7 de julio de 2013

¡Si es que escriben como rojos!

Dolores de Redondo
¡Qué insensatos son los comunistas! Andan jugando con Mundo Obrero y después se quejan, cuando saben de sobra que estas cosas las carga el diablo (rojo, claro). Desde su fundación en 1930, miles de personas, camaradas y no camaradas, han entregado sus vidas o han sufrido tortura y cárcel por editar, distribuir o poseer Mundo Obrero.


Recuerdo una viñeta de Forges durante la Transición que reflejaba el atropello de un peatón por un gran coche oficial, como aquellos famosos Dodge Dart, híbridos capaces de rodar y volar cuan batmóvil. El viandante salía despedido por los aires tras el impacto y dentro del auto una voz exclamaba: ¡Si es que van como rojos!.

Con Mundo Obrero sucede lo mismo. Raúl Capín, por ejemplo, ha adquirido el peligroso vicio de retratar, con ese arma de información masiva que es su cámara fotográfica, a los manifestantes que agreden con el ojo las porras inocentes y cándidas de algunos agentes de la ley. Podría dedicarse a algo más productivo, de mayor aceptación y demanda social, como perseguir a Belén Esteban, Bisbal o cualquier otro popular farlopero; reportajes para álbumes de primera comunión con niños disfrazados de almirantes; bodas de chaqué y blanco velo virginal con madrinas de pamela; o fotografiar simplemente para subir al feisbú como todo hijo de vecino. Pero no, él retrata las injusticias sociales, que son la vida misma, el muy jodío. Y después se queja por ser detenido, el muy mártir.

Como Heidi Sánchez, doblemente sacrílega e impenitente, por reportera de Mundo Obrero y cubana. Ella es, ya saben, de esa isla integrante del eje del mal que adquirió el abyecto empeño de constituirse en referente ético, político y cultural de este planetita azul desde que en 1959 unos desaliñados ateos que no comulgaban con ruedas de molino entraron en La Habana proclamando el socialismo. (Aquí aprovecho de modo subliminal para indicar a los profanos y reconvertidos que en el logo de la FIM aparece Carlos Marx, no el abuelito de la merengada serie televisiva basada en la novela de Johanna Spyri).

La reportera más dicharachera de MO acudió con su alcachofa radioactiva a la conferencia de una bloguera antillana adalid de la libertad, pero no precisamente la de prensa. Yoani, nombre popular entre la gusanera, es fiel y piadosa feligresa del templo de la Sección de Intereses Norteamericanos (SINA), donde comulga. Heidi quiso preguntar preguntas; como los periodistas, vaya. Insolente. Aún se quejó por ser expulsada, como si el árbitro le tuviese ojeriza.

Pero el guardia de seguridad no era inhumano, aunque retumbase el eco de su dúo de neuronas. Preocupado por la soledad de la cronista, también acompañó a la salida a Javier Couso, con su cámara de vídeo al hombro. Couso lo tiene todo para generar malas digestiones en los estómagos agradecidos del sistema: incansable activista de los derechos humanos, íntegro en sus convicciones y hermano de una víctima del imperialismo que aún vive para reclamar justicia, un gran cóctel molotov.

Es señal de la buena marcha de Mundo Obrero que la Congregación para la doctrina de la Fe capitalista haya puesto sus ojos y su bilis en un medio que consideraban fantasma. Aunque tampoco era necesario que se molestasen, que nadie tiene interés alguno en formar parte de la hagiografía comunista.

Desde su fundación en 1930, miles de personas, camaradas y no camaradas, han entregado sus vidas o han sufrido tortura y cárcel por editar, distribuir o poseer Mundo Obrero. De todos ellos, siempre me ha impactado el caso de Ángel Rodríguez Leal, asesinado en el despacho laboralista de Atocha, donde trabajaba. Ángel regresó al bufete para recuperar el ejemplar de Mundo Obrero que había dejado olvidado y los pistoleros de ultraderecha, los inspiradores ideológicos de los actuales represores, ya nunca le permitieron salir.

Porque MO ha encontrado y encuentra en la verdad y el compromiso el más poderoso recurso para la batalla más importante: la de las ideas. Y, sin duda, puede permitirse hacer suyo el lema que el cantautor Woody Guthrie lucía en su guitarra: “¡Este arma mata fascistas!”. Salud, Mundo Obrero.

— Y digo yo... ¿aquí no haría falta una Revolución?

— Y luego, ¿por qué me lo preguntas?