las opciones de izquierda ante la crisis quedan muy limitadas. Aún a riesgo de simplificar en exceso no pueden trazarse más que dos alternativas. La primera, aceptar como marco inexorable el actual determinado por la moneda única con sus carencias, desigualdades y asimetrías profundas. Por supuesto, confrontando con todas las políticas reaccionarias que impone la competitividad como base de las relaciones económicas y los ajustes y recortes que acompañan los “rescates”. Pero tomando conciencia de la contradicción que existe entre esa posición defensiva y la fuerza objetiva que tienen los poderes económicos y la burguesía para imponer sus criterios. Los “rescates”, como en otros tiempos se impusieron los planes de ajuste estructural del FMI, van acompañados de políticas de austeridad y de apropiación muy duras y reaccionarias, sin que, dada la trampa en que están atrapados los países altamente endeudados, puedan resolver sus compromisos, por lo que se entra en períodos prolongados e indefinidos de depresión económica y degradación social. Grecia fue una avanzadilla del desastre, pero ya son otros países, incluido el nuestro desde mayo de 2010, los que conocen como se cae en el abismo sin freno y sin topes. No hay duda que todo ello repugna a la izquierda, pero objetivamente es lo que con toda crudeza hay que aceptar si no se abandona el pavor de romper con la Europa del euro. En ella no hay la menor posibilidad de lograr los objetivos tácticos y parciales de la izquierda, ni mucho menos alcanzar un mínimo control social de las fuerzas productivas, de imponer un relevante grado de planificación económica y por supuesto de avanzar hacia socialismo. Tiene que haber una segunda posición. Si se comprende y admite que la unión monetaria es un proyecto contrahecho desde el punto de vista económico y perverso desde el punto de vista social, que todavía no ha dado de sí toda su capacidad destructiva, corresponde a la izquierda tratar de impedir que siga arrastrando a los pueblos europeos al abismo. Por otra parte, ante la imposibilidad de dar respuestas que impliquen al conjunto de los países, en cada uno de ellos se debe intentar, dependiendo de las circunstancias y la relación de fuerzas, y contando con la solidaridad que puedan prestarle otros pueblos, escapar del dogal impuesto por el euro y de todas las renuncias de soberanía que su construcción exigió. Entre ellas, claro está, la recuperación una moneda, y algo crucial en estos momentos, una política monetaria propias, para acabar con la siniestra interpretación de que son necesarios sacrificios interminables, algo que repugna al materialismo. Existiendo tantos recursos materiales y humanos disponibles, se precisa estimular la demanda por medio del gasto público en inversiones y política de redistribución y lubricar el aparato productivo con crédito para ponerlo en funcionamiento: crear demanda surgida de las necesidades sociales por un lado, y estimular la producción y la actividad para satisfacerlas, por otro. Incapaz la izquierda ahora de imponer una concepción distinta de la construcción europea a la del neoliberalismo imperante, la tarea es romper la cadena que maniata a los pueblos europeos por sus eslabones más de débiles. Este objetivo estratégico no oculta las muchas dificultades que pueden surgir, el periodo complicado que se abre, extraordinariamente complejo si se quiere, pero al final se verá un panorama que nada tienen que ver con la sombría y sin esperanza perspectiva actual de muchas sociedades europeas. Tampoco elimina ese objetivo la necesidad de fortalecer a la izquierda y estimular la lucha de clases, que recuperará así su verdadero sentido histórico, pues ahora todas las reivindicaciones chocan con el muro de las restricciones presupuestarias y todas las conquistas tienen una contrapartida amarga por la pérdida de competitividad que implican. En todo caso no se deben acallar las reivindicaciones. Hay márgenes muy amplios para acometer reformas significativas de gran incidencia social. Por ejemplo, el objetivo de llevar a cabo una reforma fiscal progresista, de combatir el fraude fiscal, de defender los servicios públicos, de impedir que se degrade la protección a los parados, etc. etc. Todo lo que está a la orden del día en las reivindicaciones de los ciudadanos. Por supuesto los debates sobre la construcción europea y más allá de ello, sobre el destino de globalización capitalista, no están agotados y exigen nuevos esfuerzos de clarificación y homogeneización entre la izquierda. Romper con el euro implica necesariamente plantearse la cuestión del inmenso volumen de deuda externa que tienen acumulado los países periféricos y que desde ahora se sabe que es imposible de pagar. Es por tanto toda Europa la que se ve afectada, pues los países acreedores, particularmente Alemania, no son ajenos al tema. Una burbuja de deuda envuelve a Europa y si hemos de interpretar la historia estás acaban por estallar. Ahora se hacen esfuerzos ingentes por impedir que el problema resulte inmanejable con los rescates financieros. Con ellos se trata de evitar quiebras en cadena (el caso de los 100,000 millones para la banca española lo tenemos cerca), pero también son una vía para transferir los riesgos de las posiciones acreedoras de las empresas privadas a las entidades públicas. Con los fondos a los países rescatados se atienden los compromisos privados y se asumen deudas con las instituciones públicas, en una operación gigantesca de socialización de pérdidas. El tema de la deuda abre una gran e inabarcable casuística, pero los criterios que puedan fijarse para clasificar la deuda no deberían empantanarse en reconocer a una deuda como legítima y a otra parte como “odiosa”, según proponen algunos sectores de la izquierda. Ello sin perjuicio de que en algunos países cabe la distinción -Irlanda- porque los fondos obtenidos del reciente crecimiento desmesurado de la deuda pública ha ido destinado a sanear a los bancos, y sin perjuicio también de lo que pueda suceder en el futuro en unos momentos en los que la recapitalización del sistema financiero europeo está sobre el tapete, urge y tendrá que ser masiva. Una propuesta tan contracorriente como la de abandonar el euro y recuperar la moneda propia exigen por parte de S 21 y de la izquierda un debate táctico de común presentarla para ganar una importante base social y convencer a renuentes dirigentes. Las propias circunstancias en que se produzca el hecho, desde la petición propia hasta la expulsión, pasando por una implosión del euro, introducen matices importantes en la forma de presentar el objetivo. Ahora bien, no cabe desechar de antemano que una reivindicación directa y clara no sea la mejor fórmula política, pues ejemplos como el de Francia sugieren que ha madurado el tema en la sociedad y que existen amplios sectores sociales que rechazan abiertamente ya la férula de la unión monetaria. Lo que antes era un tema intratable, ahora se ha convertido, en muy poco tiempo, en algo que se discute a nivel de calle y en las cerradas instancias de los poderes económicos. En otro sentido, añadir que hay debates de sumo interés en la izquierda, como el de la “desmundialización”, la vuelta al reforzamiento de los Estados y la recuperación de los instrumentos de soberanía, y hasta el proteccionismo, que son parte de nuestras inquietudes como asociación político cultural. La crisis europea debe ser un acicate para debatir y tomar posiciones sobre cómo afrontar y combatir desde la izquierda la degeneración en que la globalización capitalista ha sumergido a la humanidad. Anexo: Para reforzar los argumentos del texto y la defensa de la propuesta de ruptura con la unidad monetaria, añado un reciente artículo escrito a raíz de la petición por el gobierno español del rescate del sistema financiero. Rendición incondicional La carta que el ministro Guindos envió el 25 junio pasado al presidente del eurogrupo, solicitando el rescate del sistema financiero español, ha cambiado radicalmente el marco de los debates que mantenía la izquierda sobre las relaciones con Europa. En los últimos tiempos, con la crisis desatada, esos debates se han centrado sobre la conveniencia de mantenerse en la unión monetaria o la necesidad de abandonar el euro, así como en proponer alternativas, tanto para progresar en la construcción de Europa corrigiendo las manifiestas carencias de lo avanzado hasta aquí como para afrontar los problemas particulares de la economía española. Pero todo esto se ha modificado con la mencionada carta. Hasta ahora, todo el proceso de integración europeo ha supuesto una cesión de soberanía de los países a las instituciones de la UE, cada uno de ellos hasta donde le pareció adecuado. Y así, si 27 países son los que conforma la UE, sólo 17 pertenecen la unión monetaria y comparten el euro como moneda común. En ese marco han tenido lugar importantes controversias en la izquierda, por más que sobre el papel todo parecía sencillo: el euro constituía la clave de bóveda de la construcción neoliberal Europa, algo que con buen sentido la izquierda debía combatir, pues suponía entregarle a la burguesía el mejor contexto y todos los recursos para librar con éxito la lucha de clases, por decirlo sencilla y escuetamente. Los resultados están a la vista y, si no fuera por la confusión dominante, habría poco que discutir en la izquierda. La lista de las renuncias por parte de los Estados resulta muy larga. Desde que se abandonó la política arancelaria para integrarse en el Mercado Común, pasando por renunciar a una moneda y una política monetaria propias para formar parte de la unidad monetaria, hasta el reciente Pacto de Estabilidad para el control de las finanzas publicas, que ha exigido modificar, y degradar sus contenidos sociales, de nuestra Constitución. No obstante, hay que admitir que se trataba de cesiones de soberanía hechas desde la propia soberanía de cada Estado. En otro plano, el militar por ejemplo, sería como autorizar bases extranjeras en el territorio nacional a través de negociaciones y acuerdos entre dos estados soberanos, sin perjuicio de las diferencias de poder entre ellos. Pero desde el momento en que nuestro país ha solicitado ser rescatado por la UE, significa que renuncia a su soberanía y se somete a los dictados de las instituciones europeas. Por eso la discusión, y el desenlace que ha tenido, sobre si la UE ofertaba ayuda o era el gobierno español el que debía pasar por el trance humillante de pedir el rescate. Decía Guindos en su carta: “Tengo el honor de dirigirme a Usted, en nombre del Gobierno de España, para solicitar formalmente asistencia financiera para la recapitalización de las entidades financieras españolas que así lo requieran”. Desde ese momento, nuestro país está sometido, rescatado, intervenido, tutelado, cautivo…. Cualquier palabra de este tenor es útil para dejar clara la situación, y hay que no dejarse arrastrar, como pretende el gobierno, a discusiones semánticas que sólo tienen como objetivo confundir a la ciudadanía y ocultar la gravedad de lo ocurrido. Cuando en los momentos de alta tensión, como en mayo de 2010 o agosto de 2011, el presidente Rodríguez Zapatero hablaba de estar al borde del abismo, se refería a los riesgos de tener que ser rescatados. El gobierno del PSOE, frente al cúmulo de desastres de su gestión oponía el triunfo de haber evitado el rescate del país. Y lo que más temía el nuevo gobierno del PP era tener que ser rescatado, y de ahí la voluntad de impedirlo, aplicando una política de extrema crudeza adelantándose incluso a los deseos de los poderes económicos europeos, y de intentar manipular a la opinión pública convirtiendo un rotundo fracaso en una exitosa misión. Con la crisis que ha desencadenado el euro en algunos países y los rescates que se han puesto en marcha, Grecia, Irlanda, Portugal y España, incapaces de hacer frente a su endeudamiento exterior, ya no se puede hablar de cesiones de soberanía sino de la pérdida de ella. Nuestro país no es soberano, y lo de que el poder descansa en el pueblo soberano ha dejado de ser verdad, si alguna vez lo fue. Por volver al ejemplo militar, se podría decir sencillamente que nuestro país se ha rendido de modo incondicional y esta ocupado por fuerzas extranjeras (financieras pero extranjeras). El comisario europeo Almunia ha cerrado toda tentación de disimular o maquillar el carácter de las condiciones que impondrá la UE a cambio de muchas decenas de miles de millones de euros: “las sugerencias de la UE son obligaciones que habrá de cumplir nuestro país”. La próxima subida del IVA está ya dictada desde la comisión europea. Todo muy claro y, por lo demás, obvio. La nueva situación obliga a cambiar la naturaleza del debate en la izquierda sobre las relaciones con Europa. Ya no cabe, como se ha hecho hasta ahora con bastante ingenuidad, apostar por seguir en el euro y al mismo tiempo pretender el rechazo de las medidas regresivas de todo orden impuestas por el gobierno, porque este es ya una marioneta, actúa ahora sólo como delegado de las instancias europeas, como simple ejecutor de lo que se disponga en Bruselas o Berlín. Ahora las opciones son distintas: someterse resignadamente a lo que dispongan los poderes económicos europeos o declararse en rebeldía, rechazar los falsos rescates, no aceptar la intervención y romper con la unión monetaria cualesquiera que sean las consecuencias. Se acabó una etapa para la izquierda. Se acabó huir de la realidad y proponer salidas progresistas a la crisis mientras el país se hunde con los ajustes y los recortes económicos. Se acabó poder mirar por otro lado mientras se demuelen los derechos sociales y la barbarie se implanta como la normalidad. Se acabó denunciar sin ir al fondo de las causas la ruina a la que se arrastra al país y el sufrimiento sin esperanza al que se somete a nuestra sociedad. Fuente: http://socialismo21.net/

Los 21 billones de dólares que las personas más ricas del mundo esconden en paraísos fiscales

Sarah Jaffe - Traducido para Rebelión por S. Seguí--- Veintiún billones, con b, de dólares. He aquí lo que las personas más ricas del mundo esconden en paraísos fiscales internacionales. Aunque, la cantidad real podría sea mayor –podría llegar a los 32 billones– dado que, por supuesto, es casi imposible conocerla con exactitud. Al mismo tiempo que los gobiernos recortan el gasto público y despiden a los trabajadores, en aras de una mayor “austeridad” obligada por la desaceleración de la economía, los superricos –menos de 10 millones de personas– han escondido lejos del alcance del recaudador de impuestos una cantidad igual a las economías japonesa y estadounidense juntas . Se afirma en un nuevo informe de Tax Justice Network 1(Red para la justicia tributaria) cuyas conclusiones son impactantes. Los ingresos fiscales perdidos gracias a los refugios fiscales extraterritoriales – offshore –, señala el informe, “son lo suficientemente grandes como para marcar una diferencia significativa en todas nuestras medidas convencionales de la desigualdad. Dado que la mayor parte de la riqueza financiera desaparecida pertenece a una pequeña élite, el efecto es asombroso.” James S. Henry, ex economista jefe en McKinsey & Co., autor del libro The Blood Bankers (Los banqueros ensangrentados) así como de artículos en publicaciones como The Nation y The New York Times, buscó su información en el Banco de Pagos Internacionales, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, bancos centrales y analistas del sector privado, y descubrió los contornos de la gigantesca reserva de dinero que flota en ese lugar nebuloso conocido como offshore . (Y eso que sólo se ha ocupado del dinero en efectivo: el informe deja de lado cosas como bienes raíces, yates, obras de arte y otras formas de riqueza que los superricos esconden, libres de impuestos, en los paraísos fiscales extraterritoriales.) Henry se refiere a éstos como un “agujero negro” en la economía mundial y señala que, “a pesar de tener mucho cuidado de quedarse corto, por prudencia, los resultados son asombrosos.” Hay una gran cantidad de información que analizar en este informe, por lo que nos hemos limitado aquí a seis cosas que debe usted saber sobre el dinero que los más ricos del mundo esconden al resto de nosotros. 1. Les presentamos al Top 0,001% “Según nuestras estimaciones, al menos un tercio de toda la riqueza financiera privada, y casi la mitad de toda la riqueza offshore, es ahora propiedad de las 91.000 personas más ricas del mundo: sólo un 0,001% de la población mundial”, dice el informe. Estos 91.000 que forman el vértice de la pirámide tienen alrededor de 9,8 billones de dólares del total estimado en este informe, y menos de diez millones de personas detentan todo el montón de dinero en efectivo. ¿Quiénes son esas personas? Sabemos que son los más ricos, pero ¿qué más sabemos de ellos? El informe menciona a “especuladores inmobiliarios chinos y magnates del software de Silicon Valley, con edades en torno a la treintena de años”, y luego están aquellos cuya riqueza proviene del petróleo y el tráfico de drogas. No menciona, pero podría, a los candidatos presidenciales de Estados Unidos. Por ejemplo, a Mitt Romney que recibió fuertes críticas por tener dinero guardado en una cuenta bancaria en Suiza y en inversiones ubicadas en las Islas Caimán, según el sitio web Politifact 2. Los narcotraficantes tienen necesidad, por supuesto, de ocultar sus ganancias ilícitas, pero muchos de los otros superricos pretenden simplemente evitar el pago de impuestos, para lo cual construyen complicadas redes de empresas e inversiones sólo para deducir un poco más de la factura fiscal que pagan en su país de origen. Todo sirve. 2. ¿Dónde está el dinero? Difícil saberlo Offshore , según Henry, no es ya un lugar físico, aunque haya bastantes lugares, como Singapur y Suiza, señala, que todavía se especializan en proporcionar “residencias físicas seguras y fiscalmente interesantes” a los ricos del mundo. Pero en estos tiempos que corren, la riqueza offshore es virtual. Henry lo describe como algo nominal, hiperportátil, multijurisdiccional, a menudo lugar temporal de redes de entidades y arreglos legales o cuasi legales. Una empresa puede estar situada en una jurisdicción, ser propiedad de un fideicomiso ubicado en otro lugar y estar administrada por fideicomisarios de un tercer lugar. “En última instancia, por lo tanto, el término offshore se refiere a un conjunto de capacidades” y no tanto a uno o varios lugares. También es importante, señala el informe, distinguir entre los “paraísos intermedios” –lugares en los que piensa la mayoría de la gente cuando habla de paraísos fiscales, como las islas Caimán de Mitt Romney, las Bermudas o Suiza– y los “paraísos de destino”, que incluyen los EE.UU., el Reino Unido e incluso Alemania. Estos destinos son deseables ya que proporcionan “mercados de valores relativamente eficientes y regulados, bancos respaldados por grandes poblaciones de contribuyentes, y compañías de seguros. Además de códigos jurídicos desarrollados, abogados competentes, poder judicial independiente y Estado de derecho.” Así pues, los mismos que escapan al pago de impuestos barajando su dinero por diferentes lugares, se aprovechan de los servicios financiados por los contribuyentes para hacerlo. Y aquí, en EE.UU., algunos estados han comenzado, desde la década de 1990, a ofrecer entidades jurídicas a bajo costo “cuyos niveles de confidencialidad, protección frente a los acreedores y ventajas fiscales rivalizan con los de los tradicionales paraísos fiscales secretos del mundo.” Añada a esto el porcentaje cada vez menor de los impuestos que pagan los ricos y las empresas estadounidenses y verán que estamos empezando a tener un aspecto muy atractivo para aquellos que buscan escamotear su dinero. 3. Grandes bancos rescatados dirigen este negocio ¿Pero, quién facilita este proceso? Algunos nombres familiares salen rápidamente a la superficie cuando se escarba en los datos: Goldman Sachs, UBS y Credit Suisse son los tres primeros, y el Bank of America, Wells Fargo y JP Morgan Chase están en el Top 10 . Según señala el informe, “Ahora podemos añadir algo más a su lista de distinciones: son los actores principales de los refugios fiscales de todo el mundo y herramientas clave del injusto sistema tributario global.” A finales de 2010, los mayores 50 bancos privados gestionaban alrededor de 12,1 billones de dólares en “activos transfronterizos” invertidos por sus clientes. Es más del doble de la cifra de 2005, y representa una tasa media de crecimiento anual superior al 16 por ciento. “Desde bancos a empresas contables y abogados corporativos, algunas de las mayores empresas del mundo son parte de la trama de evasión fiscal global”, escribe en The Guardian la investigadora financiera (y ex trader de Goldman Sachs) Lydia Prieg. “Estas empresas no son personas jurídicas a las que podamos llamar la atención para que paguen su parte justa; su razón de ser consiste en maximizar sus ganancias y las de sus clientes.” “Hasta finales de la década de 2000”, señala Henry, “la sabiduría convencional entre los capitalistas evasores era ‘¿Qué hay más seguro que los bancos suizos, estadounidenses o británicos etiquetados como “demasiado grande para quebrar?”’ Sin los rescates que acompañan a la crisis financiera de 2008 –añade– muchos de los bancos que están escondiendo dinero en efectivo para los ultra ricos ya no existirían. “Dar por sentado el apoyo de los gobiernos es precisamente la razón principal por la que los superricos hacen sus negocios con los bancos de mayor tamaño.” 4. La desigualdad es peor de lo que creíamos Con toda esta riqueza oculta en todo el mundo, imposible de contar y de hacer tributar –señala Tax Justice Network–, no cabe duda de que estamos subestimando la desigualdad de ingresos y riqueza realmente existente. Stewart Lansley, autor de The Cost of Inequality (El costo de la desigualdad), aseguró a Heather Stewart, de The Guardian: “No hay absolutamente ninguna duda de que las estadísticas sobre la renta y la riqueza de los de arriba disminuyen la magnitud del problema”. Al calcular el coeficiente Gini, que mide la desigualdad en una sociedad, dijo, “No se recogen los multimillonarios y billonarios, e incluso cuando se hace, no es adecuadamente”. Este es un asunto tan importante que Tax Justice Network incluyó un segundo informe, al mismo tiempo que el de Henry, titulado “Inequality: You don’t know the half of it” 3(Desigualdad: no conoce usted ni la mitad). El informe detalla todos los problemas de la forma en que ahora calculamos la desigualdad; a menudo parecen ser, en esencia, que no tenemos una medida exacta de la verdadera riqueza de los super ricos. Los datos sobre ingresos fiscales están disponibles, pero si en realidad hay billones escondidos por todo el mundo en los paraísos fiscales, ¿cómo calcular los ingresos reales de los más ricos del mundo? La desigualdad se ha disparado en todo el mundo, según los cálculos comúnmente utilizados. Si el 1 por ciento superior de la población de EE.UU. no sólo es dueño de un 35,6 por ciento de la riqueza, por ejemplo, sino que también tiene un paquete de dinero mucho mayor escondido en algún lugar, ¿qué significado tiene esto para nosotros? No olvidemos, señala el informe, que “la desigualdad es una opción política.” Es decir, nosotros decidimos qué hacer como sociedad basándonos en el monto de desigualdad que consideramos tolerable o justo. Si ese monto es mucho mayor de lo que pensamos, ¿de qué modo sesga nuestras prioridades?” Muchos estadounidenses ya de por sí están mal informados acerca de nuestro nivel de desigualdad, pero este informe confirma que incluso los supuestos expertos están subestimando en mucho el problema. 5. Los países “endeudados” no deben, en realidad, nada El informe de Henry destaca un subgrupo de 139 países, de ingresos bajos o medios ingresos, y destaca que según la mayoría de los cálculos, dichos 139 países tenían en conjunto una deuda superior a 4 billones de dólares a finales de 2010. Pero si se toma en cuenta todo el dinero que se atesora offshore , los países en realidad tendrían una deuda negativa de 10 billones de dólares, o como Henry escribe: “Una vez tomados en consideración estos activos ocultos y los ingresos que generan, muchos antiguos países “deudores” resultan ser, de hecho, países ricos. Pero el problema es que su riqueza está depositada offshore , en manos de sus propias élites y sus banqueros privados.” Henry señala además que los países en desarrollo en su conjunto resultan ser acreedores del mundo desarrollado, en lugar de deudores, y lo han sido durante más de una década. “Esto significa que se trata realmente un problema de justicia tributaria, no simplemente de “deuda.” Pero esas deudas, como hemos señalado, recaen en los hombros de los trabajadores de esos, que no pueden disfrutar de las ventajas de los sofisticados paraísos fiscales. Y esto, por supuesto, no es sólo un problema del mundo en desarrollo. Hoy día, señala Henry, el mundo desarrollado tiene su propia crisis de la deuda (véanse los problemas actuales de la zona euro). El economista francés Thomas Piketty señala, “la riqueza depositada en paraísos fiscales es probablemente de un monto suficiente como para convertir a Europa en un acreedor neto muy grande con respecto al resto del mundo.” 6. ¿Cuánto estamos perdiendo? He ahí el meollo del asunto, ¿no es así? Es imposible saber a ciencia cierta, por supuesto, debido a que las cifras son sólo estimaciones, pero Henry calcula que si estos 21 billones de dólares no declarados obtuvieran una tasa de rendimiento del 3 por ciento y los ingresos se gravaran a un 30 por ciento, por sí solos generarían ingresos fiscales de alrededor de 190.000 millones de dólares. Si la cantidad total de dinero colocada en paraísos fiscales fuera cercana a la estimación más alta, es decir a 32 billones de dólares, se obtendrían cerca de 280.000 millones, que es aproximadamente el doble del monto que los países de la OCDE gastan en ayuda al desarrollo. En otras palabras, un montón de dinero. Y eso teniendo en cuenta que un rendimiento del 3 por ciento es un cálculo muy prudente. Estamos hablando únicamente de impuestos sobre la renta: los impuestos sobre las plusvalías, impuestos a la herencia y otros aportarían aún más. Por eso Henry afirma que, a fin de cuentas, podríamos tomar este asunto como una buena noticia. “El mundo acaba de localizar un montón enorme de riqueza financiera que podría utilizarse para contribuir a la solución de los problemas mundiales más acuciantes”, escribe. “Tenemos la oportunidad de pensar no sólo acerca de cómo prevenir algunos de los abusos que han conducido a esta situación, sino también de pensar en la mejor manera de hacer uso de los ingresos actualmente no tributables que genera.” James S. Henry, The Price of Offshore Revisited , 2012

Un experto asegura que el fin del euro costaría a Alemania el 10% de su PIB: experto

En una entrevista realizada por Sakari Suoninen y Eva Kuehnen, un asesor económico del gobierno alemán, dijo que de terminarse el regimen de la moneda única, la economía se vería fuertemente golpeada. También aclaró que habría un fuerte cimbronazo de irse Grecia del euro. Toda esta sarta de datos previsibles, vienen sustentados en que la única manera de evitar ese descalabro económico es aplicar la receta del ajuste y la austeridad, que hipócritamente reconoce que no son medidas "especialmente agradables". Valiente eufemismo para nombrar a la destrucción de los derechos inalienables de amplias capas sociales, no solo en su país sino especialmente en los países europeos periféricos. Un completo colapso del euro recortaría hasta un 10 por ciento del Producto Interno Bruto de Alemania y la mera salida de Grecia del bloque de la moneda única generaría riesgos sustanciales a las empresas, según dijo el asesor económico del Gobierno Lars Feld. Feld, uno de los cinco economistas expertos cuyas posturas ayudan a moldear el debate público en Alemania pero que a menudo tienen poco impacto directo en la política, dijo que recientes estimaciones del grupo sugieren que los activos brutos de Berlín en la zona euro ascienden a cerca de 3,5 billones de euros. "Cuando buena parte de estos aportes caigan en cesación de pagos, habrá insolvencias en las pequeñas y medianas empresas y la economía se verá golpeada", dijo Feld un club de periodistas de Fráncfort el miércoles por la noche, en comentarios acordados para ser publicados el jueves. "Esta pérdida podría representar el 7 o el 10 por ciento del producto interno bruto (alemán)", manifestó. Una salida de Grecia de la zona euro tampoco se realizaría sin costos sustanciales, indicó Feld, y agregó que el riesgo de contagio a través del sistema bancario había sido reducido, pero que aún existía peligro de que la marginación de Atenas lleve a los inversores a esperar que otros países sigan la misma ruta. Una serie de funcionarios alemanes han estado hablando sobre las opciones de sacar a Grecia -que mayormente depende de fondos del Gobierno alemán- del euro. La canciller Angela Merkel y sus aliados siguen firmes en contra de la idea. Feld también dijo que había pocas alternativas para resolver la crisis y que "muchas de ellas no son especialmente agradables". También afirmó que esperaba que la economía alemana creciera alrededor de 0,8 a 0,9 por ciento este año, y que el tercer y cuarto trimestre permanezcan mayormente planos. (Reporte de Sakari Suoninen y Eva Kuehnen. Editado en español por Marion Giraldo). Kaosenlared

El Ejército alemán podrá intervenir en su país en casos excepcionales

ENRIQUE MÜLLER-El Pais. En un acto inédito y de trascendencia histórica, las dos cámaras del Tribunal Constitucional alemán pusieron fin ayer a una sabia medida que tenía como meta evitar que el Ejército actuara contra la población civil, un temor que fue heredado de la época de abusos del régimen nazi. La más alta instancia jurídica del país legalizó el uso de medios militares por parte del Ejército sobre el territorio nacional contra posibles amenazas terroristas. Aunque la sentencia estipula que tales acciones deben ser llevadas a cabo bajo estrictas condiciones, la decisión anunciada por el Tribunal consternó a un amplio sector de la población y provoco ácidos comentarios en la prensa. Hasta ayer el país había vivido con la certeza de que sus soldados solo abandonarían sus cuarteles en Alemania para luchar contra grandes catástrofes naturales o para viajar a países lejanos, como Afganistán. En las últimas seis décadas, la intervención armada sobre el territorio alemán, en caso de amenazas terroristas, había estado reservada a las fuerzas de la policía con el fin de separar claramente las operaciones de defensa nacional del Ejército y las operaciones de seguridad interior, tal como ocurrió en 1972 durante los Juegos Olímpicos en Múnich, cuando un comando palestino tomó como rehenes a varios deportistas de la delegación de Israel. Según la decisión del Tribunal Constitucional, que tiene su sede en Karlsruhe, el Ejército podrá utilizar sus medios militares en el país en caso de que exista una “situación excepcional de naturaleza catastrófica”, una decisión que no tiene precedentes en el país desde que el canciller Konrad Adenauer diera vida a la Bundeswehr, el moderno Ejército alemán, en noviembre de 1955. La sentencia del Tribunal no autoriza al Ejército a actuar para evitar peligros que puedan surgir de una manifestación, ni tampoco permite la actuación de aviones de combate para abatir a un avión que transportara civiles y que hubiese sido secuestrado por terroristas. En un caso así, los pilotos de guerra alemanes solo tendrán permiso para realizar disparos de emergencia y lograr el aterrizaje del avión secuestrado. Según la sentencia del Tribunal Constitucional, el despliegue de las fuerzas militares solo es posible como último recurso y corresponderá al Gobierno federal en su totalidad evaluar los llamados “casos de extrema urgencia” que justifiquen un despliegue militar en territorio alemán. La sentencia fue bien recibida por los dos partidos democristianos, CDU y CSU, que comparten el Gobierno junto con los liberales del FDP. La oposición socialdemócrata del SPD y Los Verdes acogieron bien la decisión, si bien algunos portavoces lamentaron que la Corte no haya aclarado lo que entiende por una “situación excepcional de naturaleza catastrófica”. El partido La Izquierda rechazó la sentencia y comentó que encerraba una reforma de la Constitución llevada a cabo por la puerta trasera y que hacía posible la militarización de la política interna alemana. “Es una decisión catastrófica de Karlsruhe”, advirtió el influyente periodista del Süddeutsche Zeitung Heribert Prantl en un editorial. “Los jueces no han interpretado la Ley Fundamental [Constitución], sino que la han cambiado, y esa no es su tarea”.

Cayo Lara: " Telefónica cometió un error al contratar al Duque y espera que otras empresas tomen nota"

Agencias--- "La Monarquía lleva mucho tiempo ayudando a la República y este Jefe del Estado, que debería dar ejemplo, deja mucho que desear" El coordinador general de Izquierda Unida (IU), Cayo Lara, considera que Telefónica cometió "un error de calado" al contratar en su momento a Iñaki Urdangarín, que acaba de pedir una excedencia mientras está siendo investigado por supuestas irregularidades en el Instituto Nóos, y espera que otras empresas hayan "tomado nota" de este tipo de operaciones. Asimismo, Cayo Lara ha dicho que resulta "incomprensible" que un imputado por delitos "tan graves" pudiera seguir "con un contrato de millón y medio de euros", y está convencido de que ha habido ciudadanos que se han dado de baja de Telefónica precisamente por aquella decisión. A su juicio, "la decisión de aquel contrato tiene mucho que ver con la relación que determinados dirigentes de la compañía telefónica tienen con determinados estamentos del Estado y especialmente con la propia Monarquía", y en ese contexto citó por ejemplo al exministro Eduardo Zaplana, también fichado por la empresa. DEMASIADOS INTERESES ENTREMEZCLADOS "Hay demasiados intereses entremezclados entre lo público y lo privado --sostiene--, y Urdangarín se aprovechó mucho de su situación de privilegio, al estar casado con una infanta, para hacer las actividades que ha venido desarrollando y conseguir unos contratos que, sólo por su persona, serían improbables". Por eso, el líder de IU espera que otras empresas, y no sólo Telefónica, hayan "tomado nota" de este tipo de relaciones de influencia. "Hay demasiadas puertas giratorias donde no se sabe si se defiende lo público o lo privado, si se pasa a lo público para saquear lo público en favor de intereses privados, y se va a lo privado para defender privilegios". En todo caso, considera que el futuro de Urdangarín será el que determine la Justicia, "y si dice que tiene estar en la cárcel, tiene que pagar por lo que ha hecho para que realmente se dé crédito a que la Justicia es igual para todos". "Por eso sería muy bueno que haya una Justicia ejemplar para el caso Urdangarín", asegura, subrayando que, al comparar el tratamiento de pequeñas actividades delictivas con las graves responsabilodades, "la Justicia pierde mucho en este país". En cuanto a las consecuencias de este caso para la Corona, Cayo Lara ha dicho que "la Monarquía lleva mucho tiempo ayudando a la República". A su juicio, "si el Rey, si realmente tuvo conocimiento de actividades irregulares de Urdangarín en 2005 y 2006 y hubiera cumplido con sus obligaciones de Jefe del Estado, seguramente hoy no se estaría hablando de este tema, se habrían evitado muchas presumibles actividades delictivas y la Corona se habría evitado una valoración tan negativa". "La gente no entiende que estén pasando estas cosas deleznables, como la cacería de los elefantes, la falta de respuesta a las preguntas sobre quién la pagó y por qué --ha añadido--. Hay demasiados elementos que no son limpios y muy poquita transparencia". ¿LA III REPÚBLICA? Para el también presidente del grupo parlamentario de Izquierda Plural (IU-ICV-CHA), "el primero que tiene que dar ejemplo ante el país es el Jefe del Estado y este Jefe del Estado deja mucho que desear especialmente en los últimos tiempos de su mandato". En su opinión, todas estas polémicas ayudan a que haya mucha gente que se incorpore a la idea de que España necesita una República, especialmente porque así los ciudadanos tendrían derecho a elegir al Jefe de Estado y a poder revocarlo. "¿Cuándo llegará la III República? Es incalculable --ha explicado--. El día que la mitad más uno de los españoles se consideren republicanos y se vote por un cambio de modelo, y eso es un trabajo de concienciación de la gente".