Benito Rabal (Mundo Obrero)
Finalmente, tras el error de la espiritual paloma sabia que no eligió
bien al Papa que fue nazi y dejó a la humanidad católica sin dios
visible durante unas semanas, emergió por la chimenea vaticana la fumata bianca y, ¡hala!, ya tenemos a un nuevo jefe del pulpo negro, ya tenemos de nuevo cabeza visible de dios en la tierra, de nuevo habemus papa.
De uno a otro confín del planeta no creo que haya nadie –exceptuando a
los chinos – que no sepa que se llama Francisco y que es muy bueno, que
ha viajado alguna vez en metro o incluso andando, que posee una sonrisa
cordial propia de un hombre abierto al diálogo y que tiene una especial
perversión consistente en lavar pies para luego besarlos, algo no
exento de una cierta carga de erotismo – véase Buñuel y surrealistas
varios – que seguro hace las delicias de la cohorte reprimida que asiste
a sus ángelus y urbis et orbit.
De lo que ya no se habla tanto, o se habla sottovoce, es que el
tal Francisco ejerció de confesor privado de Videla, fue más que
sospechoso de haber entregado a la policía política a dos jesuitas,
súbditos suyos, estuvo implicado en el robo de bebés, hijos de
desparecidos durante la Dictadura argentina, y que calló ante las
atrocidades cometidas durante el tiempo que duró ésta. Y no es porque
fuera un hombre parco de palabra o sumido en sus meditaciones
transcendentales, como parece que ahora hace el viejo nazi con cara de
rata. No, porque años después, cuando el país tomó otro rumbo, si elevó
la voz contra las políticas de integración latinoamericana, la
desobediencia a los dictados del FMI o las leyes que recortaban el poder
hegemónico y abusivo de los medios de comunicación privados en
detrimento de los públicos. Eso además de oponerse con firmeza a
derechos fundamentales como el que las mujeres decidan sobre su propio
cuerpo o el libre ejercicio de la opción sexual que a uno le venga en
gana.
Pero que el tal Francisco sea así y ostente ese pasado no es extraño
tratándose del jefe del Estado más pequeño y más rico del planeta,
aparte del más antidemocrático. Lo extraño es que mentes dotadas de una
cierta inteligencia y cultura diserten sobre el significado de la
elección de un Papa no europeo y vean en ello un cambio fundamental en
la actitud de la Iglesia. La Iglesia, y esa es la clave de su éxito,
nunca cambia. Esa esencia monolítica, unida a la sublimación de lo
contradictorio, es lo que la hace seguir ostentando el mismo inmenso
poder. El dios bondadoso que da esperanza a millones de seres humanos
sumidos en la pobreza y desesperación, es el mismo que mata a sus hijos
de pobreza y desesperación; el dios que salva la vida de los israelitas
bíblicos con la mano derecha, asesina a los niños egipcios con la
izquierda; el dios que consentía los vuelos de la muerte de la Operación
Cóndor es el mismo que ha presidido las honras fúnebres del Comandante
Chávez. Y por más que, racionalmente, sea inentendible, así es.
No hay cambios positivos para la humanidad en la Iglesia, solo acomodos
para mantener su poder económico sustentado por el ejercicio del miedo a
lo largo de siglos.
El único cambio digno de consideración sería que desapareciera. Y a eso deberíamos ponernos.
