29 de diciembre de 2013

La divina ley del aborto

La divina ley del abortoPDFImprimirE-mail
Opinión / Actualidad Política
Escrito por Juan Antonio Aguilera Mochón/ UCR   
Domingo, 29 de Diciembre de 2013 00:00
A Dios nunca le han gustado ellas. Creó a la primera a regañadientes porque Adán andaba tirándose a todo lo que se meneaba, y desde entonces ha sufrido con el sexo femenino. Por el fallillo de hacer sólo dos humanos de entrada, tuvo que soportar unos primeros tiempos de frenesí incestuoso entre los hijos e hijas de Eva (¡eso sí que fueron pecados originales!), pero enseguida dijo hasta aquí hemos llegado. Las mujeres parecían olvidar que las puso en el mundo para satisfacer a los hombres, y ahora se creían que podían darle gusto alegremente a su chichi: ¡putas! Con el sexto mandamiento quiso poner freno al deseo sexual masculino, pero el femenino como si no existiera. Con un Par.



La ira divina contra el sexo de las mujeres le llevó al extremo de encarnarse como hombre sin que su Madre (la “segunda Eva”) tuviera ninguna dicha con la santa picha de su esposo (el P.P. de Jesús); tuvo que entrar pisando fuerte un palomo que no fuera cojo. Hasta salió del útero materno sin perturbar la virginidad mariana, todo un Jesudini. Y aquel portento antinatural de mujer lo puso la Iglesia, sus curas, de ejemplo para todas, a ver si colaba. Y vaya si coló. La Iglesia se erigió en la campeona de la opresión sexual (y mucho más) femenina (y más), al tiempo que bastantes curas, obispos y papas seguían beneficiándose a sus atolondradas hijas de confesión.
En España y otros países del llamado orbe católico, sufrimos esta agresividad teomachista de una forma virulenta durante siglos. En el XX la ejerció con singular encono el Caudillo de Dios, apoyado incondicionalmente por la Iglesia. O al revés. Aprendimos que “misoginia” no viene de “misa”, pero la misoginia sí. Dios, contra los coños.
Es verdad, también hubo curas que se opusieron a estos y otros atropellos, pero, lamentablemente, la existencia de estas nobles almas de cántaro siempre ha servido para prestigiar a la Iglesia ante los defensores de la justicia y la razón. Especialmente triste es que fue un machismo ejercido con inquina por muchas de las propias mujeres, encabezadas por la falangista Pilar Primo de Rivera, que propusieron como modelo femenino (a saber cuántas de aquéllas lo seguían) a santa Frígida, si bien con distintos nombres, sobre todo de Vírgenes.
Muerto el bendecido criminal, se consiguió ir barriendo de España esa saña misógina, pero el dejar que la Iglesia siguiera disfrutando de alucinantes prebendas económicas y (de)formando niños explica que ahora tengamos en el poder una horda de nuevos beatos fundamentalistas... y las que vendrán, fruto de las catequesis actuales auspiciadas por el Estado. ¿Que el adoctrinamiento religioso no hace estragos?: miren a los Gallardón, Rajoy, Báñez, Botella, Cospedal, Jorge Fernández... (por no hablar de los Roucos, Cañizares, Martínez…). Víctimas de daño moral integrista seguramente irreversible. Y ahora entusiastas verdugos.
Estas cultivadas gentes no deben ignorar que, si abortar es tan horrendo como matar a una persona nacida —o más—, admitirlo en casos como los de violación (por muy conveniente que esto sea cuando se las ven con monjitas violadas por curas o misioneros) no es muy coherente, pues nunca aceptarían matar a un niño nacido como fruto de esa agresión. Pero, amigos, en aras de la misma coherencia, también deberían asumir que cuando se oponen al aborto se convierten en enemigos de su Dios, el más implacable criminal abortista, responsable —según su propia fe— de la mayor parte de los abortos del mundo: todos los llamados espontáneos o naturales, por los que no se montan escenas desgarradoras de dolor, ni manifestaciones “por la vida”. Quizás a la mayoría de las mujeres las haya hecho abortar, sin ninguna justificación, y a muchas más de una vez: ¡maldito Dios!, deberían pensar. Ya sólo por esto yo, si no fuera ateo, tendría la dignidad de ser antiteo.
Lo que pasa es que los católicos peperos (y otros) ni se creen esto, ni lo otro. No digo que el pensar en embriones muertos, o en un cigotillo difunto, no les cause algún malestar, pero me temo que la magnitud de su oposición al aborto no se explica sin apelar a una vehemente misoginia. Es lo que permite entender su extrema insensibilidad ante el sufrimiento que esta siniestra ley del aborto, si ella misma no es abortada, va a generar en muchas mujeres, por no hablar del espanto de los niños con graves malformaciones, mientras que cargarse a microscópicos cigotitos (con sus correspondientes almitas) les pone de muy mala hostia. Para qué hablar del derecho de las mujeres a disponer de su cuerpo, esas que tanto disfrutan abortando. Es la misma fobia que hace a los católicos implacables en el delito de lesa humanidad que supone oponerse a los condones que pudieran paliar el sida en África. Debemos admitir que tenemos en el poder a fanáticos religiosos que creíamos un mal recuerdo franquista, ultramontanos disfrazados de demócratas; ya los estamos sufriendo con el resto de sus políticas económicas, educativas y represivas. Es cierto que los han votado millones de ciudadanos, pero si lo siguen haciendo después de todo este desenmascaramiento, habrá que pensar que —salvo los muy desinformados—, o tienen problemas de riego, o no son buena gente (o ambas cosas).
Y mientras, superFrancisco vistiendo de seda a la Iglesia, qué mona. A ver qué dice de todo esto (y cómo nos lo envuelven los medios), y sobre el que, cuando cualquier célula adulta sea potencialmente un ser humano completo mediante la clonación, hasta depilarse o sonarse los mocos será un genocidio.
Gallardo significa desembarazado, y el PP ha puesto a todo un Gallardón para que no haya mujeres gallardas, salvo que sea Dios quien las desembarace. ¿Qué hacer contra su siniestra ley divina del aborto, contra esta forma de violencia hacia las mujeres? Por supuesto, luchar por todas las vías pacíficas contra ella, por el derecho a la vida digna. Pero también creo que estaremos legitimados, en defensa de los derechos humanos de las mujeres y de todos, para la rebelión y la insumisión, para burlar la ley hasta donde podamos y debamos. Como en los viejos y oscuros tiempos.