18 de octubre de 2013

Sospecha

Benito Rabal (Mundo Obrero)
A finales de los años ochenta, tuve que viajar a Panamá, donde iba a estar trabajando durante un tiempo. Llamé a mi madre para comunicarle cual iba a ser mi próximo paradero y su voz alarmada me sorprendió al otro lado del teléfono: “Hijo, ten mucho cuidado que están en guerra”. Yo en aquella época vivía en Cuba y entonces, para viajar a la mayoría de los países de América Latina, había que hacer escala en Panamá con lo que lo visitaba con bastante frecuencia. Así que intenté tranquilizarla diciéndole que había estado allí hacía escasamente un mes, que no pasaba nada y que los únicos que tenían que preocuparse eran los yankees porque en pocos años les iban a quitar el Canal. Pero mi madre insistió:”No me engañes. Lo he visto por la televisión. Están en medio de una guerra”.

Llegué a Panamá y me encontré con lo que yo esperaba, un país tranquilo y alegre que estaba finalmente logrando una identidad propia, consciente de que no podía dar pasos en falso si quería conseguir librarse de la tutela de los Estados Unidos. De Guerra civil, ni rastro. Si acaso, de vez en cuando, se veían desfilar cuatro o cinco coches con banderas blancas, los llamados Rabiblancos de la Cruzada Civilista formada por la burguesía que se oponía a las ansías liberalizadoras del pueblo panameño. Pero nada, cuatro voces y nada más. Mi sorpresa fue cuando dos o tres días más tarde me topé en la Avenida España – la arteria principal de Ciudad de Panamá – con un equipo de televisión a cuyo mando estaba un conocido periodista español de quien no voy a citar el nombre. El tal periodista vestía al más puro estilo Rambo y, a su alrededor, se había montado un auténtico plató cinematográfico, con un par de neumáticos ardiendo, humo de efectos especiales y unos cuantos extras que pasaban corriendo de uno a otro lado de la cámara enarbolando banderas y profiriendo gritos contra el gobierno. Los transeúntes se detenían a ver el espectáculo, convencidos, tal vez, de asistir al rodaje de una película y no a lo que era, la emisión de la supuesta realidad, esto es, las noticias. Esa era la guerra de la que me hablaba mi madre. Una guerra gestada a través de la prensa y la televisión.

Poco tiempo después se produjo la invasión de Panamá. Los acuerdos que habían firmado Carter y Torrijos, según los cuales el canal pasaría en el año 2000 a manos panameñas, tenían una pequeña clausula. En caso de inestabilidad política, los acuerdos no serían efectivos. Murieron miles de panameños, el barrio del Chorrillo fue borrado del mapa y el país sigue hoy repartido – canal incluido - entre las grandes corporaciones, las mismas en cuyas manos reposan los grandes medios de comunicación. Gracias a éstos, para la opinión pública internacional, la invasión había sido justa y necesaria. Nadie protestó.

Y cuento esta historia – absolutamente verídica – porque desde el primer momento en que se empezó a hablar de la llamada guerra civil siria, me la ha recordado. Primero nos llegaron imágenes borrosas y un tanto indefinidas; grupos de milicianos corriendo entre el humo y periodistas que, desde algún lugar en medio de una supuesta batalla, nos relataban las atrocidades del ejército regular sirio. Pero nunca se podía identificar el reconocible paisaje de Damasco. Luego fueron llegando los envíos de armas y el reclutamiento de talibanes llegados de uno y otro lado del mundo árabe; el dinero para las fuerzas opositoras; las conferencias de representantes del mundo rico en las que se hablaba de la necesidad de acabar con la dictadura siria… Y entonces, sí. Entonces pudimos ver ya imágenes en las que Siria era reconocible. De vez en cuando, solo de vez en cuando, también hemos podido estremecernos con los desmanes de las fuerzas opositoras, pagadas, eso sí, con el dinero de nuestros países, quiero decir, con el que se destina a sufragar los intereses de las grandes corporaciones.

No quiero decir con esto que me ponga del lado de una de las dos partes, pero sospecho que tras los fallidos intentos de acabar desde dentro con el molesto régimen, para Occidente, de Al Asad, existe un resuelto empeño en demostrar a la opinión pública que es necesario acabar con éste de la manera que sea. Y me temo que así será.
Luego las televisiones nos contarán durante un tiempo del triunfo de la libertad y la democracia. De los miles de muertos que quedarán, de la imposición de leyes y costumbres medievales, de la represión que habrá, ni rastro. Y sospecho que del reparto de sus riquezas, tampoco.