Maruja Torres (El País) / UCR
Como persona humana que es, un banquero
español, sin duda, posee también su peculiaridad identitaria, su hecho
diferencial, su patria, su bandera. ¿Es España? Todos sabemos que no: la
identidad bancaria no pasa por la nación española ni por las de las
Autonomías. Es transversal, transustancial, levitadora y venerable.
Tiene otra hoja de ruta. ¿Cuál es?, se preguntarán los lectores. La
pasta, se apresurarán a aventurar los más simples. El Club Bilderberg,
proclamarán los más informados. Las fiestonas en Marbella, Ibiza o
Miami, dirán otros. Los jets privados. Las felaciones regias e
intempestivas. En fin, cada cual irá exponiendo su idea, según sus
propias fantasías de riqueza y poder.
Sin embargo, ha quedado claro —lo
afirma el informe de los jueces desvelado ayer por este diario— que la
patria del banquero es El Desahucio. Mejor dicho: el territorio
Desahucio. Si uno de nuestros banqueros empezara a caminar ahora mismo
por uno de los 350.000 pisos arrebatados a otros tantos propietarios,
llegaría aún más lejos de nosotros de lo que está. Imaginen. Abriendo la
puerta (con su propia llave), y realizando los movimientos habituales
de quien se introduce en una vivienda por primera vez (vestíbulo,
salón-comedor, habitaciones de los niños, dormitorio principal, ¡chequeo
de instalaciones en los baños!)...
Recorriendo uno tras otro los
hogares perdidos por esas familias gracias a una ley feroz de 1909. Si
ello hiciera, estoy en condiciones de afirmar que ese buen hombre, el
banquero, cuando cerrara la última puerta del último piso a sus
espaldas, habría envejecido unos cinco años y obtenido medio millón de
pisos ajenos más, porque esto no lo arregla ni Dios, y desde luego
Gallardón tampoco, ni mucho menos De Güindows, que ya produjo su
ruboroso e inútil Código de Buenas Prácticas, sacándoselo hace unos
meses del gemelo del puño de su camisa.
El Desahucio. Qué poca vergüenza.
