Benito Rabal (Mundo Obrero)
Me contaba mi padre que de joven, cada vez que emprendía un nuevo
trabajo, al decírselo a mi abuelo, éste siempre le respondía con la
misma frase: ”Muy bien hijo, trabaja en eso, pero hazlo bien”. Hasta que
un día, harto ya de la misma cantinela, mi padre le espetó: “¿Qué pasa?
¿Por qué siempre me dices que lo haga bien? ¿Es qué lo hago mal?”. “No”
–le respondió mi abuelo– “Te digo que lo hagas bien para que puedas
protestar”.
En los años cuarenta, el combatiente libertario Facerías, de profesión
calderero, cada vez que abandonaba su exilio en Francia para regresar de
incógnito a España a fin de cometer alguna acción contra el fascismo,
advertía al jefe de la empresa que esos días que iba a perder en su
trabajo los recuperaría a su vuelta. Y así lo hacía. Colocaba bombas,
asaltaba bancos, pero a él nadie podría decirle que había engañado; ni
siquiera que se escudaba en su condición de combatiente para escaquearse
de su obligación como trabajador. La dignidad ante todo.
La dignidad es la leal compañera de toda lucha. Sin ella, poco merece la
pena. Con ella, por más que intenten que agachemos la cabeza, ésta se
mantendrá erguida. Por más que nos intenten doblegar, su esfuerzo será
en vano siempre y cuando seamos conscientes de la necesidad y la
prioridad de mantenernos dignos.
Y es normal que así sea. De un capitalista, lo que uno espera es que sea
un marrullero; que al darnos la mano, con la otra nos esté quitando la
cartera. Pero de un trabajador –en el más amplio sentido de la palabra-,
de un oprimido, de alguien de tu clase, uno espera, al menos, que no te
venda la carne podrida, si es que es carnicero, o los tomates con
gusano, si es agricultor. Un carpintero que hace una silla y al sentarse
uno da con sus huesos en el suelo, ¿qué credibilidad puede tener cuando
hable de justicia social si él mismo sabía que la silla iba a romperse
nada más poner en ésta mis posaderas?
Tal vez suene a antiguo eso de la dignidad del trabajo, que nada tiene
que ver con el lema de “el trabajo os hará dignos” de los campos de
concentración nazis o con la frase de la jerarquía cristiana de ganarás
el pan con el sudor de tu frente, gracias a la cual ellos lo ganan con
el sudor de la nuestra. Repito que tal vez suene a antiguo, pero es
precisamente la dignidad lo que marca la diferencia entre un ser humano
libre y otro esclavo.
Y digo esto porque a raíz de esta estafa llamada crisis, llama la
atención cómo los empleados de banca, por poner un ejemplo, han
conseguido liar y engañar a tantísima gente en beneficio de sus
patronos. ¿Es que no sabía el empleado cuando estaba vendiendo
preferentes a un vecino lo que le estaba vendiendo? ¿Y cuándo
recomendaban invertir los ahorros de toda una vida en capital del banco y
prometían todo tipo de seguridad, acaso no sabían que la bolsa iba a
bajar y que el ahorrador iba a perder sus ahorros? Me digan lo que me
digan, yo creo que sí que lo sabían, igual que el carnicero sabe si la
carne está podrida, el agricultor si sus tomates tienen gusanos o el mal
carpintero que su silla iba a caerse.
Podrá decir que estaban obligados a mentir. Que si no, hubieran perdido
su trabajo. Pero eso tampoco vale. La realidad es que son tan cómplices
de la estafa como el presidente del banco y los grandes prebostes.
Y lo que es peor, han perdido la dignidad y eso les ha hecho esclavos.
De alguna manera como el cerrajero que colabora en un desahucio, el
electricista que corta la luz a una familia sin recursos o el periodista
que da noticias que él sabe que son falsas o al menos peligrosamente
tendenciosas.
Eso no tiene que ver con el trabajo. Eso tiene que ver con la opresión. Y no hay nada más indigno que colaborar con ella.
