Manuel Rivas (El País)
La huelga del 14-N ha conseguido en la calle algo extraordinario: la mayor cohesión de un país hecho añicos. La imagen del chaval con la brecha en
la cabeza y la cara ensangrentada no responde a un golpe fortuito. Es,
por decirlo así, un clásico en la iconografía española de la protesta.
Es una cabeza herida, que interpela como un óleo de Goya. Un sacrificio
destinado a los dioses más estúpidos. Es un oficio difícil, el del
antidisturbios. Se les encomienda el orden, pero no pueden hacer nada
contra el mayor desorden: el que causa la injusticia.
Cada recorte asistencial, cada despido a
mansalva, nos conducen a un Estado de Inseguridad. Todavía es más
difícil el trabajo del huelguista y del manifestante. Todos son riesgos,
y sin emolumentos. Se habla de la intimidación de los piquetes. Al
contrario, quienes hoy hacen huelga en España se juegan el puesto de
trabajo. Ejercen un derecho, pero quedan marcados con un estigma. Y no
digamos ya si, además, son sindicalistas. En el Antiguo Régimen, había
un alcalde en Vigo que tenía por deporte insultar desde el coche en caso
de protesta. Le ordenaba al chofer: “Tú insultas por la izquierda, y yo
por la derecha”. Pues esa es la moda en vigor: despellejar a los
sindicalistas. Hay vehículos de información donde se insulta desde todas
las ventanillas. Verdaderos campeonatos de exabruptos.
Se trata de laminar a los sindicatos y a
las fuerzas de la cumbre social. La huelga del 14-N ha conseguido en la
calle algo extraordinario: la mayor cohesión de un país hecho añicos.
Nunca, desde hace tiempo, se unieron a la vez tantos jóvenes y
pensionistas, parados y empleados, autónomos y asalariados, inmigrantes y
autóctonos, médicos y enfermos, investigadores y bachilleres. ¡Incluso
futbolistas! La nación de la huelga era la verdadera nación de la Pepa. Deberían estar contentos los patriotas.
Pero echan humo por la nariz. Se equivocan en querer vaciar las calles.
En la desesperanza, si no las llena el pueblo, las calles se llenarán
de pobreza y horror.
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18 de noviembre de 2012
17 de noviembre de 2012
Violencia policial: ¿qué tiene que pasar para que alguien tome medidas?
Isaac Rosa / UCR
Al día siguiente de la huelga, toca cine. De terror, por supuesto. Se ha hecho ya costumbre que dediquemos el día después de una huelga o manifestación a ver los cientos de vídeos de brutalidad policial que circulan por las redes sociales. Y la huelga del 14-N, como esperábamos, ha incorporado varios títulos a nuestra filmoteca.
Al día siguiente de la huelga, toca cine. De terror, por supuesto. Se ha hecho ya costumbre que dediquemos el día después de una huelga o manifestación a ver los cientos de vídeos de brutalidad policial que circulan por las redes sociales. Y la huelga del 14-N, como esperábamos, ha incorporado varios títulos a nuestra filmoteca.
La secuencia
del mosso abriéndole la cabeza a un crío en Tarragona, su compañero
rematándolo en el suelo, y un tercero apaleando a una chica por estar
cerca, se convierte en un clásico del género, a la altura de títulos
como “Paliza en el andén del Cercanías”, “Estudiantes apaleados a la
puerta del instituto”, o el popular “A mí no, que soy compañero”, que es
del subgénero comedia tonta.
Nos pasamos vídeos unos a
otros, revisamos fotografías más propias de forense (cabezas abiertas,
espaldas amoratadas, hasta un ojo reventado), y reunimos información
para elaborar el parte de bajas: cuántos heridos, cuántos detenidos,
cuántos periodistas golpeados, cuántos policías infiltrados han sido
pillados.
Empieza a parecernos
rutina, una más de este ciclo de protestas. Y no puede ser, no podemos
normalizarlo. No sé si alguien lleva la cuenta de los apaleados en el
último año y medio (desde el 15-M hasta hoy), los detenidos, los cientos
que han recibido multas, y la cuenta más difícil de hacer: la de los
ciudadanos asustados, que pueden pensar que ir a una manifestación es
demasiado peligroso. Si esto es una democracia, hay que decir basta, o
lo que estará en riesgo no serán ya solo los derechos sociales.
No es la primera vez que un crío acaba con grapas en la cabeza. Tampoco es la primera vez
que una manifestante pierde un ojo: en la huelga anterior hubo otros
dos casos, y también en Barcelona; 23 en toda España desde 1990 por el
uso de un armamento que en otros países está prohibido, y que hace meses
ya mató a un joven en Bilbao.
Cada uno habrá hecho su
propia selección de momentos terribles del pasado miércoles, había para
elegir: porrazos, empujones, patadas en la cabeza del caído, rodillas en
la espalda, cuerpos arrastrados, sin distinguir ni edad ni género, lo
mismo hombres que mujeres, lo mismo ancianos que críos. Todos hemos
sentido miedo en algún momento, en vivo o en diferido, y eso es lo que
buscan: que la próxima vez no vayamos; que cuando la delegada del
Gobierno pronostique incidentes violentos, entendamos que ella nunca se
equivoca; que al día siguiente hablemos de porrazos y no de la huelga.
Una vez más, convertir un problema social en otro de orden público.
Me falta incluir en este
artículo una palabra clave, sin la cual todo lo anterior sería
incomprensible: impunidad. Porque más fácil que contar cuántos heridos y
detenidos ha habido, es contar cuántos policías han sido investigados,
expedientados, suspendidos o juzgados. Ya saben la respuesta.
La misma impunidad que ha
acompañado a las fuerzas policiales en todos estos años de democracia.
Unas veces amparada en la lucha contra el terrorismo, otras en el
silencio cómplice de los compañeros, otras en la flojera de la Justicia,
y en los casos contados en que sí había investigación, juicio y
condena, acudía puntual el gobierno con el indulto. Esa es la historia
de los abusos policiales en España, como denuncian organismos
internacionales y ONGs desde hace años, y que no distingue de cuerpos,
estatales o autonómicos.
¿Hasta dónde va a llegar la
actual escalada represiva? Siendo previsible que el malestar vaya a
más, ¿irá acompañada de una mayor represión? ¿Qué tiene que pasar para
que alguien tome medidas? ¿Pasará como con los desahucios, que hemos
necesitado dos muertos y cuatro años de protestas en la calle para que
los dos grandes partidos y el gobierno se den por enterados y tomen
alguna medida (insuficiente, además)?
No puede ser que tengamos
que esperar un muerto para que alguien dé explicaciones, dimita o sea
investigado, un ministro, un consejero, un mando policial o un agente.
Lo sucedido el miércoles ya debería ser suficiente, debería tener
consecuencias.
Nadie desea un muerto,
sería subir de golpe varios escalones, nos enfrentaría a un escenario
indeseable e imprevisible. Pero deberían saber que están tentando a la
suerte a base de golpear cabezas, disparar bolas desde cerca y lanzar
furgones a la carrera. Cada día después, mientras vemos los vídeos,
pensamos lo mismo: lo raro es que no haya pasado nada más grave. Están a
tiempo de frenar.
11 de noviembre de 2012
#14N: desmontando argumentos para no hacer huelga
“No hago huelga porque no me lo puedo permitir”
El sistema económico busca la bajada continua de salarios
para conseguir ampliar su margen de beneficios. Si te quedas en casa
estas ayudando a que las empresas piensen que tienen barra libre para
empeorar tu situación.
Si a pesar de todo vas a tu puesto de trabajo tienes otros
medios de ejercitar tu derecho a huelga. Puedes hacer huelga de celo, hacer
exclusivamente lo que marca tu contrato y hacer tareas más lentamente.
“La huelga no servirá para nada”, “Con
las huelgas no se consigue nada”
Lo que tienes ahora no se ha conseguido por generación
espontanea. Desde el Siglo XIX las trabajadoras, mediante la lucha, han
conseguido que tu disfrutes de una jornada de ocho horas, vacaciones pagadas y
el derecho a bajas por enfermedad.
La sanidad y educación pública, que poco a poco se esta
desmantelando, fue conseguida peleando en la calle y con ello
conseguimos durante un tiempo mantener a raya a las élites que
ahora parecen invencibles.
“Estoy en paro, no puedo hacer huelga”
Cuando hablamos de huelga
pensamos automáticamente en no ir a trabajar. Aunque esta es la
forma de huelga tradicional hay otros métodos para apoyar la huelga
laboral. No consumas el dia de la huelga, compra antes lo que necesites, y
reduce al mínimo tu consumo de electricidad.
Parece que no es importante pero si tu no vas a comprar las
empresas no tendrán actividad. Ayudaras a las trabajadoras que han
ido a trabajar condicionadas a realizar huelga sin
consecuencias.
“Estoy en casa cuidando de mi familia, no puedo
hacer huelga”
El hecho de que no te paguen no hace que tu trabajo no sea
importante. No olvides que cuando estas cuidando a tu familia en casa estas
supliendo las funciones que un estado de personas y para
personas debería cubrir. Por eso sal a la calle. Reivindica tu
trabajo y exige al gobierno que cumpla con lo que debe, que es cubrir las
necesidades de las personas y ser un estado social como marca la constitución.
”La huelga tiene que ser indefinida, si no yo
no la hago”.
Es improbable que una persona realmente dispuesta a secundar
una huelga indefinida no estuviese dispuesta a secundar una huelga general de
un día.
“Los trabajadores son libres de ir a trabajar un día
de huelga”.
Este tipo de libertad esconde coacciones y amenazas
con las que las empresas tratan de impedir a sus trabajadoras ejercer su
derecho a huelga.
Tenemos tan interiorizadas ciertas situaciones que vemos
como algo normal el chantaje del que somos victimas acudiendo a
nuestros puestos de trabajo por miedo y cuando hay miedo no hay libertad.
“El país no está para huelgas”.
Todo lo que esta sucediendo en España ya ha sucedido ante en
otros países como Argentina o Chile. Cada medida que realiza el
gobierno para superar la crisis solo tiene como objetivo desmantelar
los beneficios sociales y enriquecer a las élites financieras.
¿ Crees que con ese pensamiento estas mirando por tu intereses?.
Reflexiona
10 de noviembre de 2012
Contra los desahucios, movilización social
Juan Torres López (Ganas de escribir) / UCR
El Partido Popular y el Socialista se han negado durante años a tomar cualquier tipo de medida para frenar la avaricia de los bancos y poner fin a uno de los hechos más vergonzosos y antisociales que vienen ocurriendo en España: los desahucios de cientos de miles de familias.
A los dirigentes de ambos partidos les viene dando igual que los mismos bancos que han provocado una crisis que los ha dejado sin ingresos o empleo impidan que millones de españoles disfruten del derecho a la vivienda que consagra nuestra Constitución.
Los gobiernos de ambos partidos, el anterior de Zapatero y el actual de Rajoy, no solo han sido completamente insensibles al dolor y la tragedia que padecen tantas familias, sino que, para colmo, no han dudado nunca a la hora de enviar a la policía para defender los intereses bancarios a base de palos y palizas a quienes han tratado de defender un derecho constitucional tan elemental y humano.
Han demostrado a las claras que el afecto que dicen sentir por la Constitución tiene un límite tajante: los intereses de la banca y los privilegios de los banqueros, los amos verdaderos de unos partidos que mantienen su poder y ventaja electoral gracias a los préstamos y a las ayudas de todo tipo que con infinita generosidad les conceden desde hace años las mismas entidades que son inflexibles ante las familias sin ingresos que no pueden pagar sus hipotecas.
Sin embargo, una vez más podemos comprobar que ningún poder es invencible frente a la movilización social. Ha costado cientos de manifestaciones y de palizas, heridos y hasta muertos, pero por fin la presión social está obligando a que el gobierno ponga sobre la mesa el cambio de una legislación reaccionaria que solo viene a proteger los intereses de la banca frente a los de toda la sociedad. Porque lo que está ocurriendo es justamente eso: que la movilización y la solidaridad ciudadana obligan por fin a que el gobierno y la oposición muevan ficha y cambien una actitud que hasta ahora ha sido de completa indiferencia. Los hechos están demostrando claramente que si no se hubieran producido las protestas, las manifestaciones, las huelgas, los enfrentamientos con la policía, las denuncias y, en definitiva, la respuesta ciudadana ante una situación social injusta, los desahucios seguirían produciéndose indefinidamente dejando a muchas más familias en la calle.
Es muy importante que la gente sepa esto y sea consciente de su poder, que no crea ingenuamente que los partidos mayoritarios y el poder político han cambiado de posición y dicen estar dispuestos ahora a modificar la legislación por iniciativa propia. Solo lo hacen por efecto de la presión y la movilización social, como ha ocurrido siempre que se han producido avances favorables al bienestar y la justicia, demostrándose así la falsedad de esos discursos que constantemente nos dicen que las huelgas, los sindicatos o las protestas en la calle no sirven para nada.
Es por es razón que creo que debemos alegrarnos de que el gobierno haya anunciado por fin que está dispuesto a resolver el problema de los desahucios, porque se demuestra así la utilidad de las movilizaciones sociales y que solo con ellas se puede evitar que nos quiten nuestros derechos más elementales.
Pero precisamente porque demuestran esto es por lo que no debemos bajar la guardia. A la vista de su comportamiento previo, no cabe esperar que ni el gobierno ni el partido socialista jueguen limpio ahora y que de pronto dejen de ser esclavos de la banca que los financia. Solo podremos esperar que se den soluciones efectivas y adecuadas al drama de los desahucios si la movilización social se mantiene y se refuerza, incluso en mayor medida que antes.
Ahora es el momento de que la ciudadanía haga ver que lo que está en juego no es la adopción de cualquier tipo de chapuza legal que dé largas al asunto de fondo, sino la garantía de que todos los españoles y españolas puedan disfrutar con efectividad del derecho constitucional a la vivienda.
Por eso, ahora es el momento de seguir presionando para que no solo se tomen medidas que eviten los desahucios en el futuro sino para que se garantice que recuperen su vivienda los miles de familias que la han perdido injusta y vergonzosamente en estos últimos años.
No podemos consentir que los dos partidos mayoritarios se quieran poner ahora una medalla simplemente aflojando un poco la soga que ata a las familias más desprotegidas y humildes. Hay que exigir que se rompa para siempre con los privilegios legales que han concedido tanto poder y beneficio a la banca, no solo reconociendo la dación de pago, sino aliviando la deuda hipotecaria resultante de tasaciones artificialmente elevadas, generando un parque social de viviendas que permita el acceso a ellas de quienes no disponen de ingresos suficientes devolviendo, como he dicho, la suya a quienes la han perdido en los últimos. No basta con que los dos grandes partidos negocien entre ellos soluciones de compromiso, seguramente buscando tan solo el beneplácito de la banca, sino que deben escuchar a las organizaciones y movimientos que han estado en la calle defendiendo a los desahuciados años para garantizar, en definitiva, que el derecho a la vivienda sea efectivo para todos.
No podemos consentir que se limiten a lavarle la cara a los bancos. Se trata, por el contrario, de obligarles a rescatar ahora a las miles de familias que estos han llevado a la ruina. Y la historia y los hechos recientes demuestran que con la movilización social sirve, podemos conseguirlo.
El Partido Popular y el Socialista se han negado durante años a tomar cualquier tipo de medida para frenar la avaricia de los bancos y poner fin a uno de los hechos más vergonzosos y antisociales que vienen ocurriendo en España: los desahucios de cientos de miles de familias.
A los dirigentes de ambos partidos les viene dando igual que los mismos bancos que han provocado una crisis que los ha dejado sin ingresos o empleo impidan que millones de españoles disfruten del derecho a la vivienda que consagra nuestra Constitución.
Los gobiernos de ambos partidos, el anterior de Zapatero y el actual de Rajoy, no solo han sido completamente insensibles al dolor y la tragedia que padecen tantas familias, sino que, para colmo, no han dudado nunca a la hora de enviar a la policía para defender los intereses bancarios a base de palos y palizas a quienes han tratado de defender un derecho constitucional tan elemental y humano.
Han demostrado a las claras que el afecto que dicen sentir por la Constitución tiene un límite tajante: los intereses de la banca y los privilegios de los banqueros, los amos verdaderos de unos partidos que mantienen su poder y ventaja electoral gracias a los préstamos y a las ayudas de todo tipo que con infinita generosidad les conceden desde hace años las mismas entidades que son inflexibles ante las familias sin ingresos que no pueden pagar sus hipotecas.
Sin embargo, una vez más podemos comprobar que ningún poder es invencible frente a la movilización social. Ha costado cientos de manifestaciones y de palizas, heridos y hasta muertos, pero por fin la presión social está obligando a que el gobierno ponga sobre la mesa el cambio de una legislación reaccionaria que solo viene a proteger los intereses de la banca frente a los de toda la sociedad. Porque lo que está ocurriendo es justamente eso: que la movilización y la solidaridad ciudadana obligan por fin a que el gobierno y la oposición muevan ficha y cambien una actitud que hasta ahora ha sido de completa indiferencia. Los hechos están demostrando claramente que si no se hubieran producido las protestas, las manifestaciones, las huelgas, los enfrentamientos con la policía, las denuncias y, en definitiva, la respuesta ciudadana ante una situación social injusta, los desahucios seguirían produciéndose indefinidamente dejando a muchas más familias en la calle.
Es muy importante que la gente sepa esto y sea consciente de su poder, que no crea ingenuamente que los partidos mayoritarios y el poder político han cambiado de posición y dicen estar dispuestos ahora a modificar la legislación por iniciativa propia. Solo lo hacen por efecto de la presión y la movilización social, como ha ocurrido siempre que se han producido avances favorables al bienestar y la justicia, demostrándose así la falsedad de esos discursos que constantemente nos dicen que las huelgas, los sindicatos o las protestas en la calle no sirven para nada.
Es por es razón que creo que debemos alegrarnos de que el gobierno haya anunciado por fin que está dispuesto a resolver el problema de los desahucios, porque se demuestra así la utilidad de las movilizaciones sociales y que solo con ellas se puede evitar que nos quiten nuestros derechos más elementales.
Pero precisamente porque demuestran esto es por lo que no debemos bajar la guardia. A la vista de su comportamiento previo, no cabe esperar que ni el gobierno ni el partido socialista jueguen limpio ahora y que de pronto dejen de ser esclavos de la banca que los financia. Solo podremos esperar que se den soluciones efectivas y adecuadas al drama de los desahucios si la movilización social se mantiene y se refuerza, incluso en mayor medida que antes.
Ahora es el momento de que la ciudadanía haga ver que lo que está en juego no es la adopción de cualquier tipo de chapuza legal que dé largas al asunto de fondo, sino la garantía de que todos los españoles y españolas puedan disfrutar con efectividad del derecho constitucional a la vivienda.
Por eso, ahora es el momento de seguir presionando para que no solo se tomen medidas que eviten los desahucios en el futuro sino para que se garantice que recuperen su vivienda los miles de familias que la han perdido injusta y vergonzosamente en estos últimos años.
No podemos consentir que los dos partidos mayoritarios se quieran poner ahora una medalla simplemente aflojando un poco la soga que ata a las familias más desprotegidas y humildes. Hay que exigir que se rompa para siempre con los privilegios legales que han concedido tanto poder y beneficio a la banca, no solo reconociendo la dación de pago, sino aliviando la deuda hipotecaria resultante de tasaciones artificialmente elevadas, generando un parque social de viviendas que permita el acceso a ellas de quienes no disponen de ingresos suficientes devolviendo, como he dicho, la suya a quienes la han perdido en los últimos. No basta con que los dos grandes partidos negocien entre ellos soluciones de compromiso, seguramente buscando tan solo el beneplácito de la banca, sino que deben escuchar a las organizaciones y movimientos que han estado en la calle defendiendo a los desahuciados años para garantizar, en definitiva, que el derecho a la vivienda sea efectivo para todos.
No podemos consentir que se limiten a lavarle la cara a los bancos. Se trata, por el contrario, de obligarles a rescatar ahora a las miles de familias que estos han llevado a la ruina. Y la historia y los hechos recientes demuestran que con la movilización social sirve, podemos conseguirlo.
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