20 de agosto de 2013

Guerra, terror y escarmiento: homenaje a una obra clandestina de Miguel Sánchez-Ostiz

Guerra, terror y escarmiento: homenaje a una obra clandestina de Miguel Sánchez-Ostiz

POR IGNACIO AYESTARÁN ÚRIZ - Lunes, 8 de Julio de 2013 - Actualizado a las 14:03h
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Pensar las mentiras, los secretos, las trampas y las verdades clandestinas es una de las tareas de un intelectual. Uno de estos deberes es escribir, recordar y explicar cómo en este rincón de Europa un 18 de julio de 1936 empezó una historia que no fue una guerra civil, ni un simple golpe de Estado, sino una guerra de exterminio, un sistema totalitario que se propuso el fin de toda una época y el inicio de un silencio sepulcral. Miguel Sánchez-Ostiz lo ha hecho en su último libro, titulado El Escarmiento y publicado por una editorial pequeña pero llena de fuerza como Pamiela.
A pesar de tener un narrador principal, tenemos ante los ojos una obra coral, principalmente por el testimonio directo de muchas de las víctimas y de sus descendientes. Es un libro vivo y directo, una llamada entre la novela, el ensayo, la historia y la biografía, que denuncia y supura dolor, un libro de batalla pero con una calidad magistral a lo largo de sus quinientas páginas.
Sirvan las siguientes líneas como homenaje a este escritor proscrito de los círculos del poder y de las timbas de los premios oficiales y también como reflexión sobre una época y de lo que somos, nosotros, hijos e hijas de una democracia amnésica, construida e hipotecada sobre las fosas y las simas de la brutalidad. Para ello, he organizado este artículo en cuatro secciones:
1) Exterminio y escarmiento;
2) La sonrisa de Franco y la burla con los escarmentados;
3) La literatura clandestina y la Cultura de la Transición; y
4) Biopolítica del escarmiento y democracia.


1- Exterminio y escarmiento
El leitmotiv del libro de Sánchez-Ostiz es el escarmiento, porque sabían muy bien lo que hacían y lo que querían en aquel aparente descontrol. Antes de iniciar la guerra de terror y exterminio, planificaron a conciencia los detalles con el propósito de aniquilar toda resistencia y dar un escarmiento. Las instrucciones fueron muy explícitas y premeditadas.
Así se lo contó el mismo general Emilio Mola a su hombre de confianza y ayudante civil, Félix Maíz1: “«Hay que sembrar el terror […] hay que dejar la sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros», y además, además, atenció
n, hay que «Echar al carajo toda esa monserga de derechos del hombre, humanitarismo y filantropía». Por eso tenían previsto, desde meses antes de la sublevación, el cierre de puertos y fronteras y «la ejecución de listas. Muy interesantes para nuestro control»”.
La matanza estaba asegurada. Allanar cualquier diferencia, cualquier objeción, fue siempre el objetivo, por todos los medios, sin conmiseración. Había que convertir la sociedad en un patio de cuartel. El general Mola, con el apoyo de otras secciones militares, policiales, civiles y religiosas, así lo dispuso y lo llamó “el escarmiento” en el Frente Norte. Sánchez-Ostiz ha tenido el acierto de escoger este término y explicarnos su importancia con una anécdota real2.
En agosto de 1967, veraneando en San Sebastián, José de Arteche, archivero y bibliotecario de la Diputación de Gipuzkoa, y José María Iribarren, quien treinta años atrás había sido secretario privado y biógrafo del general Mola, sostienen una conversación sobre la guerra y la implicación de este militar en el bombardeo de Gernika. En ese momento, Iribarren dice: “– Pero si en Mola era una obsesión hacer un escarmiento entre los vascos.
Un escarmiento. Así decía: Un escarmiento”. El propio Arteche comenta esta declaración en su diario3: “Esto del escarmiento ya se lo he oído al que fue secretario de Mola muchas veces, atribuyéndolo a este general. Nunca lo apunté. Pero hoy sí”. La muerte de los otros como lección del terror, el exterminio como emblema y castigo, la gran enseñanza moral de un plan totalitario.
Arteche se queda impresionado de que Iribarren insistiera tanto en que aquel general, al que había servido fielmente, expresara con rotundidad que solo deseaban escarmentar y matar4: “«No pensaba más que en matar». ¿Por qué Iribarren me repitió tantas veces esta frase refiriéndose al general Mola de quien fue secretario en los primeros meses de la guerra civil? ¿Por qué?”. La pregunta queda en el aire y Miguel Sánchez-Ostiz la contesta y aporta más de una respuesta.
Detrás de cada una de ellas hay una víctima escarmentada, ejecutada, silenciada, porque ninguna mujer y ningún hombre estaban libres de aquella guerra de exterminio y terror. Basten dos casos, entre otros muchos, el de Encarnación Resano Falcón y el de Ricardo Campos Ardanaz, que el escritor pamplonés sabe reescribir y releer entre líneas, porque la barbarie hay que leerla entre líneas también, en la clandestinidad de la verdad que es ocultada por la mentira oficial, lo cual supone un ejercicio de literatura y hermenéutica más refinado y costoso de lo que acostumbran las buenas palabras y el lenguaje al uso.
Veamos esos dos casos de escarmiento, una mujer y un hombre cualesquiera, porque la arbitrariedad del extermino y del terror opera así, sin distingos, sin piedad. El primer caso empieza con el periódico Arriba España (núm. 18, 19-VIII-1936), que daba una noticia sobre Encarnación Resano Falcón, al parecer redactada por el cura falangista Izurdiaga5: “En Peralta fue detenida, noches pasadas, la vecina de dicha localidad Encarnación Resano Falcón, de 57 años, porque al pasar por delante de su casa la procesión de la Hora Santa salió a la calle con un banco con el que pegó en el suelo para llamar la atención y se sentó de espaldas a la procesión en plan de mofa y escarnio a las imágenes en cuyo momento unos falangistas que la vieron la cogieron y la llevaron a la cárcel. Esta individua, según informes oficiales, es de pésimos antecedentes y agitadora de masas de tal manera que en cuantas alteraciones de orden público han ocurrido en dicha villa siempre aparecía a la cabeza la individua de referencia”.
Encarna era una mujer religiosa y difícilmente podía haber reaccionado de otra manera ante la procesión católica. Si metió ruido fue porque era sorda y si dio la espalda al cortejo de autoridades fue porque en aquellos tiempos las mujeres se sentaban de cara a la pared para no enseñar sus piernas en los actos religiosos, quisicosas de la rancia moral de la época. Pero daba igual en aquellos días de escarmiento. Mataron al marido y a ella la encerraron en la cárcel. Al cabo de tres meses la llevaron con otros seis a fusilar.
Encarnación fue obligada a asistir al fusilamiento de sus convecinos y al final, “entre risas, le pegaron un tiro en la entrepierna y la dejaron toda la noche desangrándose en la puerta del cementerio”, hasta que al día siguiente alguien la remató de un tiro, después de estar gimiendo en la oscuridad y en la soledad. “Luego, el sepulturero –grandes informadores de lo que nadie debía quedar informado– se jactó de haberla enterrado entre dos hombres para que follara en el infierno. Siempre se creyó que aquello era una balandronada de borrachón locoide en busca de que le paguen el chato o el palmero de vino a cambio de truculencias. (…) Bah, una salvajada de este, como los pies del Señor y un clavico entre los dos, que dice la jota, hasta que se abrió la fosa y así aparecieron los cuerpos”6.
El segundo caso corresponde a Ricardo, quien el 25 de julio de 1936 protagoniza, contra su voluntad, una noticia luctuosa, según recoge la prensa oficial de la época: “De Corella comunican que el sábado por la mañana se suicidó en la cárcel municipal donde se hallaba detenido el vecino de dicha ciudad Ricardo Campos Ardanaz, el cual para consumar su fatal propósito prendió fuego al pajuz que cubría el suelo pereciendo asfixiado y casi carbonizado”
7.Extraña noticia, sobre todo cuando uno realiza un suicidio contra su voluntad.
Miguel Sánchez-Ostiz sabe de qué iba aquello, cuál es la verdad clandestina8: “Ah, sí, lo olvidaba, porque se ha traspapelado el recorte, el día 25, para celebrar la festividad de Santiago Matamoros, también se les ha suicidado otro peligroso extremista, el concejal del Ayuntamiento de Corella y juez de paz, Ricardo Campos Ardanaz, de 56 años, a quien sus convecinos más poseídos de exaltación patriótica han quemado vivo arrojando gasolina por la ventana del calabozo municipal donde estaba encerrado. «Odio, calor y vino», en palabras del doctor Justo Gárate, citado por Pablo Antoñana en un capítulo de sus memorias inéditas. ¿Sólo eso? Esas son amarguras de vencido.
Para los demás correrán tiempos de épica, de lírica, de romanticismo”. Genocidio, exterminio, crímenes contra la humanidad. Palabras inexistentes en el lenguaje jurídico y social de la democracia actual para juzgar estos actos de nuestros antepasados, de nuestros vecinos, de todos esos criminales que nos han rodeado y que nos han legado una amnesia colectiva. Padres de la patria y asesinos a conciencia que Miguel Sánchez-Ostiz destaca, página a página, crimen tras crimen, en la soledad del escritor y en compañía de los muertos.
2- La sonrisa de Franco y la burla con los escarmentados
La obra de Miguel Sánchez-Ostiz recapitula los comienzos de aquella guerra de aniquilación en el Frente Norte. Navarra, en conexión con Burgos y Salamanca, fue el centro de operaciones y conspiraciones bajo las órdenes del general Mola. Por eso, el libro de Sánchez Ostiz no es un simple relato local, sino que rápidamente alcanza dimensiones generales.
Hay que recordar, por caso, al pamplonés Joaquín Arrarás, el primer biógrafo de Franco, al que dedicó un libro en 1937, impreso en San Sebastián. Arrarás fue desde agosto de 1936 organizador de los servicios de prensa y propaganda de la junta golpista, bajo las órdenes de Mola, y desde 1937 fue director general de prensa. Sánchez Ostiz incluye una cita1 de este autor que expresa muy a las claras que aquello que se montó desde el principio era un dispositivo –en el sentido foucaultiano– para escudriñar, vigilar y controlar todo un país: “El Generalísimo y Jefe del Estado español se ha instalado en el palacio episcopal de Salamanca. Su despacho tiene algo de cámara oscura de radiólogo, donde Franco somete a España –a la libre y a la cautiva– a un examen de rayos X.
El general contempla el organismo nacional con sus roturas, cavernas, fibras relajadas y músculos sanos y en tensión. España sin veladuras ni secretos.” España era entonces una enorme maquinaria para vigilar y castigar bajo los rayos X del panóptico totalitario y la eugenesia de la Hispanidad. Todo ello estaba controlado por la mirada y la sonrisa de Franco (la cita mencionada de Arrarás está en la sección final de la biografía de Franco, donde decía que “toda España, la liberada y la roja,” conocía la sonrisa de Franco, “que ha trascendido al mundo, y es universal como la mirada acerada y fiera de Mussolini o el ceño de Hitler”
2). Era la sonrisa de Franco que Manuel Machado retrató de forma laudatoria y exaltada en un poema, el cual daba comienzo al libro de Arrarás
3: “Caudillo de la nueva Reconquista, Señor de España, que en su fe renace, sabe vencer y sonreír, y hace campo de paz la tierra que conquista. Sabe vencer y sonreír. Su ingenio militar campa en la guerrera gloria seguro y firme. Y para hacer Historia Dios quiso darle mucho más: el genio. Inspira fe y amor. Doquiera llega el prestigio triunfal que lo acompaña, mientras la Patria ante su impulso crece, para un mañana, que el ayer no niega, para una España más y más España, ¡la sonrisa de Franco resplandece!” Esa sonrisa siniestra era la faz de una dictadura, el gesto de una guerra de aniquilación miserable e hipócrita.
Mientras la mentira oficial y la propaganda lisonjera se expandían en el verano de 1936, al mismo tiempo la prensa de la época describía la realidad de aquel momento aciago. Sánchez-Ostiz reproduce como ilustración un recorte de periódico4, donde la danza de la muerte de los fusilamientos y la kermés de los asesinatos quedaban justificadas, de acuerdo con el punto primero del programa político-social que los dirigentes y sus fuerzas ordenaban en la España de la cruzada nacional-católica:
“1. Establecimiento de una dictadura militar y exterminio de todos los elementos sindicalistas y comunistas. En principio, la dictadura militar será temporal, pero en la práctica funcionará indefinidamente sin Parlamento constituido”.
No, no fue una guerra civil. Fue una dictadura militar de exterminio y aniquilación, el totalitarismo en formato hispano con bendición cristiana. Se promulgaron listas negras, chivatazos, falsas denuncias, que daban a parar en arrestos nocturnos, encarcelamientos, sacas y paseíllos sin retorno, en barbaries no reconocidas, desapariciones sin nombre.
La sonrisa de Franco era una burla, el escarnio, la risa de los verdugos, la mofa con las víctimas y sus familias, el escarmiento. Sánchez-Ostiz trae a colación la risa de la que alardeaban los requetés y falangistas en su exterminio, como aquella de Rafael García Serrano
5: “«Era cosa de risa, no de ejecución revolucionaria», dirá cuarenta y seis años después un contertulio del Ateneo, uno de los que lo asaltaron en julio de 1936: Rafael García Serrano. Cosa de risa. Los golpes que te puede dar un sayón cuando Patachopo, hijo del militar alzado, grita «¡Puto rojo y puto separatista… te voy a matar a hostias!», es cosa de risa, como lo fue para todos los que minimizaron y se encogieron de hombros cuando supieron de los crímenes de aquel verano”.
Aquella risa de los escuadrones de la muerte y aquella sonrisa de Franco dieron paso al silencio, al ocultamiento, a la negación y a la clandestinidad. Y lo peor es que con el tránsito al parlamentarismo democrático, muchos herederos de los verdugos de la risa y de la mofa siguen negándolo, porque todavía funciona la red de silencios y la telaraña del ocultamiento, en la trama de las complicidades.
Se les llena la boca de libertad y democracia, te sonríen a la cara y se dejan fotografiar con sus muecas risueñas, pero en el fondo siguen negando las fosas, el escarmiento y el horror
6: “Poco importa si es de ahora, lo que importa es la cagada, la mala leche que no cesa, la de la destrucción de las placas y monumentos, de fusilados, de asesinados, de esclavos del franquismo, que la derecha del Partido Popular o de UPN se niega a condenar de manera franca y decidida, sin reservas, sin trucos, sin parapetarse detrás de unas leyes que procura incumplir o cumplir a regañadientes, retratándose de paso, echando mano de sus escritores de cámara y poco menos que de nómina, si es que no cobran, algunos, del fondo de reptiles”.
Da la sensación de que aquellas formas facciosas siguen vigentes en muchos aspectos del presente. Si Elfriede Jelinek, esa escritora que tan agudamente ha denunciado el neo-nazismo y el fascismo actual en Austria y Alemania
7, si ella, digo, visitara este rincón de Europa o leyera las decenas de casos que muestra Sánchez-Ostiz, tendría que ampliar el mapa del totalitarismo machista y homicida. Sí, porque no solo se dedicaron a saquear y a matar.
Encima se burlaron y se rieron en el exterminio. Ocurrió con muchas jóvenes y adolescentes, como la violación repetida y el posterior asesinato de Maravillas Lamberto, con 14 años, quien tuvo que presenciar primero la muerte de su padre y cuyo cuerpo desnudo fue descubierto por el olor y por los perros que ya habían empezado a desgarrar sus piernas
8. O como sucedió con María Camino Oscoz, la maestra comunista de 26 años, desaparecida en alguna sima de Urbasa, después de que los falangistas de Pamplona la detuvieran y la obligaran a beber un palmero de aceite de ricino, a carcajadas, y la pasearan, mofándose de sus escurribandas, “para gozo de transeúntes que ríen y aplauden la hombrada de los héroes del día”
9. Aquello fue un genocidio en toda regla. Aquellos que se decían cristianos, católicos, apostólicos y romanos, aquellos que repetían que hacían la cruzada contra el bolchevismo ateo y el judaísmo internacional, cometieron los crímenes más horrendos, más miserables, sin piedad, sin remordimientos. Y sus crímenes han quedado impunes. Tampoco nadie ha pedido nunca perdón. Al contrario. Todo ha quedado amnistiado, silenciado y ocultado. Las víctimas y sus familiares no son más que anécdotas clandestinas, susurros en la oscuridad, una deuda para la muerte.
Sánchez-Ostiz explica contundentemente por qué no ha habido reconocimiento de esta deuda. La razón es muy simple: la gente fue cómplice y participó directamente en la cacería y en la represión. Aquello fue todo un sistema de control, una malla tupida de violencia y persecución con muchos colaboradores10: “No basta decir que no sabíamos nada, como sostiene tío Quinito, porque no es cierto ni verosímil ni creíble; más creíble resulta decir que en ejercicio de la desmemoria nacional, no quisieron enterarse y en esa medida no se enteraron. Fue Mola con sus colaboradores de Pamplona quien urdió desde antes de sublevarse aquella represión.
Era la única manera de asegurarse el control social de la retaguardia. De esa manera no habría sorpresas ni levantamientos ni desórdenes. Nada. Se controlaba la prensa, la radio, las carreteras, la frontera, los pueblos por juntas de violentos investidos de autoridad y con armas en la mano… Y para esa ingente labor policial se necesitaban espontáneos y los tuvo a docenas, porque él de Pamplona y de Navarra no sabía nada.
Pocos fueron los pueblos que no tuvieron «delegados» de orden público o de guerra, que actuaron mano a mano con guardias civiles. Pocos fueron los pueblos que no tuvieron centro de requetés”. Así fue, sí. No fueron pocos, no. Y el daño que hicieron fue consciente, planificado, calculado y administrado, para arrasar la retaguardia, para generar miedo en el resto y para asegurarse un futuro más cómodo, sin oposición alguna. De paso, aprovecharon para enriquecerse con los ahorros, las propiedades y los bienes de las víctimas y sus familias, a quienes expoliaron y saquearon sin vergüenza.

3- La literatura clandestina y la Cultura de la Transición
La obra de Sánchez-Ostiz no es una novela histórica, a pesar de que esté repleta de acontecimientos y datos. Es una novela ensayística sobre el pasado desde el presente. De hecho, algunos de los capítulos tratan de acontecimientos actuales.
Los dos capítulos iniciales, por caso, situados en el año 2011, nos hablan de sus ascensos o visitas al fuerte de San Cristóbal, en el monte Ezkaba, al lado de Pamplona. Esa fortificación fue una cárcel, donde se maltrató a los presos en los primeros años de la guerra y en cuya ladera hay fosas que recientemente han empezado a desenterrarse, aunque nunca con apoyo de las instituciones oficiales. En ellas yacen decenas de cadáveres de los presos que intentaron fugarse en mayo de 1938 y que fueron atrapados como si fueran alimañas.
En pocos días los cazaron “como conejos”, que es la expresión que se le ha quedado grabada a Sánchez-Ostiz: “Sin apenas resistencia, los presos fueron abatidos sobre la marcha, fusilados por las partidas de voluntarios y guardias civiles, o detenidos, si tenían más suerte. Algunos fueron ahorcados. Hubo suicidios. De estos también oí contar de niño”1.
Otro capítulo nos habla, por ejemplo, de su asistencia a la apertura de una fosa en noviembre de 2012, la que abrieron los técnicos de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, dirigidos pulcra y cuidadosamente por Francisco Etxeberria, al pie de Peña Redonda, en Antxoritz, un pueblecito del valle de Esteribar, cerca de Pamplona. Fue un momento emotivo y no solo del pasado, sino del presente: “«Con mimo, con mucho mimo». Eso fue lo que dijo la antropóloga Lourdes Herrasti, de la sociedad Aranzadi, cuando empezaron a hacer la última limpieza de los restos de los seis asesinados.
Mimo y un silencio respetuoso. Silencio de los que estaban dentro de la fosa trabajando y conversaciones en voz baja fuera de esta, todos bajo la lluvia y en el barro. Fueron saliendo botones de camisa y de chaleco, de pasta y de hueso, una trabilla de chaleco, la hebilla de un cinturón que había dejado un rastro de óxido, una medalla barata de cobre y plata, la Virgen del Carmen y el Sagrado Corazón de Jesús, en una caja torácica, y una bala, una bala perdida entre los huesos, y junto a las muñecas del hombre del traje, unos gemelos de diseño modernista, rojos.”
2 Mimo y silencio respetuoso con aquellos seres que fueron eliminados de malas maneras, con toda la injusticia del mundo para ellos y sus familiares. Silencio sentido, que se opone al silencio oficial de las autoridades que no acuden a estos actos. Y ello hace que el escritor se pregunte en ese duro momento sobre los últimos momentos de aquellos pobres desgraciados que padecieron el escarmiento hasta el final: “Oí que alguien se preguntaba si la gente que había terminado allí, hermanada en la muerte, se conocería de algo o si solo habrían compartido las horas finales de prisión, unos días, unas pocas semanas, y el viaje final, el de la camioneta, el de los falangistas que fumaron delante de ellos aquellos últimos pitillos antes de hacerles cruzar el torrente y matarlos contra la peña. Una camioneta que había llegado hasta allí precedida o seguida por un cochecito de la muerte, el de los matones.
”3 Y siguen las preguntas, pero ahora ya no sobre el pasado, sino sobre el presente: “Y me pregunto por qué ese buscar y abrir fosas hiere, irrita, por qué ese empeño en negar esa última satisfacción a quienes han llorado a los suyos y se han transmitido el dolor. Porque permitir a regañadientes equivale a negar. ¿Por qué no una aceptación franca, decidida, generosa, plena de lo sucedido?”
4 Una reflexión sobre el pasado desde el presente. Preguntas sobre el pasado y preguntas sobre el presente, con respuestas casi obvias, que todos sabemos, aunque en ocasiones no se puedan decir en alto. Esto demuestra que no se viven tiempos normales. La Transición, el paso de la dictadura totalitaria a la segunda restauración borbónica y a la democracia parlamentaria no fue modélica, ni reconciliadora. Ni mucho menos. Sánchez-Ostiz sabe que estas cosas no son del pasado, sino del presente. Y también sabe que queda mucho por decir e investigar todavía. Una parte de su libro relata sus pesquisas en el Archivo General de Navarra en busca de documentos sobre la Junta Central de Guerra Carlista, que era la que controlaba el ejercicio de la violencia y el terror. Allí descubre que algunas de las doce cajas sobre ese tema están casi vacías. Alguien se ha preocupado estos años de no dejar huella, no vaya a ser que a alguien se le ocurra remover. Él ya lo sospechaba, porque sería muy raro que siguieran allí los restos de la barbarie, “después de años de haber permanecido en manos de franquistas, carlistas y falangistas convencidos, y de amigos de amigos que habían hecho desaparecer todo lo que podía incriminarles”
5. Aún con todo, el escritor pamplonés ha encontrado informaciones espeluznantes en los archivos y en la hemeroteca de la época, como los bandos de guerra, que prueban las entrañas del escarmiento. Una de las cosas más terribles es que el 22 de julio de 1936, a las tres de la tarde, se adicionó al bando oficial de guerra una aclaración por la que se establecía una pena única de fusilamiento, dentro de las 24 horas siguientes a la detención de cualquier elemento considerado extremista
6. La cacería de cualquier enemigo, de cualquier opositor, de cualquier sospechoso, quedaba justificada. Y su muerte quedaba garantizada, bien por fuerzas uniformadas oficiales, bien por “rondas volantes de voluntarios militarizados”. De hecho, influido por la lectura de El Escarmiento, el historiador Fernando Mikelarena ha ahondado en esta cuestión y ha encontrado más información relevante: la Junta Central Carlista de Guerra de Navarra, no contenta con la represión llevada a cabo en la provincia, se animó a aconsejar el 24 de septiembre de 1936 sobre la conveniencia de adoptar una política de mano dura en Gipuzkoa, contra los rojos y, especialmente, contra los nacionalistas, incluido el clero vasco. La Junta se quejaba de la lenidad de la represión, comparada con “la dureza del castigo aplicado en Andalucía, Extremadura, parte de Aragón y parte de Castilla”
7. Este tipo de detalles demuestra que quedan muchas páginas por escribir y muchas palabras por decir. Si eso es así, entonces la Transición no puede ser el último punto de referencia. Por desgracia el tiempo juega en contra de la recuperación de testimonios. Por otro lado, la asunción de los pactos amnésicos de la Transición ha dejado de ser una solución (si alguna vez lo fue), para convertirse en un auténtico problema social y cultural. Recordemos aquí brevemente cómo ha caracterizado Amador Fernández-Savater la Cultura de la Transición o CT
8. La Cultura de la Transición nació con el mito de las “dos Españas”, ofreciéndose como un “poder de salvación” para la gestión y administración del miedo (golpes militares, terrorismo de ETA, ruptura de España, etcétera). Para ello se propuso o se vendió una cultura basada en el consenso, la desproblematización y la despolitización
9, es decir, todo aquello que se asume mediáticamente como un pacto generalizado, que evita ser cuestionado desde el régimen de 1978, bajo fórmulas prescriptivas o imperativas: “eso no se discute”, “no sé de qué me hablas”, “no hay alternativa”, “no hagas demagogia”, “lo contrario es utópico”, “es lo que hay”, “la vida es así”, “o yo o el caos”, etc. El éxito de la Cultura de la Transición es haber anatematizado las alternativas de futuro y las lecturas del pasado. Todo aquello que pudiera deconstruir los pilares del régimen de 1978 era criticado como utópico o descabellado, hasta asumir unas bases inamovibles en más de tres décadas: monarquía, Constitución, centralismo parlamentario, bipartidismo y prensa asociada, gran banca, OTAN, el mercado del euro, la Unión Europea, etc. Para ello, de forma consciente o inconsciente, periodistas, políticos, historiadores, artistas, creadores, intelectuales y expertos han ido adoptando una jerga consensual, desproblematizadora y despolitizada
10: “La CT define el marco de lo posible y a la vez distribuye las posiciones. En primer lugar, prescribe lo que es y no es tema de discusión pública: el régimen del 78 queda así «consagrado» y fuera del alcance del común de los mortales. En segundo lugar, fija qué puede decirse de aquello de lo que sí puede hablarse (sobre todo cuestiones identitarias, de costumbres y valores). (…) Por último, dispone también quién puede hablar, cómo y desde dónde. La CT está afectada por una profunda desconfianza en la gente cualquiera, que se expresa bien como desprecio, bien como miedo, bien como paternalismo. (…) El respeto de ciertos términos, así como la asunción de determinados tonos, inflexiones y referencias en el discurso, definirá un «hablar bien» que dará acceso a los lugares privilegiados”. El éxito de esta CT ha sido sin duda generar un monopolio sobre el sentido común: decidir qué es sensato y qué no.
Este “hablar bien” de la Cultura de la Transición incluye no remover el pasado y dejar descansar a los muertos, aunque estos hayan sido asesinados y enterrados en fosas comunes, arrojados a simas profundas o simplemente abandonados en cunetas. Si alguien se atreve a lo contrario, será acusado de “guerracivilista”. Con todo el descaro te dirán que hay que pasar página, que eso son cosas del pasado y que todo aquello forma parte de la historia de España –como las estatuas ecuestres de Franco– y hay que aceptarlo tal cual. Por descontado, el que ose romper este consenso será marginado de los circuitos mediáticos, de las instancias oficiales, de los círculos del poder. En definitiva, será reducido, de forma silenciosa pero inexorable, a una clandestinidad, democrática, pero clandestinidad al fin y al cabo. Miguel Sánchez-Ostiz conoce estos riesgos y asume las consecuencias. Narrar todas esas cosas de silencios cómplices y de voces clandestinas supone ir a la contra, o quizá hacer una Contracultura de la Transición. Y para ello es indispensable escribir esa página de la historia. En una reciente entrevista sobre la publicación de su libro, lo denunciaba con fuerza
11: “Y, en este sentido, yo he venido diciendo que estoy a favor de pasar página... Pero primero la escribimos; es decir, primero me dejas que la escriba a mi modo, que es lo que no han dejado durante muchísimos años, y luego me la lees. Y una vez que suceda esto igual podemos pasar página. Pero claro, si la página no la escribimos, no la dejan escribir del todo o la rompen o no la quieren leer, esa página no se puede pasar, y eso es lo que está sucediendo. Porque las páginas se pueden romper de muchas maneras: haciéndole un homenaje a la División Azul, admitiendo a trámite una querella contra un periodista que se ha atrevido a acusar a Falange española de actividades genocidas y de crímenes... La página se puede romper pidiendo el regreso de la laureada de San Fernando al escudo de Navarra, rompiendo las placas de los fugados del fuerte y de los esclavos del franquismo, de quienes se escribe que vivían de puta madre, o desde las cátedras de historia...
Así que, en estas condiciones, es muy difícil pasar página o andar pegando con cello de antes los trozos que van quedando de esas páginas rotas. Y si no están abiertos todos los archivos, también es muy difícil escribir esas páginas.” Sánchez-Ostiz sabe que es difícil que le dejen escribir esas páginas. Y si uno lo hace, es bajo el precio de ser un clandestino, de publicar en circuitos más reducidos, de ser silenciado en los grandes medios, de desaparecer de la vida intelectual de muchos. Si uno escribe al margen o sobre los márgenes de la historia, si no se dispone a “hablar bien”, entonces será marginado y reducido a un lenguaje clandestino, para minorías no oficiales, o si se prefiere, para la mayoría silenciosa (porque al final las minorías no oficiales son mayoría).
Y que nadie piense que la Cultura de la Transición ha supuesto el fin del extremismo de antaño. El día que salía publicada la entrevista con Sánchez-Ostiz, en el mismo periódico, se daba noticia de que habían aparecido pintadas de corte fascista o neonazi en las inmediaciones de la Puerta del Socorro, que da acceso desde la Vuelta del Castillo a la Ciudadela de Pamplona, lugar en el que el bando franquista fusiló a 298 personas desde 1936 hasta 1941, incluidos concejales y ex concejales
12. Entre los dibujos se apreciaban esvásticas y expresiones como “rojos de mierda”
13. La Cultura de la Transición ha fracasado en este aspecto. Solo ha servido para tapar crímenes y genocidios, que deberían haber sido tratados como tales. El no haber afrontado este problema en serio ha supuesto una mala praxis política y un déficit democrático notable, aunque algunos hayan realizado arrepentimientos ocasionales, casi siempre tardíos e insuficientes. En esto también el escritor pamplonés ofrece un ejercicio interesante, en un capítulo de su libro, titulado “Descargas a conciencia”
14. Es un alegato contra Pedro Laín Entralgo y su libro de memorias Descargo de conciencia (1930-1960)
15, publicado por Seix Barral en 1976, en los albores de los pactos de la Transición. Incorporado al cuerpo de Falange, Laín Entralgo narra cómo un día, a finales de agosto de 1936, le despertaron y le obligaron a asistir al fusilamiento de un joven –con 18 o 19 años– en Pamplona, como si fuera una lección más a aprender, en plan didáctico, igual que las mujeres que acudían en esas madrugadas tétricas a ver el espectáculo. Laín Entralgo ni siquiera le pone nombre a la víctima. Sánchez-Ostiz se lo reprocha y lo nombra a partir de los periódicos de la época que reproducen la noticia el 27 de agosto
16: “Ayer por la mañana a las seis y cuarto en los gladis de la Vuelta del Castillo fue ejecutada la sentencia impuesta contra un joven de Villafranca de Oria llamado Lucio Rudi, ante cuyo cadáver desfilaron las tropas que formaron el cuadro”. Amnesias de la Transición, que ya ni siquiera se acuerdan de los nombres de las víctimas ejecutadas tras aquellos falsos juicios sumarísimos. Sánchez-Ostiz también le reprocha a Laín Entralgo que no mencione el fusilamiento masivo en la corraliza bardenera de Valcardera, sucedida tres o cuatro días antes. Los descargos de conciencia y las descargas de los pelotones se fusionaron así en la desmemoria de la Transición, sin una reparación justa, sin el respeto debido a las víctimas
17: “Incluso en 1976, cuando Carlos Barral le publica a Laín su libro, es demasiado comprometido hablar de Valcardera, en la medida en que vivían algunos de los ejecutores y de los testigos. Una cosa como la ejecución del muchacho anónimo y campesino de 18 años, seguido de un acto de recogimiento y dolor en los Redentoristas, «queda mejor», toca más la fibra”. Este “quedar mejor” es el “hablar bien” y correcto perteneciente a la cultura desmemoriada de la Transición, la jerga de la reconciliación en el vacío. Por eso, de una forma u otra, Sánchez-Ostiz, en un ejercicio metaliterario –o quizá de auténtica literatura comprometida–, desvela dos mecanismos con los que se ha construido una cultura amnésica desde la Transición: el esteticismo y el victimismo.
Esteticismo al justificar que toda la corte literaria, que permaneció durante los dos primeros años de la guerra por la “Atenas militarizada” que fue la Pamplona de Mola (Pedro Laín Entralgo Jorge Guillén, Rafael García Serrano, Ángel María Pascual, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Luis Felipe Vivanco, Gonzalo Torrente Ballester, Eugenio d’Ors, entre otros), se dedicara a temas de una estética empalagosa, entre barroca y romántica, según los casos, mientras silenciaban todas esas matanzas que se publicaban en las gacetas y se comentaban por las calles. Victimismo al mostrarse posteriormente sorprendidos de toda la sinrazón y barbarie que se estaban produciendo ante sus ojos y oídos. Así es como se ha construido la Cultura de la Transición, con fingimientos, despistes, poses y bellas palabras, que ocultaban una realidad, la otra realidad, la de los hechos clandestinos. Es difícil de todas maneras ejercer la escritura ante la clandestinidad y la ocultación de las injusticias. Hace unos años, Belén Gopegui cuestionaba algunos estándares establecidos sobre la corrección intelectual en Europa y proponía el “paso a la clandestinidad” en los siguientes términos
18: “No escribamos sobre lo que pensamos que difícilmente nos publicarían pero que a lo mejor, como estamos en un continente libre, al fin logramos publicar en una editorial pequeña o en una gran editorial con deseo de legitimarse. Escribamos, por el contrario, sobre lo que sabemos que no podemos escribir, porque está prohibido”. Belén Gopegui sugería escribir textos que no estuvieran separados de la vida, que no vayan a parar a los solitarios sillones de orejas en donde se fantasea, sino a las mesas de trabajo en común: “Si conseguimos escribir sobre todo esto, si dejamos de trabajar solos y entramos a formar parte de un colectivo real que necesita que escribamos sobre todo esto, entonces tal vez empezará a existir una literatura materialista, y empezará acaso a ponerse en duda en Europa la existencia real de la libertad”.
Sin duda, Miguel Sánchez-Ostiz ha dado este paso a la clandestinidad material. Muchos de sus personajes son personas con una historia, víctimas clandestinas del sistema opaco de la Transición. Y su postura, comprometida y arriesgada, ha servido para dar voz a muchos familiares y herederos de aquellas víctimas. En el autor pamplonés tenemos así, por un lado, al escritor Sánchez-Ostiz y, por otro lado, al ciudadano Miguel, y ambos han confluido en El Escarmiento, para mostrarnos el problema de la libertad literaria y ciudadana en este viejo y olvidadizo continente.
4- Biopolítica del escarmiento y democracia
El 3 de junio del 2013 el escritor dio una conferencia abierta en Pamplona para presentar su libro. Por aquellas paradojas imprevistas de la vida, la fecha coincidía accidentalmente con la efeméride de la muerte del general Mola. Así de pequeño es el mundo. El acto se celebró en el Instituto de Educación Secundaria “Plaza de la Cruz”, donde todavía quedan restos del franquismo en el edificio. Así que la conferencia se desarrolló en un lugar adecuado y en un tiempo propicio para seguir debatiendo las consecuencias de aquella guerra.
Entre los numerosos asistentes había muchos hijos y familiares de las víctimas. También era patente la ausencia de los representantes políticos de la negra provincia de Flaubert, con alguna excepción notable, principalmente de la izquierda menos desmemoriada. Fue un acto emotivo, con los sentimientos a flor de piel, sobre todo por todas aquellas personas mayores que asistieron de forma masiva y que todavía esperan una respuesta después de todas estas décadas de olvido y mutismo. A mí me llamó la atención una cosa: había muy poca gente de mi edad. Apenas había presencia de gente nacida en plena democracia o en los primeros años de la Transición.
Muy pocos de los asistentes ocuparían la franja de edad comprendida entre los 20 y los 40 años. Pasados unos días comprendí que eso también significaba algo importante: la política del escarmiento había sido efectiva. Con la guerra de exterminio y terror impuesto y con el posterior silencio, aceptado sin crítica por la Cultura de la Transición, las generaciones más jóvenes no ven tan urgente tratar estos temas, con alguna salvedad.
El escarmiento y el silencio de las generaciones pasadas han surtido efecto. Por eso el libro de Sánchez-Ostiz es necesario todavía, en este lugar y en este tiempo de parlamentarismo democrático amnésico. Este libro además funciona perfectamente como caja de resonancia y de activación de la conciencia colectiva. En él se expone, con detalle, ese clima que generó el sentido común que hoy hemos dado por normal.
El libro funciona porque es el reverso oculto de la biopolítica del franquismo y de la represión, de toda esa política racial de la Nueva España y su eugenesia, que propugnaba el jefe de psiquiatría en la guerra Antonio Vallejo Nágera. En el prefacio de la Eugenesia de la Hispanidad y regeneración de la raza, publicado en 1937, Vallejo Nágera recuerda que aquello era un holocausto1: “Millares de vidas en flor se ofrendaron en holocausto del ideal patriótico”. Para ello, a las buenas o a las malas, se impuso el escarmiento de los ciudadanos indeseables.
El capítulo XLI, titulado “Elementos indeseables”, lo pone de manifiesto. Había que acabar con la democracia de los elementos indeseables a través de la nueva biopolítica racial2: “Tiene la democracia el grave inconveniente de que halaga las bajas pasiones y de que concede iguales derechos sociales al loco, al imbécil y al degenerado. El sufragio universal ha desmoralizado las masas, y como en éstas ha de predominar necesariamente la deficiencia mental y la psicopatía, al tener igual valor el voto del selecto que el del indeseable, predominarán los últimos en los puestos directivos, con perjuicio del porvenir de la raza”. El dictamen quedaba claro. Había que reeducar y dar una buena lección, un auténtico escarmiento, a todos los elementos indeseables que pensaran en la democracia y en el sufragio universal.
Había que privarles de todo, incluidos los derechos ciudadanos más básicos, que para eso hacían una guerra de exterminio3: “Precisa [la raza] privar a los indeseables de los derechos ciudadanos mientras no se hayan regenerado mediante la reeducación. Compete a políticos y sociólogos purificar el medio ambiente fomentador del desenfrenado desarrollo de las tendencias instintivas de las masas”. Había que purificar el ambiente y reprimir a las masas en sus aspiraciones políticas. La eugenesia de la Hispanidad se encargaría de ello, para regenerar la raza y escarmentar a los indeseables. Un año después, en 1938, Antonio Vallejo Nágera publica Política racial del nuevo Estado. Ya han arrasado gran parte de la península, especialmente en el Frente Norte.
Ya han empezado a organizar su propio Estado y está triunfando su biopolítica del escarmiento. Habían desarrollado y planificado su guerra para acabar en un Estado totalitario y dictatorial, sin excusas, sin miramientos, sin complejos4: “Únicamente el Estado totalitario y dictatorial es capaz de imponer los medios y métodos de la Higiene racial, practicados sin excepción por todos los ciudadanos, estimulados por un afán de superación”.
Purificación, selección e higiene de la raza, biopsicología de los genes de la Hispanidad, todo cabe en la biopolítica de la Nueva España, en su lucha contra los judíos, los musulmanes y los ilustrados racionalistas, pues “sólo entonces cristalizará de nuevo el núcleo racial que permitirá que España no se disgregue interiormente y que sea temida y respetada fuera de sus fronteras”.
Aquellos resentidos que se opongan serán considerados enfermos, locos o criminales, elementos indeseables en la maquinaria de la muerte, en el dispositivo del terror y del escarmiento, donde ya no tendrán cabida nunca jamás5: “Al forjarse la Nueva España ha de revalorizarse la raza, preocupándonos poco de su anatomía y mucho de su biopsicología. La salud física marcha pareja con la sanidad espiritual. Un pueblo moral en sus costumbres goza de salud física. Un pueblo eufórico, espontáneo, pundonoroso y leal a sus compromisos de honor es un pueblo sano.
La raza degenera cuando anidan en sus genes complejos de rencor, de resentimiento y de inferioridad transmitidos de generación en generación. Los complejos de rencor, de resentimiento y de inferioridad que pesan sobre la raza fueron sembrados, primeramente por los hebreos, luego por los moriscos, más tarde por la influencia de enciclopedistas y racionalistas extranjerizados. La raza española no habría degenerado si se hubieran mantenido las esencias espirituales de la Hispanidad que resplandecieron en ella durante los siglos XVI y XVII, por la imposibilidad de que en el consciente y subconsciente de la raza obrasen rencores, resentimientos y sensación de impotencia”.
El escarmiento triunfó, tanto en el inconsciente colectivo como en la conciencia individual de cada uno. La higiene y la eugenesia se produjeron a machamartillo. Lo demás será silencio, ocultamiento y clandestinidad. Hasta el lenguaje arrasaron.
También lo enterraron en las tumbas clandestinas, en las fosas de la humillación. ¿Cómo escribir hoy de las fosas del escarmiento, usando el lenguaje de la amnesia democrática que nos legaron los que asesinaron y enterraron las súplicas, los gemidos y las lamentaciones de las víctimas? ¿Cómo narrar la barbarie, el cementerio de botellas de los presos cazados y exterminados como conejos en su fuga del fuerte de San Cristóbal? ¿Cómo emplear un idioma que manejaron los verdugos y que a duras penas pudieron usar públicamente los escarmentados? No es nada fácil ponerse en esta tesitura.
Miguel Sánchez-Ostiz, al hacerlo, nos ha dejado un libro escrito a borbotones, polifónico en las voces silenciadas, coral en la presentación colectiva de sus personajes, vivo en la determinación de su denuncia. Y su escritura, al intentar recoger todos estos datos y los acontecimientos padecidos, también sufre, en su fondo y en su forma, porque no es fácil dar voz a los sin voz, redactar esta página de la historia desde una cultura subalterna de silencios y muertos.
Quizá la mejor manera de expresar esta posición doliente sean las siguientes palabras de Elfriede Jelinek6: “Mi lengua se revuelca cómoda en su propio estiércol, en la pequeña fosa provisional situada en el camino y mira a lo alto hacia la fosa en los aires, se revuelca sobre su espalda, un animal manso que como cualquier lenguaje decente quiere gustar a los humanos, se revuelca, abriendo las piernas supuestamente para dejarse acariciar, y no cabe la menor duda de que lo hace por eso, pues es adicto a las caricias, lo que le impide seguir con la mirada a los muertos, así es que me deja a mí el paquete y yo tengo que encargarme de ver por ellos.
Por eso no me ha quedado nada de tiempo para domar mi lengua, la cual ahora se revuelca impúdica bajo las manos de los que la acarician. Simplemente, son demasiados los muertos por los que tengo que ver, esta es una expresión típica austriaca que significa: de los que tengo que ocuparme, a los que tengo que brindarles un buen trato, pero eso es ya célebre de nosotros, los austriacos, que brindamos a todos sin distinción un exquisito trato.
El mundo, sin preocuparse, ve por nosotros. A nosotros mismos esto no debiera preocuparnos. No obstante, cuanto más clara rezumba en mí esta solicitud de ver por ellos, por los muertos, menos puedo prestar atención a mis palabras. Yo debo cuidar a los muertos, mientras los paseantes acarician y miman a la querida y bondadosa lengua, lo cual no reanima a los muertos”. Lo que Jelinek expresa de la amnesia con los muertos y la extrema derecha austriaca, que ha convertido el lenguaje en un animal domesticado y adicto a las caricias y a la exquisitez, se puede aplicar igualmente, mutatis mutandis, a Sánchez-Ostiz ante la amnesia española y su democracia, quien se tiene que ocupar de los muertos y evitar el lenguaje de los halagos y agasajos para escribir a pie de fosa, a tumba abierta, sin virguerías, sin épica, porque aquí ya no hay épica –esa que cuentan en la Cruzada Nacional-Católica y que la Cultura de la Transición aceptó y transigió–, y si la hay, es de héroes cotidianos y anónimos, eliminados y exterminados en la nocturnidad de las palabras y en la sevicia de la historia. Por eso, su lenguaje es rudo, a contrapelo, porque es un animal que no se deja acariciar por su amo, que no acepta las correas y los cinchos de los conmilitones que han sido cómplices con la aniquilación de los vivos y de los muertos.
Y esta postura no sale gratis, por supuesto. Eso le ha costado ser silenciado también, ser postergado en los circuitos oficiales, ser boicoteado y arrinconado como un clandestino más, porque, contra lo que muchos dicen, aquí no se ha normalizado nada, pues la única norma ha sido el silencio. Por todo ello, Miguel Sánchez-Ostiz ha tenido que escribir un palimpsesto como El Escarmiento, donde se hace eco de otras huellas y marcas, sin renunciar a sus características más íntimas, que ha demostrado con una larga trayectoria literaria.
En ese palimpsesto caben lo personal y lo colectivo, lo biográfico y lo social, la historia y la imaginación, lo universal y lo singular, el pasado y el presente, los muertos y los vivos, la denuncia y la prosa, el lenguaje coloquial y la erudición puntillosa, la socarronería irónica y la profundidad reflexiva, el monólogo y el diálogo, la técnica del oficio y el estilo de la experiencia, la república de las letras y la responsabilidad del escritor. Es un libro que pertenece a la senda de otros cronistas clandestinos, la estirpe del historiador José María Jimeno Jurío y del narrador Pablo Antoñana (¿quién se acuerda ya de estas voces pioneras extramuros?), incluyendo algunos matices barojianos, de todos los barojianos, Pío Baroja, Ricardo Baroja y Julio Caro Baroja.
Son voces que no pertenecen a la Cultura de la Transición, ni a los pesebres de la lisonja y la chequera. Tras leer esta obra, en la amistad, que siempre es distancia y proximidad al mismo tiempo, doy gracias al escritor Sánchez-Ostiz, al ciudadano Miguel. Gracias por estas páginas y por haber escuchado el silencio de los muertos. Que el infierno de los biempensantes vengativos y sus criados marrulleros te sea leve, nos sea leve.