Benito Rabal (Mundo Obrero)
A finales de los años ochenta, tuve que viajar a Panamá, donde iba a
estar trabajando durante un tiempo. Llamé a mi madre para comunicarle
cual iba a ser mi próximo paradero y su voz alarmada me sorprendió al
otro lado del teléfono: “Hijo, ten mucho cuidado que están en guerra”.
Yo en aquella época vivía en Cuba y entonces, para viajar a la mayoría
de los países de América Latina, había que hacer escala en Panamá con lo
que lo visitaba con bastante frecuencia. Así que intenté tranquilizarla
diciéndole que había estado allí hacía escasamente un mes, que no
pasaba nada y que los únicos que tenían que preocuparse eran los yankees
porque en pocos años les iban a quitar el Canal. Pero mi madre
insistió:”No me engañes. Lo he visto por la televisión. Están en medio
de una guerra”.
Llegué a Panamá y me encontré con lo que yo esperaba, un país tranquilo y
alegre que estaba finalmente logrando una identidad propia, consciente
de que no podía dar pasos en falso si quería conseguir librarse de la
tutela de los Estados Unidos. De Guerra civil, ni rastro. Si acaso, de
vez en cuando, se veían desfilar cuatro o cinco coches con banderas
blancas, los llamados Rabiblancos de la Cruzada Civilista formada por la
burguesía que se oponía a las ansías liberalizadoras del pueblo
panameño. Pero nada, cuatro voces y nada más. Mi sorpresa fue cuando dos
o tres días más tarde me topé en la Avenida España – la arteria
principal de Ciudad de Panamá – con un equipo de televisión a cuyo mando
estaba un conocido periodista español de quien no voy a citar el
nombre. El tal periodista vestía al más puro estilo Rambo y, a su
alrededor, se había montado un auténtico plató cinematográfico, con un
par de neumáticos ardiendo, humo de efectos especiales y unos cuantos
extras que pasaban corriendo de uno a otro lado de la cámara enarbolando
banderas y profiriendo gritos contra el gobierno. Los transeúntes se
detenían a ver el espectáculo, convencidos, tal vez, de asistir al
rodaje de una película y no a lo que era, la emisión de la supuesta
realidad, esto es, las noticias. Esa era la guerra de la que me hablaba
mi madre. Una guerra gestada a través de la prensa y la televisión.
Poco tiempo después se produjo la invasión de Panamá. Los acuerdos que
habían firmado Carter y Torrijos, según los cuales el canal pasaría en
el año 2000 a manos panameñas, tenían una pequeña clausula. En caso de
inestabilidad política, los acuerdos no serían efectivos. Murieron miles
de panameños, el barrio del Chorrillo fue borrado del mapa y el país
sigue hoy repartido – canal incluido - entre las grandes
corporaciones, las mismas en cuyas manos reposan los grandes medios de
comunicación. Gracias a éstos, para la opinión pública internacional, la
invasión había sido justa y necesaria. Nadie protestó.
Y cuento esta historia – absolutamente verídica – porque desde el primer
momento en que se empezó a hablar de la llamada guerra civil siria, me
la ha recordado. Primero nos llegaron imágenes borrosas y un tanto
indefinidas; grupos de milicianos corriendo entre el humo y periodistas
que, desde algún lugar en medio de una supuesta batalla, nos relataban
las atrocidades del ejército regular sirio. Pero nunca se podía
identificar el reconocible paisaje de Damasco. Luego fueron llegando los
envíos de armas y el reclutamiento de talibanes llegados de uno y otro
lado del mundo árabe; el dinero para las fuerzas opositoras; las
conferencias de representantes del mundo rico en las que se hablaba de
la necesidad de acabar con la dictadura siria… Y entonces, sí. Entonces
pudimos ver ya imágenes en las que Siria era reconocible. De vez en
cuando, solo de vez en cuando, también hemos podido estremecernos con
los desmanes de las fuerzas opositoras, pagadas, eso sí, con el dinero
de nuestros países, quiero decir, con el que se destina a sufragar los
intereses de las grandes corporaciones.
No quiero decir con esto que me ponga del lado de una de las dos
partes, pero sospecho que tras los fallidos intentos de acabar desde
dentro con el molesto régimen, para Occidente, de Al Asad, existe un
resuelto empeño en demostrar a la opinión pública que es necesario
acabar con éste de la manera que sea. Y me temo que así será.
Luego las televisiones nos contarán durante un tiempo del triunfo de la
libertad y la democracia. De los miles de muertos que quedarán, de la
imposición de leyes y costumbres medievales, de la represión que habrá,
ni rastro. Y sospecho que del reparto de sus riquezas, tampoco.
