17 de febrero de 2013

Final

Benito Rabal (Mundo Obrero)

Todos lo sabemos. Y quien no lo sepa, al menos lo intuye. Este mundo, de la manera que está organizado, ya no da más de si. Hemos llegado al final y cualquier esfuerzo por mantenerlo no hace sino prolongar el sufrimiento de cientos de miles de personas y aumentar el aniquilamiento de millones de seres humanos, aquellos que no cuentan sino en frías estadísticas, las mismas que hablan de los cinco niños que mueren de hambre cada minuto.


Puestas las cosas como están, deberíamos plantearnos la lucha como una auténtica guerra sin cuartecontra el capitalismo antes que sus secuaces acaben con nosotros, que llevan todo el camino. No bastan las protestas pacíficas en las calles o a la puerta de los centros de trabajo armados de silbatos, megáfonos y pancartas; no son suficientes las negociaciones sindicales o la batalla parlamentaria. Con esas armas, muy loables y necesarias por otra parte, estamos simplemente recogiendo las migajas que nos arrojan para calmarnos. Hay que subir un escalón más en esta guerra encubierta contra el género humano. Aunque el problema, igual que siempre, es cómo hacerlo y no cabe duda que si alguien tuviera la solución hace tiempo que se hubiera puesto en práctica.

Es evidente que vivimos en medio de una suerte de competición de ladrones y que nosotros somos el objeto de su actividad ilícita por más que, valga la contradicción, esté amparada por la ley.

Pongamos algunos ejemplos. En la factura de la luz, lo que menos cuesta es el consumo que hayamos podido hacer de ésta. El gasto mayor corresponde a lo que debemos pagar por la moratoria nuclear o la del carbón, amén del llamado déficit tarifario, que nadie ha conseguido explicarnos qué mierda significa porque no es más que un regalo hecho por nuestros gobernantes a quienes, luego de haber acabado su mandato, les coloca en sus consejos de administración. Y si no, ahí están los ejemplos de Felipe González o de Aznar, por decir solo un par de nombres, que cobran –y mucho– de las empresas energéticas, las mismas para cuyo beneficio mantenemos un ejército dedicado a proteger el saqueo de las materias primas de varios países.

El dinero concedido al rescate financiero de la banca lo ha cobrado la banca, la misma que ha promovido esta descomunal estafa global en la que nos hayamos inmersos. Pero sus intereses los pagamos entre todos que para eso se reformó la Constitución, para que el robo fuera ley y todos tan contentos. Y lo mismo pasa con las autopistas, las grandes empresas constructoras o las fábricas de automóviles. El beneficio de unos pocos se paga con el sacrificio de todos.

Mientras tanto la sanidad pública se privatiza para que con nuestra aportación se enriquezcan cuatro y la educación lleva el mismo camino.

Todo eso ya lo sabemos y nos irrita y enfurece. Pero mientras no dejemos de pagar así va a seguir funcionando. Tal vez ese sea un método que habría que abordar en la lucha. Cortar los suministros al enemigo.

Y ya sé que no todos estamos dispuesto a ello. Y que nos enfrentamos a la más feroz y sofisticada represión. Pero así es la guerra. Y tengámoslo claro. Estamos en guerra.