20 de julio de 2013

Siempre

Benito Rabal (Mundo Obrero)

El mismo día en que tres militares murieron en una base de la Legión en Almería cuando transportaban explosivos, esto es, en un accidente laboral, en Madrid murieron dos obreros de la construcción al caérseles encima partes de una grúa, esto es, víctimas también de un accidente laboral.

La noticia de la primera desgracia –porque desgracia es siempre la muerte que sorprende– ocupaba la primera página de todos los periódicos y gran parte de los noticieros televisivos; la segunda un pequeño espacio en la sección regional y, por supuesto, ni una referencia en las ondas catódicas. A los fallecidos militares les ha correspondido medallas y honores y, a sus doloridas familias, pensiones y pluses como corresponde a los caídos por España; a los segundos, nada, al margen de algunos eurillos de indemnización si es que, con suerte, la cobran. A las honras fúnebres de los primeros –católicas, faltaría más– han asistido autoridades militares, civiles y religiosas; al de los segundos no tenemos noticia, pero supongo que allí no había más autoridad que el sufrimiento de sus familias y muy posiblemente, el párroco correspondiente y la funeraria, los cuales habrán cobrado puntualmente sus honorarios, no a costa del erario público como en el caso de los militares, sino a cargo de las familias de los obreros.

De todo esto deduzco dos cosas: una, que para este país es más importante destruir, que para eso sirven las armas y explosivos que manipulaban los legionarios, que construir, que es lo que hacían aquellos a los que se les cayó encima una grúa; la otra, que en una medida o en otra, la iglesia católica presencia –o intenta presenciar- cada uno de los actos decisivos de nuestras vidas, ya sea la alegría de un nacimiento o la desgracia de la muerte.

La misma semana en que cuatro mujeres han sido asesinadas por sus parejas –machistas, por supuesto-, el gobierno de este país –de larga tradición de imperio del macho– ultima una ley sobre la reforma del aborto con la que de nuevo se insulta, ataca, criminaliza y menosprecia a la mujer, e impone otra nueva de la enseñanza en la que, aparte múltiples retrocesos, se vuelve a equiparar la religión católica con las demás materias dándole un valor académico. Y dado que es esa misma religión la que atribuye la creación de la mujer a partir de algo tan nimio y prescindible como es un trozo de la costilla de un hombre –no a partir del hígado, del corazón o cualquier otro órgano vital, sino de un huesecillo-, deifica en la figura de la Virgen María la falta de placer femenino equiparándolo con la pureza –algo así como la exaltación de la ablación del clítoris- o impide el acceso a la jerarquía de su secta a las mujeres, sorprende cuanto menos que ese mismo gobierno hable de erradicación de “la violencia de género” cuando fomenta la cultura de la violencia contra las mujeres que emana de la religión católica. Y hablo de la católica porque es la que mayoritariamente sufrimos, pero lo que digo de ésta, lo confirmo en las demás.

Siempre, a lo largo de nuestra historia, nos ha acompañado, como una maldición, el poder del pulpo negro. Las retrogradas decisiones de esa secta de necrófilos y reprimidos, gracias a su alianza con el poder económico –del que forma parte imprescindible- han pesado más que las elegidas libremente por el pueblo, o incluso, su propio sentir.

Pero sin embargo, por más que sepamos de su maldad, por más que sintamos rechazo a su presencia e influencia secular, seguimos asistiendo a bautizos, bodas eclesiásticas, comuniones o funerales, asumiéndolo como inevitable por razones familiares o compromisos sociales. Y mientras sea así, la Iglesia católica seguirá ejerciendo su perversa influencia.

Es, como dice mi compañera, algo así como lo que pasó con Telefónica cuando existían las cabinas de teléfonos. Echabas las pesetas, hablabas menos de los minutos estipulados y no te devolvían lo que habías pagado de más. Eso se asumía como inevitable y robándonos, se hicieron ricos porque no hicimos nada para impedirlo.