Javier Navascués (Mundo Obrero)
La Comisión Nacional de la Competencia acaba de publicar el volumen de
ayudas del Estado al sector financiero en el año 2010. Nada menos que
87.000 millones de euros a los que habría que sumar, según la misma
fuente, al menos otros 58.000 de los años 2009 y 2008. Es decir, 145.000
millones hasta 2010. La deuda del Estado en ese mismo periodo ha
aumentado en 186.000 millones. Una simple comparación aritmética nos
dice de donde proviene el 80% de la deuda pública acumulada en este
tiempo. Ni caída de la recaudación ni administración duplicada, ni nada;
lo que no nos podemos permitir es mantener a esta banca. Sin hablar de
las ayudas concedidas en 2011 y 2012, más el rescate previsto que ya
está claro que no va a poner “Europa”.
A esta deuda odiosa, centralizada en los Presupuestos Generales del
Estado y que se paga con la subida del IVA y los recortes en los
servicios públicos, hay que sumarle la deuda difusa pero igualmente
odiosa que atenaza a decenas de millares de personas que están perdiendo
sus viviendas por no pagar las hipotecas, y a los cientos de miles más
que, para no perderlas, están reduciendo su consumo al mínimo vital.
Según el Banco de España, más de cuatro millones de los hogares
españoles tenían en 2008 una hipoteca obtenida para la compra de su
vivienda habitual (no se publican datos más recientes). Del orden de un
millón, en aquel año, tenían que destinar al menos la mitad de su renta a
pagarla. ¿Cuántos serán ahora? Es difícil dar cifras pues está por
medio el sacrosanto “secreto bancario” pero una estimación razonable de
esta deuda insufrible estaría en unos 60.000 millones que, en todo caso,
las personas endeudadas no pretenden que se les perdone sino
simplemente que se les permita pagar de otra forma o, en el peor de los
casos, que les acepten la dación en pago.
Junto a la deuda odiosa centralizada y a la deuda odiosa difusa, tenemos
una tercera modalidad: la deuda odiosa oculta. Me refiero a las obras
que se realizan bajo la fórmula denominada colaboración público-privada
(CPP). Desde el inicio de la crisis, la obra pública contratada por el
mecanismo tradicional ha caído en más del 50%. ¿De qué van a vivir ACS,
Ferrovial y las demás? ¿Cómo van a seguir asfaltando el país? Igual que
para sus hermanos mayores los bancos, también para ellas hay un rescate.
La constructora adelanta el dinero y financia la obra, recuperándolo
luego en peajes o cánones durante veinte o treinta años a tipos de
interés muy convenientes, no para la administración, sino para el
constructor. ¿De dónde sale el dinero si no hay crédito? Del Banco
Europeo de Inversiones. ¿Por qué no se presta a la administración en
lugar de a las constructoras? Porque así no computa para los criterios
de Maastricht, ¡qué casualidad! Pero pagarlo habrá que pagarlo durante
las próximas décadas, asfixiando los presupuestos hasta dentro de veinte
años. ¿A cuánto asciende esta deuda oculta? No lo sabemos pero para
botón de muestra un dato; según datos del Consello de Contas en la
Galicia de Feijoo la mitad de la obra pública se hace así ya.
