18 de abril de 2013

La III República no puede ser una pieza de recambio para seguir manteniendo el estatus






La III República no puede ser una pieza de recambio para seguir manteniendo el estatus

Soltar amarras 


El enemigo de esa inmensa mayoría de afectados, hoy por la política del PP y ayer por la del PSOE, es el proyecto de construcción europea según los patrones del BCE, Bruselas y el FMI.





En Crónica Popular del día 28 de Marzo hay un artículo de Emilio Pizocaro que merecería, por su enjundia y realismo, ser objeto de una discusión monográfica en cualquier colectivo político o sindical que se precie todavía y siquiera nominalmente, de pertenecer a la izquierda. De la misma manera que ya en 1945 el Departamento de Estado de USA hablaba de poner en marcha una operación política para que después de Franco hubiese una Transición hacia una democracia con dos partidos, uno denominado socialista y otro llamado demócrata, los poderes económicos internos y externos, están preparando la salida tras el fin, por implosión, de la Transición o segunda restauración borbónica.

Dos cuestiones me preocupan desde hace mucho tiempo. La una es que todavía, para una gran parte de la izquierda, política, sindical u organizada en una gran variedad de colectivos y frentes de lucha, no se ha caído en la cuenta de que estamos ante una situación de emergencia, de estado de excepción generalizado que afecta a toda la estructura política y civil de la sociedad y que en consecuencia no se pueden mantener los esquemas de análisis y de lucha de hace una década. El régimen construido en la Transición ya es inservible para los poderes que la condujeron a su ámbito de influencia. El Estado construido en estos años carece no solo de legitimidad sino de legalidad porque se malsostiene a base de violarla permanentemente. Invocar desde esta situación al Estado de Derecho es un sarcasmo cuando no una broma de mal gusto. Estamos agarrados a una ficción. Y de la misma manera que Don Pedro de Portugal obligó a la nobleza lusitana a doblar la rodilla ante el cadáver coronado de Inés de Castro, seguimos reverencialmente confiando en que cualquier lance electoral, cambio de Gobierno o simplemente un incremento de votos pueda enderezar esta situación. Seguimos analizando, proyectando y actuando como si el Gobierno del PP fuese un accidente que tiene remedio a través de las urnas. Lo que está ocurriendo es la manifestación postrera de un proceso en el que los poderes oligárquicos del país han medrado en nombre de una quimera aceptada por el imaginario colectivo: el europeísmo según Maastricht. Pero también es la manifestación de que esa idea-mito ha agotado su capacidad de seducción.


Pero también hay algo más. De un tiempo acá se han multiplicado los colectivos, frentes de lucha, movimientos, propuestas y esquemas organizativos acéfalos y aglutinados en torno a una idea, un problema, una necesidad o cualquier canallada o agravio del sistema. Cuando esto ocurre es que la población que se moviliza, cada vez más, ya no confía en los mecanismos reglados y periódicos de la representación institucional. Y esa evidencia nos enseña que esa opción -todavía embrionaria- de la base ciudadana, puede derivar en dos opciones; una es la clásica que representan los fascismos en todas sus variedades y la otra la que establece una nueva legitimidad y una nueva legalidad democrática: la Ruptura. Situarse en ese escenario es vital para poder acometer una salida beneficiosa para la inmensa mayoría.

La segunda cuestión que merece una reflexión es el reduccionismo consistente en hacer de la confrontación con la derecha una única, sola y exclusiva lucha contra el PP. El adversario a batir, el enemigo de esa inmensa mayoría de afectados, hoy por la política del PP y ayer por la del PSOE, es el proyecto de construcción europea según los patrones del BCE, Bruselas y el FMI. Aquilatar el grado de desviación hacia la derecha para hacer del mismo una cuestión de entidad y no de matiz, es una de las mayores equivocaciones que pueden cometerse y de hecho se han cometido.

Y eso lo sabe perfectamente la derecha, la de las siglas homologadas como tal y la existente bajo otras denominaciones y gradaciones. Pero ambas no son sino las piezas del mecanismo bipartidista que ha funcionado con algún aditamento del nacionalismo de derechas. Hoy esas piezas ya no sirven; no concitan grandes consensos electorales; están bastante desprestigiadas ante el cuerpo electoral. En consecuencia, la derecha, la de los intereses económicos, la del poder en resumen necesita otos mecanismos de legitimación y de aceptación por el imaginario colectivo, incluso por el de mayor conciencia crítica, ¿Cuál puede ser la solución? Creo que la abdicación del Rey y su sustitución por Felipe VI no puede, a medio plazo, conseguir el objetivo buscado. ¿En dónde puede residir un depósito de confianza que tenga el respaldo de la Historia y de una mayoría de contestatarios a las liturgias monárquicas de la Transición? La respuesta es la República. Y es aquí donde vislumbro el problema. Para una parte nada despreciable de la población luchadora la República es sinónimo de izquierdas. Basta comprobarlo en manifestaciones, actos de protesta y una abundante literatura político- social de todo tipo.

El poder hará lo que esté en su mano para mantenerse y perpetuarse y si hay que hacer lo que en Il Gatopardo decía el Príncipe de Salina, se hace; si hay que arrumbar por inservible la monarquía de Franco se arrumba. Todo es cuestión de que en unas saturnales republicanas se proclame la III República pero en el molde de aquella que representó el Bienio Negro de la II República.

Estemos avisados y soltemos las amarras que todavía y subjetivamente, nos atan a un proyecto desahuciado por aquellos mismos que lo disfrutaron en exclusivo beneficio propio. El 14 de Abril es una fecha emblemática para que tantos colectivos republicanos se den cuenta de que no tiene todo el tiempo del mundo para seguir jugando a la exclusividad de poseer el Santo Grial de las esencias republicanas. La III República no puede ser una pieza de recambio para seguir manteniendo el estatus.

Publicado en el Nº 259 de la edición impresa de Mundo Obrero abril 2013