Violeta Garrido (UJCE)
No hace mucho, en una entrevista en televisión, el ministro de
Educación, José Ignacio Wert, lanzó la provocativa declaración que sigue:
“Comparado con otros países de nuestro entorno embarcados en reformas
educativas, como México o Chile, el nivel de discrepancia o conflicto en España
se puede considerar una fiesta de cumpleaños”. En primer lugar, es una falta de
respeto grave para los trabajadores del sistema educativo, pero eso no debería
sorprendernos a estas alturas, cuando hemos oído ya sus intenciones de
“españolizar” a los catalanes o tildar de fascistas a los estudiantes sevillanos
que le impidieron impartir una conferencia, entre otras cosas. Desde luego,
pronunció una afirmación desafiante, sobre todo teniendo en cuenta que el nivel
de desacuerdo que tiene la comunidad educativa con respecto a la LOMCE es
altísimo, como se ha constatado desde el principio en el Consejo Escolar del
Estado, por ejemplo. Quizás se refiera a que los que están de acuerdo se reducen
al sector que ha sido preguntado sobre el tema, es decir, asociaciones de
colegios concertados y católicos. Ni un sólo docente, y muchos menos un
estudiante, ha tenido voz en la estructuración de la reforma.


