17 de mayo de 2013

El legado thatcheriano

Amadeu Sanchís I Labiós (Mundo Obrero)
El 4 de mayo de 1979, el Partido Conservador Británico ganaba las elecciones legislativas, pero era algo más que una victoria electoral. Esa fecha suponía en la historia, el inicio de la contraofensiva de la derecha extrema occidental, que escondida tras los escombros de la II Guerra Mundial, había esperado agazapada a que llegara su momento: el momento de su venganza política contra la izquierda, de restituir sus privilegios de clase; el momento de dejar de esconder su colaboración con el fascismo; el momento de aplastar a la clase trabajadora.


Durante la reconstrucción de la Europa de la postguerra, gracias a la fuerza de los partidos socialistas y comunistas, de los sindicatos obreros y del contrapeso soviético, una parte de la derecha aceptó llegar a un acuerdo en el que los Derechos sociales se equiparaban a los Derechos civiles, creándose así los llamados Estados social y democráticos de Derecho. Dicho sistema se mantuvo gracias a una suerte de pacto no escrito entre socialdemócratas y democristianos-liberales de centro derecha, pero que a su vez abría caminos para la construcción del socialismo a través del apoyo ciudadano (en algunos países mayoritario) a los Partidos Comunistas.

Aunque inicialmente minoritaria, por su simpatía filofascista, o por su colaboración directa con la ocupación nazi, la parte más radical de la burguesía occidental, especialmente en EEUU y Gran Bretaña, iba configurando un programa alternativo a los Estados sociales desde una perspectiva filosófica, política y especialmente económica. Dicho programa estaba encabezado por pensadores como Hayek o economistas como Milton Friedman. A pesar de lo sólido de su programa, no fue sino hasta la crisis de 1973, cuando pudieron pasar a la ofensiva.

La elección de Gran Bretaña no fue casual. En este país, la clase obrera había alcanzado unas cotas de bienestar social y de poder político en las empresas, que le permitía ganar cualquier pulso a los Gobiernos conservadores, o a los laboristas moderados que intentaran limitar el avance de l@s trabajador@s. De hecho el Partido Laborista albergaba en su seno el ala izquierda más potente de los partidos de la IS, las Trade Union Congres eran el movimiento sindical más potente de Europa, y en su seno, al igual que en la Universidad, la influencia del Partido Comunista Británico era más que notoria.

Así una cadena de huelgas a finales de los 70, en la práctica un Huelga General de meses, había colapsado al Gobierno del timorato laborista James Callaghan que aterrorizado, era incapaz de asumir que la clase trabajadora británica apostaba claramente por un proceso claro de construcción del socialismo (en la línea del fabianismo, por supuesto), y acabó plegándose a las presiones del empresariado británico para limitar el poder sindical.

Pero ya era tarde para el ala derecha del Labour Party. Una figura agresiva, demagógica y despótica surgía desde las filas de los Torys en la Cámara de los Comunes. Su nombre: Margaret Thatcher. Mujer de personalidad fría y autoritaria, albergaba en su interior un profundo odio a los sindicatos y al socialismo. Un odio que podría parecer estrictamente teórico, pero que en su caso era personal, ya que Thatcher nunca perdonó al socialismo británico las políticas que habían reducido las diferencias de las clases sociales, y que para ella, al igual que para muchos de los suyos, era algo humillante.

Así, desde el primer día Thatcher (con el asesoramiento de la Escuela de Chicago) inició la primera demolición del Estado social de la historia. Con una agresividad desconocida desde el período de entreguerras, el Gobierno conservador procedió a dar prioridad al control de la inflación antes que a la consecución del pleno empleo, de tal manera que el Estado se retiraba de la economía, reducía la presión fiscal a las capas más altas, privatizaba las empresas estatales y en la práctica prohibía a los sindicatos.

Pero desde un primer momento la clase trabajadora se opuso firmemente a estas medidas consciente de que estas no eran un batalla más, eran la guerra. Así, un sinfín de huelgas y manifestaciones se sucedieron por todo el país, ante la indiferencia de Thatcher, la cual sabía que una vez ganadas las elecciones, cualquier cesión pondría en peligro su objetivo: la vuelta al capitalismo de antes de la II Guerra Mundial.

La dura resistencia sindical, en especial la heroica huelga de más de un año de los mineros, hizo mella en la fortaleza de su Gobierno, lo que llevó a Thatcher a embarcar al país en una guerra imperialista contra los militares argentinos por la posesión de un pequeño archipiélago de islas llamadas Malvinas. Una vez jugada la baza del patriotismo, los conservadores consiguieron que los apáticos sustratos medios de la sociedad británica se movilizaran activamente contra la clase obrera, de tal manera que en las elecciones de 1983, los torys se impusieron a los laboristas liderados por el izquierdista Michael Foot, obteniendo 397 escaños frente los 209 del Partido Laborista.

Thatcher tenía así el camino expedito para continuar su contrarrevolución, que tendría unas consecuencias sociales catastróficas para Gran Bretaña, de las que aún no se ha repuesto. Paro juvenil, pobreza estructural, desnutrición infantil, accidentes ferroviarios, salarios de miseria, prohibición de la negociación colectiva, sanidad y educación pública desmanteladas, son algunas pinceladas de un legado que coronó con su apoyó a la dictadura fascista de Pinochet, al cual defendió hasta su muerte. 

Este hecho, bien tapado por los medios de comunicación, describe a la perfección lo siniestro y cruel de uno de los personajes más siniestros de la historia de la humanidad. Un personaje cuya obra desgraciadamente no la ha acompañado a la tumba, sino que está detrás de los dictados de la Troika para hundir países y ciudadan@s, y que tiene en el Gobierno de Rajoy un alumno aventajado.

Por eso, y para que el neoliberalismo que ella creó solo sea un negro recuerdo, debemos de hacer lo mismo que hicieron los sindicatos británicos: no amilanarse jamás, levantarse una y otra y vez, por muy duro que sea el golpe recibido. Y como cantaba Billy Bragg recordarle a la derecha que “mientras su país es de esperanza y gloria, el nuestro es de fraternidad y solidaridad”.