19 de septiembre de 2012

Kostas Isychos nos contará como está la situación en Grecia, Dia 20 a las 19:30 en el Hotel Maisonnave de Pamplona.

Martes 25 a las 20 horas. Toma el Parlamento

Érase un hombre lúcido a un cigarrillo pegado

JUAN CARLOS MONEDERO-MásPúblico-- Santiago Carrillo ha muerto. ¿Qué Carrillo?-- Nunca ha existido “un” Carrillo. Han existido tantos como personas se le cruzaron en cada uno de los momentos en los que estuvo presente. Cada cual va a su encuentro caminando por el ángulo que le resulta más cómodo. Para algunos llevaba muerto mucho tiempo. Para otros –más acertados- Carrillo no se va a morir nunca. Su cigarrillo va a humear la memoria particular de mucha gente durante mucho tiempo. Una memoria en blanco y negro. Los buenos documentales de Carrillo siempre regresaban a los tiempos en los que el color no había llegado a las pantallas. Un monstruo sin escrúpulos y un elfo vestido de libertador con gafas de pasta; un arrojado clandestino con peluca y gabardina y un hombre a un cigarrillo pegado capaz de echarse un pitillo con el enemigo; un diablo rojo y con tridente de Stalingrado y un santo ungido con los óleos de la Inmaculada Transición. Honra a los diputados del PP que no se han levantado en la ovación que le ha brindado el Parlamento: ayuda a que nadie olvide quiénes son, especialmente ahora que se oyen voces que aúllan el encuentro, la concordia y el consenso para asumir, todos a una, el rescate y sus recortes. Los mismos diputados que se pusieron en pie cuando aprobaron la participación de España en la guerra de Irak, ahora, sentados. Los que gritan a los parados “que se jodan”. Los de la red Gürtel y los políticos sin sueldo para que vuelvan a las Cortes los Don Cayetano y Don Gabino de cuando la noche franquista. De la noche de Franco, ese que odiaba a muerte a Carrillo. El Carrillo que se hizo rojo defendiendo con la vida la República. Ángulo afilado. Carrillo se reía de su muerte y también de la memoria que de él tendrían los españoles. ¿Cómo no se iba a reír de los que permanecieron sentados mientras la “casa de la democracia” le aplaudía? Esa casa asustada el 23F, asustada cuando el pueblo le dice cómo quiere que legislen, asustada porque nuevos republicanos quieren rodearla el 25S. ¡Todos al suelo! Bien han hecho los diputados de la extinta Alianza Popular quedándose sentado en sus sillones de madera de pino. Algunos tienen esa relación peculiar con las cosas del dios que tantas cosas les perdona. Carrillo nunca creyó en dios. Ni cuando estaba ya agazapado para darle un susto al creador en su reino. Diputados populares sentados ante la muerte de alguien a quien trataron y conocieron. Pensaba que eso estaba reservado a los que no creemos. Pero ellos…Su dios y sus jerarquías siempre autorizaron matar a Carrillo y lo que significaba. Compasión nunca han tenido. Irán a misa este domingo. A pedirle que Carrillo arda en el infierno. Allí no le faltará fuego para el tabaco. ¿Son acaso mejores los hipócritas que aplaudieron en el hemiciclo como si el finado fuera uno de los suyos? Es raro que muera un político comunista y te alabe el rey y un sindicalista, el PSOE y el PCE, Rosa Díez y Esperanza Aguirre, Llamazares y Centella, Belén Esteban y Alejandro Sanz, Felipe González y Martín Villa, Alfonso Guerra y Adolfo Suárez Jr.? ¿A qué Carrillo saludan? ¿Qué destello del rincón en el ángulo oscuro vienen a iluminar? ¿Qué reflejo del espejo miran para que no les moleste la misma persona? Nunca ha existido “un” Carrillo. Cada cual lo envuelve en la luz que le interesa. Él, mientras, sonríe envuelto en humo. El cigarro no era un bastón: era una cortina. El teatro que llevaba por dentro nunca lo ha contado. Antes de los 60 nunca lo malditizaron. Luego, Carrillo fue el para siempre el de Paracuellos, el de las sacas, el asesino de Muñoz Seca, el responsable de la Junta de Madrid (el Madrid que resistió, a diferencia de otras capitales de Europa, tres años a los fascistas). Esa imagen de Madrid resistiendo en la antesala de la segunda guerra mundial estaba en los ojos de todos los demócratas del mundo. De Humphrey Bogart y de la madre de Ernesto Che Guevara. De Pablo Neruda y de Lázaro Cárdenas. En esa ciudad estaba Carrillo. En ese momento. Carrillo heroico en celuloide en blanco y negro tan blanco. En el mundo recuerdan a los luchadores antifascistas. En España no. En los documentales sobre Carrillo, el antifascismo no aparece. Tampoco el maquis, salvo para explicar que había infiltrados que debían ser ejecutados. Luego, el PCE abandonó a los últimos soldados de la República que andaban por los montes y los bosques. Ya estaba Carrillo aplicando lo de la reconciliación nacional. El franquismo sabía que eso era peligroso. Lo de los 25 años de paz tenía que ser un invento en exclusiva del Caudillo. No recordar la guerra, sino celebrar la paz. Carrillo se había convertido en un problema. Hacía falta demonizarlo. Nunca fue responsable de dar la orden de ejecutar a los presos franquistas en Paracuellos. Paul Preston acaba de demostrarlo por enésima vez. Pero la derecha necesita que Carrillo sea el de Paracuellos. Creen que así se nota menos el genocidio que cometió Franco con decenas de miles de gentes honradas culpables únicamente de ser leales con la República. Contra la que se levantaron los fusilados de Paracuellos. No será fácil determinar si esa medida, tomada en tiempos de una guerra que habían empezado los sediciosos, fue una decisión criminal (muchos de los asesinados estaban en la cárcel por ser responsables de la Quinta Columna que ametrallaba las terrazas de la capital. Las tropas franquistas estaban, además, muy cerca. El gobierno estaba roto por el golpe de Estado. Pero a diferencia de lo que hacía Franco, la República no podía fusilar sin juicio. La República no podía ser como Franco. Aquello no volvió a repetirse). Lo que sí cabe afirmar, de manera más contundente, es que fue una decisión innecesaria y estúpida. Y Carrillo no era estúpido. Pero ese sambenito le acompañó hasta el último día. Si los franquistas dicen que empezaron la guerra porque había muerto una persona –Calvo Sotelo- ¿qué no harían por los 2.500 de Paracuellos? Maldito por toda la eternidad Carrillo. Gritaban así los mismos que hoy le han aplaudido. Qué extrañas escenografías hace la política. Serás cosas del consenso. Carrillo manejó con mano de hierro su partido. Su partido terminaría expulsándolo. Su comunismo de partido era de libro. De un libro no siempre luminoso. En blanco y negro. Duro, inclemente, de voz enronquecida. Hombre de tiempos oscuros. Nos dejó una democracia que hoy necesitamos criticar. Con una bandera que la mitad del país no siente suya. Con un rey que se fotografía con ladrones, hace negocios con el mundo árabe y sale campechano con su familia en el Hola entre bronca y golpe a su chófer. Con una ley electoral propia de una dictadura y no de una democracia. Con una judicatura franquista. Con las mismas familias del dinero con cada vez más dinero. Con una cultura política nada republicana. Sin un referéndum sobre la Constitución, sin un referéndum sobre la monarquía, sin un referéndum sobre casi nada. “Tienen todo. No les vamos a dejar el Rey también a la derecha”, me dijo una vez que le reproché su defensa de la monarquía. No tenía razón, pero su reflexiones nunca eran en vano. Un maquiavélico príncipe florentino rojo que siempre hacían pensar. Sus coetáneos dicen que ayudó a traer la democracia. Desde generaciones posteriores, algunos pensamos que ayudó a traer una democracia demediada. Es fácil, dirán desde esa franja de edad, criticar a toro pasado aquellos años. Puede ser verdad. En una ocasión, en un almuerzo en la facultad de ciencias políticas, le dije que hiciera un penúltimo servicio a la democracia que íbamos a heredar y se pusiera al frente de la crítica a la Transición, que reconociera que no hicieron ninguna maravilla sino simplemente lo que pudieron. Lo que les dejaron. Que los vicios de la transición son los vicios de la democracia. Guardó silencio. Otros en la mesa golpearon con los tenedores los platos. Él guardó silencio. Como el silencio de los más de 120.000 republicanos asesinados y enterrados aún en zanjas, cunetas y fosas comunes. Carrillo dijo que con la ley de amnistía quedaban enterrados todos nuestros muertos. No era verdad. Una democracia asentada sobre un genocidio no es luminosa. Es sucia. Por mucho que el olvido quiera limpiar ese lecho. No hay humo en casi un siglo de cigarros para tapar ese agujero. Hay mucha luz en esos fotogramas a los que aún les falta mucha voz. Carrillo representa la memoria del partido más glorioso en la noche infausta del franquismo. El ángulo lleno de gloria. Y la misma gloria refulge cuando la invasión de los tanques del pacto de Varsovia fue condenada por el PCE pese a ser la URSS anfitriona y soporte de los dirigentes exiliados. Carrillo es la gloria de los asesinados en Atocha y del sindicato que era “el” sindicato igual que “el” partido era el partido, de los estudiantes muertos por la policía, de la ejecución de Grimau, de los cientos de miles de años de cárcel de los militantes comunistas. Carrillo era el honor de los dignos sentado en su asiento en el Congreso de los Diputados mientras volaban las balas de Tejero durante su asonada real. Carrillo era, pese a que mandó retirarla, la bandera republicana y también esa resistencia miliciana que está en el ADN de la verdadera democracia española. Es el rostro de buena parte de lo mejor de nuestra historia reciente. No porque él fuera su actor único, sino porque le puso rostro al relato con su presencia de comunista eterno. No hay “un” Carrillo. Pero ese Carrillo de la dignidad de un pueblo es el más imperecedero. No encaja con el del relato épico de una transición hecha por reyes, políticos inventados en Alemania o franquistas reconvertidos. No todos los Carrillos son compatibles. A cada cual su humo. Cada quién, en esta tarde que ha ido a reunirse con la tierra, el aire y el agua, va a recordar al Carrillo que más le sirva. Todo un siglo de vida le ayuda a ser como los poemas de Neruda, propiedad de aquél que los necesita. Mal vamos a cohonestar el Carrillo inclemente con el fascismo o con la cobardía con el Carrillo adulado por el PP o el PSOE. Mal cuadra el Carrillo que arengaba a defender Madrid con uñas, armas y balas, el Carrillo que señalaba a la CEDA como la antesala del fascismo con el Carrillo celebrado por Fraga, Martín Villa o Juan Carlos de Borbón. Mal se compadece el Carrillo que sabía que hacer política es jugarse el pellejo con el Carrillo de los pijos que nos gobiernan y que sólo arriesgan el dinero de la ciudadanía. Pero es pronto. Carrillo no se muere, salvo para sus amigos, salvo para sus familiares, de un día para otro. Hay Santiago para rato. Ahora que estamos perdiendo con tanta facilidad la democracia demediada que teníamos. He visto a Santiago pasearse por los alrededores del Congreso el 25S. Menudo, con ese paso firme y tambaleante, con su gabardina, el ángulo del cigarrillo marcando un espacio imposible en la iglesia de los Jerónimos. Sonriendo pícaro. Juraría que es Carrillo. ¿Qué Carrillo?

Juan Carlos, ¿por qué no te callas?

Esther Vivas-- Público- Juan Carlos quiere poner paz y orden. Su paz y su orden. Ayer lo dejó claro. Con su misiva señalaba que en momentos de crisis hay que interiorizar dos cuestiones fundamentales “que sólo superaremos las dificultades actuales unidos” y “que desde la unión y la concordia hemos de recuperar los valores de la Transición”. Ni lo uno ni lo otro. ¿Unidos con quién? Ya que o se impone el interés de la minoría –como viene sucediendo– o triunfa la voluntad de la mayoría. Aquí no hay medias tintas. No vamos todos en el mismo barco. El capital económico y financiero quiere aprovechar la crisis para reorganizar la sociedad en función de sus intereses particulares. Salir reforzado de la crisis, con menos derechos sociales, laborales y democráticos. Y así lo vemos día tras día, recorte tras recorte. Nos quieren hacer pagar el coste de una crisis que no hemos creado. Su crisis no es la nuestra. Sus recetas anticrisis no son las nuestras y no nos benefician, aunque nos quieran hacer creer lo contrario. Superar las ”dificultades actuales” sólo será posible si la voluntad del 99% prevalece por encima de los intereses particulares del 1%, de la elite financiera y los políticos a su servicio. Unidos sí, pero los de abajo contra los de arriba. ¿Remar juntos? No se “rema juntos” a la fuerza, bajo la imposición de una Constitución que niega el derecho a la autodeterminación de los pueblos. El monarca decía en su carta que “nuestro modelo de convivencia” está amenazado. Pero quiénes lo amenazan son aquellos que niegan la libertad de los pueblos a decidir su futuro. Un “modelo de convivencia” sin derecho a decidir no es convivencia ni es nada. Y las aspiraciones de soberanía no son una “quimera”, como decía en su misiva, son un derecho legítimo. Lo que es una “quimera” es pensar que la gente se quedará en casa con la que está cayendo y que el pueblo catalán permanecerá de brazos cruzados cuando se le niega su soberanía. Aquí quién persigue una “quimera” es el rey. Y, ¿qué valores recuperar? No es en los “valores de la Transición” donde hay que buscar la inspiración para afrontar el presente, sino en los de la lucha del antifranquismo y de la resistencia contra todos los falsos consensos que nos impusieron desde la propia Transición. El régimen actual atraviesa sus peores momentos. El edificio construido en 1978 tiene profundas grietas. Y no hay que taparlas sino ahondarlas. Cuando el mito de la “inmaculada Transición” se desmorona su invocación por parte del rey suena entre tragicómica y esperpéntica. El intento desesperado por salvar un buque antes del naufragio. Dicen que los elefantes, a quienes el monarca trata con poco cariño, tienen muy buena memoria. La Transición impuso el olvido y la desmemoria. Tal vez tendríamos que aprender de los elefantes y recuperar la memoria y luchar contra aquellos que, imponiendo la Ley del más fuerte, acaban con nuestras vidas y niegan nuestros derechos sociales y nacionales. Nos pedía el rey recuperar los valores de: “el trabajo, el esfuerzo, el mérito, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético, el sacrificio de los intereses particulares en aras del interés general”. No parece que la Corona sea un ejemplo de dichos valores. Tampoco la elite financiera que se basa en la competencia, el beneficio a corto plazo, la especulación, el enriquecimiento fácil… a costa de todo y de todos. “Los valores de una sociedad sana y viva” a los que alude no son ni los de la Transición, ni los de la Constitución, ni los de la Monarquía, ni los del Capital son los que emanan de las luchas sociales, de la marea indignada nacida el 15M, de las movilizaciones contra los recortes y, mal que le pese al rey, de la manifestación del pasado 11 de septiembre en Catalunya cuyo mensaje no arroja dudas sobre la voluntad del pueblo catalán y su opinión sobre el régimen de la Transición y sus “valores”. Hace unos años el rey mostraba su fe en el “consenso” haciendo callar autoritariamente a Hugo Chávez. Ahora nos toca entre todos hacerlo callar a él.

Llegó el momento

Julio Anguita-- Fuente: www.mundoobrero.es Todos tenemos asumido que con Septiembre comienza una fase en la situación económica, social, política e ideológica en la que no caben dilaciones, análisis de coyuntura o flirteos institucionales. Todo lo ocurrido, hasta ahora, no es otra cosa que un largo período de acumulación de fuerzas, acciones y proyectos para abordar esta recta final que tiene su inicio formal con la petición de rescate que el Reino de España haga a la UE. Durante ese período de tiempo que tiene su inicio en Maastricht las políticas neoliberales, de mano de una y otra columna del bipartidismo, se han ido imponiendo y arrasando las defensas ideológicas de la izquierda, sus valores, sus organizaciones. Y con ello han minado el arraigo que antaño tuvieron entre sus naturales defensores. El que de los restos del naufragio queden islotes, presencia combativa e indómitas voluntades organizadas en precario, no resta un ápice a la realidad que estoy describiendo. Septiembre nos va a resumir, vía recortes y pérdida total de la llamada soberanía nacional un cuadro que de manera muy resumida voy a desarrollar en una serie de ítems: 1. Una deuda absolutamente impagable. 2. Un país, sus hombres y mujeres, sin horizonte alguno y sin plazo de futuro. 3. Un país que se diluye en la medida en que sus jóvenes (la España del futuro) carecen de alternativa alguna. La emigración sólo es viable para algunos titulados; para el resto sólo quedan la familia y las esporádicas peonadas de un trabajo jornalero aquí y allá. 4. La estúpida (por irreal y alucinógena) imagen de la Europa cristalizada en la UE, ha dejado de ser ya un referente para nada serio y avanzado en derechos humanos, laborales y convergencia social. 5. El pacto de concupiscencias, la transacción que fue la Transición, ha mostrado su auténtica matriz: una operación de afeite y acicalamiento para que el franquismo económico y social se bañase en el Jordan democrático y permaneciese indemne. 6. El llamado Estado de Derecho es una ficción en la que los tres Poderes del Estado rivalizan en desafueros, mal ejemplo y pérdida de credibilidad. 7. Como consecuencia de lo anterior España está asentada en la permanente inseguridad jurídica. 8. Una economía que tras el espejismo del ladrillo se muestra carente de tejido productivo moderno, sin proyecto ni plan de futuro y sobre todo, sin ganas de tenerlo. 9. Un sistema bancario que en connivencia con otras fracciones de la oligarquía, se ha dedicado a esquilmar a su propio país. Los escasos exponentes de capacidad creadora y mantenedora de puestos de trabajo sienten ya la llamada a su fin. 10. Un sistema político que, con las excepciones de rigor, no da para más. Desde el vértice del mismo hasta la más amplia base no es otra cosa que una alianza de intereses espurios, concomitancias con medios de comunicación convenientemente abducidos y conmilitones en el festín. Todo ello en una serie de exhibiciones de chulapos y chulapas de la política y el casticismo más cutre en la que lo anecdótico, lo fugaz, lo anecdótico, suplantan la seriedad, el rigor y el sentido de la ponderación. No hay más que seguir durante una semana los informativos nacionales o de comunidad autónoma para ver que no exagero en absoluto. El problema que tenemos ante nosotros, mujeres y hombres de la izquierda, trasciende los márgenes partidarios, los límites conceptuales clásicos y nos demanda una nueva manera de abordarlos, un nuevo discurso, una nueva terminología, unos nuevos esquemas organizativos. La organización llamada Partido no puede ser un conglomerado de afinidades y de fórmulas lingüisticas heredadas de una tradición más reciente. Precisamente en la tradición más clásica, encontramos la concepción de Partido como Teoría y Práctica organizadas para ser sembradas en la sociedad. La apelación al ciudadano elector ya no vale si no va acompañada de la constancia en la presencia diaria. El problema que tenemos ante nosotros no es otro que conseguir que la mayoría de dominados y perjudicados deje de ser mayoría en sí y se convierta en mayoría para sí, tal y como Marx dijera de la clase obrera. Porque solamente esa mayoría convertida en poder alternativo puede acabar con este estado de cosas**. Nosotros hemos rozado esa nueva visión y esa nueva práctica, pero nos dio miedo, vértigo. Volvamos otra vez a ello arrostrando las consecuencias de todo tipo que ello conlleve. La realidad nos lo demanda. Es