13 de marzo de 2013

Las izquierdas y el derecho a decidir




Jaume Asens y Gerardo Pisarello son juristas y promotores del manifiesto Más allá del 25-N
Público. 
Hace poco, una buena amiga de Madrid, profesora universitaria y de izquierdas, nos explicaba hace unos días que una Asamblea del 15-M de Carabanchel la había invitado a hablar sobre la necesidad de un nuevo proceso constituyente. Como personas afines a estos espacios también en Catalunya, sugerimos que estaría bien hablar de procesos constituyentes en plural, con respeto por el derecho a decidir. Mientras comentábamos la cuestión, otro amigo terció ofuscado y nos espetó que la gente de Carabanchel no podía “perder el tiempo ocupándose de los problemas de Artur Mas”.
La afirmación de este compañero nos dejó abrumados. Ante todo porque se trata  de una persona lúcida con la que coincidimos en muchos otros temas: en el rechazo de un capitalismo voraz que lo mercantiliza todo, en un convencido internacionalismo, en la crítica de una transición vigilada que se saldó en España con una democracia de baja intensidad. Pero la cuestión nacional, las reivindicaciones catalanas o vascas, lo sacan de sí. Le molesta que proyecten una idea de “Madrid” en la que no se reconoce. Le parece, en el fondo, que constituyen una especie de embrollo que distrae de las cuestiones importantes y que tiene poco que ver con las preocupaciones de la gente de abajo.

¿Cómo responder a esa percepción? De entrada, hay que admitir que las reivindicaciones catalanistas o vasquistas no son patrimonio exclusivo de las izquierdas. Y que las derechas nacionalistas de estos territorios las utilizan a menudo para proteger sus negocios y para esconder sus miserias. También es cierto que, junto a parte de las izquierdas periféricas, utilizan sus reivindicaciones identitarias contra un “Madrid” al que injustamente reducen a lo peor del nacionalismo español autoritario y uniformizador. Pero nada de eso autoriza a negar su existencia o a  descalificarlas como si fueran el ardid de unas cuantas oligarquías familiares para despistar a espíritus débiles.
Antes de las últimas elecciones autonómicas, mucha gente, como nuestro amigo, sugería que Mas había hipnotizado a la población catalana, incluida la de izquierdas. Y que el derecho a decidir era una trampa que acabaría por arrastrarlas masivamente a su programa neoliberal y austeritario (quienes así opinaban no explicaban por qué los manipulados solo prosperan en Catalunya y no, en cambio, entre quienes se sienten simplemente españoles o madrileños). Lo cierto es que la ciudadanía catalana no confirmó ese vaticinio en las urnas. CiU perdió 12 diputados (pasó de 62 a 50). Las izquierdas catalanas, por su parte, consiguieron 57 (21 de ERC, 20 del PSC, 13 de ICV-EUiA y 3 de la CUP) Todas criticaron, con diferente intensidad, las políticas antisociales de Mas (y de Rajoy, naturalmente). Todas, al mismo tiempo, defendieron el derecho a decidir y la celebración de una consulta que lo tornada efectivo. Y todas lo hicieron desde posiciones que se reclamaban federalistas, confederalistas o independentistas, pero no nacionalistas.
Según encuestas publicadas por medios diversos, esta tendencia se habría consolidado. Las posiciones favorables a una consulta rondarían el 80%. Y una vasta mayoría de quienes la apoyan dicen considerarse de izquierdas. Estos cálculos coinciden también en que si hoy hubiera elecciones en Catalunya, ERC sería el primer partido en número de votos, por delante de CiU. El PSC perdería algo de peso, ICV-EUiA mantendría sus escaños y la joven CUP –una fuerza independentista, asamblearia y de izquierdas que recabó un apoyo importante entre movimientos sociales y sectores no independentistas– pasaría de 3 escaños a 6 o 7.
En otras palabras: la cuestión del derecho a decidir no es ya solo, ni principalmente, “un problema de Artur Mas”. Muchos analistas coinciden más bien en que Mas se ha quedado solo. En que ha sido abandonado no solo por sus aliados de Unió sino incluso por un sector de su partido. Por varias razones. Por los graves casos de corrupción que han estallado en su seno (no peores, eso sí, que los que enlodan al PP o al PSOE). Pero sobre todo porque al gran empresariado de Catalunya, como al del resto del Estado, no le gusta esta “aventura”. Y no le gusta el alcance que, con diferente énfasis, las izquierdas catalanas comienzan a dar al derecho a decidir: fin del régimen constitucional heredado de la transición, república, crítica de la austeridad, cuestionamiento de los privilegios de la Iglesia católica, defensa de los derechos laborales, justicia social y ambiental, profundización democrática.
Bien vistas, muchas de estas cuestiones son las mismas que, desde hace tiempo, viene defendiendo gente de movimientos sociales y de izquierdas de otros rincones del Estado. Ello explica que el Ejército se inquiete y que la derecha nacionalista española combata con saña cualquier amago de complicidad con el derecho a decidir. Gentes moderadas como Francisco Rubio Llorente o Miguel Herrero de Miñon han denunciado esta insensatez. Las izquierdas no deberían quedarse atrás, ni caer en la trampa. Los procesos constituyentes que se han abierto en Catalunya o en Euskal Herria, los que defiende ANOVA para Galiza, o Compromís para el Pais Valencià, pueden dar lugar a nuevas fórmulas de convivencia, federales o confederales. O pueden acabar en la independencia. Pero ni son incompatibles con otros procesos constituyentes de ámbito estatal o europeo, ni tienen por qué ser vistos como una amenaza para la gente de debajo de otros rincones del Estado. Por el contrario, como recordaba Josep Maria Antentas hace poco aquí en Público, el derecho a decidir debería verse como una oportunidad. Como un resquicio para una ruptura democrática que, llevada hasta sus últimas consecuencias, permitiría decidir en muchas otras esferas de la vida social: en los barrios, en los lugares de trabajo, en las universidades, sobre el propio cuerpo. No se trata, desde luego, de un camino sencillo. Pero si las izquierdas democráticas y los movimientos sociales de Barcelona, de Murcia, de Lisboa, de Málaga o del barrio de Carabanchel no lo recorren juntos, desde el respeto a las diferencias culturales, lingüísticas, nacionales, nos veremos abocados, todos, a la repetición de una tragedia. Ojala haya lucidez para evitarlo.