18 de enero de 2013

Indecencia

Benito Rabal
Siento decirlo así de claro y espero que no se me malinterprete, pero cada vez que estoy asomado a la ventana y veo a los niños bajarse de los coches de sus padres para entrar al colegio de enfrente de mi casa, una especie de calor me sube por todo el cuerpo, como si me hirviera la sangre, y el rostro parece que me quisiera estallar de ira. Y no es por los niños, no se vaya a creer. Adoro a los niños. Yo mismo soy padre de cuatro encantadoras criaturas. ¿Que por qué me asalta la ira ante esa visión? La verdad es que no lo sé, pero para eso estamos aquí, ¿verdad, doctor?.

Tal vez lo que me provoque esa reacción sean esos uniformes que llevan tan planchaditos por la mañana; esos uniformes grises, de rayitas, jersey azul y calcetines estirados a juego; esos uniformes que tanto me recuerdan a mi infancia y que ya hoy, en la era de lo virtual, cuando parece que el futuro se nos ha caído encima, siguen con vida. Esos uniformes que parecen llevar un cartel que dijera:” Dejarme paso. Voy a un colegio privado”.

Claro, claro… Por supuesto que todo el mundo puede llevar a sus hijos a un colegio privado, pero pagándoselo ellos, no yo. ¡Ah!,¿no se lo había dicho? Es que el colegio de enfrente de mi casa es concertado, ya sabe, uno de esos colegios privados que pagamos entre todos, con el dinero destinado a la enseñanza pública, para que se beneficien los curas, las monjas, alguna que otra secta y a los padres, fervientes partidarios de la desigualdad social, les salga más económica, cuando no gratis, la asistencia de sus hijos a un centro de adoctrinamiento de fea burguesía. Justifican su existencia alegando que los padres tienen derecho a la libre elección de la educación de sus hijos. Y me parece muy bien. Pero para eso está la escuela pública. Y si alguien quiere llevar a sus hijos a estudiar a un lugar donde se les separa por sexos como antaño, o donde se les enseñe que eso de que la energía no se crea ni se destruye, sino que solo se trasforma es mentira porque ante todo está Dios que crea, destruye y trasforma todo lo que le da la gana, porque para eso es Dios, pues oiga, si quiere que sus hijos sean unos tarados y puede pagar su taradez, pues allá él. Pero claro que no me hagan a mí cómplice de ese atentado contra la infancia, porque si de mi dependiera no habría ni uno solo de esos centros de perversión.

Hombre, por eso hice lo que hice, es evidente. Usted es psiquiatra y sabe muy bien que no estoy loco, simplemente he ejercido mis derechos como ciudadano porque, ¿si usted paga por una cosa, acaso no tiene derecho a usarla? Pues es lo que hice. Entré en el colegio y di una charla a los alumnos sobre la realidad del centro al que asistían a diario. No señor, eso es mentira. No les hable de nada indecente. Les dije que era indecente que mientras se estaba recortando el dinero, nuestro dinero, destinado a lo público y al bienestar social, a la iglesia católica se la seguía pagando lo mismo o aún más, encubriéndolo bajo ese concepto engañoso de la labor social y la libertad de enseñanza. Les hablé de la perversión que significaba la caridad, del engaño al que durante siglos la iglesia ha sometido a la población y les explique con cuentas muy claritas los beneficios que ésta ha obtenido gracias a la represión y al miedo. También disertamos sobre otras cosas como la violencia machista que provoca la enseñanza eclesiástica o el culto al triunfo y al saqueo. No, la verdad, es que ninguno se sintió molesto. Todo lo contrario. Incluso me aplaudieron cuando derribé de un puñetazo a un tal padre Antonio, ya sabe el cura que quiso expulsarme del colegio. ¡Ni que fuera suyo! ¿No lo pago yo? ¿Y entonces, no será mío, quiero decir, nuestro?.

Señor doctor, sabe que tengo razón y que solo he infringido las normas impuestas por quienes me roban a diario. Me han detenido y por eso estoy aquí. Pero en cuanto me suelten, ya que el banco me ha quitado el piso, pienso instalarme en la iglesia de mi barrio. Es una indecencia que haya tanta gente sin casa y esa nave tan vacía. Vacía y pagada por nosotros, ¿o no?