Felipe Alcaraz (Mundo Obrero)
José Manuel Caballero Bonald ha sido galardonado con el premio
Cervantes. Un premio merecido y tardío para un escritor total que fue,
en su momento, expulsado desde la misma puerta de la Real Academia
Española. Quizás la palabra que mejor resume la matriz ideológica de su
obra sea “infractor”, e incluso nos dejó un manual para tan delicado
oficio.
Nunca fue hombre de partido, a pesar de la afiliación de alguno de sus
compañeros de correrías, de alcohol y literatura. Pero jamás fue
condescendiente con el franquismo, y esa posición, iracunda y ética, ha
marcado desde siempre su vida que, al final vista con perspectiva
literaria y política, es realmente una etopeya limpia, pero cabreada y
temerosa a veces de ese tiempo que se te escapa como el agua entre las
manos.
Jugó la baza del antifranquismo no lejos del partido, al que prestó su
tiempo y a veces su casa, en la que un día vio, sin reconocerlo al
principio, a alguien con peluca que después abriría telediarios. Pocos
saben, o pocos, en todo caso, desean recordar, que Bonald tuvo una
estancia en la cárcel por defender la libertad y conspirar contra el
Generalísimo.
Ahora recibe un premio merecido, que le choca recibir en un momento de
gobierno de derechas, un premio que señala al que tanto se distinguió
con su indisciplina feroz contra la guerra de Irak, a quien se hubiera
ido de acampada con el 15M de no ser por la edad. Pero ha solucionado
este principio de perplejidad aludiendo a argumentos de escalafón:
quizás le tocaba ya en la cuenta del tiempo y en la bolita que
correspondía, en su pendulazo anual, al occidente europeo.
Hace unos años, no más de cuatro, estuvimos en su piso de Madrid,
pequeño y modesto, el mismo que habitaba (excluidos los veranos) durante
el franquismo. Creíamos que el partido le debía un homenaje. Y él
aceptó sin una sola duda, y asistió encantado en el teatro Lope de Vega a
las remembranzas y celebraciones de comunistas, amigos y artistas de
todos los colores ilustrados y progresistas.
Enhorabuena, Caballero Bonald, hombre de fe crecida en la palabra, y
malestar crítico indesmayable, como ha demostrado con creces en ese que
dice ser su último libro, el así llamado Entreguerras, su poema
postrero, su definitivo monólogo interno. Y deseamos fervientemente,
cuando hablas de no volver a escribir, que nos estés mintiendo. Dices
que ya no necesitas escribir. Pero sin duda recuerdas aquel dicho
latino: vivir no es necesario, navegar sí. Y la literatura ha sido para
ti una honda navegación.
