Juan José Téllez (Público)
De seguir vivo, Rafael Alberti habría cumplido hoy ciento diez años.
Al menos, en el Paraná de la otra vida, se ha ahorrado el disgusto de
comprobar que en vez de enterrar en el mar a los males eternos de este
país, la versión más hortera y burda del capitalismo ha terminado
enterrando aquí a los caballos cuatralbos de la utopía.
Mañana mismo, empezaremos a pagar las tasas judiciales para pasar de
la tutela judicial efectiva a la tutela judicial en efectivo; justicia
para pobres, justicia para ricos y para las aseguradoras que pleitearán
hasta dejar con la cartera exhausta a sus demandantes.
A este paso, los
presos terminarán pagando el sueldo a los funcionarios de prisiones o
los millonarios aliviarán sus condenas por prevaricación con impuestos
forzados: se librarán de la trena como antiguamente se libraban de la
mili, a cambio de cubrir parte del presupuesto para la confección de
togas y birretes. Al fin y al cabo, los directivos de Bankia acuden ya
al banquillo en coches de lujo. Rescatamos a los bancos pero que se
pudra Juan Panadero. Esta justicia de Alberto Ruiz Gallardón bien
merecería titularse El Adefesio: después de militarizar los registros
civiles y entregarlos como rehenes a los registradores de la propiedad
serán estos quienes habrán de expedirnos en el futuro inmediato nuestra
fe de vida, los certificados de nacimiento y defunción. Lo más lógico,
hasta cierto punto. Quien no tiene nada, poca vida puede quedarle, en un
tiempo donde mandan los ángeles avaros.
Dentro de nada, los enfermos crónicos costearán las ambulancias. El
joven Alberti padecía una dolencia pulmonar que estuvo a punto de
acompañarle de por vida o de por muerte. En aquellos tiempos, él tenía
que pagarse el viajecito desde Madrid hacia los aires limpios de la
sierra de Guadarrama, en donde exiliarse de la tuberculosis. Pero desde
entonces hasta hoy se supone que han pasado noventa años y, a lo largo
de las décadas, revueltas, guerras y posguerras, recorría el mundo un
fantasma llamado la seguridad social, que durante la transición se
convirtió en un sistema de salud público, gratuito y universal al que
nosotros le llamábamos camarada.
En otro tiempo, cuando ya empezaba a ser un poeta en la calle, Rafael
sabía que los ángeles malos querían desahuciarnos y alquilar la casa de
nuestra dignidad a los viejos señoritos de su infancia o a los nuevos
patronos de este tiempo manipulado por manifiestos, artículos,
comentarios, discursos, humaredas perdidas, neblinas estampadas. Hoy,
cuando volvemos a sentir heridas de muerte las palabras y los
periodistas no sólo pierden un empleo sino un oficio, comprendemos
definitivamente que hemos sido un tonto pero lo que hemos visto nos ha
hecho dos tontos.
En esa España que dejó de galopar hace mucho, también el saber
ocupará lugar: los centros privados que el PSOE disfrazó de concertados,
terminarán de la mano del PP privatizando la enseñanza y condenando a
aquellos que no puedan disfrutar de los colegios de pago, a un pupitre
donde ningún futuro presidente de gobierno le pueda regalar a su
compañero, por poner un ejemplo, la compañía telefónica. Ya no más,
dentro de un rato, campos alegres de batalla, en nuestras aulas, donde
los adolescentes puedan decirse entre clase y clase cúbreme amor el
cielo de la boca sino la zafiedad jocosa y puritana de “los niños con
los niños, las niñas con las niñas”, para que el amor o el deseo no les
distraiga de la aritmética y los devocionarios. El Vaticano, peligro
para caminantes, prefiere que en estos nuevos retornos de los días
escolares, los alumnos comprendan el Concordato y el dogma de la
Inmaculada Concepción de la Virgen María aunque olviden, a ser posible,
la pecaminosa Educación para la Ciudadanía y la Constitución española.
En los comedores de caridad, los hijos de la pobreza preguntan otra
vez: ¿por qué me trajiste, padre, a la ciudad? Ya no hacen falta
tiranosaurios para gobernar el mundo. En los terribles días que corren,
Alberti se habría vuelto a embarcar con María Teresa León, en el
“Mendoza” para huir de las tropas del Banco Central Europeo como en 1940
lo hiciera de las del Tercer Reich. Y si las nubes le llevan de nuevo a
donde quiera que esté el mapa de España, el poeta del Puerto podría
preguntarse a donde van las pateras de juguete que vuelven a hundirse
entre el Africa que se desvive y la Europa que agoniza o en donde han
metido la oficina de ONU Mujeres que el Gobierno cerró esta semana
porque aunque no le costaba un euro simplemente le molestaba. ¿Donde
fueron las gentes de las esquinas que hace un año y pico le decían al
pueblo español: está muerto y no lo sabe?
Ahora sufrimos lo pobre, lo mezquino, lo triste. Y, lo peor, es que
ya no está el viejo de la gorra marinera y de la melena de plata para
contarlo. Para cantarlo. No hay jinete del pueblo, ni caballo de espuma.
Alguien galopa hasta enterrarnos en el mar. Y es todo la muerte si va
en su montura.
