15 de enero de 2013

Libro. Nacinalismo y Cultura. De Rudolf Roker.




¿Por qué Albert Einstein, Gabriel Zaid, Carlos Monsiváis, Thomas Mann, Bertrand Russell y Octavio Paz recomiendan, como puede verse en la más reciente edición de Nacionalismo y Cultura, la lectura de este libro?
¿Quién es Rudolf Rocker, su autor?
Encontramos una rápida biografía para ubicarlo: Rocker nació en Maguncia en 1873. Huérfano desde muy niño, vivió en un asilo y luego tuvo que aprender, para sobrevivir, un oficio manual.
Pasó por grumete, zapatero, sastre, tonelero, talabartero, carpintero y hojalatero, antes de terminar en un taller de encuadernación. Trabajar con los libros pronto lo llevó a leer. Autodidacto disciplinado y crítico, Rocker se acercó al socialismo; primero, a través de organizaciones marxistas, luego opta por el anarquismo. Sus actividades políticas y la amenaza de prisión lo orillan a abandonar Alemania en el invierno de 1892.
Con apenas 20 años de edad llega a París donde conocerá a figuras sobresalientes del pensamiento libertario como el geógrafo Elisée Reclus. Sólo dos años dura su permanencia en Francia: a principios de 1895 Rocker se ve obligado a emigrar a Inglaterra, lugar en el que radicará 20 años trabajando, escribiendo y trabando conocimiento con libertarios exiliados tan relevantes como Luisa Michel, Errico Malatesta, Pedro Gori, Max Nettlau, Gustavo Landauer y Pedro Kropotkin.
Tres años después de su llegada a Londres, Rocker se hace cargo de la redacción del periódico obrero judío Arbeitfreund que, posteriormente, derivará en el quincenario Germinal, “órgano de la concepción anarquista del mundo”. Varios de los artículos escritos por Rocker en esta revista aparecerán como libro en 1925 con el título de Artistas y rebeldes. (Este libro, traducido al castellano por Salomón Resnick, será reeditado también próximamente en nuestro país bajo el mismo sello editorial que sacó Nacionalismo y cultura.)
En 1907 viaja Rocker, representando al movimiento obrero judío, a Amster-dam, ciudad en la que será fundada la Internacional Anarquista. En 1909 en Francia, país al que había sido invitado a volver para dar una serie de conferencias, Rocker participa en un mitin de protesta por el proceso que en España se llevaba a cabo contra el pedagogo catalán, fundador de la Escuela Moderna, Francisco Ferrer. De nueva cuenta es expulsado del país.
Al comenzar la primera guerra mundial emprende una gira propagandística por Canadá y Estados Unidos. De regreso en Inglaterra, la miopía de las autoridades que pretendieron condenar como espía a Emma Goldman y expulsar a Errico Malatesta, en combinación con la histeria antigermánica, lleva a Rocker al campo de concentración acusado de “enemigo de guerra”. Ahí permanecerá hasta su liberación en 1918, año en el que arriba a Holanda. Fracasa en su primer intento por volver a Alemania, pero finalmente en noviembre es admitido junto con su mujer, Milly Witcop, y su hijo.
De nueva cuenta en 1920 es encarcelado por ser “propagandista principal del movimiento sindicalista en Alemania”.
Seis semanas permanece en prisión debido a sus artículos en Der Syndikalist y otros órganos obreros, y sus conferencias críticas del nacionalismo y del autoritarismo. He aquí el origen de Nacionalismo y cultura.
En 1922 surge la Asociación Internacional de Trabajadores para contrarrestar los esfuerzos bolcheviques por crear una Internacional sujeta únicamente a sus intereses. Rocker, con Agustín Souchy y Alejandro Schapiro, formarán parte del secretariado internacional.
Cito aquí textualmente parte del capítulo que a Rocker dedica en el libro La teoría de la propiedad en Proudhon y otros momentos del pensamiento anarquista, su autor Ángel Cappelletti:
Pero además de su labor sindical, desplegó Rocker durante la década de los 20 una vasta actividad literaria, y estableció múltiples contactos con refugiados y visitantes anarquistas de todos los países. Algunos de los trabajos, destinados principalmente a combatir la idea marxista leninista de la dictadura del proletariado, fueron recopilados y publicados en edición española con el título de ideología y táctica del proletariado moderno. Pero, según recuerda Diego Abad de Santillán, escribió también en esta época ensayos literarios como Los seis, sobre caracteres centrales de la literatura mundial: don Quijote, Hamlet, don Juan, etc.; examinó la llamada racionalización de la industria y sus consecuencias; divulgó conocimientos sobre el socialismo constructivo, la corriente de pensamiento anterior al marxismo, calificada despectivamente como socialismo utópico, y los presentó en su verdadera esencia socialista; resumió una posición ponderada contra el revolucionarismo palingenésico y palabrero en el trabajo La lucha por el pan cotidiano. Tal actividad literaria, favorecida paradójicamente a comienzos de la década del 30 por el auge de la reacción nacionalista y por lo que podría denominarse el clima prenazi, culminó en la gran obra de filosofía política, Nacionalismo y cultura.
Rocker no pudo ver publicada su obra en alemán hasta 1949: la persecución del ascendente nazismo se lo impidió. Obligado, con el manuscrito bajo el brazo, huye a Suiza, Francia, Inglaterra y arriba finalmente a Nueva York el 2 de septiembre de 1933. Es en Estados Unidos donde Nacionalismo y cultura, traducido al inglés, verá la luz. Su primera edición en castellano se hará en España entre el 35 y el 36 en la editorial barcelonesa Tierra y Libertad. Vendrán luego posteriores ediciones en Argentina y México y traducciones al yiddish, al sueco y al holandés.
Rudolf Rocker en Estados Unidos, con más de sesenta años de vida, continúa la tarea. Como escribe Cappelletti, él no entendía la militancia anarquista como adoctrinamiento ni como mera propaganda. “Creía que elevar el nivel cultural de los obreros constituye de por sí una tarea revolucionaria; estaba convencido de que la belleza y la verdad son siempre factores de liberación humana.” Rocker escribe apoyando las causas libertarias en lucha contra el franquismo en España. No es la situación de aquel país un tema nuevo para él: en 1931 con Souchy había viajado a Madrid para asistir al congreso de la central obrera anarquista CNT y años antes había establecido relación con el historiador anarquista Diego Abad de Santillán, su traductor y biógrafo. Aunado a esto, Rocker recibió en su casa a los célebres luchadores Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso y al que sería fundador del partido Sindicalista, Ángel Pestaña. Rocker escribe artículos y libros sobre la guerra civil española, da conferencias incansablemente, polemiza con los que defendían la concepción absolutista del Estado e inicia campañas contra el nacional – socialismo.
Su labor literaria incluye textos sobre problemas del socialismo y el anarquismo (el libro La influencia de las ideas absolutistas en el socialismo se publica en México en Ediciones Estudios Sociales, en 1945) y sobre la historia de éste. En 1949 revisa Nacionalismo y cultura, corrige y aumenta el texto (esta edición alemana es la que Abad de Santillán traduce y la que ahora se publica) dejando el prólogo escrito en 1936 y el epílogo que para la segunda edición estadounidense hizo en 1946. Rocker además se da tiempo para escribir tres tomos de su autobiografía: La juventud de un rebelde, En la borrasca y Revolución y regresión (el primero de ellos se publica en el año 50 en Argentina bajo el sello América Lee).
En 1988 se cumplieron 30 años de su muerte y la reedición de Nacionalismo y cultura permitió una nueva oportunidad de acceder a la lectura de un hombre pensante, crítico, lúcido y, sobre todo, vigente, contemporáneo. Hay que apuntar que esta reedición (la inmediata anterior, publicada en Barcelona bajo el sello de la Piqueta en 1977 era ya inencontrable) ha sido posible gracias a la voluntad y la capacidad para concertar esfuerzos del anarquista catalán radicado en México hace 50 años (llegó a nuestro país en el Ipanema), Ricardo Mestre.
Los libros que sobre Rocker se han publicado en los últimos años en México (el de Cappelletti y El pensamiento de Rudolf Rocker de Diego Abad de Santillán, ambos en Editores Mexicanos Unidos) o sus propios escritos, son particularmente difíciles de hallar. Por tal razón puede saludarse con alegría la nueva presencia de Nacionalismo y cultura. Estamos frente a un libro actual, contemporáneo. Un análisis del poder, del Estado, el nacionalismo y su relación con la cultura. En el epílogo escribe Rocker: “Mi obra se propuso describir a grandes rasgos las causas más importantes de la decadencia general de nuestra cultura”. Leemos en el capítulo El poder contra la cultura las ideas a partir de las cuales el pensador estableció el análisis de esta relación:
Todo poder supone alguna forma de esclavitud humana.
Como el Estado aspira a obstruir dentro de sus límites toda nivelación social de sus súbditos y eternizar la escisión entre ellos por la estructuración en clases y castas, tiene también que procurar aislarse hacia fuera de todos los demás Estados e infundir a sus ciudadanos la fe en su superioridad nacional frente a todos los pueblos.
El poder como tal no crea nada y está completamente a merced de la actividad creadora de los súbditos para poder tan sólo existir. Nada es más engañoso que reconocer en el Estado el verdadero creador del proceso cultural.
El Estado fue desde el comienzo la energía paralizadora que estuvo con manifiesta hostilidad frente al desarrollo de toda forma superior de cultura. Los Estados no crean ninguna cultura; en cambio sucumben a menudo a formas superiores de cultura.  Poder y cultura, en el más profundo sentido, son contradicciones insuperables; la fuerza de la una va siempre mano a mano con la debilidad de la otra. Un poderoso aparato de Estado es el mayor obstáculo a todo desenvolvimiento cultural.
Allí donde mueren los Estados o es restringido a un mínimo su poder, es donde mejor prospera la cultura.
La cultura no se crea por decreto; se crea a sí misma y surge espontáneamente de las necesidades de los seres humanos y de su cooperación social.
La dominación política aspira siempre a la uniformidad. En su estúpido intento de ordenar y dirigir todo proceso social de acuerdo con determinados principios, procura siempre someter todos los aspectos de la actividad humana a un cartabón único. Con ello incurre en una contradicción insoluble con las fuerzas creadoras del proceso de cultura superior, que pugnan siempre por nuevas formas y estructuras, y en consecuencia, están tan ligadas a lo multiforme y diverso de la aspiración humana como el poder político a los cartabones y formas rígidas.
Si el Estado no consigue dentro de la esfera de influencia de su poder encarrilar la acción cultural por determinadas vías adecuadas a sus objetivos y obstaculizar de esa manera sus formas superiores, éstas harán saltar, tarde o temprano, los cuadros políticos que encuentren como trabas para su desarrollo.
El poder no es nunca creador: es infecundo.
Se aprovecha de la fuerza creadora de una cultura existente para encubrir su desnudez, para darse jerarquía.
En estos momentos en que la revitalización del Estado se justifica con la palabra ‘modernidad’; en que se crean instancias de gobierno que, definiendo lo que debe ser la política cultural, posibiliten la captación y domesticación de las alternativas culturales independientes que no estuvieron ni han estado con ellas, la lectura de Nacionalismo y cultura es más que recomendable. No se trata de inaugurar nuevos discursos para viejos, repetidos errores. Ya no es posible.


Artículo publicado en Revista Letras Libresagosto 1989.