15 de febrero de 2013

La crisis de Europa: elementos para una estrategia política (I)

Primera parte de un interesante y esclarecedor artículo escrito por Francisco Louçã, fundador y líder del Bloque de Izquierdas y Miembro del Parlamento de Portugal, sobre una posible salida de un país europeo del euro y las consecuencias que tendría esta decisión para la clase trabajadora del país afectado. Dada la amplitud del artículo, aparecido en la revista europea ‘Transform!’, lo hemos dividido en tres partes.


Muchos de nuestros amigos se han hecho la siguiente pregunta durante los últimos meses: ¿qué ocurre si Portugal abandona la Eurozona? ¿Debería retirar mis ahorros del banco, debería buscar un banco extranjero en el que depositarlos, debería adelantar el pago de la hipoteca, vender la casa, ahorrar para un fondo privado de pensiones, dejar el seguro de salud, emigrar?


¿Qué debo hacer?
En vez de responder simplemente dando una prescripción de acciones individuales para protegernos de la incertidumbre, preferimos ofrecer a los lectores otra solución: la de elegir aprender, pensar y discutir, para ser capaces de decidir. Nuestra propuesta consiste en responder colectivamente a las dificultades, en vez de dejar a cada uno a su cuenta y riesgo. Este artículo trata de esta elección colectiva. Propone la toma de decisiones y la movilización frente a la emergencia: reunir la fuerza suficiente para renegociar y reestructurar la deuda, cancelar un porcentaje de la deuda, que es el resultado de la imposición y el abuso, reorganizar el país según las prioridades sociales, democratizar la economía, salvar Europa remodelándola hacia la responsabilidad social, y derrotando al capital financiero.

¿Quién determina una salida de la Eurozona?
Comencemos anticipando lo que supondría una salida de la Eurozona, que es la preocupación principal de nuestros amigos y simpatizantes. La propuesta de abandonar la Eurozona ha sido defendida persistentemente por dos tipos de corrientes: los economistas que rechazan la camisa de fuerza del euro y no pueden encontrar otra solución, y aquellos que prefieren el nacionalismo al contagio de la crisis europea (o siempre han sido nacionalistas). Vienen de diferentes sectores, con ideas y propuestas bien distinguibles. Entre los economistas que defienden el abandono del euro, pueden encontrarse los oponentes habituales, como Paul Krugman y Nouriel Roubini, de los EEUU. Para ellos, la salida de Grecia y Portugal de la Eurozona ya no es algo optativo; es, o comienza a ser, inevitable. Según su opinión, la espiral recesiva de medidas de ajuste fiscal hará imposible la gobernanza, con un aumento de impuestos que no generará nuevos ingresos, con la economía en punto muerto y el agotamiento de las antiguas recetas.

Por lo tanto, aducen que la única manera es abandonar la Eurozona, de modo que haya una nueva moneda que devualuar y la economía se equilibre mediante más exportaciones y reducción de salarios. Es importante advertir que ninguno de ellos apoya el repudio de la deuda, o desde luego han sido muy discretos a la hora de hablar de renegociación; en vez de ello esperan ganar tiempo para pagar la deuda de otro modo, a través de un incremento de las exportaciones. Y ambos están de acuerdo en que todos los trabajadores deberían soportar los costes del ajuste bajo la forma de reducción de salarios y pensiones. Llegados a este punto hay buenos y malos argumentos. Pero, sobre todo, es una respuesta que propone una austeridad salarial permanente, a menudo indiferente al efecto inmediato en las vidas de la gente. En este contexto, hay otros economistas que sugieren que se podría pedir a la Unión Europea que financiara una salida de la Eurozona, o que podría incluso esperarse que los mercados financieros mantuvieran una actitud de neutralidad frente a la moneda recién creada (imaginemos que se llamara “escudo”). Están, por otro lado, los que aparecen con una propuesta curiosa: el país debería amenazar con abandonar la Eurozona solamente en el momento en que reciba una compensación por los daños que su economía ha sufrido por la pérdida de cuotas de mercado y competitividad. Sería una especie de ultimátum: si no nos pagas, nos quedamos.

Estamos en desacuerdo con estas posiciones. Preferimos el test realista; preguntarnos qué pasaría si la elección económica del gobierno fuera salir de la Eurozona. Pero antes de proceder, evitemos la ambigüedad del romanticismo: si un gobierno puede decidir que Portugal debe abandonar la Eurozona, ése es el gobierno de Alemania, que en este momento es el que dirige la Unión Europea. No hay otra fuerza social o agente político predominante que tenga la capacidad de tomar esta decisión. No hay combinaciones imaginables en Portugal entre PSD, CDS y PS, los partidos fimantes del acuerdo con la troika (FMI, BCE y Comisión Europea), que indiquen tal alternativa. Además, incluso si esto fuera a ocurrir, no deberíamos esperar que la fuerza política que tomara la alternativa vaya a proteger a los trabajadores. De hecho, esta opción simplemente no existe en la política de alternancia que ha regido en Portugal.

Si Portugal tuviera que abandonar la Eurozona, sería solamente debido al diktat de Alemania y la imposición de un nuevo modelo de gobernanza de la Unión Europea. Es oportuno recordar el ultimátum de 1892 y la posterior bancarrota forzada, porque desencadenaron la protesta social y prepararon el camino para el derrocamiento de la monarquía, con Gran Bretaña imponiendo su voluntad y apoderándose de las colonias africanas. Pero ahora la cuestión tiene que ver con el régimen social en el que hemos vivido a lo largo de treinta y cinco años de democracia.

¿Quiere Alemania el fin del euro?
Sólo habrá un final para el euro si este es el interés de Alemania. Pero ¿lo querrá Alemania? Nadie sabe lo suficiente como para responder a esta pregunta con certeza. El enrevesado camino de los líderes políticos de derecha en Alemania, y en especial la Canciller Merkel, es demasiado retorcido como para entenderlo con claridad. La derecha alemana, que podría perder el poder en favor de una coalición entre socialdemócratas y verdes en las siguientes elecciones parlamentarias, ha intentado compensar su desgaste empleando la demagogia de la arrogancia nacionalista contra Grecia, pero, incluso con esta política, ha perdido todas las elecciones regionales. Y, por primera vez en la historia reciente, el gobierno se vio forzado a interrumpir la salida al mercado de su deuda pública a finales del 2011, porque no iba a conseguir la tasa de interés que se había marcado como objetivo. Lo mismo ocurrió a comienzos de 2012. El Presidente dimitió en febrero de 2012 y la coalición de partidos de derecha mostró signos de debilidad. Todo esto indica que los dirigentes alemanes tienen notables dificultades a la hora de controlar el país.

Por tanto no es razonable hacer predicciones definitivas sobre lo que podría ocurrir en 2012 y 2013. Por el contrario, hay sólidos elementos estructurales: la economía alemana podría sufrir mucho con una ruptura en la Eurozona, como veremos más adelante. El retorno de todos los países europeos a sus propias monedas crearía un riesgo de desorden que no sería beneficioso para Alemania, que como economía más fuerte de Europa tendría más que perder en los posteriores conflictos comerciales. La razón es obvia: si el objetivo primero de todos los países fuera incrementar las exportaciones y la reducción de importaciones por medio de la creación de una nueva moneda nacional, buscando por tan to imponer una política neo-mercantilista en su propia ventaja, el resultado sería un desastre, en la medida en que las exportaciones de algunos países son las importaciones de otros. Una cosa es segura: todos no pueden simultáneamente vender más y comprar menos.

Esta política neo-mercantilista fue la utilizada por Alemania, al forzar a los estados europeos a aceptarla; era el único país que podía hacerlo y lo hizo a gran escala. Sin embargo, para incrementar la competitividad, la economía alemana sometió a sus asalariados y empleados públicos a drásticas reducciones salariales. Pero no es suficiente con suprimir los salarios para expandir las exportaciones: es también crucial mantener las fronteras de los países europeos abiertas.

Por esta razón, Alemania ha reaccionado contra las presiones que podrían llevar a un derrumbe del euro. Hasta ahora ha evitado la presión sobre Grecia para salir, incluso admitiendo una reestructuración hasta entonces impensable, con la cancelación parcial de su deuda. Incluso si un efecto dominó provocado por Grecia (o Portugal) al salir del euro fuera poco probable, la consiguiente incertidumbre acerca del futuro del euro sería inevitable. Por otro lado, los primeros meses de 2012 han dejado claro que el problema de Europa no es Portugal ni Grecia. Es la presión del capital financiero, especialmente en Italia, España y otras economías fuertemente afectadas por la especulación y la recesión. El programa masivo trienal de financiación barata de los bancos privados, aprobada por el BCE a finales de 2011 –pese a su doctrina anterior–, muestra cómo las instituciones subordinadas al gobierno alemán temen las consecuencias de un colapso financiero generalizado. Ningún gobierno alemán deseará el fin del euro si tiene en cuenta las consecuencias económicas.

No obstante, ¿quiere Alemania, bajo el pretexto de proteger el euro, que algunos o todos los países periféricos del euro se vean excluidos de él? Esta cuestión será respondida más adelante. Fijémonos antes en cómo podría funcionar esto en la práctica. Veamos cómo la salida del euro de Portugal afectaría a las vidas de los trabajadores.