24 de febrero de 2013

JESÚS UZKUDUN .Me han acusado de generar alarma social con el amianto, pero me voy satisfecho




MIKEL MUJIKA.
Antes de hablar del amianto, dígame, ya desde el otro lado de la barrera, ¿es posible salir de esta crisis sin conflictividad? 
Ahora mismo, no nos dejan otra vía que el conflicto. Y a cara de perro. Ahora, ¡claro que hacen falta acuerdos entre empresas y trabajadores!
Lo digo porque las organizaciones empresariales ponen como ejemplo a seguir el consenso logrado en los 80. Pero también hubo tortas...
En Orbegozo de Hernani, donde yo trabajaba entonces, fuimos el campo de pruebas de la reconversión industrial, que empezó con el acero especial, en 1984. Hubo huelgas de dos meses y pico. Decirnos en aquellos años que una empresa de 1.500 obreros como Orbegozo iba a cerrar, era impensable, pero sucedió. En aquel momento, había unas peleas muy duras. Cuando algunos hablan ahora de violencia... (sonríe).


Pero esto ha cambiado.
Todo ha cambiado. El trabajo entonces era muy bestia. Nosotros teníamos, mínimo, un muerto al año en accidentes de trabajo y era habitual doblar turnos; la gente entraba a las seis de la mañana, a las dos subía al bar a comer, cogía la botella de vino de litro y el bocata, y se metía a hacer otras ocho horas. Desde el año 82 hasta el cierre, en 1993, fui secretario de los comités de seguridad e higiene. Eso me vino bien en mi experiencia posterior en la salud laboral.
¿Y que entendía un trabajador normal por salud laboral en los 80?
Como decía uno, esto de la salud laboral es importante porque mira Jesús, que tiene hernias discales. Cuando cierra Orbegozo, en 1993, es cuando se está preparando la ley de prevención de riesgos laborales y estábamos en pelotas. Cuando dije que me iba a hacer unos cursos de prevención de Hernani a Barakaldo, unos me decían que estaba chalado y otros que estaba obnubilado por la salud laboral. Yo aposté.
¿Y 30 años después, con qué sensación se va?
Me voy con una gran satisfacción personal. Es que hace 30 años... La salud laboral la relacionaba la gente con el plus penoso, tóxico y peligroso. Hoy hemos avanzado mucho, aunque queda otro tanto. Y en ese terreno, he sido protagonista o, al menos, tuerto en un país de ciegos.
¿Cuándo y cómo tomó conciencia de la gravedad del tema del amianto, que al final ha marcado su vida?
En los años 90 yo comía amianto. En 1982, asumí la responsabilidad de salud laboral del sindicato en Gipuzkoa, y luego en la Federación del Metal; y desde 1996 fui responsable de Salud Laboral de CCOO en la CAV. Para entonces, había leído alguna cosa del amianto, pero creía que se ceñía a empresas de producción de esta sustancia. A finales de los 90, por cambios en el mantenimiento de la fábrica, me tocó reparar las zapatas de freno terribles de las grúas, de las reductoras, etcétera. ¡Cortábamos cada taco de amianto! Limpiábamos el taller con aire a presión y salíamos blancos. El amianto en la siderurgia se andaba como los caramelos en la puerta de la escuela. 
¿Y cuándo vieron el riesgo?
A partir del 97 y 98, ya como responsable confederal de Salud Laboral de CCOO, cuando me llega más información. Me pasaron el caso de un mecánico de Vitoria, Bustos, el padre de la abogada de la asociación Asviamie. Era mecánico de reparación de coches y tenía un mesotelioma. En aquel juicio nos tumbaron. Al poco tiempo tuve un caso de un compañero de una pequeña fundición de Legazpi. Y conseguí que se reconociera la muerte por amianto. Ahí empiezan a llegar más casos. 
Y se convierte en una referencia...
A mí me han acusado muchas veces, desde Osalan incluso, de que estoy generando alarma social. Pero el resultado está ahí y yo me siento satisfecho de que, de alguna manera, lo del amianto ha puesto en el candelero que hay muchas sustancias cancerígenas en el puesto de trabajo. Mientras han estado ocultas, nadie se ha preocupado de hacer la prevención de esas cosas. Posteriormente, ha venido la silicosis de los aglomerados de cuarzo: chavales de 30 años con incapacidad. También tenemos ahora algún juicio de cáncer por cromo y níquel, de amplio uso en la industria.
Usted se va, pero todo este trabajo no cae en saco roto...
En este momento hay más de 6.100 personas en Euskadi en el Plan de Vigilancia Sanitaria del Amianto y la lista sigue creciendo. Mi puesto como responsable de Salud Laboral lo asume Alfonso Ríos, que me inspira mucha confianza. A diferencia de años pasados, lo que ha quedado en el sindicato es que la salud laboral es un valor estratégico. 
¿Y qué toca ahora?
Es el momento de meterle el diente al tema de las lesiones musculoesqueléticas, las tendinitis, los problemas de espaldas, etcétera. Y los riesgos psicosociales. Y quiero insistir en una cosa. En estos momentos de crisis, empezando por la administración y siguiendo por las empresas, todo el mundo quiere ahorrar en prevención; y digo: ¡Vaya ruina!
¿Cómo están los contactos con el Gobierno Vasco para trabajar de forma conjunta con el amianto?
Me alegro de la pregunta porque hay sindicatos que están diciendo que el diálogo social es una mierda. Que es sindicalismo de acompañamiento... Probablemente, yo sea quien más denuncias haya metido, pero también más acuerdos haya logrado. Yo puedo estar en guerra con la patronal por la reforma laboral pero eso no me impide que acordemos cosas sobre salud laboral. Porque, en caso contrario, la salud laboral se convierte en la maría, porque siempre hay un tema más importante. Espero que Urkullu le dé continuidad a esa mesa y que puedan entrar los otros sindicatos. Lo peor que puede hacer el lehendakari es abandonarla y pretender acuerdos bilaterales. 
¿Por qué es tan difícil entenderse entre los sindicatos en Euskadi?
Porque hay otros intereses. Nosotros creemos que, especialmente en materia de prevención, si empezamos a ver quién es más chulo, seguirán cayendo los muertos. Aquí, en el fondo, hay una pelea de hegemonía entre ELA y LAB, que es el traslado de lo que sucede en lapolítica entre las fuerzas abertzales. 
¿Cree que está muy politizado el sindicalismo?
No sé si politizado es la palabra. Creo que el sindicato tiene que hacer su propia elaboración política, no trasladar la del partido al sindicato. 
¿Hay que reinventar el sindicalismo o va por el buen camino? 
Yo diría renovar permanentemente. En estos años ha habido una pérdida de valores colectivos y de solidaridad. El sindicalismo de los oficios y los sectores se terminó. Yo nací metalúrgico y si me dicen que iba a terminar en la salud laboral, me hubiera reído. Pero hoy en día la gente trabaja en el Metal, en la hostelería y lo que pilla. El sindicalismo tiene que ser no solo para los que están trabajando, sino para toda esa gente desempleada que está en precario. Y ahí, hay que explorar acuerdos y responder, si no unidos, al menos de forma confluyente. Hay que articular respuestas para todos. 
¿Es factible esa unión?
En Euskadi hubo una huelga general en la que todos coincidimos (29-M)... y llenamos las calles. Fuimos por separado y fracasamos. Creo que el currela tiene el sentimiento de que juntos somos algo, pero desunidos estamos jodidos.
A nivel personal, qué me puede decir de Jesús Uzkudun? ¿A qué le va a dedicar ahora el tiempo libre? ¿Dejará de ir a la sede?
No. Yo seguiré siendo sindicalista toda la vida. He hecho algunos pinitos en la política, pero siempre he vuelto al sindicalismo y creo que mientras el cuerpo me aguante, voy a estar ahí.
Lo que le dejen, por lo menos. 
Como hay mucho que hacer... (ríe). 
Y fuera del sindicato, ¿de qué sigue disfrutando?
De vez en cuando, de la huerta. Uno me dijo hace años, Jesús, ponte una huerta para que veas algo de fruto de tu trabajo. Y de vez en cuando algunas lechugas y tomates, ya da. 
¿Le han despedido alguna vez?
Despedir, despedir..., lo de Orbegozo, cuando cerraron la fábrica, en 1993. Estuve dos años en el paro y luego ya empecé en el sindicato.
¿Dónde había trabajado antes?
Nada más terminar la escuela de formación profesional, empecé a trabajar de mandrinador en un taller pequeño de Urnieta, con 17 años. Antes, estuve de morroi en un caserío, haciendo de todo. Después de casi dos años en Urnieta, pasé de mecánico de mantenimiento a la Gureola-Scott. Allí, la mili entre medio (eran dos años), estuve unos cinco años, hasta que en 1972 pasé de mecánico a Pedro Orbegozo, también en Hernani.
¿Se ve más sindicalista o trabajador?
Siempre me he considerado trabajador y sindicalista. Algunos me dicen que soy un privilegiado por tener un trabajo que me gusta, como ha sido el sindicalismo. No me ha permitido un gran sueldo, pero para comer me ha llegado.
Y siempre en CCOO. ¿Qué significan para usted estas siglas?
Un colectivo al que le he dado mucho y que me ha dado mucho. Pero sobre todo, un valor: el aprendizaje de vivir diferentes sensibilidades colectivas y eso, en Euskadi, nos viene bien. Dentro del sindicato hemos tenido momentos de conflicto. Para algunos yo he sido un abertzale y para otros, hasta filoterrorista; en el pueblo (vive en Hernani desde los ocho años), incluso, un españolista; pero haber impulsado el primer plan de euskera en el sindicato, haber puesto en marcha en ese terreno diferentes sensibilidades, a mí me ha aportado mucho. Creo que es una enseñanza para este pueblo. Aprender a decir, tú de esta ideología y yo de otra, pero vamos a ver si hacemos algo juntos. 
Cuénteme sus pinitos en la política.
Me inicié en el Frente Obrero de ETA, en 1969. Luego hubo una evolución, inmediatamente rompemos con ETA, hacia las corrientes marxistas, revolucionarias, el troskismo... Posterior, tuve un periodo en Ezker Batua. Fui candidato incluso, desde cuando Madrazo entró al Gobierno hasta el proceso de descomposición de Ezker Batua, en la cual, en la última asamblea, en la ruptura con Ezker Anitza, unos decidimos irnos y constituimos un colectivo que piensa que hay que ir a un frente amplio de la izquierda vasca.
¿Por qué CCOO y no LAB?
Para empezar, porque entonces no existía LAB. Eso para empezar. Tampoco ELA, o al menos no los conocía. O eran otra cosa. Pero bueno, entré en la dirección de CCOO como disidente; yo representaba a la corriente de izquierda sindical. No voy a decir que estuviéramos en todo de acuerdo, pero hemos alcanzado importantes acuerdos para el sindicato. Y en cosas que haya que actuar personalmente, pues lo hago a título individual. Y así he podido dejar mi cara en otras muchas batallas: con Lokarri, Elkarri, en defensa de los derechos humanos, la pacificación... 
¿Soñó con ser secretario general?
Mira, alguien me ofreció ser coordinador de Gipuzkoa, pero parece ser que lo mío no era ganar más. 
Se tuvo que conformar con menos.
Pues con 1.500 euros. 
Pero ha llegado a la jubilación, que en estos tiempos no es poco... 
Y encima me hacen entrevistas. 
¿Alguna espinita clavada? 
Hace años, cuando salí de Orbegozo, lo tenía en la cabeza y si la salud laboral me deja tiempo, me gustaría montar alguna cooperativa.
Noticias de Gipuzkoa.