Alejandro Fierro / Aporrea.org
La oposición venezolana trató de ganar las elecciones regionales de este
domingo argumentando que no existe el chavismo sin Chávez. A juzgar por
los resultados, el argumento fracasó. La izquierda venció en 20 estados
y la derecha en tres. Anteriormente, la proporción era de 15 a ocho.
Los dirigentes opositores intentaron vender la ausencia de Chávez, aún
sin saber los resultados de la nueva operación contra el cáncer, como el
fin de una época. Afirmaban que era imposible que el proyecto
bolivariano continuara sin su máximo líder. Ha sido tan imponente su
figura, explicaban, que el oficialismo se desmoronaría ante su falta. La
Revolución Bolivariana empieza y termina con su hiperliderazgo. El
chavismo sin Chávez sería, según metáfora opositora, como una arepa
(torta de maíz) sin relleno.
El día de las elecciones se despejó la incógnita. El Chavismo, ahora ya
con mayúscula, hacía su presentación en sociedad, demostrando su
capacidad para lograr victorias apabullantes sin que el presidente
estuviera en los mítines levantando la mano de los candidatos.
El Chavismo se ha ido conformando en estos 14 años como una identidad
política colectiva construida en torno a Hugo Chávez pero que, llegado
un momento dado, trasciende a éste. No sólo es la opción mayoritaria
entre el pueblo venezolano, como se viene demostrando elección tras
elección, sino que es la única corriente política que vertebra todo el
territorio. El Chavismo tiene una implantación sólida y amplia en los 23
estados del país. Incluso en los tres en los que perdió, su porcentaje
de votos superó el 40%. Por el contrario, la oposición apenas alcanzó el
20% de apoyo en muchas regiones. Incluso en algunas, como Portuguesa,
ni siquiera fue la segunda fuerza más votada.
Además, el Chavismo es un frente unido tanto en lo ideológico como en la
acción, mientras que la oposición es una amalgama de intereses
personales unidos tan sólo por el deseo de conquistar el poder.
El Chavismo es el movimiento político más importante –tal vez el único-
que ha surgido en estos comienzos del siglo XXI. Es tarea ineludible
para politólogos, sociólogos e historiadores empezar a codificar su
teoría y praxis, así como sus fuertes señas de identidad y su
iconografía.
Las izquierdas europeas deberían perder el miedo a los liderazgos. Las
ideas políticas se encarnan en la acción de personas concretas y su
desaparición no entraña el derrumbe de lo construido. Por otra parte, el
marco comunicativo hegemónico exige rostros visibles con los que la
sociedad pueda identificarse, sin que esto suponga necesariamente un
déficit democrático. Antes bien, son un recurso imprescindible para
ganar unas elecciones. En este momento histórico, las urnas son la única
forma plausible de tomar el poder y utilizarlo para lograr una sociedad
mejor. Venezuela y toda la nueva Latinoamérica nos muestran el camino.
Alejandro Fierro es periodista español residente en Caracas y colaborador de la Fundación CEPS
