23 de julio de 2013

“Cuando las películas votan”, Pablo Iglesias Turrión. Fotogramas con ideología


El libro analiza diferentes películas y series en cuanto a las nociones y conceptos políticos que expresan

Cultura | TerceraInformación | 23-07-2013 |


El cine es principalmente el arte de contar historias por medio de imágenes. Precisamente en esa labor es inevitable que se cuele entre sus fotógramas una ideología, entiendiendo este término como una forma de ver y explicar la realidad. Algo que puede quedar mostrado en la pantalla de una manera más obvia y explítica o de forma soterrada, incluso muchas veces conscientemente disimulada.
“Cuando las películas votan. Lecciones de ciencias sociales a través del cine” es un libro que tiene como intención precisamente analizar ese poso político que habita en los diferentes films. Para ello Pablo Iglesias Turrión, Profesor de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y presentador de La Tuerka (Canal 33/Tele K) o Fort Apache (HispanTV), ha recopilado una serie de textos que abordan esa cuestión.
El libro lo compoenen a la postre un grupo heterodoxo y heterogéneo de estudiosos, entre los que nos podemos encontrar al propio Pablo Iglesias Turrión (ed.), Pepe Gutiérrez-Álvarez o Juan Carlos Monedero entre otros, con diversa formación en las ciencias sociales (politólogos, sociólogos, juristas, historiadores, comunicadores sociales…) que escriben dieciocho artículos sobre otros tantas películas y series (Dogville, Star Wars, La batalla de Argel, Mad Men o Espartaco...).
"Cuando las películas votan" explora nociones cruciales de la política para entender el mundo en el que vivimos. En un momento en el que el discurso político es una forma de acción, estas reflexiones sobre el cine quieren salir de la parálisis propia de este tiempo de crisis donde el problema, cada vez más acuciante, no es que lo viejo no termine de marcharse ni que lo nuevo no termine de llegar, sino que cada vez parecen más evidentes los monstruos.

Rajoy: enemigo del pueblo o héroe de la antigüedad

Rajoy: enemigo del pueblo o héroe de la antigüedadPDFImprimirE-mail
Opinión / Actualidad Política
Escrito por Juan Carlos Monedero   
Martes, 23 de Julio de 2013 05:16
wanted socratesDecía Aristóteles en su Política, que el régimen mixto no era el óptimo de los gobiernos -conservador como era, no confiaba en la virtud política de los pobres- pero sí el que mejor convenía a la polis. Conservador pero no estúpido, Aristóteles sabía que las desigualdades eran el alimento de las rebeliones populares. Una mezcla de gobierno aristocrático -de los ricos, a los que les presuponía virtud, como si su riqueza proveniera de poluciones nocturnas y no del trabajo ajeno- y de democracia (el gobierno de losaporoi, de los pobres libres)- era el régimen adecuado a la realidad de la Atenas de su época, contaminada en su análisis por la influencia de demócratas como Solón o Pericles que apostaban por el pueblo bajo.

A los pobres, dice Aristóteles, no les interesan las cosas comunes salvo que puedan ganar dinero con ello, mientras los ricos -o los registradores de la propiedad o los empresarios o los banqueros-, pueden dedicar su ocio a los asuntos del común puesto que “no necesitan nada de la comunidad”. La remuneración de los cargos públicos puesta en marcha por Efialtés en el 461 aC buscaba ese régimen mixto, aunque eso enfadó mucho a Aristóteles -y a Dolores de Cospedal- porque así los pobres podían dedicarse a la cosa pública y poner en leyes los intereses de las mayorías. Por eso, con él, vinieron también los golpes de estado oligárquicos, aunque el músculo democrático de esos pobres libres permitió los gobiernos democráticos de los Efialtés, Pericles, Sófocles el trágico, etc. durante más de un siglo (Antoni Domenech, El eclipse de la fraternidad, Barcelona, Crítica, 2004).

Bárcenas: el secreto y el poder

Bárcenas: el secreto y el poderPDFImprimirE-mail
Opinión / Actualidad Política
Escrito por Jaume Asens y Gerardo Pisarello   
Martes, 23 de Julio de 2013 00:00
El secreto –escribió Elias Canetti– ocupa la médula misma del poder. No se trata solo de que no haya poder sin secreto. Es la propia capacidad de decidir qué puede salir a la luz y qué debe mantenerse en la penumbra la que constituye la esencia del poder. El mismo poder que oculta el gran fraude fiscal propone un registro público de las familias morosas que no han podido pagar el alquiler. El mismo poder que se rebela contra las cámaras en las comisarías o contra la identificación de quienes disparan balas de goma en las manifestaciones pide sin rubor que se cuelguen en Internet fotos de manifestantes “incívicos” y les prohíbe ir con el rostro cubierto. Para no ser contestado, el poder de Estado o de mercado necesita hipervisibilizar y deformar la crítica de sus adversarios. Y asegurar, al mismo tiempo, la invisibilidad de sus desmanes. El secreto, la opacidad, se convierten así en garantía de la propia impunidad.

Luis Bárcenas ha cultivado con talento innegable el arte de manipular el secreto. Durante años fue su guardián más celoso. Sus libretas eran el testigo mudo de un trasiego constante entre política y dinero. Constructores, banqueros, dueños de grandes supermercados, dirigentes medios y altos del Partido Popular, futuros presidentes del Tribunal Constitucional. Una fotografía elocuente, guardada bajo siete llaves, del fraudulento capitalismo inmobiliario-financiero-caciquil que se ha abierto camino, casi sin rasguños, entre el franquismo y la monarquía parlamentaria.
Al sentirse amenazado, el extesorero del PP decidió entreabrir el baúl de los arcanos. Cuando los primeros papeles salieron a la luz, se supo que más del 70% de los donativos que registraban vulneraban de manera clamorosa la Ley de Financiación de Partidos Políticos. A pesar del escándalo, Fiscalía no dispuso su detención. Tampoco ordenó medidas esenciales para evitar la destrucción de pruebas, como la entrada y registro de su domicilio o de su despacho en la calle Génova. Tiempo después, Barcenas denunció el robo de dos ordenadores que deberían haber estado bajo custodia judicial. Pero dejó claro que mantenía bajo control suficientes secretos como para poder negociar con la dirigencia del PP el mantenimiento de una conveniente Omertà.

Fue precisamente para romper esa ley del silencio que el Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC), junto a otras entidades, presentó una querella contra Bárcenas por evasión fiscal, cohecho, tráfico de influencias y falsedad documental. El objetivo era claro. Tratándose de delitos económicos cometidos desde las entrañas del Estado, era difícil que el Ministerio Fiscal pudiera actuar al margen del principio de dependencia jerárquica que lo vincula al gobierno de turno. En verdad, solo una acusación popular conectada de manera independiente a la sociedad civil podía cortocircuitar las complicidades público-privadas que conducían a la impunidad.
Naturalmente, para quebrar ese cerco hacía falta mucho más que presentar una querella. Y es que la desigualdad de poder existente fuera del proceso judicial no tarda en trasladarse a su interior. Es impensable que un imputado sin recursos, acusado de robar un bolso en la calle, pueda disponer de las mismas garantías que un Bárcenas o un Millet. No es lo mismo, de hecho, ser defendido por un abogado de oficio que por un ex magistrado de la Audiencia Nacional, con una dilatada experiencia profesional y buenos contactos en los juzgados.
Esta asimetría entre el débil y el fuerte también se proyecta en otros ámbitos. Ante los medios de comunicación, por ejemplo, el delincuente de poca monta comparece estigmatizado, siempre culpabilizado de antemano. El de cuello blanco, en cambio, suele gozar de todas las deferencias y es capaz de condicionar el propio proceso judicial desde los grandes rotativos y los plató de televisión. Bárcenas utilizó con descaro la editorial de El Mundo y otros medios para filtrar pruebas e instrumentalizarlos en beneficio de su estrategia de defensa. De ese modo, consiguió impulsar un auténtico proceso paralelo que le permitía seguir siendo el custodio de los secretos de Estado.
Si desde un primer momento se hubiera ordenado el registro del domicilio o del despacho de Bárcenas, sería la justicia quien dispondría de los medios de prueba, y no él. De este modo, hubiera perdido la posibilidad de presionar o, directamente, chantajear a los implicados en la contabilidad B del PP. Pero nada de ello ocurrió. En ese contexto, la decisión del Observatorio DESC de transmitir casi en directo a través de Twitter algunas declaraciones de interés general del extesorero no fue un gesto caprichoso. Fue un intento de democratizar un proceso que, a pesar de no haber sido declarado secreto, aparecía subordinado al grosero modus operandi de Bárcenas. Al adelantar algunas de sus revelaciones con anterioridad a la rueda de prensa de Rajoy, la acusación popular no hizo nada ilegal. Tampoco fue más allá de lo que los periodistas de los grandes medios o los propios funcionarios judiciales suelen hacer con frecuencia. Pero contribuyó, desde un espacio relativamente abierto como es la red, a poner de manifiesto una desigualdad de poder que mueve al escándalo. La que permite a Bárcenas, Undargarin, Millet, o Cristina de Borbón, contar con defensas y contactos que los parias del mundo que atestan los juzgados nunca tendrán. Y la que existe más allá del proceso, donde ni los fiscales ni el poder mediático son ajenos al juego del secreto y de la publicidad a medias que se disputa en función de espurios intereses de parte.
Los silencios selectivos del extesorero caído en desgracia, las negativas de Rajoy a dar la cara públicamente, las informaciones parciales filtradas por algunos periódicos, son un desplante inaceptable en un caso de esta gravedad. Esta tomadura de pelo colectiva, en realidad, sería inconcebible sin la confianza arrogante en la propia impunidad que el secreto genera. Minarla, desgarrar el velo de opacidad con que el poder de Estado y de mercado pretende cubrir sus crímenes, es una condición indispensable para activar los contrapoderes sociales capaces de acabar con ellos. Transparencia y publicidad plena. Luz y taquígrafos frente a la cleptocracia. He ahí una exigencia modesta, pero revolucionaria, de los tiempos que corren.

Gerardo Pisarello es profesor de derecho constitucional de la Universidad de Barcelona.
Jaume Asens es abogado y vocal de la Comisión de Defensa del Colegio de Abogados de Barcelona. Ambos integran, además, el Observatorio de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (DESC) y el Grupo de estudio de la exclusión y el control social GRECS.
-----------
Fuente: Público