27 de abril de 2013

Habemus

Benito Rabal (Mundo Obrero)
Finalmente, tras el error de la espiritual paloma sabia que no eligió bien al Papa que fue nazi y dejó a la humanidad católica sin dios visible durante unas semanas, emergió por la chimenea vaticana la fumata bianca y, ¡hala!, ya tenemos a un nuevo jefe del pulpo negro, ya tenemos de nuevo cabeza visible de dios en la tierra, de nuevo habemus papa.


De uno a otro confín del planeta no creo que haya nadie –exceptuando a los chinos – que no sepa que se llama Francisco y que es muy bueno, que ha viajado alguna vez en metro o incluso andando, que posee una sonrisa cordial propia de un hombre abierto al diálogo y que tiene una especial perversión consistente en lavar pies para luego besarlos, algo no exento de una cierta carga de erotismo – véase Buñuel y surrealistas varios – que seguro hace las delicias de la cohorte reprimida que asiste a sus ángelus y urbis et orbit.

De lo que ya no se habla tanto, o se habla sottovoce, es que el tal Francisco ejerció de confesor privado de Videla, fue más que sospechoso de haber entregado a la policía política a dos jesuitas, súbditos suyos, estuvo implicado en el robo de bebés, hijos de desparecidos durante la Dictadura argentina, y que calló ante las atrocidades cometidas durante el tiempo que duró ésta. Y no es porque fuera un hombre parco de palabra o sumido en sus meditaciones transcendentales, como parece que ahora hace el viejo nazi con cara de rata. No, porque años después, cuando el país tomó otro rumbo, si elevó la voz contra las políticas de integración latinoamericana, la desobediencia a los dictados del FMI o las leyes que recortaban el poder hegemónico y abusivo de los medios de comunicación privados en detrimento de los públicos. Eso además de oponerse con firmeza a derechos fundamentales como el que las mujeres decidan sobre su propio cuerpo o el libre ejercicio de la opción sexual que a uno le venga en gana.

Pero que el tal Francisco sea así y ostente ese pasado no es extraño tratándose del jefe del Estado más pequeño y más rico del planeta, aparte del más antidemocrático. Lo extraño es que mentes dotadas de una cierta inteligencia y cultura diserten sobre el significado de la elección de un Papa no europeo y vean en ello un cambio fundamental en la actitud de la Iglesia. La Iglesia, y esa es la clave de su éxito, nunca cambia. Esa esencia monolítica, unida a la sublimación de lo contradictorio, es lo que la hace seguir ostentando el mismo inmenso poder. El dios bondadoso que da esperanza a millones de seres humanos sumidos en la pobreza y desesperación, es el mismo que mata a sus hijos de pobreza y desesperación; el dios que salva la vida de los israelitas bíblicos con la mano derecha, asesina a los niños egipcios con la izquierda; el dios que consentía los vuelos de la muerte de la Operación Cóndor es el mismo que ha presidido las honras fúnebres del Comandante Chávez. Y por más que, racionalmente, sea inentendible, así es.

No hay cambios positivos para la humanidad en la Iglesia, solo acomodos para mantener su poder económico sustentado por el ejercicio del miedo a lo largo de siglos.

El único cambio digno de consideración sería que desapareciera. Y a eso deberíamos ponernos.