24 de enero de 2013

“Bárcenasgate” : Corrupción y crisis sistémica




JAIME PASTOR. Viento Sur
El escándalo provocado con la salida a la luz del “caso Bárcenas” se está convirtiendo en una de las máximas expresiones del inusitado grado de corrupción política alcanzado en el Estado español en los últimos tiempos. Con todo, no olvidemos que los datos difundidos no hacen más que corroborar la extendida sensación de impunidad con que se han ido comportando las elites políticas y económicas desde los inicios de la segunda Restauración borbónica y el ascenso del neoliberalismo, hasta llegar a su traca final con la “burbuja inmobiliaria”/1. Que la fuente de la que procede su difusión sea en este caso un periódico tan sensacionalista e interesado como El Mundo no es excusa para subestimar sus efectos en una ciudadanía perpleja y cada vez más indignada. No sólo frente a etse caso sino también y, sobre todo, frente al cierre de filas que muestran Rajoy y compañía ante a la evidencia de los hechos.

Un autismo que no se resolverá con una “doble” auditoría controlada por el aparato y que no es casual que sea así, ya que si este gobierno y su partido no ofrecen ninguna depuración interna como respuesta, es porque saben que lo que está en juego es su propia supervivencia. Ni siquiera su aparente “éxito” en el aplazamiento de la petición de un nuevo “rescate” y la rebaja de la prima de riesgo sirven ya para contrarrestar el daño que un caso como éste va a hacer a su tan querida “marca España” (como ha tenido que reconocer el ministro de Exteriores), con mayor razón debido al clima de “guerra interna” que parece abrirse en su seno y a la que no es ajena la “TDT mediática”.
Esa indignación aumenta con la percepción de agravio comparativo entre la gente de abajo -y, sobre todo en las declinantes capas medias- ante un panorama en el que, en un contexto de saqueo de lo público, recortes varios y el verdadero escándalo de más de seis millones de personas desempleadas, los de arriba -“políticos y banqueros”- van saliendo de la crisis más ricos que antes y con las “puertas giratorias” entre lo público y lo privado funcionando a tope. La desigualdad y la polarización social se agravan cada día que pasa y, con ellas, se están acabando las ilusiones en la “sociedad de propietarios” y en la “soberanía del consumidor”.
Ante la mezcla de esta fractura social con la que enfrenta a la ciudadanía con la “clase política”, no podemos sorprendernos de que la hipótesis de un “estallido social” sea vista como algo cada vez más probable incluso por quienes no participarían en él, como recoge la encuesta de Metroscopia este domingo 20 de enero.
Parece, pues, que el miedo empieza a cambiar de lado. El problema está en la debilidad de las fuerzas capaces de canalizar esa posible explosión en un sentido alternativo distinto del que podrían ofrecer fuerzas como UPyD o la que pudiera encabezar una “oposición” populista de derechas proveniente del PP y su entorno. Sin olvidar que, ante una inestabilidad política y social in crescendo las dudas sobre el cumplimiento de las obligaciones derivadas del pago de la deuda (incluidas nuevas contrarreformas como la de las pensiones) y la necesidad de asegurar la suficiente “confianza inversora”, la troika y Merkel pudieran decidir forzar una crisis de gobierno o imponer un gobierno autodenominado “tecnocrático” (o sea, de los acreedores), confirmando así el fin del mito de la soberanía popular. En realidad, esto último ya está pasando y se verá confirmado con la llegada de los “hombres de negro” el 28 de enero y la de Mario Draghi el 12 de febrero.
Crisis de gobierno, crisis de régimen
Difícilmente se puede encontrar desde 1978 un proceso de deslegitimación tan rápido de un gobierno que contara con una mayoría absoluta en el parlamento español. En efecto, en sólo un año de ejercicio, su desgaste, consecuencia de su política “austeritaria” con los y las de abajo y de su propia crisis interna, se está acelerando por momentos, como se reconoce en algunos estudios de opinión. Pero lo más relevante es que ese descrédito del PP no se ve compensado por un aumento de votos del partido de la “alternancia”, el PSOE, a su vez en descenso en medio de una crisis de proyecto y de liderazgo: el “efecto balancín”, como constataba un estudio realizado por un sector afin a ese partido, ya no funciona y se abre en cambio un espacio mayor para ofertas “alternativas” en el plano electoral y/o para un aumento de distintas formas de expresión de la desafección ciudadana hacia las instituciones.
Tampoco podemos olvidar que CiU, otro pilar subsidiario de los dos grandes partidos siempre que lo han necesitado, se ve también directamente afectado por recientes escándalos de corrupción, aunque en algún caso estén magnificados interesadamente por la misma fuente que ha destapado el caso Bárcenas para cuestionar su cambio de rumbo soberanista. Una reciente encuesta ratifica el desgaste de esa formación, pero en este caso parece que en beneficio del ascenso de otras fuerzas a su izquierda y a favor del derecho de autodeterminación en esa comunidad.
Estamos, por tanto, ante una crisis, en mayor o menor medida, de los tres principales partidos que han sostenido el régimen, a su vez afectado desde hace tiempo por una progresiva “reconstitucionalización en un sentido liberal, elitista y autoritario”/2 que llegó a su punto álgido con la reforma del artículo 135 en el verano de 2011. Todo esto ha ido generando una redefinición de las funciones y del aparato del Estado, como ha analizado José Errejón recientemente/3. Una crisis que alcanza también a las direcciones de los dos grandes sindicatos, soportes de un “modelo” de concertación con la patronal y los sucesivos gobiernos que toca a su fin pero que se resisten a abandonar. No parece, además, que los congresos que van a celebrar próximamente anuncien una voluntad de cambiar de rumbo hacia un sindicalismo de lucha, dispuesto a contagiarse y a mezclarse con la renovada cultura de la movilización y de la democracia directa que está surgiendo desde el 15M, las redes motoras de las “mareas” y sindicatos minoritarios como el SAT.
La crisis afecta, además, a algo tan básico como es la delimitación de las fronteras y el presunto “demos soberano” de este Estado. Una cuestión que fue “resuelta” de forma antidemocrática en la mitificada Transición y que adquiere especial gravedad con la legítima reivindicación del derecho del pueblo catalán a decidir su futuro, tras la firme negativa de los distintos pilares del régimen -incluyendo en primer plano, como hemos visto en sus recientes “discursos”, a una Corona desprestigiada y al Tribunal Constitucional- a reconocer otras identidades nacionales distintas de la española.
Nos encontramos, por tanto, ante una crisis en primer lugar del gobierno y del PP, pero también, aunque de forma desigual, de pilares básicos del régimen y del Estado. Es, por tanto, toda la “política sistémica” -y la forma cada vez más oligárquica y profesionalizada de hacerla- la que está en cuestión. Una política que han practicado y practican los grandes partidos, pero de la que no escapan otros, sometidos a presiones contradictorias, como ERC en Catalunya o IU en Andalucía, Asturies o Extremadura, con sus respectivos pactos. Una política, en fin, que se dedica a obedecer, en mayor o menor grado, a las condiciones impuestas por la “deudocracia” y al “todo por el euro” y que, de continuar por ese camino, no podrá impedir que sigamos el camino que está ya conduciendo a una catástrofe social en Grecia y Portugal.
Un bloqueo político que hay que romper
Nunca como ahora ha sido tan evidente la verificación cotidiana de eslóganes popularizados por el movimiento 15M como “No nos representan”, “Lo llaman democracia y no lo es”, “No hay pan para tanto chorizo” o “No es una crisis, es una estafa”. Sin embargo, y pese a los temores de los de arriba a un “estallido social”, la respuesta popular continúa estando por debajo de lo que haría falta para convertir la crisis del gobierno y del régimen en una oportunidad para ir al menos arrancando conquistas parciales y salir del bloqueo actual. El miedo a perder el puesto de trabajo o a la represión, la resignación, el escepticismo ante la utilidad de la lucha e incluso la ilusión en el “sálvese quien pueda” siguen pesando como un lastre. Únicamente la campaña por la paralización de los desahucios ha aparecido hasta ahora con logros significativos. En cambio, en sectores como la sanidad madrileña la extraordinaria movilización de los pasados meses ha acabado con una derrota; si bien persiste esa sensación de que la “guerra” sigue y “sí se puede” parar la ofensiva contra un derecho fundamental de toda la población como es el derecho universal a la salud.
Por eso mismo, a medida que se comprueban los límites con los que tropiezan tanto las luchas sectoriales y locales como el viejo “modelo” de huelgas generales convocadas por los grandes sindicatos, muchos son los diálogos que se promueven desde las redes sociales, las plazas y los centros de trabajo entre activistas del 15M, las mareas, el sindicalismo alternativo y las fuerzas políticas a la izquierda de un PSOE a la deriva. ¿Qué objetivos, qué caminos de confluencia y qué repertorio de acciones se pueden ir forjando entre todos ellos para confluir y mantener una movilización sostenida en el tiempo frente a una ofensiva sistémica dispuesta a prolongarse indefinidamente en medio de la gran recesión europea? ¿Qué instrumentos políticos se pueden ir construyendo en los distintos marcos nacionales y regionales para avanzar hacia procesos de convergencia que tengan también sus expresiones electorales? ¿Cómo avanzar en la coordinación de las luchas a escala europea? No es difícil precisar los objetivos -como el rechazo a la deuda ilegítima, la defensa de lo público, la derogación de todos los recortes y contrarreformas, la redistribución de la riqueza y los trabajos, la creación de una banca pública al servicio de una economía eco-social, todo ello desde una democracia de los comunes, con la soberanía de los pueblos y el derecho a decidir en primer plano-, pero sí lo es encontrar los caminos, innovar constantemente el repertorio de la desobediencia civil y la toma de las plazas y las calles, llegar a dotarse de los instrumentos adecuados y ser capaces de extender la lucha a escala al menos de los países del Sur europeo.
Aun con esas dificultades, sí parece que se empieza a asumir de forma cada vez más extendida en medios del activismo socio-político que hay que dar pasos adelante tanto en la conformación de un bloque social plural como en contribuir a que nazca algo nuevo con otra política y otra forma de hacerla desde abajo y a la izquierda. Respecto a esto último, y respetando las especificidades innegables de Euskal Herria, Catalunya y Galiza, hacen falta espacios de encuentro y trabajo en común entre distintas organizaciones, colectivos y personas junto con una IU que estuviera dispuesta a liberarse de sus pactos de “gobernabilidad” y a defender abiertamente el derecho a la independencia de pueblos como el catalán y el vasco. Así sería más fácil desbloquear la situación actual e ir acercándonos a un horizonte rupturista, acumulando más fuerzas y ofreciendo esperanzas de cambio dentro de la apretada agenda de movilizaciones que se anuncia. Porque no olvidemos, como escribió Marx, que “en general, las reformas sociales no pueden llevarse a cabo por la debilidad de los fuertes; tienen que llegar a ser realidad por la fuerza de los débiles”.
21/01/ 2013
Jaime Pastor es profesor de Ciencia Política en la UNED. Forma parte de la Redacción de VIENTO SUR.
Notas
1/ Para un recordatorio de ese ya largo período y algunas propuestas alternativas: J. Pastor, “Corrupción política vs. democracia y socialismo desde abajo”, Viento Sur, 108, 2010, 88-96 (disponible en http://www.vientosur.info/articulosabiertos/VS/108_Pastor_Corrupcion.pdf )
2/ G. Pisarello, “El régimen constitucional español, 34 años después: ¿reforma o ruptura democrática?”,www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/2Cons.pdf
3/ “La crisis del régimen del 78”, 9 de enero de 2013, www.vientosur.info/spip/spip.php?article7571