30 de marzo de 2013

Iglesia Católica y homosexualidad

Antonio García Ninet / UCR
Los dirigentes de la Iglesia Católica consideran que la homosexualidad es antinatural, negando así la omnisciencia y la omnipotencia de su Dios al crear la naturaleza humana. Aunque diversos dirigentes de la secta católica aceptan la existencia de una tendencia natural de carácter homosexual, muchos consideran que en el fondo se trata de una desviación de la naturaleza y que, por ello, los homosexuales deben resignarse a vivir reprimiendo las tendencias de tal “naturaleza desviada”, en cuanto dejarse llevar por ellas significaría ceder a un comportamiento “antinatural” y, por ello, intrínsecamente malo.

En consecuencia, condenan la conducta de carácter homosexual, negando a los homosexuales el derecho a vivir de acuerdo con su propia sexualidad y afectividad según la sientan y, en consecuencia, el derecho a contraer una unión jurídica y social como la del matrimonio, con el mismo valor que esta institución tiene entre parejas heterosexuales.

Además y a pesar de reconocer que las tendencias homosexuales pueden ser consecuencia de causas naturales, el señor Ratzinger, anterior jefe de la secta católica, no sólo ha prohibido la ordenación de religiosos y religiosas que se comporten de acuerdo con tales tendencias homosexuales sino también la de quienes simplemente las sientan. A pesar de que en otro tipo de apreciaciones morales la jerarquía católica se ha alejado de las doctrinas del Antiguo Testamento, como sucede con su actual rechazo de la poligamia, en el tema de la homosexualidad se ha mantenido fiel a aquella doctrina primitiva en la que el comportamiento homosexual era juzgado de un modo especialmente negativo, aunque sin explicar las causas de tal valoración.

Dice el Antiguo Testamento en este sentido: “No te acostarás con un hombre como se hace con una mujer; es algo horrible”[1]; En este pasaje se afirma sin justificación de ninguna clase que la relación homosexual “es algo horrible”.

El interés de esta afirmación se encuentra mucho más en lo que calla que en lo que dice, pues la simple condena de la homosexualidad sin argumento de ninguna clase sólo puede servir como prueba de que quien escribió tales palabras no tenía más argumento para condenarla que la simple proclamación dogmática de tal condena. ¿Por qué era “algo horrible”? Porque, de acuerdo con los gustos de quien escribió esta frase, así lo sentía él. Pero eso, desde luego, no representa ningún argumento. Un poco más adelante se señala el castigo que corresponde a la “abominación” que conlleva el comportamiento homosexual: “Si un hombre se acuesta con otro hombre, como se hace con una mujer, cometen abominación; se les castigará con la muerte. Ellos serán los responsables de su propia muerte”[2].

Es posible que textos como éste, en cuanto deben ser aceptados como expresión de la “palabra de Dios”, hayan determinado que los dirigentes de la secta católica sigan condenando los comportamientos homosexuales, aunque tímidamente comiencen a aceptar que la homosexualidad pueda tener causas naturales y aunque entre el clero de su propia organización exista una proporción elevada de homosexuales y un elevado número de casos de pederastia. Por suerte, la sociedad civil avanza –como siempre- con mayor sentido común y en este sentido se dirige progresivamente hacia una aceptación de la homosexualidad como una forma de ser tan natural como cualquier otra, que ni es una enfermedad, ni un vicio, ni un comportamiento antinatural. Pero los dirigentes de la secta católica presentan de modo implícito como argumento la idea de que cometerían una especie de sacrilegio si rechazaran la “palabra de Dios” y aceptaran la homosexualidad del mismo modo que se aceptan las diversas peculiaridades físicas de cada persona y las conductas que derivan de ellas en cuanto no impliquen ningún daño para la sociedad, a pesar de que ése no sea el auténtico motivo de su teórico rechazo.

El hecho de que la homosexualidad se castigase en el Antiguo Testamento con la pena de muerte, a pesar de que parezca una pena realmente grave, puede verse como anecdótico si se tiene en cuenta que esta misma pena era la que se aplicaba a los hijos rebeldes reincidentes, según se indica en el siguiente pasaje: “Si uno tiene un hijo indócil y rebelde, que no hace caso a sus padres, y ni siquiera a fuerza de castigos obedece, su padre y su madre lo llevarán a los ancianos de la ciudad, a la plaza pública, y dirán a los ancianos de la ciudad: “Este hijo nuestro es indócil y desobediente, no nos hace caso; es un libertino y un borracho”. Entonces todos los hombres de la ciudad lo apedrearán hasta que muera”[3].

Sin embargo, resulta algo chocante que la jerarquía católica, a la hora de condenar la homosexualidad, no haya tenido en cuenta un pasaje de la Biblia en el que el rey David, “hijo primogénito de Dios”, con ocasión de la muerte de su “amigo” Jonatán, hijo del rey Saúl, expresa de manera perfectamente clara su amor homosexual hacia él: “¡Qué angustia me ahoga, hermano mío, Jonatán! ¡Cómo te quería! Tu amor era para mí más dulce que el amor de las mujeres” [4]. Y no es que la jerarquía católica –o israelita- tuviese algún motivo para condenar estas palabras de lamento o los sentimientos que dejan traslucir, pues se trata de sentimientos muy nobles y vitalmente enriquecedores.

 Lo absurdo es que, cuando se trata de los sentimientos de un rey –al que en otros momentos se le califica como “hijo primogénito de Dios”-, la jerarquía católica tenga el cuidado de silenciarlos de modo hipócrita, mientras que luego condena el comportamiento homosexual basándose en los textos que están de acuerdo con esta absurda doctrina sin otra argumentación que la simple y dogmática afirmación de que se trata de una conducta antinatural, pontificando acerca de qué es natural y qué es antinatural y considerando además “lo supuestamente natural” como criterio de moralidad, cuando en realidad lo que debería haber entendido ese gremio de iluminados es que, tanto desde la hipótesis de que Dios exista como desde la contraria, todo lo real es natural y todo lo natural es real.

Los ideólogos de esta organización no parecen haber reparado en la contradicción consistente en considerar que haya modos de ser “antinaturales”, pues desde el momento en que juzgan que Dios se descuidó en algún momento al crear la Naturaleza y que, en consecuencia, algunos seres humanos habrían nacido desviados (?) respecto al modelo que él pretendía obtener, tal doctrina implica un insulto a la sabiduría y a omnipotencia de su Dios.

La Jerarquía Católica olvida torpemente que, si su Dios existiera y fuera el creador de la Naturaleza, ésta en ningún momento habría podido desviarse de sus designios y que, por ello, es tan natural ser homosexual como ser heterosexual, ser diestro o ser zurdo, rubio o moreno, blanco o negro, en el sentido de que hay causas naturales que determinan el modo de ser de cada persona, modos que por sí mismos no son ni mejores ni peores sino simplemente distintos. Por otra parte, hay una soberbia ofensiva en la actitud dogmática de quienes pretenden establecer qué es lo natural y qué no lo es, al tiempo que sacralizan lo supuestamente natural considerándolo como criterio de moralidad. Olvidan en estos casos que el concepto de lo natural proviene de la metafísica aristotélica –basada a su vez en la platónica- acerca de qué constituye la esencia y la naturaleza correspondiente de una sustancia, y qué manifestaciones y actuaciones se corresponden con tal naturaleza.

Pero, al margen de que las metafísicas platónica y aristotélica hace ya muchos siglos que han sido criticadas y superadas adecuadamente y aunque hubieran sido correctas, sólo habrían tenido un valor orientativo acerca de qué virtudes y actividades correspondientes eran las más adecuadas para la proyección más adecuada del propio ser, para la obtención de la propia felicidad o qué virtudes y actividades correspondientes eran las más adecuadas para lograr el bien de la pólis, tal como lo expuso Aristóteles en su Ética Nicomáquea, pero no qué formas de conducta eran absolutamente morales o inmorales sin referencia a la propia felicidad o a la del grupo social[5].

Por otra parte, suponiendo que “lo natural” debiera servir de criterio para descubrir “lo moral”, en tal caso lo que habría que tener en cuenta es que para descubrir qué es natural y qué no, habría que partir de la observación de cómo actúan de hecho los seres humanos para describir su naturaleza en lugar de partir de una idea preconcebida de ellapara luego señalar cómo debían actuar desde el punto de vista de una supuesta obligación moral.

Por otra parte, la soberbia de la jerarquía católica se extiende hasta la exigencia igualmente dogmática de que la sociedad amolde sus leyes a los principios que ella considera “naturales”, como si cada persona no tuviera derecho a vivir de acuerdo con su propia conciencia y sin que nadie trate de imponerle nada relacionado con su vida privada. Por ello, resulta hipócrita y ridículo que los dirigentes católicos, aceptando la existencia de tendencias homosexuales de carácter natural, defiendan que el homosexual debe resignarse a vivir aceptándolas pero sin comportarse de acuerdo con ellas.

Cuando se pregunta a los dirigentes católicos por qué condenan la homosexualidad, responde en otras ocasiones que la práctica de la homosexualidad es un comportamiento “desordenado” en cuanto el fin de la sexualidad es la procreación. Se trata de un argumento igual de absurdo que el que utilizan para condenar el uso del preservativo, en cuanto afirman que es inmoral servirse de la sexualidad con el fin exclusivo de la obtención de placer en lugar de servirse de ella para la procreación. Por ello, la crítica realizada en el capítulo 4.7. de este trabajo a la condena del disfrute sexual es igualmente aplicable a la condena del comportamiento homosexual en general, en cuanto cualquier tendencia y forma de disfrute sexual es tan respetable como las demás, pues en la medida en que el comportamiento de acuerdo con las propias tendencias naturales no perjudique a nadie, no tiene ningún sentido la represión de tales tendencias naturales sin otra justificación que la de la proclamación gratuita de la existencia de supuestas leyes divinas que así lo ordenan.

La doctrina de la jerarquía católica acerca de la homosexualidad representa un aspecto más del absurdo carácter represivo de sus doctrinas en contra de la sexualidad en general, al rechazar el derecho de los homosexuales a vivir su sexualidad de acuerdo con su propia manera de sentirla, tanto si la entienden como algo natural como si fuera el resultado de una elección personal, la cual no dejaría de ser igualmente natural, pues entre lo natural y lo elegido no existe ninguna diferencia, ya que uno elige de acuerdo con sus deseos, los cuales son la expresión de la propia individualidad, que a su vez no puede tener otro carácter que el de natural, por lo que no tiene sentido considerar que exista nada “antinatural” –ni siquiera el propio término-.

Por otra parte y por lo que se refiere a las causas de la homosexualidad en ocasiones se oyen otras interpretaciones absurdas como la que afirma que no tiene una causa natural sino que se trata de un vicio, calificativo que implica ya una valoración negativa de lo que, si acaso, podría considerarse como un hábito adquirido.

Pues bien, aceptando esta posibilidad, la pregunta que surgiría a continuación sería: ¿Qué hay de moralmente perverso en una conducta que a nadie perjudica y que es enriquecedora de la propia vida y de la de otra u otras personas, sean del mismo género, de distinto género, o del mismo y de distinto género a la vez? A esa pregunta la jerarquía católica, anclada perezosamente en doctrinas conservadoras, heredadas de una tradición irracional, ni sabe ni se esfuerza por responder, conformándose con pretender imponer dogmas irracionales, en los que ni ella misma cree –al menos según parece indicar el alto porcentaje de curas y obispos con una sexualidad tan descontrolada que llega hasta la pederastia en una cantidad todavía desconocida, pero nada despreciable y muy significativa de los trastornos psíquicos que suelen acompañar en bastantes casos las doctrinas de la Iglesia Católica acerca de la sexualidad y más concretamente acerca de la homosexualidad, trastornos que, al parecer, desembocan con bastante frecuencia en conductas pederastas, social y jurídicamente condenadas por cuanto representan una violación sexual infantil-.

Por ello, la condena de la homosexualidad es un absurdo más de los dirigentes de la secta católica, anclada en unos dogmas irracionales que no reconsidera porque calcula que rectificar es una manera de aceptar su falta de infalibilidad, lo cual no conviene a sus intereses de dominio sobre la sociedad. Sin embargo, puede llegar un momento –como en otras ocasiones- en que vea peligrar su clientela de manera alarmante, y es entonces cuando trata de amoldarse a aquella forma de pensamiento que resulta evidentemente natural para todos menos para ella.

Por lo que se refiere a las causas de la homosexualidad en los últimos sesenta años se han realizando estudios serios, aunque todavía sin resultados definitivos. Sin embargo, lo que parece evidente es que nadie elige ser homosexual sino que todo lo más descubre que lo es, y lo descubre en general de un modo traumático como consecuencia en una importante medida de la cizaña introducida en nuestra sociedad por los dirigentes católicos a lo largo de los siglos, al margen de que la causa de dicha homosexualidad sea genética o ambiental.

Por otra parte y desde una perspectiva científica, desde la segunda mitad del pasado siglo se habla de la ambivalencia de la sexualidad humana en el sentido de considerar que las personas en general sentirían atracción sexual tanto por otras de su mismo sexo como por otras del otro sexo. En este sentido y según los estudios de Alfred Kinsey, entre el 80 y el 90 % de las personas serían bisexuales, mientras que sólo el resto podría tener una sexualidad plenamente diferenciada de carácter heterosexual.

Por otra parte y como dirían Freud o Marcuse en referencia a la motivación sexual en general, es cierto que para la existencia de la civilización es necesario cierto nivel de represión de los instintos, pero una cosa es comprender la conveniencia de tal represión en cuanto contribuya al mantenimiento del orden social, y otra muy distinta es considerar que haya tendencias sexuales o de cualquier otro tipo que, consideradas en sí mismas, deban ser valoradas como moralmente negativas y contrarias a una supuesta y misteriosa “ley sagrada” que hubiera que respetar porque sí o porque así lo quisiera imponer cualquier agrupación de iluminados como los dirigentes de la secta católica.

En este punto así como en cualquier otro que se pretenda aplicar desde la perspectiva política, social o moral, los únicos criterios que se deberían tener en cuenta son los del respeto a la propia individualidad y los del respeto a la individualidad ajena, es decir, el respeto al derecho de cada persona a vivir como mejor le parezca, con tal que el uso de su libertad no implique una violación de los derechos y libertades ajenas, y de manera especial, de los derechos relacionados con los menores.
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[1]< Levítico, 18:22.
[2] Levítico, 20:13.
[3] Deuteronomio, 21:18-21.
[4] 2 Samuel, 1:26. La cursiva es mía.
[5] Aunque en diversos momentos Aristóteles conservó en su obra algunos planteamientos intuicionistas por los que juzgó que determinadas acciones eran buenas o malas en sí mismas-.

Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía