8 de noviembre de 2013

7/11/36 ¿Arde Madrid..? Sí; pero resiste

Javier Ruiz (mundoobrero.es)
Fueron antes las bombas, su estruendo y su destrucción, que el sonido de las pisadas rebeldes lo que sintieron los madrileños como amenaza de los que se les venía encima aquel otoño del 36. Semanas antes de aquel 1 de octubre en que Franco asumiera en su persona el mando único del ejército rebelde y se convirtiera en el nuevo Caudillo de España, los aviones Savoia 81 de Mussolini ya habían asolado con sus bombas las localidades que iban encontrando en su carrera a Madrid –la historiografía franquista habla de 102 incursiones en el mes de julio- hasta aquel 25 de agosto en el que inició la descarga directa sobre la capital que, por cierto, contabiliza 191 ataques a posiciones civiles y estratégicas. Pero estos ya fueron los nazis.

Así avanzaba la vanguardia de mercenarios marroquíes y el cuerpo de ametralladoras de de Asensio Cabanillas, casi sin resistencia, junto con la artillería y los regulares de Ceuta, al mando de Juan Yagüe, primero, y de José Varela, después, y la incorporación inmediata de la Legión Cóndor de Hitler: la marcha fascista –ya más que evidenciada la ayuda alemana e italiana- parece imparable: el dos de noviembre ocupan los pueblos de Pinto y Fuenlabrada; el tres, los de Móstoles y Villaviciosa de Odón; el cuatro, el caserío de Leganés, Getafe y su aeródromo, y el seis, Villaverde.

A la vez, parte de las poblaciones de esos pueblos ocupados, y de otros con anterioridad, han huidos de los mismos buscando refugio en una ciudad a punto de ser sitiada y que cada vez puede menos absorber refugiados: sólo el espacio preparado por el Socorro Rojo en la Ciudad Universitaria –el primero en ser evacuado con la primera embestida franquista y quedarse la zona como línea de frente- sirvió de acogida a mil quinientas de estas personas, mayoritariamente ancianos, mujeres y niños, de las más de 20 mil que esta organización recogió procedente de Toledo y su provincia.

El panorama aparece desolador, sin duda, y más cuando el Gobierno decide trasladarse a Valencia y la ciudad, y sus gentes –autóctonos y foráneos- quedan con la sensación agria de abandonados a su suerte… o a la de la Junta de Defensa.

La aviación sería parte importantísima del asalto y sus bombardeos serán sistemáticos, como venía siendo habitual ya –recordemos Málaga o los despliegues aéreos posteriores en el frente norte, en Barcelona o en Alicante-, atacando por igual tanto lo civil como lo militar. Así de poéticos quedan dibujados estos bombardeos sobre la capital, y sus catastróficos efectos, por Joaquín Arrarás en su compendio sobre la guerra civil: En noviembre de 1936, los bombarderos Junker daban una impresión fabulosa de “rinocerontes del aire”, de enormes monstruos, a cuyo vuelo nada podría resistir. Sus bombas producían en pueblos y ciudades un sagrado temblor, como si se tratase de la repercusión de un terremoto. Entraban sobre Madrid perfectamente formados, en escuadrillas de vuelo impecable, serenos, decididos; los rodeaba ágil, saltarina, la aviación de caza, de giros caprichosos y en acrobatismos de maravilla… El asalto a Madrid jamás se produciría, las resistentes milicias madrileñas –hombres y mujeres en comunión, malamente instruidos y peor equipados- lo impidieron, aunque con un alto precio en vidas durante aquellos 7 y 8 de noviembre de hace 77 años.

El día nueve trajo a los leales el aire fresco y solidario que significó, para la causa democrática española de ayer, de hoy y de siempre, la intervención de la primera brigada preparada con los jóvenes voluntarios internacionalistas que, procedentes de su cuartel de Albacete y capitaneados por el austriaco Emilio Cléber, desfilaron por las calles madrileñas en dirección a la Ciudad Universitaria a contrarrestar el avance fascista. Y así fue.

Pero la guerra en España se prologó durante 28 meses más, y el cerco a Madrid también.

En reconocimiento a aquellos hombre y aquellas mujeres, combatientes y civiles, que resistieron en Madrid al fascismo y se enfrentaron a la traición casadista.