Siria y el moralismo de la izquierda “nini”
La política es tomar partido. Tomar partido significa posicionarse, y posicionarse significa asumir contradicciones, ya que vivimos en un sistema atravesado por contradicciones (capital/trabajo es la madre de todas ellas). Esto no quiere decir que tengamos que dejarnos absorber por una especie de pragmatismo ‘cortoplacista’ o esconder nuestra falta de principios bajo la bandera de la realpolitik. Esto quiere decir, en resumen, que la política es algo extremadamente complejo imposible de entender desde una posición moralista, situados además en una cómoda atalaya alejada de la realidad, es decir, del conflicto.
La bandera ondeando es solo la dimensión más superficial y banal de la política: detrás de cada victoria, de cada derecho conquistado por la clase obrera, hay un sinfín de contradicciones. Lenin viajó en el famoso “tren precintado” que le pusieron sus enemigos alemanes para desestabilizar al gobierno ruso y luego hizo la NEP, un paso atrás (para dar dos hacia delante); el pacto Ribbentrop-Molotov, imprescindible para ganar tiempo y poder librar al mundo de la barbarie nazifascista; o, simplemente -dando un salto en el tiempo-, Chávez prestando servicios sociales a su pueblo gracias a un recurso nada ecológico como es el petróleo, vendiéndolo, para más inri, a gobiernos difícilmente asumibles desde una posición moralista de izquierdas. Lo dijo el Che Guevara, un revolucionario movido por el amor que era el primero en ejecutar acciones de guerra: quien esté esperando una revolución “pura”, que espere sentado.
