15 de julio de 2013

Sexo y política en sanfermin: rasgarse o no rasgarse las vestiduras.

Sexo y política en sanfermin: rasgarse o no rasgarse las vestiduras.

publicado | argitaratua 15. jul, 2013
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Por ARGOS.
Hace poco tuvimos una discusión en la “mesa de redacción” de este blog acerca de si debíamos hacernos eco de algún artículo-denuncia sobre comportamientos sexistas en sanfermin. Alguno se opuso argumentado que en aquel artículo veía, ciertamente, una foto llamativa o escandalosa o desagradable o inmoral o obscena, según el punto de vista del espectador. Pero que no había en realidad ningún relato de los hechos, ningún testimonio de los presentes, actores o pacientes, y solo la suposición de cómo había transcurrido la escena. Una suposición que en el artículo que se pretendía reproducir estaba llena de connotaciones.
Pasados varios días de aquella discusión, vemos que en Público y El País se reproduce no solo aquel artículo, sino otros varios sobre el mismo tema, e incluso se recuperan enlaces y videos de hace dos y tres años sobre violencias y ofensas sexuales durante los sanfermines. También las emisoras de radio y televisión dan espacio al comentario, siempre al comentario, sin que nadie aporte un relato de lo ocurrido. Está claro que el sexo vende, la foto vende, con sus colores blanco y carne manchados de rojo, y que rasgarse las vestiduras acerca de unas vestiduras rasgadas es también una forma de hacer partícipe al lector de ese punto de desenfreno que tienen los sanfermines. La foto que da pie a esos artículos funciona como un test proyectivo, tanto para los autores como para los lectores.
Por eso mismo, por el revuelo mediático alcanzado por la foto, quizá vale la pena hacer una reflexión puramente política sobre esa foto, el desenfreno sanferminero, el sexo normativo y la desnormativización del sexo. Sobre todo, porque nadie ha mostrado un punto de vista diferente, algo que vaya más allá del mero rasgarse las vestiduras.



No sabemos qué ocurrió en esa foto, ni el antes ni el después. Desde luego, incluso aunque no se tratara, como sugieren las apariencias, de un delito, de una violación más o menos consentida por la embriaguez puntual o el disloque permanente, esa escena seguiría siendo chocante para la sensibilidad mayoritaria. Porque la desnudez forma parte de la intimidad de las personas. No se accede a ese reducto sin el consentimiento de la persona. Nos resulta difícil concebir que ese consentimiento se haya dado a una multitud anónima. Admitimos cierto grado de desnudez en determinados lugares y momentos, como playas y piscinas, quizás con la presunción de que “se mira para otro lado” o de que no se mira demasiado, porque la desnudez “es funcional”, sirve “para otra cosa”. Ahora parece que el txupinazo empieza a ser uno de esos lugares-momentos, aunque aquí la desnudez solo sirva aparentemente para ser mostrada. Primero fueron las tetas en los balcones. Luego a pie de calle, entre la multitud. Y ahora, esto.
¿Qué ha ocurrido este año? ¿Hemos subido un escalón en el disloque? ¿Hemos pasado del desnudarse delante de una multitud a desnudarse entre la multitud y, ahora, a dejarse desnudar por esa misma multitud? Si hubiera sido así, quizás no estaríamos ante un delito, pero sí ante algo que para una sensibilidad mayoritaria pasaría por perversión y que será la antesala de auténticas violaciones cuando la chica que disloca (en su derecho, oiga) diga “no, hasta aquí hemos llegado” y no sea escuchada por esa multitud ya convertida en jauría.
Hasta aquí, esto no pasaría de ser otra opinión más que sumar al “rasgarse las vestiduras”. Algo perfectamente inútil, que solo sirve para la autocomplacencia moral. Nada va a cambiar. Esos chicos y chicas no van a leer ninguno de estos comentarios “desgarradores”, y aunque los leyeran, no por eso verían la luz.
Sería mejor empezar por reconocer que esos chicos y chicas son nuestros hijos, nuestros vecinos, nuestros conciudadanos. Que forman parte de esta sociedad, son una muestra representativa. Y a partir de ahí, preguntarnos qué funciona mal entre nosotros.
De entrada, ¿qué es lo normal y lo perverso? ¿Dónde está la norma que nos dice cuál es el sexo bueno y cuál el malo? ¿Hay que admitir que todo lo que es consentido es tolerable, aceptable? ¿Eran mejores los sanfermines de hace 50 o 60 años, cuando un grupo de militares americanos de la base de Zaragoza fueron detenidos por ir en pantalón corto y con el torso desnudo?
Algo que quizás no resulte obvio para una mayoría de personas, para todos los nacidos después de la muerte del dictador o que llegaron a la adolescencia antes del “destape” que acompañó a nuestra famosa Transición: históricamente, la privación del sexo, su prohibición, ha sido un mecanismo de dominio y sometimiento cooperador de otras violencias y de imaginarios puestos al servicio del modo de opresión vigente. De la misma manera que la prohibición del sexo, también lo contrario, el sexo impuesto, violento, la violencia sexual, se integraba en aquella cultura de antaño como un aspecto más de la violencia de sometimiento. Hace poco Público nos recordaba uno de esos crímenes sexuales cometido por los defensores de la religión católica.
¿Cultura de antaño? No hace falta decir que el correlato hoy de aquella sociedad que ha tenido diversas etiquetas (patriarcal, cristiana, católica, protestante, puritana), es precisamente el mundo islámico. Que el mundo islámico sea hoy el “contrario” de nuestra civilización actual “occidental” no quiere decir que nuestra propia sociedad, “permisiva”, sea precisamente un modelo a seguir. Los hippies de los 60 han ganado la batalla y la libertad sexual ha dejado de ser subversiva, pero ¿de qué manera? Precisamente las contradicciones que nos genera esa “liberación” festiva sanferminera ejemplificada en esa foto son síntoma de que algo no funciona bien en nuestra cultura, de que la libertad sexual como anhelo histórico no es lo mismo que la permisividad actual “alcanzada” en nuestra época.
Procesion de beatasEn aquella España de antaño que segregaba por sexo en la escuela y cerraba los cines en Semana Santa, los sanfermines funcionaban como un espacio de fiesta subversiva. En ellos estaba siempre presente el mensaje directamente político, algo que hoy se da en mucha menor medida y confinado casi en exclusiva al espacio aburrido y agotado de la confrontación nacionalista. También entonces el mero hecho de la diversión era una forma de protesta frente a aquel régimen nacional-católico que nos pretendía imponer, entre otras cosas, sus pautas de conducta sexual.
Hoy no hay, aparentemente, un modelo normativo de conducta sexual contra el cual se despliegue el empoderamiento festivo. Pero de ahí no debemos deducir que nuestra sociedad deje o permita un desarrollo natural, espontáneo, de la sexualidad. La estructura instintiva de los seres humanos bajo nuestra sociedad permisiva está sometida a una constante tensión mediante estímulos publicitarios omnipresentes. Da lo mismo que sea un coche, una colonia o una cerveza, es permanente la asociación de lo cotidiano, del consumo de bienes banales, con estímulos explícitamente sexuales. pole positionNo es que la publicidad sea un espejo de la realidad psíquica de la audiencia. Al contrario, la publicidad busca en la realidad psíquica el sesgo más adictivo. Es deformadora. Por no hablar de la industria del ocio, generadora de productos culturales con el criterio único de su capacidad de venderse, de monetizarse.
En nuestra civilización “occidental”, capitalista, la gobernanza de la sociedad no tiene como fnalidad la reproducción de esa sociedad, de sus miembros, en las mejores condiciones posibles, tanto materiales (salud, alimentación, vivienda, educación, vestido) como espirituales (producción de individuos cuya vida se desarrolle armoniosamente en el seno de una colectividad). El principal objetivo del gobierno de esta sociedad es la reproducción ampliada del capital, el sostenimiento de sus tasas de beneficio, y es desde ese punto de vista desde el que se considera todo, incluida la satisfacción de las necesidades humanas básicas. El sexo ha pasado a ser un instrumento de dominación equivalente al “panem et circenses”, y mucho más que eso: un poderoso estímulo para sostener el consumo acelerado que requiere la reproducción ampliada del capital. Todo ello en detrimento, alterando o deformando la expresión natural de la sexualidad.
Resulta chocante cómo a veces resucita el paradigma del buen salvaje, cuando alguien trae a colación formas de vida y cuidados en pueblos primitivos que nos llaman la atención por su humanidad o por su sensatez. De Toro Sentado se cuenta que había recibido de su padre al morir el mandato de cazar búfalos y alimentar a la tribu. La cuidó mientras pudo, incluso durante los años que siguieron a la derrota. Después de ser confinado en una reserva junto con su pueblo, Toro Sentado aprovechó una oportunidad que le ofreció Bufalo Bill para viajar con su circo. Le guiaba su afán de conocer al hombre blanco y de intentar, si podía, hablar con el Gran Jefe de Washington para conseguir la restitución de las tierras para su tribu. Las funciones del circo eran por las mañana y a la tarde, en su tiempo libre, el inocente salvaje callejeaba por las ciudades de los blancos, seguido por un tropel de niños, como siempre ha ocurrido en todas partes. Pero eso le molestaba mucho menos que contemplar su miseria, la miseria de esos niños harapientos, y al final acababa repartiendo a las tardes entre ellos lo que ganaba por las mañanas representando la batalla de Little Big Horn. Dicen que resumió su experiencia en la sociedad del hombre blanco con estas palabras: “Si un pueblo tan poderoso tiene tantos pobres, ¿cómo vamos a confiar en ellos, por qué han de preocuparse por el bienestar de los indios?”. Ingenuidad del buen salvaje, que no entiende el contraste entre miseria y riqueza de nuestra sociedad capitalista, aunque sí alcanza la conclusión correcta: no se puede confiar.
Cuidar debería ser sinónimo de cultura. Cuidar de la prole, cuidar de los tuyos, cuidar de los ascendientes, cuidar de los que están y viven contigo. Educación, sanidad, vivienda, alimentación, vestido, nadie debería ser excluido, menos aún cuando vivimos en medio del derroche y la opulencia. Nuestra civilización, en cambio, es capaz de invertir la finalidad de los cuidados para convertirlos en otra forma de negocio, es capaz de generar pobreza y escasez artificial ni siquiera para el enriquecimiento de las personas físicas, tan ricas ya que no pueden consumir ni en mil vidas las ganancias que atesoran, sino de los números contables de sociedades especulativas. Es capaz de convertir la sanidad y la educación en “oportunidades”, como ya ha hecho con el vestido, la alimentación, la vivienda, el ocio, etc… Nada es normal entre nosotros, al menos a los ojos del sentido común del buen salvaje.
Este modelo de sociedad no ha sido creado por el juego espontáneo del libre mercado, sino que en su origen y en su reproducción y perpetuación ha contenido y contiene enormes dosis de violencia. El ecuatoriano de la PAH que hoy recibe una multa de 600 euros por un escrache es descendiente de aquellos indígenas perseguidos a golpe de mastín y de arcabuz, despojado de sus tierras y esclavizado en las minas. Por poner un ejemplo que nos toca de cerca.
En contra de lo que simplistamente pueda parecer, la explotación y dominación no generan por sí mismas el espíritu de lucha por la libertad. La violencia engendra violencia de respuesta… hasta cierto punto. Hasta el punto del sometimiento. La persona sometida por la violencia responde con violencia… desviada, y con una desestructuración importante de su psique, de su espíritu. Un ser humano sometido, explotado, es un ser humano mutilado y deformado. A ello, además, debemos añadirle todos los aparatos mediáticos que conforman masivamente la subjetividad de las personas para que ellas mismas se conviertan en colaboradores y sostenedores de sus propias cadenas. No deberíamos rasgarnos las vestiduras por esa foto sanferminera, sino por la sociedad enferma que ha producido esa condición humana.
La rebeldía, el impulso que lleva a la lucha por la liberación, sigue existiendo, porque se ancla en reductos casi biológicos del ser humano. Se ancla en las vivencias de la crianza y de la sociabilidad temprana, que nos enseñan a responder con empatía, a desplegar nuestra capacidad de afectos y cuidados para con los demás. Sindicatos, asociaciones, plataformas, mareas, todo nace de un sentimiento tan sencillo como el de “juntos, podemos”. Después viene la ideología, la concepción del mundo, el programa político. Pero el origen es primario, se basa en nuestra condición humana. Y si no siempre es así, si encontramos entre nosotros individuos egoístas en lugar de solidarios, apáticos en lugar de empáticos, violencia sexual donde debería haber respeto, no es la condición humana lo que se ve en ellos, sino la condición de sus padres y de la sociedad que los ha criado, una sociedad in-humana. Mucho hace la naturaleza para que, a pesar de todo, a pesar de tantos individuos “defectuosos”, aún sigan naciendo y llegando a la vida adulta especímenes capaces de amistad, afecto, solidaridad y amor. La especie humana se reproduce con éxito, a pesar de las inmensas fuerzas financieras, mediáticas, militares y políticas que conspiran en su contra. Quizás algún día, cuando acabemos con la explotación del hombre por el hombre, consiga regenerarse y alcanzar su plenitud.

En sanfermín o fuera de sanfermín, encontraremos dislates, violencia, todas las miserias humanas que produce una sociedad desquiciada desde el punto de vista del mero sentido común. De lo que sí estamos seguros es de que en estos sanfermines, en general, hubo miles de momentos de disfrute y de goce, sin nadie violentado. El valor de los sanfermines, de la fiesta pura, sin contaminar, reside en el “juntos podemos… divertirnos”. En ese sentido, la fiesta sigue siendo, en potencia, un espacio de subversión, tanto porque reivindica lo colectivo frente al escapismo individual, como porque opone el disfrute y el ocio a la cultura del esfuerzo y del sacrificio productivista, hoy menos justificado que nunca en la historia de la humanidad.